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Psicología Perinatal

Desde que soy psicóloga, y más aún, desde que comencé a trabajar en clínica y psicoterapia, me ha sorprendido la facilidad con la que algunas personas califican de normales comportamientos o síntomas que expresan un malestar psicológico ulterior.

Desde el corpus del conocimiento clínico y el saber de la experiencia, las racionalizaciones y otros mecanismos de defensa son comprensibles y previsibles: a la mayoría de las personas no les gusta sentirse cuestionadas en su “normalidad”, el malestar y los síntomas (propios o ajenos) siempre están diciendo algo del sujeto que muchas veces no queremos escuchar, bien porque cueste asumir algunas fallas o carencias, bien porque cuestionan nuestra manera de llevar la vida o nuestras relaciones más íntimas, o también.. por muchos otros motivos.

No obstante, desde que empecé a trabajar en el ámbito de la Maternidad y la Crianza, he ido encontrándome con supuestas “normalidades” que a veces alcanzan envergaduras escandalosas y alarmantes. No sólo porque el discurso normalizante suele darse, sorprendentemente, tanto en legos en disciplinas sanitarias como en el colectivo médico o socioeducativo (ya hablaremos de ello), sino también –y esto es lo realmente grave– porque dicho discurso lanza a las mujeres embarazadas, puérperas o que están criando, por un despeñadero sobre una bicicleta que aún no han aprendido a montar. El resultado, tristemente, es que las madres acaban apañándose como pueden: algunas logran transitar ese despeñadero sorteando los obstáculos sin mucho más que un moretón o una rascada; otras van dando tumbos y llegan bastante más magulladas y con heridas que se convertirán en cicatrices de por vida; en cambio, las menos afortunadas, bajarán a medio camino y se quedarán detenidas, sin poder ni saber cómo moverse, esperando a que pase algo que las saque de ahí pero por otros medios, como es el caso de la depresión postparto, por ejemplo.

Visto así es una situación muy desoladora…

L@s profesionales de salud que están en contacto con estas mujeres durante este período sensible son, en gran medida, l@s responsables de que esta situación se mantenga así, ya que son el principal referente y productor del discurso normalizante, respaldando sus palabras en el supuesto saber que les otorga su profesión, e incluso algun@s lo hacen sin cuestionarse si están debidamente formad@s o no para dar una respuesta que más bien corresponde a la psicología sanitaria o clínica. De este modo, me he encontrado, tanto en la consulta como en diversos foros y grupos virtuales en los que participo, con infinidad de madres cuyos médicos de cabecera, comadronas, ginecólog@s, enfermeras pediátricas, pediatras o educadores de sus hij@s, han desestimado con bastante ligereza alguna queja, malestar, síntoma, comportamiento, emoción, etc. –que alude a un sufrimiento psíquico o a un malestar emocional que pone en situación de riesgo y vulnerabilidad a alguna mujer–, diagnosticando aquello como “NORMAL”.

Dicho esto, quiero hacer algunas aclaratorias sobre las supuestas “normalidades” que una puede encontrarse durante el embarazo, el puerperio o la crianza:

  • NO es normal sentirte muy triste, angustiada, con miedos o con altibajos emocionales que te dificulten llevar tu día a día durante el embarazo. Si esto te está sucediendo es una alarma de que psicológicamente la gestación te pueda estar afectando de ciertas maneras que valdría la pena revisar, según tu historia personal. Las hormonas presentes durante el embarazo pueden generar cierta labilidad afectiva en la mujer, pero ésta no tendría que acabar en un abanico de síntomas emocionales.
  • NO es normal sentir mucho miedo, temor, aprehensión o ansiedad ante la inminencia del parto. El parto es un momento muy intenso y, sobretodo, si es la primera vez que se vive puede generar un poco de temor o ansiedad debido a la incertidumbre de una situación vital muy importante y completamente novedosa pero, si lo que estás sintiendo va un poco más allá, es posible que se estén expresando las emociones de otras vivencias pasadas mal elaboradas.
  • NO es normal que te sientas triste, decepcionada, culpable o con ganas de llorar constantes después del parto; puede que sea algo habitual, pero si te pasa es una alarma de que no estás recibiendo el cuidado o el apoyo necesario, y que te estás sintiendo sobrecargada o abrumada con los cuidados del bebé. En este caso se ha de buscar ayuda o apoyos efectivos, amorosos y fiables, así como también la compañía de otras mujeres puérperas. Y si aún así, el malestar continúa o va a más, es imprescindible visitarse con un psicólog@ perinatal.
  • NO es normal que te sientas mal por el parto que tuviste. El parto es una de las vivencias más intensas por la que pasamos las mujeres. Es una vivencia que queda grabada con fuego en nuestra memoria, siendo capaces de evocarla con detalles muchísimos años después. Si el recuerdo de tu parto está lleno de sentimientos de inadecuación, vergüenza, miedo, rabia o dolor injustificado, es posible que hayas sufrido un parto no respetado y que, por lo tanto, sea algo que debas sanar a su debido momento. Si después de un parto tienes dificultades para retomar la sexualidad o sientes temor a volver a quedar embarazada por la posibilidad de vivir otro similar, es posible que haya sido una experiencia traumática que debas elaborar con la ayuda psicológica adecuada.
  • NO es normal que te sientas sola durante la crianza de tu hij@. Hay muchos cuestiones, aspectos y sutilezas del postparto y la crianza que nadie nos cuenta. Criar niñ@s en la sociedad actual donde las relaciones sociales están diluidas, las familias extensas son casi inexistentes, hay una gran ausencia de tribu que hace que una se acabe encerrando entre las cuatro paredes de su casa, no solamente es difícil, sino que es una fuente de muchísimo malestar y sufrimiento para las madres. Si te sientes sola, ¡busca tribu! Busca espacios de encuentros con otras madres y otros niñ@s, pide ayuda para que puedas tener momentos para ti y recargar energías, y si aún así los sentimientos de soledad, malestar o agobio no cesan, busca ayuda especializada.
  •  NO es normal que te sientas agobiada, extenuada, sin ánimos de nada, sin saber hacia dónde quieres ir o qué quieres hacer, sin poder conectarte con lo que disfrutabas o hacías antes de ser madre. Si tienes esta sensación, si no reconoces la persona que eres, o te cuesta recordar la que eras antes, nuevamente, es porque vas muy sobrecargada y te encuentras solas y es un indicador de que necesitas tiempo/espacio para reflexionar, reencontrarte contigo como mujer y “rehacerte” después de la exigente tarea de la primera crianza. La maternidad hace que tengamos que dejar de lado muchas facetas de nuestra vida que antes disfrutábamos, y aunque en el momento lo hagas gustosas, al cabo de un tiempo se hace necesario recobrar un espacio adulto de individualidad que te permita reconectar con estas partes de ti que también requieren de tu atención y que son necesarias para tu crecimiento como individuo.
  • NO es normal que las parejas se distancien emocionalmente durante la crianza. Lamentablemente es muy habitual, pero eso no lo hace normal. Una pareja debería tener la suficiente solidez, madurez y comunicación como para poder ser fuente de apoyo y ayuda mutua en el momento en que la prioridad es la díada madre-bebé. Un padre o madre no gestante debería poder brindar apoyo a su compañera sin reproches de por medio, y una madre debería poder hacer peticiones claras de ayuda sin sentirse culpable. (Si quieres leer más sobre este asunto, puedes pichar aquí).

Esta lista podría ser mucho más larga. En todo caso, lo que finalmente quiero transmitir es que cualquier sufrimiento emocional o malestar psicológico durante el período de embarazo, postparto y crianza, no solamente NO ES NORMAL, sino que requiere de un acompañamiento especializado y amoroso hacia la madre que lo padece. No sólo porque está en juego la salud emocional de la madre, sino porque es necesario un bienestar mínimo para poder establecer un vínculo sano y adecuado con el bebé y poder tener la entereza psíquica que las demandas de un recién nacido o un niñ@ pequeñ@ ameritan.

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Una de las cuestiones que más se trastoca en las parejas cuando tienen uno o más hij@s son las muestras de afecto y las relaciones sexuales –¡casi nada!-. Ingenuamente, antes de ser p(m)adres, posiblemente pensabas que sí, que cambiaría un poco, que a lo mejor los primeros 2 meses no apetecería, ya sabes, el cansancio, la cuarentena… , pero que una vez que el bebé durmiera del tirón las cosas irían volviendo a su sitio, retomaríais el ritmo poco a poco, y a los 6 meses ya lo estaríais haciendo 2 veces por semana… ¡Qué! ¡A que aún te estas riendo!

Pues sí, se trata de reír por no llorar, pero la “verdad verdadera” es que la relación erótica (y me refiero a relación en su espectro más amplío: comunicación y vínculo) cambia radicalmente desde el momento en que tenemos nuestr@ primer hij@.

Iván Rotella, vicepresidente de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual, en una entrevista realizada por La Voz de Asturias, usó una imagen que me gusta mucho: “Tener hijos es una decisión complicada y debe tomarse sopesando todos los pros y contras posibles. No es comprar otro coche o cambiar la decoración de la casa. Es incorporar otras personas a tu relación de pareja. Otras personas que al principio tienen una absoluta dependencia hacia a ti y que constantemente necesitan tu atención y pasarán muchos años hasta que eso pueda cambiar un poco.[1] Incorporar a otras personas en tu relación de pareja implica muchísimos ajustes y renegociaciones que ni tan sólo imaginábamos…

 La relación erótica en la pareja muta, y como nadie nos informó al respecto, es habitual que algunas parejas pasen por una crisis importante antes de recolocarse del todo. En este sentido hablo de algo mucho más allá de las relaciones sexuales (su calidad, duración y frecuencia), hablo de la expresión de la sensualidad y el erotismo en la pareja: ambos miembros, pues ya no son lo que eran, ni ocupan exactamente el mismo lugar en el Otro, deberán reaprender a relacionarse y a establecer nuevas dinámicas, en donde el juego, las muestras de afecto y la sensualidad necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (aunque parece que cada vez menos).

