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Pareja

Una de las cuestiones que más se trastoca en las parejas cuando tienen uno o más hij@s son las muestras de afecto y las relaciones sexuales –¡casi nada!-. Ingenuamente, antes de ser p(m)adres, posiblemente pensabas que sí, que cambiaría un poco, que a lo mejor los primeros 2 meses no apetecería, ya sabes, el cansancio, la cuarentena… , pero que una vez que el bebé durmiera del tirón las cosas irían volviendo a su sitio, retomaríais el ritmo poco a poco, y a los 6 meses ya lo estaríais haciendo 2 veces por semana… ¡Qué! ¡A que aún te estas riendo!

Pues sí, se trata de reír por no llorar, pero la “verdad verdadera” es que la relación erótica (y me refiero a relación en su espectro más amplío: comunicación y vínculo) cambia radicalmente desde el momento en que tenemos nuestr@ primer hij@.

Iván Rotella, vicepresidente de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual, en una entrevista realizada por La Voz de Asturias, usó una imagen que me gusta mucho: “Tener hijos es una decisión complicada y debe tomarse sopesando todos los pros y contras posibles. No es comprar otro coche o cambiar la decoración de la casa. Es incorporar otras personas a tu relación de pareja. Otras personas que al principio tienen una absoluta dependencia hacia a ti y que constantemente necesitan tu atención y pasarán muchos años hasta que eso pueda cambiar un poco.[1] Incorporar a otras personas en tu relación de pareja implica muchísimos ajustes y renegociaciones que ni tan sólo imaginábamos…

 La relación erótica en la pareja muta, y como nadie nos informó al respecto, es habitual que algunas parejas pasen por una crisis importante antes de recolocarse del todo. En este sentido hablo de algo mucho más allá de las relaciones sexuales (su calidad, duración y frecuencia), hablo de la expresión de la sensualidad y el erotismo en la pareja: ambos miembros, pues ya no son lo que eran, ni ocupan exactamente el mismo lugar en el Otro, deberán reaprender a relacionarse y a establecer nuevas dinámicas, en donde el juego, las muestras de afecto y la sensualidad necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (aunque parece que cada vez menos).

La experiencia clínica con madres puérperas y con parejas en proceso de crianza, me ha permitido diferenciar tres momentos en los que la pareja se ha de reajustar en muchas áreas y dinámicas: durante el primer año de las criaturas, durante la crianza de l@s niñ@s cuando son pequeñ@s, y durante la crianza de l@s hij@s adolescentes. En este post sólo hablaremos del primer momento, del segundo y del tercero lo haremos en los siguientes.

El primer año de postparto.

La mayoría de los estudios sobre sexualidad en el postparto, a parte de ser escasos, cuantitativos y con una muestra poco representativa, se enfocan en las primeras 8 semanas del postparto cuando, en realidad, el postparto va mucho más allá del final de la cuarentena. En un estudio que encontré recientemente por Internet me topé con datos que cuestan mucho creer. Según la autora, “entre la sexta y la octava semana después del parto, entre el 40 y el 60% de las parejas han tenido su primera relación coital, lo que aumenta al 80% de las mujeres en la duodécima semana de postparto”[2]… ¿Qué mujeres son estás? ¿A los dos meses de haber parido? ¿En serio?… La investigación no dice con cuantas mujeres contó, pero sospecho que fueron muy, muy pocas y muy, muy atípicas…

La “verdad verdadera” es que el primer año del nacimiento de una criatura no suele ser un año muy sexual. Y la recuperación del deseo en las mujeres se verá afectada por una multitud de variables: la primera y más importante es lo “indemne” que haya podido salir del paritorio. La vivencia del parto afecta de manera muy profunda y prolongada la sexualidad en el futuro, tanto en las mujeres, ¡como en los hombres!.

