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Desde hace algunos meses hay una serie de noticias que aparecen de manera recurrente en distintos medios de comunicación: se ha incrementado el consumo de pornografía en los y las adolescentes; estos contenidos están siendo vistos a edades cada vez más tempranas; y esta situación reclama la necesidad de una intervención a nivel educativo.

Según un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de las Islas Baleares[1], a los 8 años muchos niños y niñas ya se topan, de una u otra manera, con la pornografía por primera vez; un 25% de ellos lo hace a los 13 años, y con 14 más de la mitad de los chavales ya son consumidores habituales. Este fenómeno se ve facilitado tanto por la gratuidad del contenido pornográfico, como por el fácil acceso al mismo. Según datos del INE, a los 10 años el 26,25% de los niños y niñas españoles/as disponen de un Smartphone, a los 12 un 75,1%, y a los 14 un 91,2%.

Los especialistas en el tema son categóricos al respecto: a falta de una educación afectivo/sexual, tanto en el ámbito familiar como en el escolar, la pornografía se ha convertido en la herramienta a través de la cual los y las adolescentes reciben hoy día su “educación sexual”, ycomo era previsible también se ha convertido en una fuente de confusión y distorsión en las relaciones entre ellos/as, así como ensus primeras aproximaciones y experiencias sexuales.“El porno puede confundir a los niños sobre cómo el sexo conecta con la sensualidad y las relaciones. Puede ser perjudicial porque separa el sexo de las emociones. La mayoría del porno no enseña a los chicos y chicas cómo comunicar sus sentimientos, y crea unas expectativas irreales sobre cómo deben ser, vestir y actuar.”[2]

Una de las principales dificultades es que los niños al iniciarse tan jóvenes en el mundo de la pornografía no son capaces de verla como ficción, creen que lo que sucede allí no solamente es real sino que también es lo que toca hacer, es su referente. Antes las parejas llegaban al sexo con pocas y vagas ideas, cosas que habían oído de algún amigo/a, algún vídeo visto a hurtadillas, pero principalmente con lo que cada uno/a, a partir de sus propias vivencias, se imaginaba al respecto. Ahora, los y las jóvenes poseen un arsenal de imágenes e ideas erróneas que hacen que las primeras experiencias tengan altas probabilidades de ser más que frustrantes, traumáticas.

Los especialistas también coinciden en otro punto: la industria pornográfica no cambiará, y los controles parentales en los dispositivos sirven sólo por un tiempo muy limitado; con lo cual, la clave está en empezar a hablar no sólo de sexualidad sino también de pornografía con los chicos y las chicas. Algunas comunidades autónomas de España, como Asturias y Navarra, están llevando a cabo experiencias interesantes en la materia, pero aún queda mucho por hacer, sobre todo porque la limitación más grande la tenemos nosotros/as mismos, los adultos: madres, padres y educadores que recibimos poca o ningún tipo de educación afectivo/sexual, que crecimos y fuimos haciendo lo que buenamente pudimos, atesorando buenas y malas experiencias, y que encima ahora se nos dice que debemos hablar de sexo, ¡y de porno!, con nuestros hijos e hijas.

A muchos hombres y mujeres, les cuesta hablar, y más si es seriamente, sobre la sexualidad y de su sexualidad. Y éste es un asunto que frecuentemente me encuentro en la consulta: no me refiero a la actividad sexual en sí, que también, sino a la sexualidad vista de una manera más amplia, todo aquello que envuelve al placer, la erótica, la excitación, el deseo y las relaciones interpersonales. Aún hoy en día, por ejemplo, muchas mujeres viven con un gran desconocimiento sobre su propio cuerpo y su placer, y pocas se atreven a nombrar, sin inhibiciones o vergüenzas, sus deseos y fantasías. Saben que es algo que les limita en sus relaciones de pareja, a muchos niveles, pero les cuesta mucho desembarazarse del peso de una educación marcada por el tabú, la censura, el silencio y el mandato de que las mujeres están para servir y que no deberían gozar.  Al mismo tiempo, a muchos hombres les cuesta desvincular el afecto del intercambio sexual, y cuando éste último no puede darse por circunstancias vitales (como por ejemplo en el postparto) se sienten rechazados, incluso no queridos, y reclaman su cuota de atención de manera infantil. Tampoco se han permitido explorar la sexualidad más allá del contacto genital, lo cual muchas veces conlleva la percepción y significación de la mujer como objeto. Y además la particular forma femenina de gozar es algo desconocido para la mayoría de ellos.

Evidentemente, con esta mochila a cuestas es muy difícil hablar de sexualidad con los hijos e hijas. ¿Y qué se puede hacer? Se puede empezar por desaprender y reaprender nosotros/as mismos/as. La ganancia será doble, por un lado, estaremos abriendo nuevos caminos que nos podrán permitir replantearnos nuestra manera de relacionarnos y de disfrutar, y por otro seremos más capaces de poder acompañar a nuestros/as hijos/as en su propio camino. No se puede acompañar más allá de donde se ha ido.

