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Embarazo

Desde que soy psicóloga, y más aún, desde que comencé a trabajar en clínica y psicoterapia, me ha sorprendido la facilidad con la que algunas personas califican de normales comportamientos o síntomas que expresan un malestar psicológico ulterior.

Desde el corpus del conocimiento clínico y el saber de la experiencia, las racionalizaciones y otros mecanismos de defensa son comprensibles y previsibles: a la mayoría de las personas no les gusta sentirse cuestionadas en su “normalidad”, el malestar y los síntomas (propios o ajenos) siempre están diciendo algo del sujeto que muchas veces no queremos escuchar, bien porque cueste asumir algunas fallas o carencias, bien porque cuestionan nuestra manera de llevar la vida o nuestras relaciones más íntimas, o también.. por muchos otros motivos.

No obstante, desde que empecé a trabajar en el ámbito de la Maternidad y la Crianza, he ido encontrándome con supuestas “normalidades” que a veces alcanzan envergaduras escandalosas y alarmantes. No sólo porque el discurso normalizante suele darse, sorprendentemente, tanto en legos en disciplinas sanitarias como en el colectivo médico o socioeducativo (ya hablaremos de ello), sino también –y esto es lo realmente grave– porque dicho discurso lanza a las mujeres embarazadas, puérperas o que están criando, por un despeñadero sobre una bicicleta que aún no han aprendido a montar. El resultado, tristemente, es que las madres acaban apañándose como pueden: algunas logran transitar ese despeñadero sorteando los obstáculos sin mucho más que un moretón o una rascada; otras van dando tumbos y llegan bastante más magulladas y con heridas que se convertirán en cicatrices de por vida; en cambio, las menos afortunadas, bajarán a medio camino y se quedarán detenidas, sin poder ni saber cómo moverse, esperando a que pase algo que las saque de ahí pero por otros medios, como es el caso de la depresión postparto, por ejemplo.

Visto así es una situación muy desoladora…

L@s profesionales de salud que están en contacto con estas mujeres durante este período sensible son, en gran medida, l@s responsables de que esta situación se mantenga así, ya que son el principal referente y productor del discurso normalizante, respaldando sus palabras en el supuesto saber que les otorga su profesión, e incluso algun@s lo hacen sin cuestionarse si están debidamente formad@s o no para dar una respuesta que más bien corresponde a la psicología sanitaria o clínica. De este modo, me he encontrado, tanto en la consulta como en diversos foros y grupos virtuales en los que participo, con infinidad de madres cuyos médicos de cabecera, comadronas, ginecólog@s, enfermeras pediátricas, pediatras o educadores de sus hij@s, han desestimado con bastante ligereza alguna queja, malestar, síntoma, comportamiento, emoción, etc. –que alude a un sufrimiento psíquico o a un malestar emocional que pone en situación de riesgo y vulnerabilidad a alguna mujer–, diagnosticando aquello como “NORMAL”.

Dicho esto, quiero hacer algunas aclaratorias sobre las supuestas “normalidades” que una puede encontrarse durante el embarazo, el puerperio o la crianza:

  • NO es normal sentirte muy triste, angustiada, con miedos o con altibajos emocionales que te dificulten llevar tu día a día durante el embarazo. Si esto te está sucediendo es una alarma de que psicológicamente la gestación te pueda estar afectando de ciertas maneras que valdría la pena revisar, según tu historia personal. Las hormonas presentes durante el embarazo pueden generar cierta labilidad afectiva en la mujer, pero ésta no tendría que acabar en un abanico de síntomas emocionales.
  • NO es normal sentir mucho miedo, temor, aprehensión o ansiedad ante la inminencia del parto. El parto es un momento muy intenso y, sobretodo, si es la primera vez que se vive puede generar un poco de temor o ansiedad debido a la incertidumbre de una situación vital muy importante y completamente novedosa pero, si lo que estás sintiendo va un poco más allá, es posible que se estén expresando las emociones de otras vivencias pasadas mal elaboradas.
  • NO es normal que te sientas triste, decepcionada, culpable o con ganas de llorar constantes después del parto; puede que sea algo habitual, pero si te pasa es una alarma de que no estás recibiendo el cuidado o el apoyo necesario, y que te estás sintiendo sobrecargada o abrumada con los cuidados del bebé. En este caso se ha de buscar ayuda o apoyos efectivos, amorosos y fiables, así como también la compañía de otras mujeres puérperas. Y si aún así, el malestar continúa o va a más, es imprescindible visitarse con un psicólog@ perinatal.
  • NO es normal que te sientas mal por el parto que tuviste. El parto es una de las vivencias más intensas por la que pasamos las mujeres. Es una vivencia que queda grabada con fuego en nuestra memoria, siendo capaces de evocarla con detalles muchísimos años después. Si el recuerdo de tu parto está lleno de sentimientos de inadecuación, vergüenza, miedo, rabia o dolor injustificado, es posible que hayas sufrido un parto no respetado y que, por lo tanto, sea algo que debas sanar a su debido momento. Si después de un parto tienes dificultades para retomar la sexualidad o sientes temor a volver a quedar embarazada por la posibilidad de vivir otro similar, es posible que haya sido una experiencia traumática que debas elaborar con la ayuda psicológica adecuada.
  • NO es normal que te sientas sola durante la crianza de tu hij@. Hay muchos cuestiones, aspectos y sutilezas del postparto y la crianza que nadie nos cuenta. Criar niñ@s en la sociedad actual donde las relaciones sociales están diluidas, las familias extensas son casi inexistentes, hay una gran ausencia de tribu que hace que una se acabe encerrando entre las cuatro paredes de su casa, no solamente es difícil, sino que es una fuente de muchísimo malestar y sufrimiento para las madres. Si te sientes sola, ¡busca tribu! Busca espacios de encuentros con otras madres y otros niñ@s, pide ayuda para que puedas tener momentos para ti y recargar energías, y si aún así los sentimientos de soledad, malestar o agobio no cesan, busca ayuda especializada.
  •  NO es normal que te sientas agobiada, extenuada, sin ánimos de nada, sin saber hacia dónde quieres ir o qué quieres hacer, sin poder conectarte con lo que disfrutabas o hacías antes de ser madre. Si tienes esta sensación, si no reconoces la persona que eres, o te cuesta recordar la que eras antes, nuevamente, es porque vas muy sobrecargada y te encuentras solas y es un indicador de que necesitas tiempo/espacio para reflexionar, reencontrarte contigo como mujer y “rehacerte” después de la exigente tarea de la primera crianza. La maternidad hace que tengamos que dejar de lado muchas facetas de nuestra vida que antes disfrutábamos, y aunque en el momento lo hagas gustosas, al cabo de un tiempo se hace necesario recobrar un espacio adulto de individualidad que te permita reconectar con estas partes de ti que también requieren de tu atención y que son necesarias para tu crecimiento como individuo.
  • NO es normal que las parejas se distancien emocionalmente durante la crianza. Lamentablemente es muy habitual, pero eso no lo hace normal. Una pareja debería tener la suficiente solidez, madurez y comunicación como para poder ser fuente de apoyo y ayuda mutua en el momento en que la prioridad es la díada madre-bebé. Un padre o madre no gestante debería poder brindar apoyo a su compañera sin reproches de por medio, y una madre debería poder hacer peticiones claras de ayuda sin sentirse culpable. (Si quieres leer más sobre este asunto, puedes pichar aquí).