En lo que respecta a las mujeres, aquellas que han tenido una vivencia positiva y respetada del parto tienen menos dificultades a la hora de retomar la sexualidad, que las que tuvieron una experiencia de parto irrespetado y doloroso, cuya consecuencia física, por ejemplo, es una episiotomía con una cicatriz tivante, o una cesárea de la cual recuperarse. Evidentemente este grupo de mujeres tienen que asumir no sólo una recuperación física, sino también, y sobre todo, una recuperación psicológica. De hecho muchas mujeres que han tenido un parto difícil o muy medicalizado, pueden llegar a sufrir algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático que puede degenerar en problemas de lubricación, vaginismo, dispareunia, miedo a la penetración o a un nuevo embarazo.

En cuanto a los hombres, hay un aspecto que ha sido muy banalizado últimamente, y sobre el cual consigo pocas reflexiones, y éste tiene que ver con las consecuencias que puede tener el hecho de que actualmente algunos hombres están acompañando a sus mujeres durante todo el proceso de parto.

Antiguamente –y en las comunidades tribales sigue siendo de esta manera–, el parto era una “cosa de mujeres”, el hombre solía esperar en otra habitación o rodeado de otros hombres. Son imágenes que hemos visto en muchísimas películas. Con la medicalización del parto también se dio la masculinización del parto. Es decir, el hombre comenzó a inmiscuirse en un terreno que era fundamentalmente femenino. Esto ha degenerado en los partos modernos que vivimos actualmente: medicalizados, intervencionistas y sin ningún sentido de la intimidad; pero es que además, ha llevado también a que el padre de la criatura pueda ser testigo de primera línea del nacimiento de sus hij@s. ¿Y que cuál es el problema? Suponemos que si queremos tener un compañero comprometido con todos los aspectos de la crianza de nuestr@s hij@s es lógico pensar que este compromiso comienza desde el mismo momento del nacimiento, ¿no?

Si y no. No es lo mismo el hombre que está en el paritorio en calidad de acompañante de su mujer con la intención de darle apoyo físico y emocional y ser una fuente de protección y de compañía, que el que entra para “presenciar en primera fila” (y en algunos casos, hasta grabar) el nacimiento de su hijo.

En una conferencia a la que asistí hace tiempo, Michel Odent dijo que los hombres no tienen nada que hacer en los paritorios. Hay aspectos de la sexualidad femenina que deberían seguir estando velados a lo masculino. No es inusual que algunos hombres que han presenciado el momento del parto desarrollen una amistad muy potente con la madre de su hij@, pero también que pierdan la libido y el deseo sexual hacia su mujer como mujer. Ver la zona que hasta ahora había sido protagonista del placer sexual abrirse, expandirse y permitir la salida del propi@ hij@, psicológicamente tiene connotaciones y resignificaciones en los hombres que no deben ser minimizadas. No es poca cosa lo que ven, siendo quienes son, amantes, y retomar nuevamente esta zona sólo como un espacio de placer y disfrute algunas veces puede ser complicado.

Ahora bien… supongamos que hemos superado el paritorio, llegamos a casa con la lactancia, las preocupaciones por el bebé, la recuperación física tras el embarazo y el parto, la falta de sueño, el cansancio, los cólicos, nuestras angustias… y comienza lo que para much@s (sobre todo para algunos hombres) puede definirse como el desierto del posparto. Pasan los días, las semanas, los meses y las cosas no vuelven a ser como antes… La realidad es que (y evidentemente aquí hay muchísimas diferencias) la mayoría de las parejas retoman las relaciones sexuales en algún momento alrededor de los 6 meses (un poco antes o incluso bastantes meses después), hay quienes lo hacen cuando la criatura está alrededor del año y bueno… aquello de 2 o 3 veces a la semana quizás no ocurra durante muchos años (sobretodo si por el camino tenemos más hij@s y volvemos a la casilla #1)

Un elemento del que no podemos olvidarnos es que la lactancia es un aspecto más de la sexualidad femenina. Durante los primeros 6 meses del bebé la producción de prolactina puede inhibir el deseo sexual femenino, además de que las madres solemos estar llenas de amor y dedicación hacia nuestra criatura, con lo cual hay poco espacio psíquico para otro tipo de intereses, preocupaciones y ocupaciones, que no sea la de madre-bebé (y aquí el por qué las mujeres que no dan el pecho y no producen prolactina tampoco tienen ganas de tener relaciones sexuales durante los primeros meses).

