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Ciencia

                     “El bebé como tal, no existe; existe un bebé y alguien más” 
D.W. Winnicott
 
Muchas son las veces que he visto una linda imagen de una madre cargando a un bebé en brazos o en un portabebés, en la que se puede leer la frase: “los bebés no se malacostumbran a los brazos, los necesitan”, lo cual no puede ser más cierto, pero ¿por qué los necesitan? ¿lo sabemos? 
Hay psicólogos y pediatras como Laura Gutman o Carlos González que explican esta necesidad debido a la fusión emocional del bebé con la madre, a que necesita estar rodeado por los brazos pues viene de 9 meses de contención uterina, o que necesita el contacto físico para sentirse emocionalmente seguro. Otros autores apelan a la teoría del apego que plantea que el bebé nace con una tendencia innata a buscar la proximidad con otra persona, generalmente la madre, y se siente tranquilo cuando está con ella.
Todas estas explicaciones son válidas y absolutamente ciertas, sin embargo, en los últimos años han ido surgiendo estudios científicos que demuestran que no se trata sólo de teorías. Desde los avances que a partir del estudio del cerebro del bebé están teniendo las neurociencias en la comprensión de la vida emocional de los niños y, posteriormente, de los adultos, me ha impresionado mucho el leer todas las regulaciones psicofisiológicas que se dan cuando el bebé es cogido en brazos. De hecho, le llaman exterogestación, que quiere decir que el bebé pasa un tiempo de gestación uterina y un tiempo de gestación extrauterina, fuera del vientre, es un período necesario en el que también está desarrollándose.
El bebé cuando nace es un ser inmaduro neurológica y emocionalmente, es a través de la relación con su madre que tanto su cerebro como su mundo emocional acaban de desarrollarse, proceso que dura al menos los primeros 24 meses de vida.¿Y cómo se da de la mejor manera este desarrollo y esta regulación? ¡Pues en brazos! 
Así lo dice Sue Gerhardt: “Sentirse, amorosamente, en brazos del progenitor, es el estímulo más importante para el desarrollo, quizás aún más que el acto de mamar. Cuando el bebé se siente seguro en los brazos de su madre o de su padre, los músculos se relajan y respira más profundamente, ya que las tensiones desaparecen mientras se sienta mecido y acariciado. Se ha observado que el ritmo cardiaco del bebé se sincroniza con el del progenitor, y si el progenitor se encuentra en un estado tranquilo y relajado, el bebé adopta este mismo estado. Si nos centramos, por ejemplo en la madre, su sistema nervioso autónomo se comunica con el sistema nervioso del bebé, tranquilizándole tactilmente mediante las caricias. (…) Desde el punto de vista fisiológico, el bebé humano es aún una parte importante del cuerpo de la madre. Depende de su leche para alimentarse, y también depende de ella para regular su frecuencia cardíaca y su tensión arterial, así como para su defensa inmunitaria. El contacto físico con la madre regula la actividad muscular del niño y el nivel hormonal. El cuerpo de la madre lo mantiene caliente, y además, acariciándole y dándole el alimento, la madre hace que disminuyan las hormonas de estrés del bebé. Esta regulación fisiológica básica hace que el bebé se mantenga con vida”. (Sue Gerhardt, El Amor Maternal)
La biología del bebé no es tanto una entidad en sí misma, sino que está íntimamente conectada con la biología de los adultos responsables de su atención. Así, el movimiento y los patrones de uno influyen sobre el otro: “la fisiología de madre e hijo están entrelazadas, en un sentido biológico, a donde vaya uno irá el otro” (Meredith Small, Nuestros hijos y nosotros)  
Cuando una madre, un padre, una abuela, o cualquier otro cuidador significativo coge en brazos a un bebé y responden a sus demandas rápida y amorosamente, están participando en una gran diversidad de procesos biológicos importantes: lo ayudan en la maduración de su sistema nervioso; contribuyen a fortalecer tanto el sistema inmunitario como la respuesta al estrés; facilitan que se desarrolle el córtex prefrontal y la capacidad del niño pequeño para almacenar información y, más adelante, esta conducta también ayudará a que pueda reflexionar sobre sus sentimientos y refrenar sus impulsos.  
Así que si tienes dudas sobre si malcriarás a tu hijo/a si lo coges en brazos, la respuesta no sólo es que no lo malcriaras, sino que le estarás ayudando a desarrollar y madurar sus capacidades cerebrales, así como su seguridad psicológica y emocional, estarás estableciendo un vínculo firme y seguro con tu bebé y ambos podrán disfrutar de la presencia y el contacto mutuo. No es bueno dejar llorar a tu bebé en la cuna sin atendenderlo, todo lo contrario, la neurociencia está comprobando científicamente lo que el sentido común y el instito nos dice: que dejar llorar a un bebé va en detrimento de su desarrollo cerebral y emocional.
 
Si quieres saber más puedes consultar:
1. Gerhardt, Sue (2008), El Amor Maternal. La influencia del afecto en el desarrollo mental y emocional del bebé. Barcelona: Editorial Albesa.

2. Small, Meredith (1998), Nuestros Hijos y Nosotros. Barcelona: Crianza Natural, S.L.