La experiencia clínica con madres puérperas y con parejas en proceso de crianza, me ha permitido diferenciar tres momentos en los que la pareja se ha de reajustar en muchas áreas y dinámicas: durante el primer año de las criaturas, durante la crianza de l@s niñ@s cuando son pequeñ@s, y durante la crianza de l@s hij@s adolescentes. En este post sólo hablaremos del primer momento, del segundo y del tercero lo haremos en los siguientes.

El primer año de postparto.

La mayoría de los estudios sobre sexualidad en el postparto, a parte de ser escasos, cuantitativos y con una muestra poco representativa, se enfocan en las primeras 8 semanas del postparto cuando, en realidad, el postparto va mucho más allá del final de la cuarentena. En un estudio que encontré recientemente por Internet me topé con datos que cuestan mucho creer. Según la autora, “entre la sexta y la octava semana después del parto, entre el 40 y el 60% de las parejas han tenido su primera relación coital, lo que aumenta al 80% de las mujeres en la duodécima semana de postparto”[2]… ¿Qué mujeres son estás? ¿A los dos meses de haber parido? ¿En serio?… La investigación no dice con cuantas mujeres contó, pero sospecho que fueron muy, muy pocas y muy, muy atípicas…

La “verdad verdadera” es que el primer año del nacimiento de una criatura no suele ser un año muy sexual. Y la recuperación del deseo en las mujeres se verá afectada por una multitud de variables: la primera y más importante es lo “indemne” que haya podido salir del paritorio. La vivencia del parto afecta de manera muy profunda y prolongada la sexualidad en el futuro, tanto en las mujeres, ¡como en los hombres!.

En lo que respecta a las mujeres, aquellas que han tenido una vivencia positiva y respetada del parto tienen menos dificultades a la hora de retomar la sexualidad, que las que tuvieron una experiencia de parto irrespetado y doloroso, cuya consecuencia física, por ejemplo, es una episiotomía con una cicatriz tivante, o una cesárea de la cual recuperarse. Evidentemente este grupo de mujeres tienen que asumir no sólo una recuperación física, sino también, y sobre todo, una recuperación psicológica. De hecho muchas mujeres que han tenido un parto difícil o muy medicalizado, pueden llegar a sufrir algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático que puede degenerar en problemas de lubricación, vaginismo, dispareunia, miedo a la penetración o a un nuevo embarazo.

En cuanto a los hombres, hay un aspecto que ha sido muy banalizado últimamente, y sobre el cual consigo pocas reflexiones, y éste tiene que ver con las consecuencias que puede tener el hecho de que actualmente algunos hombres están acompañando a sus mujeres durante todo el proceso de parto.

Antiguamente –y en las comunidades tribales sigue siendo de esta manera–, el parto era una “cosa de mujeres”, el hombre solía esperar en otra habitación o rodeado de otros hombres. Son imágenes que hemos visto en muchísimas películas. Con la medicalización del parto también se dio la masculinización del parto. Es decir, el hombre comenzó a inmiscuirse en un terreno que era fundamentalmente femenino. Esto ha degenerado en los partos modernos que vivimos actualmente: medicalizados, intervencionistas y sin ningún sentido de la intimidad; pero es que además, ha llevado también a que el padre de la criatura pueda ser testigo de primera línea del nacimiento de sus hij@s. ¿Y que cuál es el problema? Suponemos que si queremos tener un compañero comprometido con todos los aspectos de la crianza de nuestr@s hij@s es lógico pensar que este compromiso comienza desde el mismo momento del nacimiento, ¿no?

Si y no. No es lo mismo el hombre que está en el paritorio en calidad de acompañante de su mujer con la intención de darle apoyo físico y emocional y ser una fuente de protección y de compañía, que el que entra para “presenciar en primera fila” (y en algunos casos, hasta grabar) el nacimiento de su hijo.

En una conferencia a la que asistí hace tiempo, Michel Odent dijo que los hombres no tienen nada que hacer en los paritorios. Hay aspectos de la sexualidad femenina que deberían seguir estando velados a lo masculino. No es inusual que algunos hombres que han presenciado el momento del parto desarrollen una amistad muy potente con la madre de su hij@, pero también que pierdan la libido y el deseo sexual hacia su mujer como mujer. Ver la zona que hasta ahora había sido protagonista del placer sexual abrirse, expandirse y permitir la salida del propi@ hij@, psicológicamente tiene connotaciones y resignificaciones en los hombres que no deben ser minimizadas. No es poca cosa lo que ven, siendo quienes son, amantes, y retomar nuevamente esta zona sólo como un espacio de placer y disfrute algunas veces puede ser complicado.

Ahora bien… supongamos que hemos superado el paritorio, llegamos a casa con la lactancia, las preocupaciones por el bebé, la recuperación física tras el embarazo y el parto, la falta de sueño, el cansancio, los cólicos, nuestras angustias… y comienza lo que para much@s (sobre todo para algunos hombres) puede definirse como el desierto del posparto. Pasan los días, las semanas, los meses y las cosas no vuelven a ser como antes… La realidad es que (y evidentemente aquí hay muchísimas diferencias) la mayoría de las parejas retoman las relaciones sexuales en algún momento alrededor de los 6 meses (un poco antes o incluso bastantes meses después), hay quienes lo hacen cuando la criatura está alrededor del año y bueno… aquello de 2 o 3 veces a la semana quizás no ocurra durante muchos años (sobretodo si por el camino tenemos más hij@s y volvemos a la casilla #1)

Un elemento del que no podemos olvidarnos es que la lactancia es un aspecto más de la sexualidad femenina. Durante los primeros 6 meses del bebé la producción de prolactina puede inhibir el deseo sexual femenino, además de que las madres solemos estar llenas de amor y dedicación hacia nuestra criatura, con lo cual hay poco espacio psíquico para otro tipo de intereses, preocupaciones y ocupaciones, que no sea la de madre-bebé (y aquí el por qué las mujeres que no dan el pecho y no producen prolactina tampoco tienen ganas de tener relaciones sexuales durante los primeros meses).

El momento en que cada mujer retoma las relaciones sexuales con su compañer@ va a depender, principalmente, de un compendio de factores psicológicos en su nuevo estado de maternidad: lo segura o preocupada que se sienta con respecto a la criatura (incluso cuando ya es más mayor), el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y/o física de las tareas del hogar, las preocupaciones económicas y/o laborales, la relación (y la consecuente atracción o rechazo) con su propio cuerpo tras el parto, la relación con su nuevo rol de madre lactante y las implicaciones eróticas que conlleva (que a muchas genera incomodidad y/o rechazo), la cantidad de gratificación y satisfacción amorosa –que en algunas llega al arrobamiento–, que obtengan con su bebé, lo sola o acompañada que se encuentre, la validación que como madre haya podido recibir, pero, principalmente, va a depender de cómo percibe que ha sido o está siendo el acompañamiento recibido por parte de su pareja: si la pareja ha estado implicada, ha sido comprensiv@, la ha apoyado emocionalmente, ha resultado ser un soporte real en los momentos de angustia, le ha brindado los cuidados y el afecto que ha necesitado, la ha acompañado y no se ha apresurado a volver a su vida de antes, hay muchas más probabilidades de que a la mujer se le encienda el deseo por su pareja cuando ella se sienta preparada, que no si el panorama ha sido otro. Son muchas las mujeres que, llegado un momento en el postparto, están ya preparadas a retomar las relaciones sexuales pero a su vez, sienten tanto enfado por el poco apoyo que han recibido de sus parejas que, hasta que no se habla de ello y hay un reconocimiento de este malestar por parte del Otro, el encuentro se atrasa.

De hecho, es habitual que algunas mujeres rechacen las expresiones de afecto de sus compañer@s debido al temor de que si se muestran receptivas quizás su pareja reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones. Esto, sumado al día a día del postparto, genera distanciamiento afectivo entre la pareja y reproches que seguramente saltarán en discusiones en el futuro. Lo cual lleva a lo más anti-erótico que existe: resentimiento, aversión, hartazgo, o incluso odio.

También se ha de tener en cuenta algo muy básico pero natural: el actual atractivo físico y de carácter de la pareja. Y es que por los motivos que sea, muchos hombres al convertirse en padres, se dejan y esto, también genera un efecto negativo.

En todo caso, necesitamos tiempo. Laura Gutman nos dice que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente necesitan tiempo. Yo agrego que nuestro bebé y nuestro deseo, también. Conozco a poquísimas mujeres que tuvieran ganas de tener sexo después de la cuarentena, la mayoría ni se lo plantean (independientemente de que se hayan recuperado bien del parto), estamos tan centradas en la díada mamá-bebé que nuestro marido (como hombre) se torna invisible. Y si no mantenemos una buena comunicación con nuestra pareja en la que nos sintamos libres de expresar nuestros miedos y temores, se está colocando el escenario del distanciamiento. Él puede sentirse rechazado o pensar que ahora sólo nos llena la presencia del bebé. No podemos olvidar que después de que nace el bebé, la vida del padre no cambia tanto como la nuestra. Normalmente mantiene el mismo trabajo y su cuerpo no ha cambiado, tanto. Hay más continuidad. Es comprensible que un padre pueda ver las relaciones sexuales como una reafirmación de su anterior relación de pareja. Puede sentirse cansado y desorientado y desear el consuelo y el placer que encuentra en el sexo. Todo esto hay que hablarlo, aunque el bebé de pocos momentos para ello, se han de aprovechar al máximo y agotarlos.