El momento en que cada mujer retoma las relaciones sexuales con su compañer@ va a depender, principalmente, de un compendio de factores psicológicos en su nuevo estado de maternidad: lo segura o preocupada que se sienta con respecto a la criatura (incluso cuando ya es más mayor), el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y/o física de las tareas del hogar, las preocupaciones económicas y/o laborales, la relación (y la consecuente atracción o rechazo) con su propio cuerpo tras el parto, la relación con su nuevo rol de madre lactante y las implicaciones eróticas que conlleva (que a muchas genera incomodidad y/o rechazo), la cantidad de gratificación y satisfacción amorosa –que en algunas llega al arrobamiento–, que obtengan con su bebé, lo sola o acompañada que se encuentre, la validación que como madre haya podido recibir, pero, principalmente, va a depender de cómo percibe que ha sido o está siendo el acompañamiento recibido por parte de su pareja: si la pareja ha estado implicada, ha sido comprensiv@, la ha apoyado emocionalmente, ha resultado ser un soporte real en los momentos de angustia, le ha brindado los cuidados y el afecto que ha necesitado, la ha acompañado y no se ha apresurado a volver a su vida de antes, hay muchas más probabilidades de que a la mujer se le encienda el deseo por su pareja cuando ella se sienta preparada, que no si el panorama ha sido otro. Son muchas las mujeres que, llegado un momento en el postparto, están ya preparadas a retomar las relaciones sexuales pero a su vez, sienten tanto enfado por el poco apoyo que han recibido de sus parejas que, hasta que no se habla de ello y hay un reconocimiento de este malestar por parte del Otro, el encuentro se atrasa.

De hecho, es habitual que algunas mujeres rechacen las expresiones de afecto de sus compañer@s debido al temor de que si se muestran receptivas quizás su pareja reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones. Esto, sumado al día a día del postparto, genera distanciamiento afectivo entre la pareja y reproches que seguramente saltarán en discusiones en el futuro. Lo cual lleva a lo más anti-erótico que existe: resentimiento, aversión, hartazgo, o incluso odio.

También se ha de tener en cuenta algo muy básico pero natural: el actual atractivo físico y de carácter de la pareja. Y es que por los motivos que sea, muchos hombres al convertirse en padres, se dejan y esto, también genera un efecto negativo.

En todo caso, necesitamos tiempo. Laura Gutman nos dice que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente necesitan tiempo. Yo agrego que nuestro bebé y nuestro deseo, también. Conozco a poquísimas mujeres que tuvieran ganas de tener sexo después de la cuarentena, la mayoría ni se lo plantean (independientemente de que se hayan recuperado bien del parto), estamos tan centradas en la díada mamá-bebé que nuestro marido (como hombre) se torna invisible. Y si no mantenemos una buena comunicación con nuestra pareja en la que nos sintamos libres de expresar nuestros miedos y temores, se está colocando el escenario del distanciamiento. Él puede sentirse rechazado o pensar que ahora sólo nos llena la presencia del bebé. No podemos olvidar que después de que nace el bebé, la vida del padre no cambia tanto como la nuestra. Normalmente mantiene el mismo trabajo y su cuerpo no ha cambiado, tanto. Hay más continuidad. Es comprensible que un padre pueda ver las relaciones sexuales como una reafirmación de su anterior relación de pareja. Puede sentirse cansado y desorientado y desear el consuelo y el placer que encuentra en el sexo. Todo esto hay que hablarlo, aunque el bebé de pocos momentos para ello, se han de aprovechar al máximo y agotarlos.

Cada uno necesita algo diferente. ¿Y qué se puede hacer? Hacer un ejercicio de honestidad con nosotras misas es lo primero, asumirlo y conversarlo para poder llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos. En este sentido hemos de ser abiert@s y flexibles, si nuestro compañero necesita descargar energía sexual porque no puede sublimarla, o está muy tenso, pactar recurrir al recurso de la masturbación sin que suponga un conflicto para la pareja, podría ser una opción. Cada pareja ha de encontrar su fórmula y para esto, mientras más abierta y honestamente hablemos de sexualidad con nuestra parejas (de la propia, la suya y la conjunta, que son tres cosas distintas) más números tenemos de que sea algo que pueda volver con mucha más intensidad y con una mayor sensación de unión a la vida de la pareja.