Esta lista podría ser mucho más larga. En todo caso, lo que finalmente quiero transmitir es que cualquier sufrimiento emocional o malestar psicológico durante el período de embarazo, postparto y crianza, no solamente NO ES NORMAL, sino que requiere de un acompañamiento especializado y amoroso hacia la madre que lo padece. No sólo porque está en juego la salud emocional de la madre, sino porque es necesario un bienestar mínimo para poder establecer un vínculo sano y adecuado con el bebé y poder tener la entereza psíquica que las demandas de un recién nacido o un niñ@ pequeñ@ ameritan.

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        “Mis hijos me causan el sufrimiento más intenso que he experimentado en mi vida. Es el sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia infernal entre el amargo resentimiento y los nervios de punta, y la ternura y satisfacción gozosa”. Adrienne Rich (1)

“La maternidad no es una empresa privada. Siempre es pública, de forma exhaustiva e incesante”.Orna Donath.(2)

¿Alguna vez os pasa que sentís que no soportáis ni un minuto más la presencia de vuestra criatura, su insistencia, su infatigable demanda? ¿A veces fantaseáis con tener un momento al día en el cual no tener que haceros cargo de nadie, ni sentiros responsables de nadie más que de vosotras mismas? ¿A menudo sentís aburrimiento, hartura de los parques infantiles y desearíais cambiarlos por un buen libro o una buena conversación con amigas? ¿Alguna vez os sobrepasa alguna situación y os encontráis sin recursos, sin estrategias de negociación y entonces os invade la frustración, la rabia, el grito rabioso, el gesto despreciativo y después os sentís fatal, las peores madres del mundo por no haber podido estar a la altura? Pues sí… sois madres, y sois humanas.

A menudo las madres nos sorprendemos ante la vivencia de sentimientos radicalmente opuestos a los que tendríamos que estar sintiendo por nuestr@s hij@s. En realidad no se trata de una experiencia exclusiva de la maternidad sino que es algo que se puede experimentar dentro de muchísimas relaciones significativas (padres, herman@s, parejas, amistades) pero, por un lado, -y siendo la relación madre-hij@ de una carga emocional tan intensa y profunda-, es en ente binomio en el que su evidencia se hace casi insuperable y por otro, ya que en la sociedad actual está tan mal visto que una madre pueda expresar o verbalizar sentimientos hostiles hacia sus hij@s, a menudo los convertimos en las prendas sucias mejores guardadas dentro de nuestras mochilas. Se trata de la ambivalencia afectiva y no os preocupéis, es un sentimiento completamente normal.

La ambivalencia afectiva fue el término acuñado por el psiquiatra E. Bleuler en 1911 para hacer referencia a la “presencia simultánea de dos sentimientos opuestos (atracción y repulsión), de dos direcciones opuestas de la voluntad, respecto a un mismo objeto.” [3] En el caso de las madres hablamos de dos sentimientos opuestos hacia nuestr@s hij@s, que provienen de dos aspectos opuestos de una misma (conflictos entre lo que quiero como madre y lo que necesito como mujer, adulta, etc.) y se trata, según Ana Cigarroa, del afecto “más intenso y frecuente que se observa en la mujer durante el embarazo, parto y puerperio.”[4] ¿Ah, si? ¿Y cómo es que no lo sabía?

Históricamente, la idealización del vínculo madre-bebé ha excluido los sentimientos negativos del abanico emocional que puede sentir una madre, incluso dentro de las teorizaciones de los psicólogos dedicados al tema (a pesar de que Freud en su momento planteara que los sentimientos encontrados son una parte inevitable de toda relación humana íntima y duradera). Esto generó como consecuencia que las madres, al no tener reconocimiento social de estas emociones, tuviésemos que ocultar nuestros conflictos y sentimientos negativos de la escucha de los profesionales, incluso de nosotras mismas, creando una gran carga de culpa y malestar.

Donath lo expresa de esta manera: “aunque no hay una única emoción que los hijos inspiren en las madres –si bien los sentimientos de una madre pueden variar en el transcurso de un día y sin duda a lo largo de períodos más largos, dependiendo de cómo se comporten sus hijos, así como del tiempo, espacio y ayuda de que disponga- se espera que todas las madres sientan sistemáticamente lo mismo si desean ser vistas como “buenas madres”[5]

Todo cuidador primario, independientemente de su sexo y su edad, encuentra el proceso de crianza como algo muy difícil, especialmente en sociedades en transición como las nuestras, donde la familia extensa se ha dispersado y las tradiciones en la crianza de l@s niñ@s se han perdido. Afirma Raphael-Lelf[6] que estar constantemente atento y responsivo a las necesidades de alguien más, de quien tenemos responsabilidad total en todo momento, es una tarea desalentadora. Si a esto le sumamos las noches extenuantes, la deprivación de sueño y el cansancio, las fluctuaciones hormonales y la recuperación de las secuelas de un parto en el caso de la madre, no es de extrañar que el quiebre perinatal sea algo común. En Occidente el estrés postnatal es experimentado por casi la mitad de las nuevas madres y por un cuarto de los nuevos padres.

En todo caso, en el momento en que una mujer deviene madre las “emociones encontradas” le acompañaran siempre, no sólo porque se encuentre ante la duda en determinados momentos de la vida de sus hij@s de si lo está haciendo bien o no, no sólo por su constante preocupación por el futuro o por vicisitudes específicas que pueda tener en la relación directa con su hij@ durante un período específico de su vida, no sólo por sentirse sobrecargada, por la dificultad para conciliar la vida familiar y laboral, por el deseo de querer atender otros aspectos de sí misma independientes de la maternidad y un largo etcétera, sino también por la presión constante de que es a la madre a la que se le demanda tanto la atención inmediata, como las explicaciones de los resultados. Somos las madres las que “tenemos que” rendir cuentas ante el Otro, seamos conscientes de ello, o no. “Es a la madre a quien se suele culpar por ser demasiado afectuosa o distante, demasiado dominante y sobreprotectora o indiferente y desapegada, principalmente por un motivo: porque era ella, en términos generales, la que estaba presente durante la infancia de los hijos. O es la única a la que se le acusa de no estar presente”.[7]

A partir de la maternidad de algunas psicólogas y teóricas de la psicología, estas mujeres comenzaron a replantear y problematizar la cuestión de las emociones de las madres. Es así como Parker nos dice “a ninguna de nosotras le resulta fácil aceptar de verdad que amamos y odiamos al mismo tiempo a nuestros hijos, y es que la ambivalencia maternal no constituye un estado anodino de sentimientos encontrados, sino un estado de ánimo complejo y contradictorio, compartido de forma muy diversa por todas las madres. (…) Gran parte de la culpa omnipresente que soportan las madres deriva de las dificultades para sobrellevar la dolorosa sensación provocada por el hecho de experimentar la ambivalencia maternal en una cultura que rehúye la existencia misma de algo que ha contribuido a crear”.[8]

En una sociedad que atrapa a las madres en una maraña de expectativas idealistas, imposibles y contradictorias, nos es muy difícil no sentirnos en falta, con un cúmulo de culpas a las espaldas y el rótulo de “mala madre” a la vuelta de cualquier error (con el consecuente sufrimiento psíquico que esto pueda generar). Es por esto que actualmente se habla de la existencia de la ambivalencia maternal saludable como un rasgo intrínseco de la experiencia de ser madre y como una parte del espectro de los sentimientos encontrados hacia l@s hij@s y la maternidad. Pero, no solamente es una vivencia “normal”, sino que también, yendo un paso más allá, es una experiencia positiva en la medida en que “la propia angustia de una madre y la insufrible coexistencia del amor y el odio por el bebé serían los sentimientos que permitirían a la madre buscar constantemente soluciones creativas a todos sus problemas”.[9]