Cada uno necesita algo diferente. ¿Y qué se puede hacer? Hacer un ejercicio de honestidad con nosotras misas es lo primero, asumirlo y conversarlo para poder llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos. En este sentido hemos de ser abiert@s y flexibles, si nuestro compañero necesita descargar energía sexual porque no puede sublimarla, o está muy tenso, pactar recurrir al recurso de la masturbación sin que suponga un conflicto para la pareja, podría ser una opción. Cada pareja ha de encontrar su fórmula y para esto, mientras más abierta y honestamente hablemos de sexualidad con nuestra parejas (de la propia, la suya y la conjunta, que son tres cosas distintas) más números tenemos de que sea algo que pueda volver con mucha más intensidad y con una mayor sensación de unión a la vida de la pareja.

De momento, si te encuentras transitando el desierto del postparto y te apetece empezar a hacer algo al respecto –asumiendo que no hay reproches ni malestares guardados hacia la pareja que dificulten asumir con agrado cualquier iniciativa­–, se puede comenzar a estimular el deseo y la apetencia sexual aceptando un acercamiento progresivo y una normalización gradual de la sexualidad, sin tener mayores expectativas ni ser exigente. Hay que buscar condiciones que faciliten el deseo, sobre todo en la mujer, por ejemplo proporcionando momentos de descanso y momentos y espacios de intimidad afectiva entre la pareja, en donde se pueda conversar sobre el sexo, sobre nuestros deseos, fantasías, anhelos, temores, dificultades, aprendiendo o redescubriendo que existen muchísimas maneras de disfrutar y sentir placer con el otro y que la genital es sólo una de ellas.

Si te ha interesado este post, quizas también te interese “Ya no somos lo que fuimos”. Cuando ser p(m)adres genera fracturas en la pareja o también, Aspectos Emocionales del Posparto.

[1] Iván Rotella. ¿Se pueden evitar las rupturas de pareja? La Voz de Asturias. 28/05/2016. Las negritas son mías

[2] González Roble, L. (2016). La Sexualidad Femenina en el Postparto. Una Investigación Cualitativa desde la Teoría Fundamentada. Universidad de Cantabria, disponible en https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/8559/GonzalezRoblesL.pdf?sequence=1.

 

        “Mis hijos me causan el sufrimiento más intenso que he experimentado en mi vida. Es el sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia infernal entre el amargo resentimiento y los nervios de punta, y la ternura y satisfacción gozosa”. Adrienne Rich (1)

“La maternidad no es una empresa privada. Siempre es pública, de forma exhaustiva e incesante”.Orna Donath.(2)

¿Alguna vez os pasa que sentís que no soportáis ni un minuto más la presencia de vuestra criatura, su insistencia, su infatigable demanda? ¿A veces fantaseáis con tener un momento al día en el cual no tener que haceros cargo de nadie, ni sentiros responsables de nadie más que de vosotras mismas? ¿A menudo sentís aburrimiento, hartura de los parques infantiles y desearíais cambiarlos por un buen libro o una buena conversación con amigas? ¿Alguna vez os sobrepasa alguna situación y os encontráis sin recursos, sin estrategias de negociación y entonces os invade la frustración, la rabia, el grito rabioso, el gesto despreciativo y después os sentís fatal, las peores madres del mundo por no haber podido estar a la altura? Pues sí… sois madres, y sois humanas.

A menudo las madres nos sorprendemos ante la vivencia de sentimientos radicalmente opuestos a los que tendríamos que estar sintiendo por nuestr@s hij@s. En realidad no se trata de una experiencia exclusiva de la maternidad sino que es algo que se puede experimentar dentro de muchísimas relaciones significativas (padres, herman@s, parejas, amistades) pero, por un lado, -y siendo la relación madre-hij@ de una carga emocional tan intensa y profunda-, es en ente binomio en el que su evidencia se hace casi insuperable y por otro, ya que en la sociedad actual está tan mal visto que una madre pueda expresar o verbalizar sentimientos hostiles hacia sus hij@s, a menudo los convertimos en las prendas sucias mejores guardadas dentro de nuestras mochilas. Se trata de la ambivalencia afectiva y no os preocupéis, es un sentimiento completamente normal.

La ambivalencia afectiva fue el término acuñado por el psiquiatra E. Bleuler en 1911 para hacer referencia a la “presencia simultánea de dos sentimientos opuestos (atracción y repulsión), de dos direcciones opuestas de la voluntad, respecto a un mismo objeto.” [3] En el caso de las madres hablamos de dos sentimientos opuestos hacia nuestr@s hij@s, que provienen de dos aspectos opuestos de una misma (conflictos entre lo que quiero como madre y lo que necesito como mujer, adulta, etc.) y se trata, según Ana Cigarroa, del afecto “más intenso y frecuente que se observa en la mujer durante el embarazo, parto y puerperio.”[4] ¿Ah, si? ¿Y cómo es que no lo sabía?

Históricamente, la idealización del vínculo madre-bebé ha excluido los sentimientos negativos del abanico emocional que puede sentir una madre, incluso dentro de las teorizaciones de los psicólogos dedicados al tema (a pesar de que Freud en su momento planteara que los sentimientos encontrados son una parte inevitable de toda relación humana íntima y duradera). Esto generó como consecuencia que las madres, al no tener reconocimiento social de estas emociones, tuviésemos que ocultar nuestros conflictos y sentimientos negativos de la escucha de los profesionales, incluso de nosotras mismas, creando una gran carga de culpa y malestar.

Donath lo expresa de esta manera: “aunque no hay una única emoción que los hijos inspiren en las madres –si bien los sentimientos de una madre pueden variar en el transcurso de un día y sin duda a lo largo de períodos más largos, dependiendo de cómo se comporten sus hijos, así como del tiempo, espacio y ayuda de que disponga- se espera que todas las madres sientan sistemáticamente lo mismo si desean ser vistas como “buenas madres”[5]

Todo cuidador primario, independientemente de su sexo y su edad, encuentra el proceso de crianza como algo muy difícil, especialmente en sociedades en transición como las nuestras, donde la familia extensa se ha dispersado y las tradiciones en la crianza de l@s niñ@s se han perdido. Afirma Raphael-Lelf[6] que estar constantemente atento y responsivo a las necesidades de alguien más, de quien tenemos responsabilidad total en todo momento, es una tarea desalentadora. Si a esto le sumamos las noches extenuantes, la deprivación de sueño y el cansancio, las fluctuaciones hormonales y la recuperación de las secuelas de un parto en el caso de la madre, no es de extrañar que el quiebre perinatal sea algo común. En Occidente el estrés postnatal es experimentado por casi la mitad de las nuevas madres y por un cuarto de los nuevos padres.

En todo caso, en el momento en que una mujer deviene madre las “emociones encontradas” le acompañaran siempre, no sólo porque se encuentre ante la duda en determinados momentos de la vida de sus hij@s de si lo está haciendo bien o no, no sólo por su constante preocupación por el futuro o por vicisitudes específicas que pueda tener en la relación directa con su hij@ durante un período específico de su vida, no sólo por sentirse sobrecargada, por la dificultad para conciliar la vida familiar y laboral, por el deseo de querer atender otros aspectos de sí misma independientes de la maternidad y un largo etcétera, sino también por la presión constante de que es a la madre a la que se le demanda tanto la atención inmediata, como las explicaciones de los resultados. Somos las madres las que “tenemos que” rendir cuentas ante el Otro, seamos conscientes de ello, o no. “Es a la madre a quien se suele culpar por ser demasiado afectuosa o distante, demasiado dominante y sobreprotectora o indiferente y desapegada, principalmente por un motivo: porque era ella, en términos generales, la que estaba presente durante la infancia de los hijos. O es la única a la que se le acusa de no estar presente”.[7]

A partir de la maternidad de algunas psicólogas y teóricas de la psicología, estas mujeres comenzaron a replantear y problematizar la cuestión de las emociones de las madres. Es así como Parker nos dice “a ninguna de nosotras le resulta fácil aceptar de verdad que amamos y odiamos al mismo tiempo a nuestros hijos, y es que la ambivalencia maternal no constituye un estado anodino de sentimientos encontrados, sino un estado de ánimo complejo y contradictorio, compartido de forma muy diversa por todas las madres. (…) Gran parte de la culpa omnipresente que soportan las madres deriva de las dificultades para sobrellevar la dolorosa sensación provocada por el hecho de experimentar la ambivalencia maternal en una cultura que rehúye la existencia misma de algo que ha contribuido a crear”.[8]

En una sociedad que atrapa a las madres en una maraña de expectativas idealistas, imposibles y contradictorias, nos es muy difícil no sentirnos en falta, con un cúmulo de culpas a las espaldas y el rótulo de “mala madre” a la vuelta de cualquier error (con el consecuente sufrimiento psíquico que esto pueda generar). Es por esto que actualmente se habla de la existencia de la ambivalencia maternal saludable como un rasgo intrínseco de la experiencia de ser madre y como una parte del espectro de los sentimientos encontrados hacia l@s hij@s y la maternidad. Pero, no solamente es una vivencia “normal”, sino que también, yendo un paso más allá, es una experiencia positiva en la medida en que “la propia angustia de una madre y la insufrible coexistencia del amor y el odio por el bebé serían los sentimientos que permitirían a la madre buscar constantemente soluciones creativas a todos sus problemas”.[9]

De esta manera, el conflicto amor-odio que podamos sufrir en relación a nuestr@s hij@s nos puede ayudar a fomentar la reflexión, a cuestionarnos, a intentar buscar otras miradas, a adquirir herramientas intelectuales y emocionales para comprender a nuestra criatura y sus necesidades. Sin embargo, para poder soportar la ambivalencia afectiva y el dolor que ésta genera, las madres debemos apearnos de la ilusión de perfección, nuestra y de nuestros hij@s. Haciendo dicha renuncia podemos descubrir cómo contener este conflicto y cómo profundizar en él para descubrir muchas más cosas sobre nosotras mismas. “La ambivalencia maternal puede ofrecer reforma y reparación, como logro emocional de aquellas mujeres que se enfrentan a una confusión emocional, fantasías y conflictos relacionados con su maternidad, y como estado que puede fomentar potencialmente una flexibilidad y un dinamismo emocionales”.[10]

Finalmente, sólo me queda comentar que es muy importante que las madres tengamos valor y busquemos espacios seguros y contenedores donde poder explicar nuestros relatos de ambivalencia emocional, no sólo porque representará una descarga para nosotras mismas, sino también porque nos permitirá hacer conscientes otras ambivalencias o el grado en que podamos estarlas sufriendo. Así, traeremos luz a diversos aspectos ocultos de nuestra personalidad.