De momento, si te encuentras transitando el desierto del postparto y te apetece empezar a hacer algo al respecto –asumiendo que no hay reproches ni malestares guardados hacia la pareja que dificulten asumir con agrado cualquier iniciativa­–, se puede comenzar a estimular el deseo y la apetencia sexual aceptando un acercamiento progresivo y una normalización gradual de la sexualidad, sin tener mayores expectativas ni ser exigente. Hay que buscar condiciones que faciliten el deseo, sobre todo en la mujer, por ejemplo proporcionando momentos de descanso y momentos y espacios de intimidad afectiva entre la pareja, en donde se pueda conversar sobre el sexo, sobre nuestros deseos, fantasías, anhelos, temores, dificultades, aprendiendo o redescubriendo que existen muchísimas maneras de disfrutar y sentir placer con el otro y que la genital es sólo una de ellas.

Si te ha interesado este post, quizas también te interese “Ya no somos lo que fuimos”. Cuando ser p(m)adres genera fracturas en la pareja o también, Aspectos Emocionales del Posparto.

[1] Iván Rotella. ¿Se pueden evitar las rupturas de pareja? La Voz de Asturias. 28/05/2016. Las negritas son mías

[2] González Roble, L. (2016). La Sexualidad Femenina en el Postparto. Una Investigación Cualitativa desde la Teoría Fundamentada. Universidad de Cantabria, disponible en https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/8559/GonzalezRoblesL.pdf?sequence=1.

 

Aunque parezca difícil de creer, el nacimiento de un hij@, por muy desead@ y buscad@ que haya sido, es una de las principales causas de crisis, e incluso de ruptura, de la pareja. El mayor porcentaje de separaciones matrimoniales se produce cuando alguna de las criaturas no llega aún a los 3 años de edad. ¿Porqué?

Habitualmente cuando esperamos a nuestro primer hij@, fantaseamos sobre cómo va a ser nuestra vida cuando seamos m(p)adres. Las expectativas empiezan a aparecer desde el mismo momento que tenemos la confirmación médica de que todo marcha bien. Seguidamente, vienen los miedos y las inseguridades de si podremos o no ser buenos p(m)adres, de si estaremos a la altura de lo que la tarea requiere, etc. Sin embargo, poco pensamos y conversamos sobre cómo se va a transformar nuestra relación de pareja ni sobre el estilo de crianza que queremos llevar, cosa que en cierta media es comprensible, ya que en cierto grado no podemos ni imaginar qué transformaciones se van a dar ni cuál es la implicación y dedicación que tendremos con nuestra criatura.

La pareja no es un elemento estático ni inmóvil, bien al contrario, se va transformando en la medida en que van cambiando nuestra vida, nuestras circunstancias laborales, económicas, sociales y familiares; y en la medida en que se va profundizando y fortaleciendo el vínculo, a su vez, la pareja tampoco es inmune a la cultura y las modas sociales que puedan aparecer en un momento determinado. Del mismo modo, las dinámicas y las prioridades dentro de la pareja cambian con la llegada del primer hijo, y vuelven a cambiar con la llegada de un segundo y así sucesivamente y, mientras los niñ@s se encuentran en la primera infancia (período que va de los 0 a los 3 años), los espacios para compartir en pareja son sino limitados, al menos diferentes y, la mayoría de las veces esto nos toma completamente por sorpresa, tanto a hombres como a mujeres.

Con frecuencia me encuentro en la consulta a muchas parejas que tras haber tenido un hij@ pasan un período en el que casi no se reconocen; hay distancia emocional y muchas quejas de parte de ambos, pocos espacios para conversar pausadamente y en cambio muchas discusiones por situaciones que antes eran más o menos irrelevantes, hay cansancio sostenido por el cuidado constante de un bebé o de uno o más niñ@s pequeñ@s, por la presión del peso del hogar y de lo económico, por las dificultades de conciliar, y descontento por los roles que asume cada uno dentro de la crianza. Cada familia lleva su “pack” especial dependiendo de su idiosincrasia particular, pero todas entran de una u otra manera dentro de esa nueva dinámica.