Uno de elementos que debemos desaprender es el reduccionismo que hacemos de lo que significa la palabra “sexual”. Cuando se habla de educación sexual la mayoría de los adultos relacionamos sexual con coital, pero no es así, se trata de la educación de los sexos, de lo que significa ser hombre y ser mujer, de saber cuidarse y expresarse, de aprender a entenderse, encontrarse, respetarse y relacionarse teniendo como puntos de partida la libertad, la autonomía del propio cuerpo y la equidad entre hombres y mujeres. Es educar en los afectos teniendo en cuenta al deseo como motor. Esta educación debe darse desde el principio, allí donde se inicia la educación de todo lo demás, y debe ir creciendo junto con los/as hijos/as. Si esperamos a la adolescencia para iniciar este camino llegaremos tarde, y si no cuestionamos nuestras propias creencias, tabúes, y confrontamos nuestras inhibiciones, vergüenzas u otras dificultades, llegaremos a medias: podremos ser capaces de informar, de compartir lecturas educativas o de responder a preguntas, pero los hijos, como mínimo, notarán el titubeo, la incomodidad o la angustia.

Y sí, parte de esta educación implica, a su debido tiempo, hablar también de la pornografía como lo que es: una ficción que busca vender y que se parece poco a lo que son las relaciones interpersonales verdaderas. Si enseñamos a nuestros/as hijos/as a cuestionar aquello que ven, pero no desde falsas moralinas sino desde una educación basada en el respeto y la equidad, que tengan o no acceso al porno dejará de ser un gran problema.


[1] Ballester, L.; Orte C. y Pozo R.  Nueva Pornografía y cambios en las relaciones interpersonales entre adolescentes y jóvenes. Abril/2019. https://www.researchgate.net/publication/332423069_Nueva_pornografia_y_cambios_en_las_relaciones_interpersonales_de_adolescentes_y_jovenes

[2] Lust, E. y Dobner P. The Porn Conversation. “Guía para padres de niños entre 9 y 11 años”. Abril/2017. http://thepornconversation.org/#edTools

Un año más, en víspera de celebrar el conocido Día de la Madre, vengo aquí a hablarles de otro día no tan conocido, el Día Mundial de la Salud Mental Materna, que se celebra cada año el primer miércoles de mayo. #SaludMentalMaternaImporta #MaternalMentalHealthMatters

¿Y de qué va el Día Mundial de la Salud Mental Materna?

Se trata de una campaña impulsada por diversas organizaciones, a nivel global, que busca generar una toma de conciencia en la sociedad sobre el sufrimiento psicológico y emocional que pueden llegar a padecer las madres y mujeres embarazadas.

Cualquier mujer, independientemente de su edad, nivel socioeconómico, educativo o cultural, puede desarrollar un trastorno mental durante el embarazo o el postparto. Una de cada 5 mujeres, a nivel mundial, sufre de algún trastorno psicológico durante el período perinatal; hablamos de depresión o ansiedad perinatal, trastorno de estrés postraumático como consecuencia del parto, trastorno obsesivo compulsivo, y, en menor medida, psicosis postparto. La mayoría de estas mujeres (el 75%) no son diagnosticadas ni reciben ningún tipo de tratamiento. Estos trastornos, además de afectar directamente sobre la salud mental de la madre, tienen un gran impacto en el establecimiento del vínculo temprano con el bebé y en el resto de las relaciones significativas de la mujer.

Existen otras situaciones que también pueden afectar la salud mental de las madres. Tener un bebé prematuro, o tenerlo mucho tiempo ingresado, por ejemplo. Sufrir un aborto o una muerte perinatal puede generar grandes montos de sufrimiento psíquico, síntomas depresivos y/o síntomas de estrés postraumáticos. Vivir en condiciones adversas (pobreza, problemas laborales, familiares, migración, violencia, etc.) durante el embarazo o la crianza, son factores de riesgo de desarrollo de un trastorno mental en ese período. Las  mujeres que han tenido experiencias como éstas, en su mayoría, tampoco reciben una atención psicológica especializada ni un reconocimiento de su malestar por parte del entorno.

Si una madre no está bien, su bebé no está bien.

Parece una frase obvia, típica, trillada, pero en la práctica es constante y consistentemente olvidada. Aún hoy hay muchas mujeres que soportan un gran monto de malestar y sufrimiento psicológico sintiéndose culpables de ello porque “lo tienen todo”, porque “tienen un bebé saludable”, porque “ser madre era lo que más querían en el mundo”, etc. De igual forma, no paran de recibir comentarios bienintencionados del tipo: “ya verás como se te pasa”, “no pienses en estas cosas”, “son las hormonas”, “tienes que poner de tu parte” … Esto sin mencionar aquellas que intentan buscar ayuda y no encuentran profesionales sanitarios sensibles, empáticos, o debidamente formados, que estén dispuestos o puedan ayudarlas.

El sufrimiento psicológico en la etapa perinatal no se va solo.El tiempo no lo cura todo. Las mujeres que pasan por alguno de estos trastornos necesitan ayuda especializada para salir de ello, necesitan espacios grupales donde relacionarse con otras madres que también estén criando, y necesitan de todo el apoyo que se les pueda dar a nivel familiar y social, para garantizar su mejoría. No olvidemos que la principal causa de muerte materna durante el primer año de postparto es el suicidio.