Además, hablando de ello normalizaremos la ambivalencia como un aspecto más de la maternidad, con lo cual las mujeres que tengan dudas o fantasías muy idealizadas con respecto a ser madres y lo que esto les pueda suponer, conocerán por experiencia de terceras la existencia de estas emociones tan potentes, de tal manera que no las cojan desprevenidas.

Si quieres leer más sobre de esto desde una vivencia más personal, no dejes de mirar el post Las Madres que nos quedamos en Casa.

[1] Rich, A. (1986). Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución. Cátedra, Universitat de Valencia.

[2] Donath, O. (2016). #madres arrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales. Penguien Random House Grupo Editorial.

[3] Dorsch, F. (1994). Diccionario de Psicología. Herder, pag: 27

[4] Cigarroa. A. (2011). Embarazo normal y embarazo de riesgo. En Alkolombre, P. Travesías del cuerpo femenino. Letra Viva Editorial, pag: 68. (las negritas son mías)

[5] Donath, O. Op. Cit. P. 63

[6] Raphael-Left, J. (2010). Healthty Maternal Ambivalence, Studies in the Maternal.

[7] Donath, O. Op. Cit. P. 72

[8] Parker, R. (1994). Maternal Ambivalence. En Winnicott Studies, Nº9. Londres.

[9] Raphael-Left, J. Op. Cit.

[10] Donath, O. Op. Cit. P. 74

Aunque parezca difícil de creer, el nacimiento de un hij@, por muy desead@ y buscad@ que haya sido, es una de las principales causas de crisis, e incluso de ruptura, de la pareja. El mayor porcentaje de separaciones matrimoniales se produce cuando alguna de las criaturas no llega aún a los 3 años de edad. ¿Porqué?

Habitualmente cuando esperamos a nuestro primer hij@, fantaseamos sobre cómo va a ser nuestra vida cuando seamos m(p)adres. Las expectativas empiezan a aparecer desde el mismo momento que tenemos la confirmación médica de que todo marcha bien. Seguidamente, vienen los miedos y las inseguridades de si podremos o no ser buenos p(m)adres, de si estaremos a la altura de lo que la tarea requiere, etc. Sin embargo, poco pensamos y conversamos sobre cómo se va a transformar nuestra relación de pareja ni sobre el estilo de crianza que queremos llevar, cosa que en cierta media es comprensible, ya que en cierto grado no podemos ni imaginar qué transformaciones se van a dar ni cuál es la implicación y dedicación que tendremos con nuestra criatura.

La pareja no es un elemento estático ni inmóvil, bien al contrario, se va transformando en la medida en que van cambiando nuestra vida, nuestras circunstancias laborales, económicas, sociales y familiares; y en la medida en que se va profundizando y fortaleciendo el vínculo, a su vez, la pareja tampoco es inmune a la cultura y las modas sociales que puedan aparecer en un momento determinado. Del mismo modo, las dinámicas y las prioridades dentro de la pareja cambian con la llegada del primer hijo, y vuelven a cambiar con la llegada de un segundo y así sucesivamente y, mientras los niñ@s se encuentran en la primera infancia (período que va de los 0 a los 3 años), los espacios para compartir en pareja son sino limitados, al menos diferentes y, la mayoría de las veces esto nos toma completamente por sorpresa, tanto a hombres como a mujeres.

Con frecuencia me encuentro en la consulta a muchas parejas que tras haber tenido un hij@ pasan un período en el que casi no se reconocen; hay distancia emocional y muchas quejas de parte de ambos, pocos espacios para conversar pausadamente y en cambio muchas discusiones por situaciones que antes eran más o menos irrelevantes, hay cansancio sostenido por el cuidado constante de un bebé o de uno o más niñ@s pequeñ@s, por la presión del peso del hogar y de lo económico, por las dificultades de conciliar, y descontento por los roles que asume cada uno dentro de la crianza. Cada familia lleva su “pack” especial dependiendo de su idiosincrasia particular, pero todas entran de una u otra manera dentro de esa nueva dinámica.

¿Y que es lo que ha pasado?

Cada familia tiene su historia particular que hará que la problemática se centre más en uno u otro aspecto, pero en general se pueden enumerar brevemente algunos elementos comunes:

  • La vivencia del embarazo y el parto. Algunas veces ya desde el mismo momento del embarazo pueden empezar a aparecer síntomas de que la pareja no marcha bien, en muchos casos expresado en el área de la sexualidad: cierto descontento porque a uno de los miembros de la pareja no le apetece tener relaciones sexuales por temores, por aprehensiones o por falta de deseo. Otra área en el que se expresa es que el hombre puede tomar cierta distancia de los preparativos de la llegada del bebé, o no vive el embarazo con la misma ilusión que la mujer, lo cual suele generar en ella inseguridades de su futura vinculación como padre, además de sentirse herida o sola. El parto, por otro lado, su vivencia, si ha sido un parto respetado o no, con muchas o pocas secuelas físicas o psíquicas, si la mujer se ha visto vulnerable o empoderada, son elementos que la marcarán para toda la vida y esta experiencia teñirá de alguna manera su relación con la sexualidad y con su pareja.
  • El período del postparto. Ese momento físico y emocionalmente intenso que comienza cuando nace nuestra criatura y que acaba… ¿con la cuarentena? ¿a los 3 meses, a los 6, a los 9, a los 2 años? El postparto tiene implicaciones físicas importantes, muchas de las cuales conllevan secuelas directas en la instauración exitosa de la lactancia y, más adelante en la recuperación de una vida sexual satisfactoria. Está directamente relacionado con el tipo de parto que se haya tenido y que va a generar, psicológicamente hablando, un estado diferente en la mujer, con lo cual, un “estar” con el bebé y con la pareja, que estará tocado por esa experiencia. (Si quieres leer más sobre los Aspectos Emocionales del Postparto pincha aquí). Y aquí ya entramos en el mundo de lo emocional. Ni los hombres ni las mujeres tenemos idea de todo esto hasta que estamos en el meollo. Los hombres que cuentan con una madurez emocional, que saben hacerse cargo de sí mismos y que están conectados con su pareja, suelen saber apoyar, acompañar y sostener las necesidades de la nueva madre durante este período tan importante. Los hombres inmaduros, dependientes y egocéntricos tienen muchas dificultades para entender el cuidado que su pareja necesita.
  • Las necesidades de cuidado continuo del bebé. Muchas veces es algo que no nos esperamos, nos hemos creído el cuento de que el bebé no hace más que “comer y dormir” y nada más alejado de la realidad. Los bebés requieren de mucho soporte físico y, sobretodo, emocional. Cada etapa tiene su distinción particular, pero hasta los 3 años, sus m(p)adres constituyen el referente emocional principal a partir del cual la personalidad de la criatura va a ser construida. ¡Gran tarea, sin duda! pero ¿qué pasa cuando no hemos hablado con la pareja sobre cómo les queremos criar? ¿dónde queremos que duerma? ¿cómo queremos que coma? ¿cómo se instauran los límites y la disciplina? ¿en quién confiamos para que le cuiden? ¿a qué edad queremos que vayan a la escuela? ¿Qué tipo de educación queremos que reciba?… Temas que pueden generar, sin duda, grandes batallas campales y desencuentros importantes en la pareja.
  • El peso de la rutina y de las tareas del hogar. Cuando los hij@s son pequeñ@s las rutinas pueden ser bastante monótonas y desgastantes, sobretodo los dos primeros años en los que las necesidades de la criatura no dan tregua y algunas cosas tienen muy poco margen de variabilidad. Esto puede representar una sombra importante para la relación de pareja, no nos olvidemos que tan sólo 1 año antes podíamos improvisar una cena, una quedada con amigos o ir a pasar un día a la playa, lo único que se necesitaba era un poco de disposición para ello. Por otro lado, las tareas de las casa se hacen interminables y agotadoras, antes quizás no importaba tanto quien tiraba la basura, hacia la colada u ordenaba la cocina, a eso se le ha de sumar la presencia del bebé y sus cuidados. A menudo encuentro en la consulta que las mujeres se quejan de llevar ellas todo el peso de las tareas domésticas y de tener poca colaboración por parte de sus compañeros con lo cual una prenda de ropa olvidada accidentalmente en el suelo del lavabo se puede convertir en una discusión de horas.
  • El cambio en la relación sexual. Y no me refiero sólo al cambio en las relaciones sexuales (frecuencia, calidad, duración, etc.) sino al cambio en la relación erótica en la pareja. Si quieres leer a profundidad sobre este tema en específico, puedes clicar este post pero, de manera resumida, la sexualidad en la pareja también ha de resituarse. Ambos miembros tienen que aprender a relacionarse con un nuevo cuerpo (¡y no sólo el de la mujer, que ahora es madre, que quizás amamanta, etc.!) y a establecer nuevas dinámicas, al menos durante el primer año de postparto, en donde el juego, las muestras de afecto y el erotismo quizás necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (parece que cada vez menos). Con lo cual muchas veces las mujeres rechazan las expresiones de afecto de sus compañeros pensando que si son receptivas a ellas quizás él reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones, también se pueden dar casos de mujeres con muchas ganas de tener intimidad y hombres inhibidos o sospechosamente inapetentes. Todas estas cosas deben hablarse entre la pareja: mucho y sin tabúes… Pero de esto hablaré en otra entrada.
  • La transformación de la maternidad. Es innegable que la maternidad es una revolución que se genera dentro de nosotras y que nos pone la vida, las prioridades, los planes de futuro y las expectativas completamente patas arriba. Nos tomará un tiempo recolocarlo todo, encontrar un nuevo orden y alguna vez pasará que cuando creemos haberlo encontrado, alguna necesidad de nuestra criatura nos hace cuestionarlo todo de nuevo. Esto sobretodo se expresa a nivel emocional. Dice Laura Gutman que “cada bebé es una oportunidad para su madre para rectificar el camino del conocimiento personal, para sacar a la luz viejas heridas y realizar las sanaciones adecuadas”[1]. No teníamos ni idea de que el amor fuera algo así de potente, de que un ser tan pequeñito tuviera un protagonismo tan fundamental en nuestras vidas. Algunos hombres también viven la paternidad de una manera parecida, otros se relacionan con sus hij@s desde un lugar menos “intenso” (esto no quiere decir que no les quieran, sino que son uno más de los elementos importantes de su vida). Sea como sea, los hombres suelen encontrarse perplejos ante esta nueva mujer capaz de revolucionarlo todo y de poner cualquier cosa en jaque por su criatura; al principio puede pensar que es consecuencia de lo “hormonada” que está su mujer, del cansancio, de la instauración de lactancia, etc. Quizás alberguen la esperanza de que pasada la cuarentena (que en realidad no es para nada el fin del puerperio) reencontrarán a su mujer normal y corriente, la de siempre. Pero resulta que este reencuentro no llega nunca, al menos no durante los primeros dos años; y si hablamos de un hombre con algunos elementos inmaduros, dependientes o infantiles, empezarán a surgir desencuentros y discusiones, sobre todo, porque la mujer-madre no podrá sostener emocionalmente a su marido-niño, sólo tendrá espacio para maternar a su hijo. Esto muchas veces puede hacer que el hombre se sienta rechazado, desplazado, excluido, pues ya no hay nadie que cuide de él.
  • El tiempo de ocio. Algo muy preciado y sostenedor dentro de la pareja que, momentáneamente, se ha perdido. Con un bebé en casa hay pocos momentos disponibles, de hecho, la mujer tiene todo su espacio psíquico ocupado, y cuando el bebé le da una tregua, lo que realmente quiere es tiempo para sí misma. Por el contrario, el hombre se encuentra con su espacio psíquico disponible (cuenta con el trabajo y la vida “en la calle”), por lo que demanda a su mujer más tiempo de pareja. Aquí nuevamente se produce el desencuentro. Cada uno necesita algo diferente con lo cual, se hace necesario conversarlo y llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos.
  • Los estilos de comunicación. En medio de las discusiones, sobre todo cuando se arrastra cansancio y sueño acumulado, la manera como se comunica una pareja puede mejorar o, por el contrario, empeorar el problema. Debemos preguntarnos si sabemos hacer demandas de la manera adecuada, expresando realmente lo que estamos sintiendo sin caer en acusar o culpabilizar al otro de la situación, si realmente escuchamos al otro cuando hablamos o sólo usamos sus argumentos para contraargumentar, si somos capaces de ver y entender las necesidades que pueda tener el otro y tener disposición para ayudarle, etc.
  • La familia extensa. Algunas veces contamos con abuelas (madres y suegras) maravillosas, que nos apoyan en la crianza que hemos decidido tener sin cuestionarla, nos echan un cable, y nos ayudan a recuperar un poquito los espacios de intimidad tan escasos entre la pareja. Otras veces, menos afortunadas, tenemos madres o suegras intrusivas, que critican, ponen en duda y nos infantilizan, si te interesa leer más sobre este tipo de abuelas, picha aquí. La manera en la que una pareja afronta y limita a la familia extensa, puede fortalecer o debilitar el vínculo entre ellos.
  • La existencia de problemas anteriores no resueltos.  Así lo expresa Gutman: “La aparición del recién nacido, la ruptura emocional que esto produce en la madre, la travesía por el puerperio, la pérdida de referencias de identidad y sobre todo el cansancio, ponen en evidencia ciertos funcionamientos dentro de la pareja que repentinamente se vuelven intolerables cuando antes no generaban conflicto”[2]. Es así como, en muchísimos casos, no es la presencia de l@s niñ@s pequeñ@s lo que desorganiza a la pareja, sino que dicha presencia pone en evidencia el funcionamiento original de la misma, el cual, dada las circunstancias actuales se hace insostenible.

Establecer acuerdos previos al nacimiento de los hij@s es primordial, evaluar lo que esperamos el uno del otro y conversar sobre si el otro está en capacidad de ofrecer eso o no, ver como son nuestros roles y redefinirlos si hace falta, estudiar juntos la historia personal de cada uno, los patrones de crianza vividos, los valores dentro de los cuales se ha crecido, negociar qué hacer con las diferencias. Se hace necesario revisar y repactar todos los acuerdos tácitos de la pareja, leer la letra pequeña ya que las condiciones cambian con el nacimiento de l@s hij@s, se pasa de ser pareja a ser familia y si se quiere sobrevivir en el intento, necesariamente hay cláusulas que revisar y modificar, pero esto sólo es posible si estamos acostumbrad@s a comunicarnos entre nosotr@s, a contarnos lo que nos pasa y a respetarnos y tenernos confianza. Y si ya ha nacido el primer hij@ y nos encontram@s con que esta tarea no ha sido hecha, se ha de tomar como una oportunidad para el crecimiento y el fortalecimiento de la pareja, y si es necesario, buscar a un profesional de escucha atenta y receptiva que nos pueda ayudar y acompañar en este proceso.

 

[1] Laura Gutman (2003). La Maternidad y el Encuentro con la Propia Sombra

[2] Laura Gutman (2009). La Familia nace con el primer hijo. Historias de parejas con niños pequeños.

La Salud Mental Materna Importa

“La Salud Mental Materna Importa” (#maternalMHmatters) es el mensaje con el que se desea llamar la atención hacia el tema en la Semana Mundial de la Salud Mental Materna, pero ¿qué quiere decir que la salud mental materna importa?, parece obvio, ¿no? Sorprendentemente a veces no lo es tanto.

Un vínculo sano entre una madre y un bebé comienza con una buena salud mental por parte de la madre. Esto es algo que los psicoanalistas John Bowlby y Donald Winnicott ya habían estudiado, observado y descrito desde 1950; sin embargo, sigue siendo algo que nos resistimos a aceptar, tanto a nivel social, como sanitario, por ejemplo en la atención que reciben las mujeres gestantes durante sus controles de embarazo, así como también en las consultas de pediatría. Comentarios del tipo “es normal”, “son las hormonas”, “con el tiempo pasará”, “te preocupas demasiado”, “deberías relajarte un poco”, etc., suelen ser habituales cuando una mujer embarazada, o en postparto inmediato, expresa algo del orden de su malestar psicológico.

“Dos de cada diez mujeres padecen algún problema mental durante el embarazo o el primer año tras haber dado a luz. El 75% de éstas no son diagnósticas ni reciben el tratamiento y soporte adecuado.” Éstas son cifras a nivel mundial.

De entre los distintos trastornos, el padecer más común es la depresión postparto (que muchas veces comienza durante el embarazo) y puede afectar a mujeres de cualquier procedencia, cultura o nivel socioeconómico y educativo, generando consecuencias importantes a largo plazo tanto en la madre como en la criatura y en el vínculo que entre ellos se genera.

“El estado psíquico de la madre afecta enormemente al bebé desde la gestación. Si sufre ansiedad, estrés o depresión el embarazo se complica, puede producirse un parto prematuro, hemorragias, infecciones… Además, su estado de ánimo afecta, de diversas maneras, al desarrollo cerebral de su bebé, condicionándola, incluso a muy largo plazo”, comenta la psiquiatra Ibone Olza en una entrevista para El País.  “Si la madre no está bien, si no se detecta su sufrimiento y no se le ayuda o se trata, además de al bebé, se verá afectada también la relación de pareja y la crianza de los otros hijos”.Con lo cual, si estás embarazada y sientes que algo no “marcha bien”, te sientes angustiada, estresada, con muchos miedos o/y temores, con cambios de ánimo bruscos e inesperados, ganas de llorar, sensación de soledad.., busca ayuda. Si ya ha nacido tu bebé y te sientes triste, desanimada, irritable, con angustias o miedos, sola, con mucha presión encima, con temor a estar a solas con tu bebé por no saberlo atender adecuadamente o poderlo dañar, con fantasías o temores de que te pase algo a tí o a tu bebé, no son las hormonas, no es normal, no se irá solo, pero sobretodo, no es tu culpa y no es algo por lo que debas ocultarte o avergonzarte. ¡Habla de ello! ¡Expresa tu malestar! ¡Busca ayuda!