De esta manera, el conflicto amor-odio que podamos sufrir en relación a nuestr@s hij@s nos puede ayudar a fomentar la reflexión, a cuestionarnos, a intentar buscar otras miradas, a adquirir herramientas intelectuales y emocionales para comprender a nuestra criatura y sus necesidades. Sin embargo, para poder soportar la ambivalencia afectiva y el dolor que ésta genera, las madres debemos apearnos de la ilusión de perfección, nuestra y de nuestros hij@s. Haciendo dicha renuncia podemos descubrir cómo contener este conflicto y cómo profundizar en él para descubrir muchas más cosas sobre nosotras mismas. “La ambivalencia maternal puede ofrecer reforma y reparación, como logro emocional de aquellas mujeres que se enfrentan a una confusión emocional, fantasías y conflictos relacionados con su maternidad, y como estado que puede fomentar potencialmente una flexibilidad y un dinamismo emocionales”.[10]

Finalmente, sólo me queda comentar que es muy importante que las madres tengamos valor y busquemos espacios seguros y contenedores donde poder explicar nuestros relatos de ambivalencia emocional, no sólo porque representará una descarga para nosotras mismas, sino también porque nos permitirá hacer conscientes otras ambivalencias o el grado en que podamos estarlas sufriendo. Así, traeremos luz a diversos aspectos ocultos de nuestra personalidad.

Además, hablando de ello normalizaremos la ambivalencia como un aspecto más de la maternidad, con lo cual las mujeres que tengan dudas o fantasías muy idealizadas con respecto a ser madres y lo que esto les pueda suponer, conocerán por experiencia de terceras la existencia de estas emociones tan potentes, de tal manera que no las cojan desprevenidas.

Si quieres leer más sobre de esto desde una vivencia más personal, no dejes de mirar el post Las Madres que nos quedamos en Casa.

[1] Rich, A. (1986). Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución. Cátedra, Universitat de Valencia.

[2] Donath, O. (2016). #madres arrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales. Penguien Random House Grupo Editorial.

[3] Dorsch, F. (1994). Diccionario de Psicología. Herder, pag: 27

[4] Cigarroa. A. (2011). Embarazo normal y embarazo de riesgo. En Alkolombre, P. Travesías del cuerpo femenino. Letra Viva Editorial, pag: 68. (las negritas son mías)

[5] Donath, O. Op. Cit. P. 63

[6] Raphael-Left, J. (2010). Healthty Maternal Ambivalence, Studies in the Maternal.

[7] Donath, O. Op. Cit. P. 72

[8] Parker, R. (1994). Maternal Ambivalence. En Winnicott Studies, Nº9. Londres.

[9] Raphael-Left, J. Op. Cit.

[10] Donath, O. Op. Cit. P. 74

La Salud Mental Materna Importa

“La Salud Mental Materna Importa” (#maternalMHmatters) es el mensaje con el que se desea llamar la atención hacia el tema en la Semana Mundial de la Salud Mental Materna, pero ¿qué quiere decir que la salud mental materna importa?, parece obvio, ¿no? Sorprendentemente a veces no lo es tanto.

Un vínculo sano entre una madre y un bebé comienza con una buena salud mental por parte de la madre. Esto es algo que los psicoanalistas John Bowlby y Donald Winnicott ya habían estudiado, observado y descrito desde 1950; sin embargo, sigue siendo algo que nos resistimos a aceptar, tanto a nivel social, como sanitario, por ejemplo en la atención que reciben las mujeres gestantes durante sus controles de embarazo, así como también en las consultas de pediatría. Comentarios del tipo “es normal”, “son las hormonas”, “con el tiempo pasará”, “te preocupas demasiado”, “deberías relajarte un poco”, etc., suelen ser habituales cuando una mujer embarazada, o en postparto inmediato, expresa algo del orden de su malestar psicológico.

“Dos de cada diez mujeres padecen algún problema mental durante el embarazo o el primer año tras haber dado a luz. El 75% de éstas no son diagnósticas ni reciben el tratamiento y soporte adecuado.” Éstas son cifras a nivel mundial.

De entre los distintos trastornos, el padecer más común es la depresión postparto (que muchas veces comienza durante el embarazo) y puede afectar a mujeres de cualquier procedencia, cultura o nivel socioeconómico y educativo, generando consecuencias importantes a largo plazo tanto en la madre como en la criatura y en el vínculo que entre ellos se genera.

“El estado psíquico de la madre afecta enormemente al bebé desde la gestación. Si sufre ansiedad, estrés o depresión el embarazo se complica, puede producirse un parto prematuro, hemorragias, infecciones… Además, su estado de ánimo afecta, de diversas maneras, al desarrollo cerebral de su bebé, condicionándola, incluso a muy largo plazo”, comenta la psiquiatra Ibone Olza en una entrevista para El País.  “Si la madre no está bien, si no se detecta su sufrimiento y no se le ayuda o se trata, además de al bebé, se verá afectada también la relación de pareja y la crianza de los otros hijos”.Con lo cual, si estás embarazada y sientes que algo no “marcha bien”, te sientes angustiada, estresada, con muchos miedos o/y temores, con cambios de ánimo bruscos e inesperados, ganas de llorar, sensación de soledad.., busca ayuda. Si ya ha nacido tu bebé y te sientes triste, desanimada, irritable, con angustias o miedos, sola, con mucha presión encima, con temor a estar a solas con tu bebé por no saberlo atender adecuadamente o poderlo dañar, con fantasías o temores de que te pase algo a tí o a tu bebé, no son las hormonas, no es normal, no se irá solo, pero sobretodo, no es tu culpa y no es algo por lo que debas ocultarte o avergonzarte. ¡Habla de ello! ¡Expresa tu malestar! ¡Busca ayuda!

 