¿Y que es lo que ha pasado?

Cada familia tiene su historia particular que hará que la problemática se centre más en uno u otro aspecto, pero en general se pueden enumerar brevemente algunos elementos comunes:

  • La vivencia del embarazo y el parto. Algunas veces ya desde el mismo momento del embarazo pueden empezar a aparecer síntomas de que la pareja no marcha bien, en muchos casos expresado en el área de la sexualidad: cierto descontento porque a uno de los miembros de la pareja no le apetece tener relaciones sexuales por temores, por aprehensiones o por falta de deseo. Otra área en el que se expresa es que el hombre puede tomar cierta distancia de los preparativos de la llegada del bebé, o no vive el embarazo con la misma ilusión que la mujer, lo cual suele generar en ella inseguridades de su futura vinculación como padre, además de sentirse herida o sola. El parto, por otro lado, su vivencia, si ha sido un parto respetado o no, con muchas o pocas secuelas físicas o psíquicas, si la mujer se ha visto vulnerable o empoderada, son elementos que la marcarán para toda la vida y esta experiencia teñirá de alguna manera su relación con la sexualidad y con su pareja.
  • El período del postparto. Ese momento físico y emocionalmente intenso que comienza cuando nace nuestra criatura y que acaba… ¿con la cuarentena? ¿a los 3 meses, a los 6, a los 9, a los 2 años? El postparto tiene implicaciones físicas importantes, muchas de las cuales conllevan secuelas directas en la instauración exitosa de la lactancia y, más adelante en la recuperación de una vida sexual satisfactoria. Está directamente relacionado con el tipo de parto que se haya tenido y que va a generar, psicológicamente hablando, un estado diferente en la mujer, con lo cual, un “estar” con el bebé y con la pareja, que estará tocado por esa experiencia. (Si quieres leer más sobre los Aspectos Emocionales del Postparto pincha aquí). Y aquí ya entramos en el mundo de lo emocional. Ni los hombres ni las mujeres tenemos idea de todo esto hasta que estamos en el meollo. Los hombres que cuentan con una madurez emocional, que saben hacerse cargo de sí mismos y que están conectados con su pareja, suelen saber apoyar, acompañar y sostener las necesidades de la nueva madre durante este período tan importante. Los hombres inmaduros, dependientes y egocéntricos tienen muchas dificultades para entender el cuidado que su pareja necesita.
  • Las necesidades de cuidado continuo del bebé. Muchas veces es algo que no nos esperamos, nos hemos creído el cuento de que el bebé no hace más que “comer y dormir” y nada más alejado de la realidad. Los bebés requieren de mucho soporte físico y, sobretodo, emocional. Cada etapa tiene su distinción particular, pero hasta los 3 años, sus m(p)adres constituyen el referente emocional principal a partir del cual la personalidad de la criatura va a ser construida. ¡Gran tarea, sin duda! pero ¿qué pasa cuando no hemos hablado con la pareja sobre cómo les queremos criar? ¿dónde queremos que duerma? ¿cómo queremos que coma? ¿cómo se instauran los límites y la disciplina? ¿en quién confiamos para que le cuiden? ¿a qué edad queremos que vayan a la escuela? ¿Qué tipo de educación queremos que reciba?… Temas que pueden generar, sin duda, grandes batallas campales y desencuentros importantes en la pareja.
  • El peso de la rutina y de las tareas del hogar. Cuando los hij@s son pequeñ@s las rutinas pueden ser bastante monótonas y desgastantes, sobretodo los dos primeros años en los que las necesidades de la criatura no dan tregua y algunas cosas tienen muy poco margen de variabilidad. Esto puede representar una sombra importante para la relación de pareja, no nos olvidemos que tan sólo 1 año antes podíamos improvisar una cena, una quedada con amigos o ir a pasar un día a la playa, lo único que se necesitaba era un poco de disposición para ello. Por otro lado, las tareas de las casa se hacen interminables y agotadoras, antes quizás no importaba tanto quien tiraba la basura, hacia la colada u ordenaba la cocina, a eso se le ha de sumar la presencia del bebé y sus cuidados. A menudo encuentro en la consulta que las mujeres se quejan de llevar ellas todo el peso de las tareas domésticas y de tener poca colaboración por parte de sus compañeros con lo cual una prenda de ropa olvidada accidentalmente en el suelo del lavabo se puede convertir en una discusión de horas.
  • El cambio en la relación sexual. Y no me refiero sólo al cambio en las relaciones sexuales (frecuencia, calidad, duración, etc.) sino al cambio en la relación erótica en la pareja. Si quieres leer a profundidad sobre este tema en específico, puedes clicar este post pero, de manera resumida, la sexualidad en la pareja también ha de resituarse. Ambos miembros tienen que aprender a relacionarse con un nuevo cuerpo (¡y no sólo el de la mujer, que ahora es madre, que quizás amamanta, etc.!) y a establecer nuevas dinámicas, al menos durante el primer año de postparto, en donde el juego, las muestras de afecto y el erotismo quizás necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (parece que cada vez menos). Con lo cual muchas veces las mujeres rechazan las expresiones de afecto de sus compañeros pensando que si son receptivas a ellas quizás él reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones, también se pueden dar casos de mujeres con muchas ganas de tener intimidad y hombres inhibidos o sospechosamente inapetentes. Todas estas cosas deben hablarse entre la pareja: mucho y sin tabúes… Pero de esto hablaré en otra entrada.
