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Las mamás que nos quedamos en casa

posted by Iliana Paris noviembre 11, 2013 2 comentarios

Nace nuestr@ hij@ y, por la razón que sea hemos decidido quedarnos una buena temporada con nuestro bebé en casa, felices de poderlo hacer y convencidas además de que es la mejor opción para él o ella.

En un principio pensamos que el costo sólo será el económico o laboral, pero a medida que pasan los meses y nuestro bebé va creciendo empezamos a notar la verdadera renuncia de las mamás que nos quedamos en casa: la pérdida de nuestra identidad personal. Pasan los meses y nos rodeamos del mundo infantil y sus maravillas, entrando al mismo tiempo en una suerte de invisibilidad, de anonimato.

Para comenzar ya no tenemos nombre; dejamos de ser María, Montse, Judith, Ana, y pasamos a ser la mamá de Andrés, la mamá de Mireia, la mamá de Nico. Es nuestra existencia en función de otro; y nosotras mismas, quizás sin darnos cuenta, asumimos ese título sin pena ni gloria y no nos molestamos en preguntarles a las otras “mamás de” por sus nombres, sino que nos relacionamos desde ese mismo anonimato.

Nos quedamos en casa y nos damos cuenta de que nunca, literalmente, nunca volvemos a estar solas, a menos que se haga una planificación especial para que la mamá pueda ir a la pelu o a hacerse un masaje. Siempre estamos con el niñ@, y cuando ést@ duerme y tenemos la última hora del día para cenar y alguna cosita más -porque en el fondo estamos deseosas de ir a la cama-, estamos con nuestra pareja que puede que nos cuente algo que nos suena súper lejano y ajeno: como ha sido su día laboral, mientras nosotras estábamos en casa haciendo comida, lavadoras, recogiendo por octava vez los juguetes del medio del salón para evitar el típico “resbalón y caída”, cambiando pañales, yendo al parque, en fin… No nos confundamos, ésta no es una especie de reivindicación feminista de la inequidad entre hombres y mujeres, no. Felizmente elegimos la situación en la que estamos, sólo que nos habría gustado que alguien nos contara de qué iba un poco la cosa, muy probablemente habríamos tomado la misma decisión, pero bien que nos habría gustado ahorrarnos la sorpresa y el desencanto.

Y es que hay días en que nos pasamos la vida con choques emocionales constantes: entre la maravilla de lo infantil y el fastidio de la rutina, entre la complicidad mutua y el agotamiento por los despertares nocturnos, entre el indescriptible placer de los mimos y caricias y el deseo de poder, al menos, ir al baño sola, con la puerta cerrada y sin tener que estar sosteniendo un juguetito y cantando canciones.

Estamos felices de poder criar a nuestras criaturas pero no podemos evitar fantasear con aquellos momentos en que el tiempo era ilimitado y éramos dueñas y señoras de él. Vemos desde el parque a las mujeres que pasan arregladas por la calle y nos damos cuenta de que nuestra indumentaria últimamente consiste en dos o tres tejanos, cinco camisetas y los zapatos más cómodos (de esos fáciles de quitar y poner para poder ir a las actividades infantiles en las que te hacen descalzar), y es que ¿para qué voy a ponerme otra cosa si estoy casi todo el tiempo en el parque o tirada en el suelo jugando con mi hij@? Hay que ser prácticos, ¿no?

Sabemos que en el fondo, si elevamos la mirada más allá, éste es un período de tiempo muy corto, cortísimo; que de aquí a tres días mi criatura habrá crecido y estará haciendo otras cosas y entonces, ¡uy, cuanto echaré de menos todos estos momentos! Sin embargo hay días en que, ganadas por el cansancio y el tedio, por la añoranza de una vida en la que teníamos un nombre propio y vestíamos como nos daba la gana, no podemos evitar desear que todo esto pase ya. Yo, debo confesar, odio cuando me invaden esos deseos que siento me alejan del maravilloso momento en el que se encuentra mi hijo hoy, pero procuro no culparme por ello, porque, de vez en cuando, la exigencia emocional me desborda y debo permitirme sentirme desbordada.