“El embarazo y el parto no se consideran desde la
psicología como una fase del desarrollo, sin embargo este período
marca y afianza una potencialidad presente en la mujer que
decide ser madre, aportando a su identidad femeninaotra cualidad,
siempre extraordinaria por muy común que sea: la de la maternidad”
Yolanda González Vara[1]
Después de haber descrito algunos de los efectos psicológicos que se podrían presentar durante el primer trimestre del embarazo, pasaremos a hablar del segundo trimestre, que para muchas es el que se vive más gratamente, se recuerda con más alegría, y que a su vez conlleva una labor psíquica muy intensa.
Prepararnos para ser madres es una ardua tarea, tanto en el sentido  físico como en el psicológico. Nuestro cuerpo está haciendo el maravilloso trabajo de gestar una vida y no descansará durante los meses que quedan para que el bebé esté listo para salir al mundo. Y aunque mucho de lo que ocurre se da de manera natural, lo “maternal” está también impregnado de la herencia culturalde cada una, de aprendizajes, y de nuestras propias vivencias.
La maternidad es un proceso biológico, psicológico y sociocultural. Independientemente del estilo de crianza que se asuma en el futuro, psicológicamente el embarazo implica el fin de la mujer como un ser singular e independiente y el comienzo de la compleja relación madre-hij@.
Cuando un embarazo llega al segundo trimestre (alrededor de la semana 15), la mayoría de las futuras madres suelen relajarse bastante. Por un lado, ya se ha pasado el trimestre en el que hay mayor riesgo de pérdidas, y también habitualmente por una ecografía, por tanto por la prueba del Triple Screening; si los resultados han sido satisfactorios y no se ameritan hacer otras pruebas como la Amniocentesis las madres suelen sentirse bastante más tranquilas, como si ellas y su bebé hubieran aprobado los primeros exámenes del embarazo. Por otro lado, las molestias físicas del primer trimestre suelen quedar en el pasado, se va la somnolencia y vuelve la energía al cuerpo proporcionando un baño de ánimo y entusiasmo.   
En este segundo trimestre –alrededor de la semana 16–  las madres comienzan a percibir los movimientos del bebé. La percepción del bebé trae consigo el reconocimiento de la criatura que, aunque se encuentre en el refugio del útero materno, empieza a ser reconocido como una entidad separada, con una vida en sí misma que la madre no controla.
La percepción de los movimientos intrauterinos suele producir cambios que empiezan a dar cabida a la aparición de sentimientos maternales, como el deseo y el placer de sustentar al bebé. “Aparece la necesidad imperiosa de dar alimento, sostén, apoyo a ese ser dependiente que vive en el interior de su cuerpo, que es parte de ella pero que al mismo tiempo comienza a diferenciarse como otro ser.”[2]
También es frecuente durante este período reexperimentar algunas vivencias de la infancia y de la relación con la propia madre, incluso llegando a sentir nuevamente la vulnerabilidad infantil. Esto sucede debido a que al percibir los movimientos del bebé y empezar a diferenciarlo como un ser distinto se proyecta sobre él la propia vivencia infantil rememorando algunos elementos de la relación madre-hija, dándose, de esta manera, una segunda diferenciación de la mujer en relación a la propia madre (la primera diferenciación la tenemos tod@s, hombres y mujeres, cuando somos niñ@s). Es un período muy intenso en el que nos podemos encontrar reconciliándonos con algunos aspectos de nuestra madre o, por el contrario, enfrentándonos al dolor de heridas antiguas que creíamos sanadas o traumas infantiles supuestamente superados. Todo esto ligado al deseo de proteger al futuro hij@ de cualquier sufrimiento que se haya vivido en el pasado.
Así, basada en la temprana relación madre-hija vivida en su momento, y que pudo haber sido conflictiva, la mujer escoge si se identifica con la madre introyectada o si rivaliza con ella para convertirse en una mejor madre de la que ella tuvo. En términos psicológicos hablamos de una experiencia tri-generacional. De esta manera, el modo de relación que cada mujer ha tendido con su propia madre influye en el modo en el que se vinculará con sus propios hij@s, ya que la identidad adquirida está vinculada a la relación materna primaria.
A partir de la diferenciación del bebé y a medida que los movimientos de la criatura se van haciendo cada vez más fuertes y pueden ser percibidos por el padre, las fantasías y expectativas entorno al futur@ hij@ cobran mucha más presencia. De hecho, de este conjunto de expectativas, basadas en representaciones de relaciones pasadas tanto del padre, como de la madre, nace el “bebé imaginario”. Muchas veces merece la pena hacer un trabajo de concientización de estas fantasías debido a que no son insignificantes para la relación con el bebé real y podrían generar ruido en la instauración del vínculo.
Las respuestas de las madres a los movimientos fetales son muy variadas. Cuando ocurren las primeras veces suele haber un poco de duda o descrédito hasta que la percepción se hace más frecuente, entonces hay quienes se relajan y comienzan a sentirse embarazadas disfrutando del movimiento, mientras que otras lo viven con un cierto monto de ansiedad, atribuyendo significados agresivos al movimiento del bebé; estas atribuciones “podrían estar relacionadas con la proyección de vivencias hostiles no elaboradas hacia la propia madre, que convendría trabajar adecuadamente.”[3]
La mayoría de las mujeres suelen sentirse contentas con el cambio que empieza a experimentar su cuerpo: ¡finalmente comienza a notarse el vientre abultado del embarazo! Sin embargo, para las mujeres que han sufrido algún tipo de desorden alimenticio este cambio tan rápido puede generar dificultades en la aceptación de la nueva imagen. Por otro lado, un cuerpo embarazo muestra al mundo que la mujer es fértil y sexualmente activa, lo cual muchas veces, de forma más inconsciente que consciente, genera ciertas incomodidades para algunas, esto evidentemente varía mucho dependiendo de la historia personal y de la apertura que se tenga ante la vivencia de la sexualidad.
En su mayoría, las madres consideran el segundo trimestre del embarazo como el más bonito de los tres. La presencia del bebé es notoria, pero al no ser tan grande las mujeres se sienten ágiles y enérgicas. Es el período en el que aparecen con más constancia los diálogos internos con el bebé, comenzando así la relación con él o ella como un ser aparte, desde una vivencia muy íntima.
Bibliografía Consultada:
       Patricia Alkolombre (2001). Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.
       Yolanda González Vara (2010). Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros.
       Dinora Pines. (1993) A Woman’s Unconscious Use of her Body. London and New Haven: Yale University Press
       Joan Raphael – Leef (1993). Pregnancy. The Inside Story. London: Karnac.

 


[1] Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros. 2010
[2]Cigarroa, A. (2011) Embarazo Normal y Embarazo de Riesgo. En: Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.
[3] Yolanda González Vara. Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros. 2010

Cuando estamos embarazadas es usual enfocar todas nuestras energías en la preparación para el parto, es comprensible. El parto es un momento, más o menos largo, muy, muy importante que cambia nuestras vidas para siempre, en el que no sólo nace nuestro bebé sino que también nacemos nosotras como madres. Las suecuelas de un buen o un mal parto nos generarán satisfacción o insatisfacción durante muchos años.

Prepararnos para el parto no es algo superfluo que se haga en ocho sesiones de clases de preparto, en realidad es un proceso psicológico (además de fisiológico) mucho más complejo en el que vamos trabajando de manera consciente, pero también inconscientemente, desde el momento en que sabemos que nuestro bebé es viable, y en muchos casos desde antes.

Sin embargo, por mucha o poca preparación que hayamos tenido para ese momento, no con poca frecuencia me encuentro con madres que, al llegar a casa con su bebé, se sienten completamente perplejas y confundidas en el postparto inmediato; incluso, muchas hacen comentarios como “no sabía que esto era así”, “me habían dicho que dormiría poco pero no me imaginaba este cansancio”, “nadie me explicó que los primeros días fueran tan duros”, etc. El posparto, para muchas, es el gran ignorado y desconocido… Pasamos dos o tres días en el hospital, llegamos a casa y nos preguntamos: “¿y ahora, qué?”

¿Ahora que hago con esta criatura tan pequeñita en los brazos?¿Y ahora, porqué llora? ¿Y ahora, porqué no se coge al pecho?¿Y ahora, porqué no se duerme? ¿tendrá frío, tendrá calor? ¿Y ahora, porqué las cacas son de este color? ¿Y ahora, y ahora?

Si a estos interrogantes le sumamos el cansancio, la falta de sueño, el hambre de leona que nos entra, el marido que a veces (cada vez menos, por fortuna) no acaba de ubicarse, el desorden que se va acumulando en la casa, las visitas eternas y sus opiniones “bien intencionadas”, el caos está servido.

Me gustaría plantearte algunas recomendaciones básicas para sobrevivir a estos primeros días, o semanas, de caos:

1. Lo primero y principal, lo más importante: necesitas tranquilidad, silencio e intimidad. Es el momento de re-conocerte, nunca mejor dicho, con tu bebé, para lo cual es vital la mayor cantidad de intimidad posible. Hay visitas que pueden esperarse unos días y no pasa nada. Ten esto como una prioridad.