  • La transformación de la maternidad. Es innegable que la maternidad es una revolución que se genera dentro de nosotras y que nos pone la vida, las prioridades, los planes de futuro y las expectativas completamente patas arriba. Nos tomará un tiempo recolocarlo todo, encontrar un nuevo orden y alguna vez pasará que cuando creemos haberlo encontrado, alguna necesidad de nuestra criatura nos hace cuestionarlo todo de nuevo. Esto sobretodo se expresa a nivel emocional. Dice Laura Gutman que “cada bebé es una oportunidad para su madre para rectificar el camino del conocimiento personal, para sacar a la luz viejas heridas y realizar las sanaciones adecuadas”[1]. No teníamos ni idea de que el amor fuera algo así de potente, de que un ser tan pequeñito tuviera un protagonismo tan fundamental en nuestras vidas. Algunos hombres también viven la paternidad de una manera parecida, otros se relacionan con sus hij@s desde un lugar menos “intenso” (esto no quiere decir que no les quieran, sino que son uno más de los elementos importantes de su vida). Sea como sea, los hombres suelen encontrarse perplejos ante esta nueva mujer capaz de revolucionarlo todo y de poner cualquier cosa en jaque por su criatura; al principio puede pensar que es consecuencia de lo “hormonada” que está su mujer, del cansancio, de la instauración de lactancia, etc. Quizás alberguen la esperanza de que pasada la cuarentena (que en realidad no es para nada el fin del puerperio) reencontrarán a su mujer normal y corriente, la de siempre. Pero resulta que este reencuentro no llega nunca, al menos no durante los primeros dos años; y si hablamos de un hombre con algunos elementos inmaduros, dependientes o infantiles, empezarán a surgir desencuentros y discusiones, sobre todo, porque la mujer-madre no podrá sostener emocionalmente a su marido-niño, sólo tendrá espacio para maternar a su hijo. Esto muchas veces puede hacer que el hombre se sienta rechazado, desplazado, excluido, pues ya no hay nadie que cuide de él.
  • El tiempo de ocio. Algo muy preciado y sostenedor dentro de la pareja que, momentáneamente, se ha perdido. Con un bebé en casa hay pocos momentos disponibles, de hecho, la mujer tiene todo su espacio psíquico ocupado, y cuando el bebé le da una tregua, lo que realmente quiere es tiempo para sí misma. Por el contrario, el hombre se encuentra con su espacio psíquico disponible (cuenta con el trabajo y la vida “en la calle”), por lo que demanda a su mujer más tiempo de pareja. Aquí nuevamente se produce el desencuentro. Cada uno necesita algo diferente con lo cual, se hace necesario conversarlo y llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos.
  • Los estilos de comunicación. En medio de las discusiones, sobre todo cuando se arrastra cansancio y sueño acumulado, la manera como se comunica una pareja puede mejorar o, por el contrario, empeorar el problema. Debemos preguntarnos si sabemos hacer demandas de la manera adecuada, expresando realmente lo que estamos sintiendo sin caer en acusar o culpabilizar al otro de la situación, si realmente escuchamos al otro cuando hablamos o sólo usamos sus argumentos para contraargumentar, si somos capaces de ver y entender las necesidades que pueda tener el otro y tener disposición para ayudarle, etc.
  • La familia extensa. Algunas veces contamos con abuelas (madres y suegras) maravillosas, que nos apoyan en la crianza que hemos decidido tener sin cuestionarla, nos echan un cable, y nos ayudan a recuperar un poquito los espacios de intimidad tan escasos entre la pareja. Otras veces, menos afortunadas, tenemos madres o suegras intrusivas, que critican, ponen en duda y nos infantilizan, si te interesa leer más sobre este tipo de abuelas, picha aquí. La manera en la que una pareja afronta y limita a la familia extensa, puede fortalecer o debilitar el vínculo entre ellos.
  • La existencia de problemas anteriores no resueltos.  Así lo expresa Gutman: “La aparición del recién nacido, la ruptura emocional que esto produce en la madre, la travesía por el puerperio, la pérdida de referencias de identidad y sobre todo el cansancio, ponen en evidencia ciertos funcionamientos dentro de la pareja que repentinamente se vuelven intolerables cuando antes no generaban conflicto”[2]. Es así como, en muchísimos casos, no es la presencia de l@s niñ@s pequeñ@s lo que desorganiza a la pareja, sino que dicha presencia pone en evidencia el funcionamiento original de la misma, el cual, dada las circunstancias actuales se hace insostenible.