Evidentemente, si la crianza tuviera un lugar, si su importancia fuera visible a nivel social, cultural, e incluso político, si contáramos con redes de apoyo y no nos perdiéramos en la soledad de las ciudades individualistas, si al menos tuviéramos a mano a alguien que nos cogiera al nene 10 minutitos para tener un respiro, la cosa, seguramente, sería más llevadera.

Lo que más me sorprende de nuestro “invisible anonimato” es que no hablamos de esto. Es un anonimato invisible y mudo. Creo que nunca le he contado a ninguna otra “mamá de” todo lo que he escrito hoy, o sí pero en un código encriptadísimo cuando alguna otra mamá me ha preguntado cómo estaba y yo le respondía que llevamos unas semanas durmiendo fatal porque “es que le están saliendo las muelas”. Probablemente la otra madre sabe lo que es ese padecer, y puede entenderlo, pero creo que es vital que nos vayamos sincerando con nosotras mismas, que asumamos que como madres tenemos muchos sentimientos encontrados que son normales y que mientras más nos permitamos hablar de ellos, compartirlos con otras madres, más liberadas estaremos. A fin de cuentas, el apoyo ha de comenzar entre nosotras; ganaremos nombre, visibilidad y voz. Será una ganancia para nosotras y para nuestros hijos, de eso estoy segura. Es vital hacer tribu, la tribu nos da compañía, risas, tranquilidad, ayuda, pero sobretodo, nos da salud mental, de eso no hay duda.

Si te han gustado estas reflexiones también puedes leer Las mamás que trabajan fuera de casa

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Algunas recomendaciones para visitar a un recién nacido en el hospital

posted by Iliana Paris noviembre 10, 2013 0 comentarios

Este artículo publicado en el ABC está super acertado en cuanto a lo que debería ser una visita para conocer a un recién nacido en un hospital. No debemos olvidar de que se trata de un período muy sensible, de muchas emociones para los padres, agotamiento y quizas dolor para la madre, además de nerviosismo por la instauración de la lactancia.
Si alguna vez una pareja decide que no desea recibir visitas en el hospital cuando ha nacido su bebé, sobre todo es muy importante no sentirse ofendido ni aireado por eso, ya habrá tiempo para conocer a la criatura y en ese momento lo más importante es que madre y bebé (y papá también, pero quizás en menor medida) se conozcan y se acoplen!

Aquí el artículo: http://www.abc.es/familia-padres-hijos/20130522/abci-primera-visita-bebe-201305201242.html