 

Me he topado con esta entrevista y me parece que merece la pena compartirla. Realmente se conoce muy poco sobre la depresión postparto y cómo ésta puede afectar la salud de la mamá y el bebé, la tendencia general es a minimizar o negar este problema. También me pareció interesante lo que planteaban los especialistas sobre los factores de riesgo.

En fin, aquí os dejo el link

“El embarazo y el parto no se consideran desde la
psicología como una fase del desarrollo, sin embargo este período
marca y afianza una potencialidad presente en la mujer que
decide ser madre, aportando a su identidad femeninaotra cualidad,
siempre extraordinaria por muy común que sea: la de la maternidad”
Yolanda González Vara[1]
Después de haber descrito algunos de los efectos psicológicos que se podrían presentar durante el primer trimestre del embarazo, pasaremos a hablar del segundo trimestre, que para muchas es el que se vive más gratamente, se recuerda con más alegría, y que a su vez conlleva una labor psíquica muy intensa.
Prepararnos para ser madres es una ardua tarea, tanto en el sentido  físico como en el psicológico. Nuestro cuerpo está haciendo el maravilloso trabajo de gestar una vida y no descansará durante los meses que quedan para que el bebé esté listo para salir al mundo. Y aunque mucho de lo que ocurre se da de manera natural, lo “maternal” está también impregnado de la herencia culturalde cada una, de aprendizajes, y de nuestras propias vivencias.
La maternidad es un proceso biológico, psicológico y sociocultural. Independientemente del estilo de crianza que se asuma en el futuro, psicológicamente el embarazo implica el fin de la mujer como un ser singular e independiente y el comienzo de la compleja relación madre-hij@.
Cuando un embarazo llega al segundo trimestre (alrededor de la semana 15), la mayoría de las futuras madres suelen relajarse bastante. Por un lado, ya se ha pasado el trimestre en el que hay mayor riesgo de pérdidas, y también habitualmente por una ecografía, por tanto por la prueba del Triple Screening; si los resultados han sido satisfactorios y no se ameritan hacer otras pruebas como la Amniocentesis las madres suelen sentirse bastante más tranquilas, como si ellas y su bebé hubieran aprobado los primeros exámenes del embarazo. Por otro lado, las molestias físicas del primer trimestre suelen quedar en el pasado, se va la somnolencia y vuelve la energía al cuerpo proporcionando un baño de ánimo y entusiasmo.   
En este segundo trimestre –alrededor de la semana 16–  las madres comienzan a percibir los movimientos del bebé. La percepción del bebé trae consigo el reconocimiento de la criatura que, aunque se encuentre en el refugio del útero materno, empieza a ser reconocido como una entidad separada, con una vida en sí misma que la madre no controla.
La percepción de los movimientos intrauterinos suele producir cambios que empiezan a dar cabida a la aparición de sentimientos maternales, como el deseo y el placer de sustentar al bebé. “Aparece la necesidad imperiosa de dar alimento, sostén, apoyo a ese ser dependiente que vive en el interior de su cuerpo, que es parte de ella pero que al mismo tiempo comienza a diferenciarse como otro ser.”[2]
También es frecuente durante este período reexperimentar algunas vivencias de la infancia y de la relación con la propia madre, incluso llegando a sentir nuevamente la vulnerabilidad infantil. Esto sucede debido a que al percibir los movimientos del bebé y empezar a diferenciarlo como un ser distinto se proyecta sobre él la propia vivencia infantil rememorando algunos elementos de la relación madre-hija, dándose, de esta manera, una segunda diferenciación de la mujer en relación a la propia madre (la primera diferenciación la tenemos tod@s, hombres y mujeres, cuando somos niñ@s). Es un período muy intenso en el que nos podemos encontrar reconciliándonos con algunos aspectos de nuestra madre o, por el contrario, enfrentándonos al dolor de heridas antiguas que creíamos sanadas o traumas infantiles supuestamente superados. Todo esto ligado al deseo de proteger al futuro hij@ de cualquier sufrimiento que se haya vivido en el pasado.
Así, basada en la temprana relación madre-hija vivida en su momento, y que pudo haber sido conflictiva, la mujer escoge si se identifica con la madre introyectada o si rivaliza con ella para convertirse en una mejor madre de la que ella tuvo. En términos psicológicos hablamos de una experiencia tri-generacional. De esta manera, el modo de relación que cada mujer ha tendido con su propia madre influye en el modo en el que se vinculará con sus propios hij@s, ya que la identidad adquirida está vinculada a la relación materna primaria.
A partir de la diferenciación del bebé y a medida que los movimientos de la criatura se van haciendo cada vez más fuertes y pueden ser percibidos por el padre, las fantasías y expectativas entorno al futur@ hij@ cobran mucha más presencia. De hecho, de este conjunto de expectativas, basadas en representaciones de relaciones pasadas tanto del padre, como de la madre, nace el “bebé imaginario”. Muchas veces merece la pena hacer un trabajo de concientización de estas fantasías debido a que no son insignificantes para la relación con el bebé real y podrían generar ruido en la instauración del vínculo.
Las respuestas de las madres a los movimientos fetales son muy variadas. Cuando ocurren las primeras veces suele haber un poco de duda o descrédito hasta que la percepción se hace más frecuente, entonces hay quienes se relajan y comienzan a sentirse embarazadas disfrutando del movimiento, mientras que otras lo viven con un cierto monto de ansiedad, atribuyendo significados agresivos al movimiento del bebé; estas atribuciones “podrían estar relacionadas con la proyección de vivencias hostiles no elaboradas hacia la propia madre, que convendría trabajar adecuadamente.”[3]
La mayoría de las mujeres suelen sentirse contentas con el cambio que empieza a experimentar su cuerpo: ¡finalmente comienza a notarse el vientre abultado del embarazo! Sin embargo, para las mujeres que han sufrido algún tipo de desorden alimenticio este cambio tan rápido puede generar dificultades en la aceptación de la nueva imagen. Por otro lado, un cuerpo embarazo muestra al mundo que la mujer es fértil y sexualmente activa, lo cual muchas veces, de forma más inconsciente que consciente, genera ciertas incomodidades para algunas, esto evidentemente varía mucho dependiendo de la historia personal y de la apertura que se tenga ante la vivencia de la sexualidad.
En su mayoría, las madres consideran el segundo trimestre del embarazo como el más bonito de los tres. La presencia del bebé es notoria, pero al no ser tan grande las mujeres se sienten ágiles y enérgicas. Es el período en el que aparecen con más constancia los diálogos internos con el bebé, comenzando así la relación con él o ella como un ser aparte, desde una vivencia muy íntima.
Bibliografía Consultada:
       Patricia Alkolombre (2001). Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.
       Yolanda González Vara (2010). Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros.
       Dinora Pines. (1993) A Woman’s Unconscious Use of her Body. London and New Haven: Yale University Press
       Joan Raphael – Leef (1993). Pregnancy. The Inside Story. London: Karnac.

 


[1] Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros. 2010
[2]Cigarroa, A. (2011) Embarazo Normal y Embarazo de Riesgo. En: Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.
[3] Yolanda González Vara. Amar sin Miedo a Malcriar. La mirada a la Infancia desde el respeto, el vínculo y la empatía. Barcelona: RBA Libros. 2010

Hay un dicho que reza que las cosas dependen del cristal con que se mire. Muchas veces me he sorprendido de la gran cantidad de información que podemos conseguir sobre los aspectos biológicos del embarazo y la reproducción en contraste con lo poco que hay disponible (y de calidad) sobre el embarazo a nivel psicológico: las emociones, el imaginario, la ansiedad y el crecimiento personal que acompaña a cada embarazo. Este es el cristal a través del cual yo miro muchas cosas –llamémoslo desviación profesional–, y que me ha motivado a escribir una serie de post sobre los efectos emocionales que tiene el embarazo en la mujer, así como también, los efectos que tienen algunas emociones de la mujer sobre el embarazo, dos cosas parecidas pero que no son lo mismo.

Empezaré esta serie hablando de las emociones durante el primer trimestre del embarazo. Hace pocos días me topé con este post de El Parto esNuestro en el que se habla del malestar durante el primer trimestre y como aliviarlo. Allí dicen: “El primer trimestre es una noria de sentimientos y emociones, subidas y bajadas de hormonas. Se producen cambios físicos y psíquicos que se nos harán más llevaderos con buena información. Hay tantas formas de vivir el embarazo como mujeres existen. No todas las mujeres tenemos las mismas molestias, ni las vivimos con la misma intensidad.  Las molestias más frecuentes son: aumento de salivación, sensación de hinchazón, sensibilidad olfativa, sangrado de encías, estreñimiento, acidez, apetito desmesurado o falta de apetito, gases, aumento de sudoración, cansancio y sueño, dolor mamario, naúseas, micción frecuente, congestión nasal, mareos y dolores de cabeza.”

¿Y en qué consiste la noria de sentimientos y emociones? Pues bien, en primer lugar, desde que recibimos un resultado positivo, las mujeres experimentamos una mezcla de emociones: alegría, miedo, júbilo, incertidumbre, impaciencia, dudas, etc. Muchas veces estos sentimientos se contradicen entre sí y se vivirán con mayor o menor intensidad dependiendo de los factores personales de cada una. Algunos de estos factores están relacionados directamente con la vivencia de la maternidad: si se es primeriza o no, si se tiene mucho tiempo intentando o, por el contrario, ha sido inesperado, si se ha tenido alguna pérdida, etc.; y otros relacionados con la personalidad y situación vital de cada mujer. Lo cierto es que hay diferentes maneras de “digerir” un embarazo y todas conllevan una serie de emociones que pueden cambiar día a día.