2. Si has decidido dar el pecho resalta con rotulador el punto número 1, pero además: dar el pecho no duele, lo repito, no duele, no te tienes porqué acostumbrar, no se te tiene que hacer cayo, no te tienes que aguantar, no es normal que se haga grieta. No. Si estás sintiendo molestias al dar de mamar debes buscar asesoría para identificar qué está sucediendo, muchas veces es sólo una cuestión de postura, otras veces no. Pero recuerda: una simple molestia puede convertirse en pocas horas en grietas y heridas. Hay asociaciones, como Alba Lactancia Materna y La Liga de la Leche, que tienen grupos para atender a madres lactantes. Hay muchos otros grupos que también funcionan en espacios de crianza o en centros cívicos, y también hay asesoras de lactancia que pueden visitarte en tu casa. Si estas teniendo dificultades con el pecho, busca ayuda lo antes posible. 

3. Si estas leyendo esto y aún no has dado a luz: equipa tu despensa y, si es posible, cocina varias comidas y guárdalas en el congelador. Si ya tienes a tu bebé y esto no lo hiciste pero tienes alrededor alguna abuela entusiasta, delégale todo lo relacionado con la cocina y los alimentos, explicando lo importante que es que tú puedas tener esto cubierto para sólo encargarte de tu criatura y de descansar. Si no tienes a tu madre o a tu suegra cerca, piensa en alguna buena amiga y pídeselo, seguro que alguien podrá echarte una mano. 

4. Relacionado con el punto anterior: procura tener siempre a mano comida y bebida disponible. Dar el pecho da mucha hambre y mucha sed, y es vital hidratarse adecuadamente pero eso sí, siempre haciendo caso de las señales que te de el cuerpo.

5. Aprovecha todas las horas de descanso posible. Cada vez que el bebé duerma, duerme.Olvídate de las lavadoras, de lavar platos, de recoger, de atender visitas, de responder correos, etc., esas cosas las puede hacer tu marido o compañero (o algún otr@ entusiasta que quiera venir a casa). 

6. Si es posible, habla con tu pareja antes de que nazca la criatura sobre el tipo de apoyo que quieres de él o ella, sobre lo que necesitas que te aporte, no sólo a nivel logístico, sino también y sobretodo, a nivel emocional.

7. Si te encuentras agobiada con las visitas, o sientes que el apoyo de las abuelas no está resultando o no te están sabiendo dar lo que tu necesitas, no te metas en esa batalla ahora. Tu bebé necesita que todas tus energías estén enfocadas hacia él o ella, pídele a tu pareja que gestione estas situaciones por ti y que salga a la defensa de la recién nacida familia. Por si acaso, también puedes leer este post.

8. Es posible que experimentes cambios bruscos de humor que te puedan dejar sorprendida. Puedes pasar de estar tranquila a estar furiosa, o de estar alegre a querer llorar en un segundo. Estos arrebatos emocionales son consecuencia de la revolución hormonal que está ocurriendo dentro de ti. No te preocupes, pasará.

9. Si te sientes un poco triste, melancólica, si alguna vez te levantas pensando que la maternidad quizás no era lo que te imaginabas o tienes muchas ganas de llorar, esto también es normal, se llama babyblues. Date el permiso de sentirlo y de llorar si es lo que necesitas. Los primeros días del posparto son de mucha exigencia emocional para nosotras, y aunque tener un bebé es una gran dicha, no siempre tenemos que estar alegres.[1]De todas maneras, si estás así es posible que no estés recibiendo todo el apoyo que necesites, este post puede ayudarte si necesitas saber más sobre el babyblues.
 

10.Es posible que la maternidad remueva algunos recuerdos, valores y creencias de nuestra propia infancia o del modelo de crianza en el que crecimos, bien para reforzarlos o para cuestionarlos. Cada vez que puedas habla de estas cosas con tu pareja y plantéate el modelo de crianza que queréis seguir, eso os ayudará a tener las cosas más claras.

11.Si te lo puedes permitir, contrata a alguien que se encargue de la limpieza de la casa por una temporada, así no te tendrás que preocupar por eso. Si no te lo puedes permitir, pídelo de regalo. Créeme, tu bebé necesita menos ropita, mantas y peluches, y más de su mamá y su papá descansados.

12.Si te apetece recibir visitas pídeles que, cuando vengan, traigan una botella de agua de 5 litros a casa, o cualquier otra cosa que te haga falta en ese momento. Lo agradecerás.

13.Si empiezas a ver a tu marido como “el hombre ése que duerme a mi lado y que no hace nada como a mí me gusta”, no te preocupes, esto también pasará. Pero si estaís discutiendo más de lo usual, habla con él o ella al respecto. Muchas veces el cansancio nos hace estar más irritables, busca estrategias para vuestra comunicación sea más efectiva, planteando directamente lo que se necesita y evitando caer en discusiones estériles.

14.Es probable que después del parto sientas que te ha quedado una barriga de 6 meses de embarazo. No es el momento para preocuparse por el cuerpo, ya habrá tiempo y sin que te des cuenta mucho de lo que ahora “te sobra” se irá por sí solo.

15.Haz oído sordo a todos aquellos comentarios, opiniones, consejos, directrices, etc., que pongan en duda tus decisiones como madre. Confía en que eres y serás una buena madre para tu hij@, y en que nadie conoce a tu bebé más que tú, con lo cual nadie mejor que tú para saber lo que tu bebé necesita. Escucha a tu instinto. Y si estas hasta las narices de ese tipo de comentarios, siempre puedes mandarlos a hacer puñetas y quedarte tan ancha. No tienes porque escuchar cosas que te irriten o te hagan sentir cuestionada o insegura.

16.Busca apoyo. La maternidad es un momento muy intenso, en el que solemos estar muy vulnerables. Es vital que busquemos apoyos efectivos, personas que puedan acompañarnos, escucharnos, ayudarnos sin juzgarnos, dejándonos tomar nuestras propias decisiones. Para esto están las doulas.

17.Si sientes que el parto ha sido duro o traumático, busca alguien con quien hablar de eso. Puedes acudir a una doula o a algún grupo de posparto o de crianza. 

18.Hazte con una tribu. Es muy importante que durante los primeros meses de la crianza te rodees de otras madres que están viviendo lo mismo.Busca grupos de crianza, grupos de apoyo a la crianza, grupos de lactancia, lo que sea que te permita sentirte acompañada y apoyada por otras madres. En Barcelona hay lugares a los que las madres pueden ir con sus bebés a hacer actividades de lo más variopintas pero recuerda, mucho más importante que la actividad en sí es el encuentro y el compartir con otras madres, esto te brindará apoyo y seguridad. También hay muchas tribus 2.0 que son excelentes donde las madres se apoyan, se dan información y se miman entre ellas y aunque no es igual que tenerlas en carne y hueso, al ser una tribu virtual siempre habrá alguien disponible en el momento en el que tu lo necesites.