                     “El bebé como tal, no existe; existe un bebé y alguien más” 
D.W. Winnicott
 
Muchas son las veces que he visto una linda imagen de una madre cargando a un bebé en brazos o en un portabebés, en la que se puede leer la frase: “los bebés no se malacostumbran a los brazos, los necesitan”, lo cual no puede ser más cierto, pero ¿por qué los necesitan? ¿lo sabemos? 
Hay psicólogos y pediatras como Laura Gutman o Carlos González que explican esta necesidad debido a la fusión emocional del bebé con la madre, a que necesita estar rodeado por los brazos pues viene de 9 meses de contención uterina, o que necesita el contacto físico para sentirse emocionalmente seguro. Otros autores apelan a la teoría del apego que plantea que el bebé nace con una tendencia innata a buscar la proximidad con otra persona, generalmente la madre, y se siente tranquilo cuando está con ella.
Todas estas explicaciones son válidas y absolutamente ciertas, sin embargo, en los últimos años han ido surgiendo estudios científicos que demuestran que no se trata sólo de teorías. Desde los avances que a partir del estudio del cerebro del bebé están teniendo las neurociencias en la comprensión de la vida emocional de los niños y, posteriormente, de los adultos, me ha impresionado mucho el leer todas las regulaciones psicofisiológicas que se dan cuando el bebé es cogido en brazos. De hecho, le llaman exterogestación, que quiere decir que el bebé pasa un tiempo de gestación uterina y un tiempo de gestación extrauterina, fuera del vientre, es un período necesario en el que también está desarrollándose.
El bebé cuando nace es un ser inmaduro neurológica y emocionalmente, es a través de la relación con su madre que tanto su cerebro como su mundo emocional acaban de desarrollarse, proceso que dura al menos los primeros 24 meses de vida.¿Y cómo se da de la mejor manera este desarrollo y esta regulación? ¡Pues en brazos! 
Así lo dice Sue Gerhardt: “Sentirse, amorosamente, en brazos del progenitor, es el estímulo más importante para el desarrollo, quizás aún más que el acto de mamar. Cuando el bebé se siente seguro en los brazos de su madre o de su padre, los músculos se relajan y respira más profundamente, ya que las tensiones desaparecen mientras se sienta mecido y acariciado. Se ha observado que el ritmo cardiaco del bebé se sincroniza con el del progenitor, y si el progenitor se encuentra en un estado tranquilo y relajado, el bebé adopta este mismo estado. Si nos centramos, por ejemplo en la madre, su sistema nervioso autónomo se comunica con el sistema nervioso del bebé, tranquilizándole tactilmente mediante las caricias. (…) Desde el punto de vista fisiológico, el bebé humano es aún una parte importante del cuerpo de la madre. Depende de su leche para alimentarse, y también depende de ella para regular su frecuencia cardíaca y su tensión arterial, así como para su defensa inmunitaria. El contacto físico con la madre regula la actividad muscular del niño y el nivel hormonal. El cuerpo de la madre lo mantiene caliente, y además, acariciándole y dándole el alimento, la madre hace que disminuyan las hormonas de estrés del bebé. Esta regulación fisiológica básica hace que el bebé se mantenga con vida”. (Sue Gerhardt, El Amor Maternal)
La biología del bebé no es tanto una entidad en sí misma, sino que está íntimamente conectada con la biología de los adultos responsables de su atención. Así, el movimiento y los patrones de uno influyen sobre el otro: “la fisiología de madre e hijo están entrelazadas, en un sentido biológico, a donde vaya uno irá el otro” (Meredith Small, Nuestros hijos y nosotros)  
Cuando una madre, un padre, una abuela, o cualquier otro cuidador significativo coge en brazos a un bebé y responden a sus demandas rápida y amorosamente, están participando en una gran diversidad de procesos biológicos importantes: lo ayudan en la maduración de su sistema nervioso; contribuyen a fortalecer tanto el sistema inmunitario como la respuesta al estrés; facilitan que se desarrolle el córtex prefrontal y la capacidad del niño pequeño para almacenar información y, más adelante, esta conducta también ayudará a que pueda reflexionar sobre sus sentimientos y refrenar sus impulsos.  
Así que si tienes dudas sobre si malcriarás a tu hijo/a si lo coges en brazos, la respuesta no sólo es que no lo malcriaras, sino que le estarás ayudando a desarrollar y madurar sus capacidades cerebrales, así como su seguridad psicológica y emocional, estarás estableciendo un vínculo firme y seguro con tu bebé y ambos podrán disfrutar de la presencia y el contacto mutuo. No es bueno dejar llorar a tu bebé en la cuna sin atendenderlo, todo lo contrario, la neurociencia está comprobando científicamente lo que el sentido común y el instito nos dice: que dejar llorar a un bebé va en detrimento de su desarrollo cerebral y emocional.
 
Si quieres saber más puedes consultar:
1. Gerhardt, Sue (2008), El Amor Maternal. La influencia del afecto en el desarrollo mental y emocional del bebé. Barcelona: Editorial Albesa.

2. Small, Meredith (1998), Nuestros Hijos y Nosotros. Barcelona: Crianza Natural, S.L.