Establecer acuerdos previos al nacimiento de los hij@s es primordial, evaluar lo que esperamos el uno del otro y conversar sobre si el otro está en capacidad de ofrecer eso o no, ver como son nuestros roles y redefinirlos si hace falta, estudiar juntos la historia personal de cada uno, los patrones de crianza vividos, los valores dentro de los cuales se ha crecido, negociar qué hacer con las diferencias. Se hace necesario revisar y repactar todos los acuerdos tácitos de la pareja, leer la letra pequeña ya que las condiciones cambian con el nacimiento de l@s hij@s, se pasa de ser pareja a ser familia y si se quiere sobrevivir en el intento, necesariamente hay cláusulas que revisar y modificar, pero esto sólo es posible si estamos acostumbrad@s a comunicarnos entre nosotr@s, a contarnos lo que nos pasa y a respetarnos y tenernos confianza. Y si ya ha nacido el primer hij@ y nos encontram@s con que esta tarea no ha sido hecha, se ha de tomar como una oportunidad para el crecimiento y el fortalecimiento de la pareja, y si es necesario, buscar a un profesional de escucha atenta y receptiva que nos pueda ayudar y acompañar en este proceso.

 

[1] Laura Gutman (2003). La Maternidad y el Encuentro con la Propia Sombra

[2] Laura Gutman (2009). La Familia nace con el primer hijo. Historias de parejas con niños pequeños.

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Echo de menos a mi marido

posted by Iliana Paris abril 9, 2016 4 comentarios

No voy a negarlo. Echo de menos a mi marido, y mucho.

Echo de menos el calor de su cuerpo desnudo a mi lado por las noches. Hace más de cuatro años que somos padres y dado que había que levantarse más de una vez, lo práctico era dormir vestidos. Además, desde que tenemos dos hijos, a menudo ni siquiera dormimos juntos sino que él está con el mayor y yo con el bebé.