19.Déjate sorprender. Por mucho que te prepares, el posparto es, sobretodo, una sorpresa.No sabemos cómo seremos como mamá hasta que tenemos a nuestro bebé entre los brazos. Dale cabida a lo inesperado y deja que tu bebé te enseñe el camino. Los bebés son grandes maestros, sólo necesitan que se les escuche, respete y confíe en ellos! 
20.Finalmente solo me queda decirte ¡enhorabuena! Estas comenzando un camino lleno de emociones y plenitudes. Fluye con él y disfrútalo al máximo que aunque hoy las tomas se te hagan eternas, el tiempo se pasa volando y dentro de poco todo esto serán recuerdos que no dejarás de mirar con un suspiro entre los labios.
¿Se te ocurre alguna otra recomendación para añadir a la lista? ¡

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[1] Si transcurren algunos meses y sigues sintiendo tristeza, melancolía o ganas de llorar, consúltalo con algún psicólog@ que tenga conocimientos sobre temas de maternidad.

Hay un dicho que reza que las cosas dependen del cristal con que se mire. Muchas veces me he sorprendido de la gran cantidad de información que podemos conseguir sobre los aspectos biológicos del embarazo y la reproducción en contraste con lo poco que hay disponible (y de calidad) sobre el embarazo a nivel psicológico: las emociones, el imaginario, la ansiedad y el crecimiento personal que acompaña a cada embarazo. Este es el cristal a través del cual yo miro muchas cosas –llamémoslo desviación profesional–, y que me ha motivado a escribir una serie de post sobre los efectos emocionales que tiene el embarazo en la mujer, así como también, los efectos que tienen algunas emociones de la mujer sobre el embarazo, dos cosas parecidas pero que no son lo mismo.

Empezaré esta serie hablando de las emociones durante el primer trimestre del embarazo. Hace pocos días me topé con este post de El Parto esNuestro en el que se habla del malestar durante el primer trimestre y como aliviarlo. Allí dicen: “El primer trimestre es una noria de sentimientos y emociones, subidas y bajadas de hormonas. Se producen cambios físicos y psíquicos que se nos harán más llevaderos con buena información. Hay tantas formas de vivir el embarazo como mujeres existen. No todas las mujeres tenemos las mismas molestias, ni las vivimos con la misma intensidad.  Las molestias más frecuentes son: aumento de salivación, sensación de hinchazón, sensibilidad olfativa, sangrado de encías, estreñimiento, acidez, apetito desmesurado o falta de apetito, gases, aumento de sudoración, cansancio y sueño, dolor mamario, naúseas, micción frecuente, congestión nasal, mareos y dolores de cabeza.”

¿Y en qué consiste la noria de sentimientos y emociones? Pues bien, en primer lugar, desde que recibimos un resultado positivo, las mujeres experimentamos una mezcla de emociones: alegría, miedo, júbilo, incertidumbre, impaciencia, dudas, etc. Muchas veces estos sentimientos se contradicen entre sí y se vivirán con mayor o menor intensidad dependiendo de los factores personales de cada una. Algunos de estos factores están relacionados directamente con la vivencia de la maternidad: si se es primeriza o no, si se tiene mucho tiempo intentando o, por el contrario, ha sido inesperado, si se ha tenido alguna pérdida, etc.; y otros relacionados con la personalidad y situación vital de cada mujer. Lo cierto es que hay diferentes maneras de “digerir” un embarazo y todas conllevan una serie de emociones que pueden cambiar día a día.

El cansancio, la somnolencia, las nauseas, y la sensación de fatiga, típicas del primer trimestre del embarazo, si bien son un indicador de que el cuerpo está haciendo lo que ha de hacer, pueden ser un motivo por el cual la mujer se sienta irritable y malhumorada, así como también los despistes y la falta de memoria que nos acompañan durante todo el embarazo. Por otro lado, esta misma sensación de cansancio puede menguar el deseo sexual durante el primer trimestre y, si bien los pechos adquieren unas dimensiones más atractivas, ¡por nada del mundo queremos que sean tocados!   

Estar embarazada significa un gran cambio, de hecho, es el único momento vital en que hay tantas hormonas activas y trabajando en el cuerpo de la mujer y esto, aunado a que psíquicamente estamos haciendo transformaciones intensas (aunque no seamos consciente de ellas) también nos juega algunas “malas pasadas” en nuestro estado de ánimo. Así, podemos pasar de estar contentas a sentirnos irascibles y luego estar desconsoladas por algo que conscientemente sabemos que no es tan importante. Lo mejor que podemos hacer para sobrellevar esta situación es tenerlo presente. Evidentemente eso no hará que no nos afecten las cosas pero, cuando nos hayamos calmado, puede ayudar a entender porque tanta sensibilidad repentina. También es bueno que se lo recordemos a nuestra pareja de vez en cuando, antes de que piense que se nos están fundiendo las neuronas. Una vez han pasado las primeras 15 semanas, esta labilidad emocional disminuye considerablemente.

También debemos considerar que en esta primera fase del embarazo, las mujeres tenemos dos vivencias de angustia más o menos importantes: la más conciente está asociada a los cambios que empieza a vivir nuestro cuerpo y la otra, menos conciente, es el temor de que el bebé que se gesta en nuestro interior no se esté desarrollando adecuadamente. Esta angustia frecuentemente se manifiesta a través de los sueños o de las fantasías, y muchas veces es debido a este miedo que se retrasa el dar la noticia a familiares y amigos, o se comenta “con la boca pequeña”.

El embarazo, sobre todo el primero, es un proceso trascendente y crucial en la vida de cada mujer, independientemente de la manera como lo vivencie. Se trata de una etapa que impone la necesidad de adaptarse a grandes cambios, no sólo porque el cuerpo adquiere un gran protagonismo, sino también porque es una importante experiencia emocional, cargada de mucha ambivalencia que la futura madre tiene que aprender a tolerar y manejar. Otro elemento importante es que a partir de que sabemos que estamos embarazadas, consciente o inconscientemente, se comienza un trabajo intenso en relación a la propia infancia y la propia madre, a nuestra vivencia como hijas, esto muchas veces puede resultar doloroso o desconcertante y requiere de cierto esfuerzo y trabajo personal; pero de esto hablaré más ampliamente en otra entrada.

Si estás en el primer trimestre de tu embarazo, ¡felicidades! Estas comenzando un intenso viaje, procura vivirlo al máximo y con la mayor conciencia, busca información lo antes posible, mientras más cosas sepas más libertad tendrás para escoger las opciones que más te vayan bien y, si te encuentras emocionalmente abrumada y se te hace difícil de manejar, busca alguien calificado que pueda escucharte, darte apoyo y acompañarte en el proceso. 

Bibliografia consultada:
-Beatrijs Smulders y Mariël Cronn. Embarazo Seguro. Barcelona: Medici.
– Joan Raphael – Leef. Pregnancy. The Inside Story. UK: Karnac.
-Patricia Alkolombre. Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.

Si eres madre de un bebé o estas a punto de serlo, debes haber observado con cierta sorpresa la transformación por la que han pasado tu madre y/o tu suegra, sobretodo si se trata del primer bebé que llega a la familia.

No es inusual que las abuelas pierdan la cabeza con la noticia de que un nieto está en camino. Muchas desean comprar cositas para el bebé y participar en los cambios del hogar relacionados con su llegada, quieren enterarse de cómo ha ido cada revisión médica, miran las fotos de las ecografías e incluso desde entonces empiezan a decir que “se le parece a”, se preocupan por tus hábitos alimenticios o de descanso (cuando quizás nunca antes lo habían hecho) y, con frecuencia, tu vientre abultado deja de ser parte de tu cuerpo para convertirse en “aquel sitio donde está su nieto” que ellas pueden tocar a su antojo. Son cambios que, dentro de todo, parecen razonables y positivos, no cabe duda que la llegada de un bebé genera mucha ilusión en toda la familia y convertirse en abuela también es algo importante.