El cansancio, la somnolencia, las nauseas, y la sensación de fatiga, típicas del primer trimestre del embarazo, si bien son un indicador de que el cuerpo está haciendo lo que ha de hacer, pueden ser un motivo por el cual la mujer se sienta irritable y malhumorada, así como también los despistes y la falta de memoria que nos acompañan durante todo el embarazo. Por otro lado, esta misma sensación de cansancio puede menguar el deseo sexual durante el primer trimestre y, si bien los pechos adquieren unas dimensiones más atractivas, ¡por nada del mundo queremos que sean tocados!   

Estar embarazada significa un gran cambio, de hecho, es el único momento vital en que hay tantas hormonas activas y trabajando en el cuerpo de la mujer y esto, aunado a que psíquicamente estamos haciendo transformaciones intensas (aunque no seamos consciente de ellas) también nos juega algunas “malas pasadas” en nuestro estado de ánimo. Así, podemos pasar de estar contentas a sentirnos irascibles y luego estar desconsoladas por algo que conscientemente sabemos que no es tan importante. Lo mejor que podemos hacer para sobrellevar esta situación es tenerlo presente. Evidentemente eso no hará que no nos afecten las cosas pero, cuando nos hayamos calmado, puede ayudar a entender porque tanta sensibilidad repentina. También es bueno que se lo recordemos a nuestra pareja de vez en cuando, antes de que piense que se nos están fundiendo las neuronas. Una vez han pasado las primeras 15 semanas, esta labilidad emocional disminuye considerablemente.

También debemos considerar que en esta primera fase del embarazo, las mujeres tenemos dos vivencias de angustia más o menos importantes: la más conciente está asociada a los cambios que empieza a vivir nuestro cuerpo y la otra, menos conciente, es el temor de que el bebé que se gesta en nuestro interior no se esté desarrollando adecuadamente. Esta angustia frecuentemente se manifiesta a través de los sueños o de las fantasías, y muchas veces es debido a este miedo que se retrasa el dar la noticia a familiares y amigos, o se comenta “con la boca pequeña”.

El embarazo, sobre todo el primero, es un proceso trascendente y crucial en la vida de cada mujer, independientemente de la manera como lo vivencie. Se trata de una etapa que impone la necesidad de adaptarse a grandes cambios, no sólo porque el cuerpo adquiere un gran protagonismo, sino también porque es una importante experiencia emocional, cargada de mucha ambivalencia que la futura madre tiene que aprender a tolerar y manejar. Otro elemento importante es que a partir de que sabemos que estamos embarazadas, consciente o inconscientemente, se comienza un trabajo intenso en relación a la propia infancia y la propia madre, a nuestra vivencia como hijas, esto muchas veces puede resultar doloroso o desconcertante y requiere de cierto esfuerzo y trabajo personal; pero de esto hablaré más ampliamente en otra entrada.

Si estás en el primer trimestre de tu embarazo, ¡felicidades! Estas comenzando un intenso viaje, procura vivirlo al máximo y con la mayor conciencia, busca información lo antes posible, mientras más cosas sepas más libertad tendrás para escoger las opciones que más te vayan bien y, si te encuentras emocionalmente abrumada y se te hace difícil de manejar, busca alguien calificado que pueda escucharte, darte apoyo y acompañarte en el proceso. 

Bibliografia consultada:
-Beatrijs Smulders y Mariël Cronn. Embarazo Seguro. Barcelona: Medici.
– Joan Raphael – Leef. Pregnancy. The Inside Story. UK: Karnac.
-Patricia Alkolombre. Travesías del Cuerpo Femenino. Buenos Aires: Letra Viva Editorial.

Llega el momento tan esperado de nuestro parto y el nacimiento de nuestro bebé… Lo celebramos con la alegría de tener a nuestra criatura en brazos. Pasan los primeros días que muchas veces se viven en una nube de confusión, maravilla y asombro procesando un montón de información y de aprendizaje a la velocidad de la luz, conociendo a ese ser tan pequeñ@ que depende enteramente de nosotras, y con  un saco de dudas sobre lo que estamos haciendo. Y, como si fuera poco, se nos instala una montaña rusa en el medio del cuerpo: las emociones del postparto.

Hablar de las emociones en el posparto no es partir de un punto cero. El posparto es la continuidad de cómo hemos vivido nuestro embarazo y, sobre todo, como fue la experiencia del parto. Si este último fue difícil, doloroso, no ha salido como esperábamos, o nos ha dejado alguna secuela física y/o psicológica, el esfuerzo a nivel emocional durante el postparto se multiplica en comparación a si el parto fue fácil y sin complicaciones y pudimos sentirnos respetadas, cuidadas y escuchadas. La razón es evidente: además de lidiar con  aprender a conocer las señales y necesidades del bebé y acostumbrarnos a una nueva dinámica, y con la instauración de la lactancia, si se ha escogido la lactancia materna, también tendremos que hacer algo al respecto de las heridas emocionales o los traumas que el parto haya podido dejar a su paso.
Muchas mujeres optan por poner a un lado todas estas vivencias, guardarlas en un cajón para hacerse cargo de ellas más adelante, otras están en tal estado de shock que se les dificulta mucho conectar con su bebé durante los primeros días y entre medio, hay toda una gama de posibilidades. Una cosa si es segura: el postparto es un profundo período de descubrimiento de nosotras mismas. La presencia del bebé y las dinámicas que se establecen en este período (que no son cuarenta días sino más bien 2 años, aproximadamente) nos muestran facetas de nosotras que ni siquiera sabíamos que existían.
El caos llega con el bebé
De forma más o menos general (porque cada díada madre-bebé vivirá un postparto único y diferente), las primeras semanas después del nacimiento del bebé son un caos, y no lo digo de forma peyorativa sino más bien literal: el orden anterior que llevábamos en nuestras vidas desaparece por completo y pasan unos cuantos días de reajuste antes de que aparezca un nuevo orden.
A menudo las mujeres tienen la sensación de que el puerperio las vuelve “un poco tontas”, “despistadas”, “distraídas”, etc. Esta sensación tiene su origen en algunos cambios que se dan a nivel cerebral: como lo que está en juego es la supervivencia de la criatura, nuestro organismo le da más relevancia a las funciones hormonales (oxitocina y prolactina) y del cerebelo (lo emocional), así todo lo que es del orden de lo racional queda disminuido, la actividad cerebral se orienta a crear vínculo afectivo, cuidado y protección. Es posible que durante los primeros días nos invadan sentimientos de tristeza o sensación de vacío, de que “esto” no era como nos lo imaginamos. Si quieres saber más sobre este aspecto del postparto, el babyblues, te recomiendo que leas este artículo.
Otro aspecto a tener en cuenta es que la llegada de un bebé provoca muchos sentimientos encontrados en la mujer: alegría, felicidad, miedo, tristeza, cansancio, necesidad de tener tiempo para cosas vitales como comer o ir al baño, sorpresa, dudas y un largo etcétera. Esto no se va con el postparto, siempre tendremos sentimientos ambivalentes para con nuestr@s hij@s, estos sentimientos forman parte de la intimidad de la relación. Nada es tan próximo como un hij@, por lo tanto, nada hay tan controvertido. Lo que ocurre es que cuando recién nos hacemos madres, no tenemos ni idea de que vamos a vivir tantas emociones intensas y encontradas a la vez, y esto nos toma por sorpresa, pero además, el bebé no suele dar tregua. Nuestro hij@ necesita atención y cuidado continuo y es lógico que nos preguntemos, ¡y más de una vez!, si siempre va a ser así y si seremos capaces de poder con esa responsabilidad.
Y es que el bebé impone a la madre la necesidad de saciar tres tipos de hambre: hambre de alimento, hambre de estímulos y hambre de afecto, con lo cual las madres nos encontramos ante la tarea de reducir las tensiones instrapsíquicas propias y de mantener cierta armonía sobre nosotras mismas, para poder mantener la armonía de la criatura. Esta es una tarea difícil y agotadora que requiere anteponer constantemente los deseos amorosos por encima de las necesidades propias.
La llegada del orden
Un nuevo orden llega más o menos alrededor de la cuarentena (ojo, éste tampoco será definitivo). Nos han dado el alta ginecológica, el bebé engorda con normalidad, le hemos pillado el tranquillo a la lactancia, a las noches, a los cambios de pañal, también hemos establecido una nueva dinámica con nuestra pareja y, algunas veces, con los demás familiares y ¿entonces qué? Es el momento de estar atentas porque podemos vivir una de las experiencias más comunes y difíciles de las madres actuales: la soledad. Muchas veces las madres tienen la sensación de encontrarse prisioneras en casa con el bebé. Salir es caótico, hay ruido, hace frío, hace calor, el humo, la ciudad en obras, las tomas prolongadas, las visitas que ayudan poco (y las que no ayudan nada), las amistades que están ocupadas en su vida (parecida a nuestra vida anterior que recordamos vagamente).  
Las mujeres puérperas no deben estar solas, preferiblemente han de estar con otras mujeres madres. Es mucho más duro asumir la crianza sin referentes que cuando se está en tribu. Afortunadamente cada vez más hay grupos de crianza a donde las madres pueden acudir con sus bebés y encontrarse con otras madres. Si estás viviendo esta situación, te recomiendo que busques un grupo cerca de casa. También hay muchísimos grupos virtuales, que aunque son de una gran utilidad por la inmediatez del mismo, tienen como negativo lo diluido e impersonal, casi anónimo, de las relaciones virtuales. Sin embargo, he visto con asombro espacios virtuales en los que las mujeres comparten preocupaciones tan íntimas, dignas de un confesionario y, al mismo tiempo he podido observar con alegría la solidaridad, apoyo y confesión a coro de las otras madres.
Sin duda, la falta de palabras que describan la labor de maternar, la poca valoración social que tiene la crianza, la rutina con el bebé, la sensación de que el tiempo se nos va y no hemos hecho “nada” en todo el día, sentir que la responsabilidad recae principalmente sobre ti (por mucho apoyo que tengas de tu pareja), el darte cuenta de que nada nos prepara para “esto”, el poco apoyo que a veces tenemos en nuestro entorno más próximo, o la presión o críticas por parte de algunos familiares por nuestro estilo de crianza, son elementos del postparto difíciles de manejar, mucha más si no tenemos alrededor otras mujeres que estén pasando por la misma situación vital que nos hagan de referente y nos den apoyo.
Lo psicológico en el postparto
Tal y como lo expresa Laura Gutman[1], el puerperio es un encuentro brutal e inevitable con las partes desconocidas de una misma. Cada una decide si asume ese encuentro o le da la espalda, ambas tienen sus consecuencias. Hay tres aspectos básicos en los que este encuentro se puedo entrever:
  • La fusión emocional madre-bebé: tras el nacimiento la madre y el bebé sufren una separación física, más no emocional. La madre se completa a sí misma en la medida en que permanece unida y fusionada a su hijo recién nacido, y el bebé necesita de esta unión llamada exterogestación, para seguir desarrollándose. En esta fusión emocional madre e hijo comparten el mismo campo emocional. Con lo cual todo lo que acontece en una, repercute en el otro. Toda vivencia vivida por la madre, feliz o traumática, el niño la vive como propia. Toda experiencia concreta, sutil, armónica o atemorizante del bebé, la madre la vive como propia, sin tener la capacidad de discernir quien es el causante original de dicha vivencia. Para que esta fusión se de necesitamos contacto: bebé en brazos, teta. Bebé en contacto corporal y emocional permanente con la madre. El principal enemigo de esta fusión es la creencia de que una debe volver a ser la antes cuanto antes!
  • La madre interior que nos habita: en la maternidad se actualiza la vivencia del momento pasado en el que vivimos la fusión del otro lado: nos fusionamos con la vivencia del bebé que hemos sido. Esta vivencia absolutamente sorprendente y desconcertante genera muchas movidas que requieren de todo un proceso de reflexión y elaboración y que pasa por reconocer nuestras heridas y carencias infantiles, proceso que muchas veces puede ser difícil.
  • La depresión postparto: aquí hay que hacer distinciones. Hay muchas mujeres a las que se les diagnostica depresión postparto, se las medica, se corta la lactancia y en realidad se ha hecho un diagnóstico erróneo. Tener un bajón emocional, sentirse triste o incluso desesperada, tener algún pensamiento de que no se está haciendo la cosa bien o algún sentimiento ambivalente hacia el bebé, sentirse desconcertada y un poco “estafada”, querer llorar o estar de mal humor no es una depresión postparto. Es parte del transito de los primeros días. Tampoco quiere decir que sea normal, quizás es un indicador de que contamos con pocos apoyos y requiere replantearse algunas cosas y buscar las ayudas necesarias antes de que el asunto vaya a más.
  • Para que se de una depresión postparto real se necesita una fragilidad emocional durante el embarazo, la vivencia de un parto maltratado y desprotección emocional después del parto. Pero sobretodo, necesita que sea bien diagnosticada (por un psiquiatra o psicólogo clínico competente) y tratada. Sus síntomas son: llanto, irritabilidad, sentimientos excesivos de culpa, trastornos de sueño y apetito, problemas de concentración y aislamiento social. Conlleva una pérdida de interés o indiferencia hacia el bebé, o actitudes intrusivas u hostiles hacia éste. También puede ir acompañada de síntomas hipocondríacos, somatizaciones, temores y fantasías de dañarse a sí misma o al bebé. Estos síntomas han de estar presentes durante un mínimo de 3 meses para hacer un diagnóstico seguro. Por otro lado, si es necesario medicación para aliviar los síntomas, es importante tener en cuenta que LOS ANTIDEPRESIVOS SON COMPATIBLES CON LA LACTANCIA. La depresión postparto es una oportunidad que nos da nuestra psique cuando necesita sanar experiencias y vivencias anteriores al nacimiento de nuestro bebé y que no necesariamente están ligadas a la maternidad, requiere de psicoterapia y un trabajo de indagación interior.