Echo de menos el sexo sin horario, sin mesura, sin limitaciones. Dar vueltas en nuestra cama de metro ochenta que hace tiempo que dejó de ser sólo nuestra. Poder amarnos en el momento que nos plazca: un domingo por la mañana o en una noche lluviosa, sin monitores que mirar y sobre todo, aquellas conversaciones post coito, esos momentos en los que aún enredados el uno en el otro planificábamos cómo creíamos que iba a ser nuestra vida.

Echo de menos las escapadas de fin de semana en moto a pueblitos remotos… excusas que uno ponía para amarse sin pretexto y con desparpajo. Ahora nuestras escapadas de fin de semana son a un camping familiar, la moto la hemos cambiado por un monovolumen, y no me malinterpretéis, nos la pasamos pipa pero claro, os lo podéis imaginar, no es exactamente lo mismo.

Echo de menos las salidas por la noche sin más planificación que la que marcaba el deseo: las idas al cine, a cenar, a un concierto, a bailar… ir caminando tomados de la mano, a paso de despreocupación, de quien sabe que en casa sólo nos espera el gato. Echo de menos las conversaciones adultas y sin la constante interrupción de la curiosidad infantil. En fin… echo de menos a mi marido

Pero también he de confesaros, estoy enamorada “hasta las trancas” del padre de mis hijos. Su dedicación paciente y entregada, la gallardía con la que se hace cargo de la familia permitiéndome el tiempo, el espacio y la despreocupación necesaria para criar. La madurez con la que puede postergar su deseo y sus necesidades porque estoy cansada o porque “esta noche el niño está tosiendo, quizás convenga dormir pronto”. Me enamora lo tranquila que me deja al hacerse cargo de nuestro hijo mayor, acompañarlo por las noches, llevarlo a hacer pipí las veces que haga falta, detectarle la fiebre sólo con un beso, cuidarlo cuando está enfermo, ser la cara de la familia ante la escuela, para que yo pueda estar entregada a las demandas del bebé.

Soy afortunada, el padre de mis hijos es un hombre capaz de sostenerme emocionalmente. Es un hombre que sabe que para que yo pueda maternar él ha de ser el pilar, lo es, y lo asume. A veces se agobia, se queja de que no tiene tiempo para nada más (y es verdad), que está entregado de lleno entre el trabajo y la familia (y es cierto), pero al día siguiente vuelve a hacer las mismas elecciones porque sabe que nuestro proyecto de crianza es lo más importante. Y no creáis que todo es color de rosa, no, con el padre de mis hijos he tenido las discusiones más intensas y las negociaciones más feroces para llegar a un “proyecto de crianza conjunto” y me gusta, me gusta que me cuestione y que vea las cosas desde una perspectiva de padre, de hombre, porque se implica y le importa la crianza y el futuro de nuestros hijos, quiere decir y dice la suya. Sería mucho más “cómodo” simplemente seguir la corriente de lo que yo diga, pero él no se conforma. Nunca lo ha hecho. Él me cuestiona, señala mis puntos ciegos y me empuja a ser mejor. Él ha asumido su rol de Padre, así con mayúscula, y desde allí calibra constantemente, haciendo equilibrios entre el “poner el límite” y la complicidad paterna.

Si lo conocierais, el padre de mis hijos es un hombre serio y formal pero a veces, cuando va de papá es capaz de hacer las tonterías más divertidas y los juegos más disparatados para que todos riamos y disfrutemos.

En fin, se ve, echo de menos a mi marido, y mucho, pero sólo el padre de mis hijos puede hacerme sentir hermosa y deseable aunque lleve ojeras hasta el cuello y tenga puesto el mismo pijama desde hace tres días. A fin de cuentas, el tiempo para querernos sin prisas y cuando las ganas hiervan, con todo lo que ello implica (las cenas, las caminatas, las escapadas) volverá, aún nos queda, pero volverá, y entonces viviremos con la satisfacción de haber hecho bien el mejor trabajo de nuestras vidas, de haber acompañado a estas dos personitas tan importantes a devenir adultos y ser humanos, y de haber crecido juntos en el proceso.