Si tu relación con tu madre o tu suegra es armoniosa, cercana y afectuosa y, además de esto, tienes la confianza de hablar abiertamente con ellas sobre lo que deseas hacer y te escuchan, te apoyan y lo respetan, todo esto es fantástico.

Las dificultades aparecen cuando la relación no es tan buena y la madre, o la suegra, son vividas como mujeres que no respetan tus decisiones o deseos, que no te apoyan si haces algo distinto a lo que a ellas les parece, en fin, si sientes que no te refuerzan en tu capacidad de maternar.

Lamentablemente, este segundo escenario suele repetirse con frecuencia, y el asunto es más delicado si de quien estamos hablando es de la suegra. La explicación es obvia: por muy en desacuerdo que estés con tu madre, siempre será tu madre, os podéis pelear y enfadar muchas veces, no dejará de ser tu madre y de alguna manera conseguiréis un punto intermedio. Con las suegras la relación es más frágil y no sólo te afecta a ti, sino que también puede afectar a tu relación de pareja.

Asumir el rol de abuela también requiere de un proceso en el cual, tu madre y tu suegra han de internalizar el hecho de que no son ellas las nuevas madres sino tú; han de pasar el testigo y dejar que seas tú la que tome las decisiones con respecto a la crianza de tu bebé, estando allí por si les solicitas alguna ayuda u opinión. Para esto, han de dejar de verte niña para poder verte como madre, es decir, asumir que realmente has crecido, que no eres “su nena” (o en el caso de la suegra “su nene” porque eso te coloca a ti en el mismo nivel), sino que eres una mujer con todas las capacidades para criar adecuadamente a tus hij@s, a pesar de que puedas tomar decisiones diferentes a las suyas. Este es un proceso difícil. Socialmente está muy aceptada la creencia de que “l@s hij@s, a los ojos de sus madres, serán pequeñ@s siempre”. Por muy bonito que esto suene, es muy perjudicial debido a que dificulta que nuestros padres nos vean como adultos capaces y, en el área de la maternidad, da pie para que se infantilicen y menosprecien nuestras decisiones si son distintas a las que ellas, en su momento, tomaron.

Pero ¿cómo son las abuelas que ayudan? Pues, tal y como lo describe Laura Gutman, son las que ofrecen apoyo desde los lugares menos visibles: lavan los platos, limpian la casa, lavan la ropa, preparan una buena comida para la joven madre, le hacen compañía de un modo silencioso y pidiendo permiso. No opinan si no se les pide opinión, no se entrometen, no son ruidosas ni traen visitas innecesarias. “Simplemente están disponibles. Avalan. Ofrecen presencia. Otorgan confianza. No contradicen las intuiciones de la madre. Toman al bebé cuando la madre lo requiere. Y se hacen cargo de las tareas menos glamorosas, pero más necesarias”[1]. Si tienes una madre o una suegra así, ¡alza los brazos y da gracias al cielo! Y cuídala tu también a ella, que son ejemplares raros…

¿Y si no? Pues toca arrear con lo que se tiene, intentando sacar el mejor provecho de los aspectos positivos que tenemos todas las personas. Las abuelas que no ayudan tanto (o que no ayudan nada) son las que cuestionan nuestras decisiones referente a nuestra criatura y a la crianza que hemos escogido, son las que quieren imponer sus criterios menospreciando los tuyos, son las que cuelan visitas “para presumir”, las que llegan a casa, se sientan en el sofá y piden que le den al bebé, las que te meten miedo e inseguridades en el cuerpo, las que no confía en tu capacidad para maternar, las que comparan constantemente lo que estas haciendo con lo que ellas hicieron en su momento. Esas. ¿Qué hacemos con esas? ¡Aquí algunas ideas, si se te ocurren otras, siéntete libre de comentarlas!

· Primero, respira hondo. Es la familia que tienes y no la vas a cambiar. Repito: no la vas a cambiar. Asumir esto es tener la mitad de la tarea hecha.

· Tu pareja ha de ser tu principal aliado y protector. A tus padres los puedes encarar tu. A tus suegros… puedes, pero es menos violento si lo hace su hijo, además es lo que toca. Muchas veces los hombres están en una posición delicada: están de acuerdo con lo que tu quieres hacer con la crianza del bebé, pero no quieren contrariar o disgustar a su madre. Es el momento de que ellos también asuman su función, que asuman que ya no son “los nenes de mami” y que su lealtad principal ha de estar con su mujer y su bebé, duélale a quien le duela. Si él tiene dificultades para ponerle límites a su madre es importante que lo habléis mucho, con calma y sin enfados, pero es él quien tiene que resolverlo. Será parte de su proceso de convertirse en padre.

· Muchas veces lo que las abuelas quieren es ayudar. Deja claro en qué cosas es importante que te ayuden y agradece mucho cuando esas cosas son hechas. Eso les da un lugar, un protagonismo y un peso.

· Cuando quieras explicar porque es importante para ti que alguna cosa se haga de una determinada manera (sobretodo si se trata de algo que se sale de la crianza tradicional) explícalo desde la emoción, desde lo tranquila que te hace sentir que tu bebé sea cogido en brazos cuando llora, por ejemplo. No des información sobre las evidencias científicas, o los últimos estudios o etc., porque eso no suele hacer que las abuelas cambien de opinión. Ellas creen lo que creen, y a menos que sea una persona abierta a los cambios o interesada por estos hallazgos, toda las explicaciones que les puedas dar entraran por un oído y saldrán por el otro. No te desgastes.

· Es mucho más positivo para tod@s tener una conversación en buenos términos, antes de que te sientas desbordada. Trata de buscar un buen momento para conversar y saca el tema con neutralidad pero diciendo las cosas claramente. Si estas desbordada, es mejor esperar o delegar esta conversación a tu pareja.

· Elige bien tus batallas. Hay cosas por las que realmente vale la pena discutirse y cosas que podemos oír “como quien oye la lluvia caer”. No es positivo desgastarse por todo, te acabarán tildando de quisquillosa y todo tendrá el mismo nivel de importancia, sin prioridades. Elige bien las cosas que son realmente importantes para ti y háblalas con claridad.

· No cedas. Si se trata de algo que es fundamental para ti o tu bebé, no cedas a la presión. Es posible que te lo reproches en el futuro, o que sientas que te has traicionado o has traicionado a tu bebé.

· Cuidado con los mensajes indirectos. Algunas veces las abuelas hacen comentarios a sus nietos (hasta en un tono cariñoso) que en realidad son mensajes para la madre. Encara estos comentarios calmada pero directamente. No es bueno que tu hij@ crezca oyendo de su abuela comentarios del tipo “ay, es que como te pasas todo el día en bracitos” o “a ver cuando te veo con unos zapatitos nuevos”, por ejemplo.

· No cuestiones como lo hicieron ellas. Puede ser tentador entrar en esta dinámica, pero no lleva a nada bueno. Ellas lo hicieron lo mejor que pudieron, con los recursos y la información que tenían disponible, házselo saber siempre que sea necesario. Válida su experiencia aunque tu hayas decidido hacer algo diferente.

· Evita las comparaciones. Son odiosas.

· Aprende de las diferencias. Es posible que algunas veces encuentres en su manera distinta de hacer otros recursos que no habías contemplado y que te pueden ser útiles en algún momento dado.