 


[1] La Maternidad y el encuentro con la propia sombra.

No con poca frecuencia me encuentro con madres que dicen haber pasado por una depresión posparto pero, al indagar un poco más allá pareciera que se trataba de una “tristeza momentánea”, que puede durar algunos días y que además la padecen la mayoría de las mujeres primerizas. Se trata de lo que los norteamericanos llaman el babyblues.

Sin embargo, en muchos blogs sobre maternidad traducen esta “tristeza del bebé” como una “leve depresión posparto” y esto, a mi entender, es un error que puede llevar a confusiones y a que algunas madres no soliciten la ayuda adecuada de manera temprana. Además, desde el punto de vista del lenguaje no es lo mismo decir que una “está triste” a que “está deprimida”, lo segundo lleva una connotación patológica o de enfermedad y, desde el punto de vista cultural y social, es otra forma más de encasillar el período del embarazo/parto/posparto dentro del rótulo de “enfermedad a ser tratada” que sigue colocando a la mujer en una posición pasiva y sumisa frente al Otro que sabe. Si tomamos en cuenta que cerca de un 80% de las mujeres puérperas han padecido en algún grado está “tristeza del bebé” o babyblues, estamos hablando de muchas mujeres “enfermas” o, siendo fieles a la traducción, “levemente enfermas”. No debemos olvidar que el campo de la salud mental, como el obstétrico, también ha sido, a lo largo de la historia, uno de los que más se ha prestado como lugar privilegiado donde ejercer control social sobre los miembros de cada cultural, con lo cual todo matiz es importante y necesario.
Ahora bien, ¿qué es un babyblues?
Muchas lo sabréis por experiencia propia. La descripción hace referencia a cambios súbitos en el estado de ánimo de la recién madre, que aparecen más o menos a partir del tercer día de haber tenido al bebé, y que incluyen episodios como sentirse muy feliz y de repente sentirse muy triste, llanto sin razón aparente,  sentimientos de impaciencia, fatiga, irritabilidad, inquietud, ansiedad y/o soledad, pérdida del apetito o del sueño. Los babyblues pueden durar sólo unas horas o de hasta a 1 a 2 semanas después del parto, y no suelen requerir ningún tipo de tratamiento por parte de un agente de salud. En realidad el babyblues a veces también puede ser un síntoma de que la madre no está recibiendo el suficiente apoyo efectivo y el acompañamiento cálido necesario en este período de la vida. Otra razón de la aparición de los babyblues son los grandes cambios hormonales que, en las primeras de cambio, pueden generar desorden en el organismo.
Si en algún momento identificas que te estás sintiendo así es vital no estar sola, compartir estos sentimientos con la comadrona, con una doula o con cualquier persona que pueda ofrecer una escucha cálida y sensible y que tenga cierta experiencia en la vivencia de los cambios que conlleva la maternidad. Los grupos de apoyo a la lactancia o los grupos de crianza son un espacio perfecto para rodearnos de madres que están viviendo situaciones similares y buscar así el apoyo de los pares. No hace falta consultar a un psiquiatra, ni a un psicólogo por un babyblues, y sobretodo hay que tomar en cuenta que se trata de algo transitorio.
Otro elemento importante es hablar con nuestra pareja (si es posible antes de que se dé el nacimiento del bebé) sobre la posibilidad de que algo como esto suceda. Tod@s se asustan de las sensaciones extremas que tenemos las madres cuando recién hemos dado a luz y en lugar de acompañarla y protegerla, muchos se angustian y corren a buscar “soluciones” rápidas. Repito (esta vez para los familiares) tener un bajón emocional, sentirse triste o incluso desesperada, tener algún pensamiento de que no lo estamos haciendo bien o algún sentimiento ambivalente hacia el bebé, sentirse desconcertada y un poco “estafada”, querer llorar o estar de mal humor no es una depresión posparto. Para que se de una depresión posparto real se necesita una fragilidad emocional durante el embarazo a antes del mismo, la vivencia de un parto maltratado y/o violentado, y la sensación de estar sufriendo una desprotección emocional después del parto. Aún así, si la  vivencia del babyblues se prolonga o si resulta muy desconcertante o desolador para la mujer se ha de buscar apoyo, pero un apoyo que de compañía, calidez, ayuda, fortaleza emocional, alguien que haya transitado un camino similar y pueda acompañar, preferiblemente una psicóloga perinatal o con formación en el tema.
Sin embargo, la depresión posparto también existe. Sus síntomas son parecidos a los antes mencionados pero mucho más intensos: llanto, irritabilidad, falta de energía, sentimientos excesivos de culpa, trastornos de sueño y apetito, problemas de concentración, aislamiento social y dificultad para funcionar mínimamente en el día a día, lo cual conllevaría una pérdida de interés o indiferencia hacia el bebé, o se expresaría a través de actitudes intrusivas u hostiles hacia éste. También puede ir acompañada de síntomas hipocondríacos, somatizaciones, temores y fantasías de dañarse a sí misma o a su bebé. Estos síntomas suelen aparecer en algún momento entre las primeras 2 semanas y el primer año, y han de estar presentes durante un mínimo de 2 meses para hacer un diagnóstico seguro.
La recomendación es solicitar ayuda de un psicólog@ o psicoterapeuta, -preferiblemente formado en temas de maternidad-, cuando los síntomas descritos anteriormente sean muy intensos o se prolonguen más allá de las 3-4 semanas tras el parto.

Otra cosa a tener en cuenta para quien se lo plantee es que, de ser necesaria alguna medicación para aliviar los síntomas, los antidepresivos son compatibles con la lactancia materna.

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