· Tu bebé necesita relacionarse con sus abuelos. Son sus abuelos y es su derecho, pero los primeros meses lo que tu bebé más necesita es que intimar contigo. Para esto has de estar tranquila.

· Tod@s están aprendiendo, dales tiempo. La dinámica familiar ha cambiado y tod@s tienen que resituarse y encontrar su espacio dentro de la nueva realidad y la nueva dinámica, esto toma tiempo, se paciente. Ellas también están aprendiendo.

· Aire. Si pese a todo esto, realmente te sientes muy agobiada o invadida por la presencia de una abuela (sea tu madre o tu suegra) y no hay manera de llegar a acuerdos, deja que corra el aire, encuévate, tómate tu tiempo. Una cosa está clara: tu bebé te necesita tranquila y esto es una prioridad. Con el tiempo estas cosas quedan disculpadas (si es que hay algo que disculpar). Piensa en lo que tú y tu bebé necesitáis.

· Busca tribu. Una vez más, rodéate de mujeres que sean un referente positivo. Busca el apoyo de alguna madre experimentada pero joven que pueda ser un espejo donde mirarte y, sobretodo, busca el apoyo de aquellas mujeres que, como tú, están recorriendo el camino de la maternidad, conociendo a sus bebés y conociéndose a sí mismas, éste es el apoyo más efectivo, real y potente con el que puedes contar.

[1] Laura Gutman (2011). La Familia Ilustrada. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo.

“El embarazo, especialmente el primero, es un proceso trascendente
y crucial en la vida de una mujer, ya que en ese momento puede confirmar
su fertilidad y su capacidad de crear una nueva vida. Es una etapa que
impone la necesidad de adaptarse a grande cambios; no sólo porque
el cuerpo adquiere un gran protagonismo, sino también porque se trata
de una importante experiencia emocional.”
Ana Cigarroa.

Durante el embarazo no solamente ocurren muchos cambios a nivel físico, psicológicamente también nos enfrentamos a transformaciones profundas de las cuales, a menudo, no somos conscientes pero que dejan su huella en nuestro día a día.

Prepararnos para ser madres es una tarea física y psicológica y si bien mucho de lo que ocurre se da de manera natural o instintiva,  lo “maternal” también conlleva una gran carga de la herencia cultural de cada una, de aprendizajes, y de nuestras propias vivencias. La maternidad es un proceso biológico, psicológico y sociocultural que se da en la vida de las mujeres y que comienza a organizarse desde la infancia a través de la relación con la propia madre.

¿Cuáles son estas transformaciones psicológicas que se dan mientras estamos gestando?

Normalmente se considera que, durante un embarazo normal, se pasa por tres fases. La primera fase comienza cuando confirmamos el embarazo y se extiende un poco más allá del primer trimestre, aproximadamente las 15 semanas. En esta etapa se pueden padecer dos tipos de angustia: una asociada a los cambios que sufre el cuerpo, y la otra es el temor de que el desarrollo del bebé se de adecuadamente, muchas veces esta última es más inconsciente y se expresa a través de los sueños.

De este modo la embaraza pasa por períodos de turbulencias emocionales llenos de sentimientos contradictorios que se alternan constantemente. Es normal pasar de la alegría al llanto o de la tranquilidad al enfado en cuestión de minutos. Estos cambios de humor son consecuencia de los cambios hormonales de la gestación, pero también de estas angustias que están operando en nuestro interior aunque no seamos conscientes de ellas.

La segunda fase se inicia a partir de la percepción de los movimientos del bebé y se prolonga por un período de tres o cuatro meses, más o menos hasta la semana 34. Es el período más importante porque la percepción del bebé produce cambios que empiezan a dar cabida a la aparición de sentimientos maternales: el deseo y el placer de sustentar al bebé. “Aparece la necesidad imperiosa de dar alimento, sostén, apoyo a ese ser dependiente que vive en el interior de su cuerpo, que es parte de ella pero que al mismo tiempo comienza a diferenciarse como otro ser.”[1]

También es frecuente durante este período revivir algunas vivencias de la infancia y de la relación con la propia madre, incluso llegando a sentir nuevamente la vulnerabilidad infantil. Es un período muy intenso en el que nos podemos encontrar reconciliándonos con algunos aspectos de nuestra madre o, por el contrario, enfrentándonos al dolor de heridas antiguas que creíamos que estaban sanadas o traumas infantiles supuestamente superados. Todo esto ligado al deseo de proteger al futuro hij@ de cualquier sufrimiento que hallamos vivido nosotras.

El modo de relación que cada mujer ha tendido con su propia madre influye en el modo en el que se vinculará con sus propios hij@s, ya que la identidad adquirida está vinculada a la relación materna primaria.

La tercera y última fase comprende las últimas cuatro a seis semanas de gestacióny está caracterizada por las reacciones físicas, los bruscos cambios corporales ante un embarazo avanzado, y la preocupación por la inminencia del parto o la posibilidad de una cesárea (Cigarroa, 2011). Es el período de los temores y el miedo a tener un parto prematuro, complicaciones, inducciones, posibilidad de cesárea e incluso aparecen algunas fantasías de que algo vaya mal en el parto o con el bebé.

Para algunas mujeres el embarazo puede ser una de las etapas más enriquecedoras de su ciclo de vida, pues es un período placentero en el que es posible lograr una mayor maduración y crecimiento del self. Pero, para otras el embarazo es una experiencia dolorosa y atemorizante por múltiples causas y situaciones. Los distintos factores que podrían provocar vivencias negativas y traumáticas durante el embarazo pueden ser de origen orgánico, fisiológico, psicológico, social y cultural y serán diferentes según la historia singular y los antecedentes obstétricos de cada mujer (Pines, 1994)[2].

La ambivalencia emocional es el afecto más intenso y frecuente que se observa en la mujer durante el embarazo, el parto y el puerperio. Ésta se expresa normalmente a través de los temores, las dudas, los miedos sobre si “seré capaz de” (parir, aguantar el dolor, dar de mamar, ser buena madre, estar a la altura de, etc., etc.), o a través de los sentimientos encontrados de alegría por el embarazo y al mismo tiempo de hastío o molestia por los síntomas que éste pueda estar generando: nauseas, mareos, fatiga, pesadez, dificultades para descansar, etc.

Muchos de estos sentimientos, principalmente los negativos, se viven en soledad. La venida de una nueva vida da tantas razones para la celebración que la expresión de lo negativo no suele tener cabida. Lo mejor que podemos hacer si nos sentimos agobiadas o muy angustiadas con estas emociones y lo que ellas representan es buscar espacios de escucha y comprensión: grupo de madres embarazadas, grupos de madres con recién nacidos, el acompañamiento de una doula, compartir estas emociones en la visita con la comadrona o, si es necesario o una lo prefiere, buscar apoyo de un psicólogo perinatal. Lo fundamental es no comenzar a transitar la maternidad en solitario y buscar, desde antes que nazca el bebé, espacios de contención, acompañamiento y apoyo.

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Aspectos psicológicos del Segundo Trimestre del Embarazo: Somos uno y somos dos.

Veinte Recomendaciones Básicas para Sobrellevar el Postparto

[1]Cigarroa, A. (2011) Embarazo Normal y Embarazo de Riesgo. En: “Travesías del Cuerpo Femenino”. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.
[2] Pines, D.(1994). La Importancia de la evolución psíquica temprana para el embarazo y el aborto”. En: “Mujeres por Mujeres”. Lima: Biblioteca Peruana de Psicoanálisis.