Si una madre no está bien, no está en las mejores condiciones para maternar a su bebé, para establecer un vínculo fuerte que le permita a la criatura desarrollar un apego seguro, para libidinizarlo y llenarlo de amor, atender a esa madre es atender a también a su bebé, a sus otros/as hermanos/as, y a su padre, porque si una madre no está bien nadie en su casa puede estarlo o, al menos, no del todo. En este sentido, hay numerosas investigaciones que comienzan a mostrar que las parejas de las mujeres que sufren depresión postparto, por ejemplo, tienen 50% más probabilidades de padecer también una depresión, o que las parejas de las mujeres que han sufrido un parto traumático, también arrastran una gran cantidad de malestar, que se traducen en síntomas psicológicos que afectan al sistema familiar, o que la psicosis postparto en las madres genera secuelas en sus parejas que asimismo precisan ser atendidas. El objetivo necesariamente ha de ampliarse, las madres han de ser miradas, apoyadas, atendidas… y los padres también.

¿Y qué significa cuidar de las madres? 

Las madres necesitan ser cuidadas de muchas maneras. Una de ellas es generando espacios seguros en los que puedan compartir y hablar de su malestar, visibilizando que hay trastornos que pueden afectar durante el período perinatal y que no son sinónimo de debilidad, ni de ser malas madres; y desmontando mitos socialmente enraizados desde hace muchos años, como el de la maternidad como fuente de realización y felicidad constante, o el de la madre abnegada que aguanta estoicamente y puede lidiar con lo que sea que le venga.

“Sabemos que la falta de tratamiento tiene consecuencias a corto y largo plazo, tanto para la madre como para el recién nacido, que a veces pueden ser trágicas. Sin la detección, comprensión, cuidado, apoyo y tratamiento, el impacto de estas enfermedades puede ser devastador en las mujeres afectadas, en sus parejas y en sus familias.” 

Por este motivo debe convertirse en una prioridad la formación y sensibilización de profesionales en esta área, la inclusión de la evaluación y atención a la salud mental en los protocolos de seguimiento de embarazo y postparto, y la creación de más Unidades Madre-Bebé para una adecuada intervención hospitalaria, en caso de ser necesaria (en Catalunya actualmente contamos con una en el Hospital Clínic de Barcelona, pionera en toda España). De la misma manera, es necesario seguir luchando contra el estigma, no solo en el ámbito sanitario sino también a nivel social, para mejorar el reconocimiento y la detección de los trastornos mentales perinatales.

Las mujeres necesitan, y se merecen, estar bien para gestar y criar. El bienestar psicológico y emocional de las madres es fundamental para el sano desarrollo y crecimiento de lxs hijxs. Cuidar de la salud mental de las madres es la mejor inversión y prevención que se puede realizar: es mejorar la salud de la sociedad en el presente y para el futuro.

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Muchísimas mujeres a lo largo de alguno de sus embarazos se han preguntado si su bebé es capaz de sentir o percibir de alguna manera sus estados emocionales. Generalmente se trata de una pregunta que nos hacemos cuando sentimos alguna emoción displacentera como disgusto, enfado, tristeza o angustia.

Sí, el bebé en el útero siente. Pero ¿qué siente?

Al igual que en otros momentos de la vida, durante el embarazo las mujeres pueden sentir emociones placenteras o displacenteras. Las primeras conllevan expansión y las segundas contracción. El bebé intrauterino es capaz de experimentar las emociones maternas desde este contexto, sintiendo el útero expandido y relajado, o contraído y tenso, es decir, el bebé cuando está en el útero se encuentra en el espacio adecuado para su desarrollo, siempre y cuando la madre y el músculo uterino no estén en una situación crónica de estrés o de miedo.[1]

Por otro lado, algunas emociones producen neurohormonas que, a dosis muy elevadas traspasan la barrera placentaria afectando al bebé, positiva o negativamente , según sea el caso. Por ejemplo, si tenemos momentos de felicidad o de placer extremos y segregamos oxitocina, ésta llega al bebé generando un efecto beneficioso, de la misma manera, si estamos pasando por una situación angustiante o de mucha tensión generamos cortisol, que también llega al bebé pero, en este caso, afectándole de una manera negativa.  De hecho, existen muchos estudios que han correlacionado el riesgo de parto prematuro, el bajo peso al nacer, o el estancamiento del crecimiento intrauterino, con trastornos ansiosos o depresivos no tratados durante el embarazo.

Es importante recalcar que las emociones no son negativas en sí mismas, ni para la madre, ni para el bebé, salvo si se cronifican. Pongamos el ejemplo más común: el estrés. Estar estresada de tanto en tanto durante el embarazo no tiene consecuencias perniciosas, vivir alguna situación estresante o dolorosa en un período del embarazo no tiene porqué tener consecuencias, si la mujer puede ir y venir de este malestar. En cambio, si ese estrés se cronifica sí que puede generar consecuencias en el desarrollo del bebé y del embarazo.

Existen circunstancias psicosociales que pueden aumentar la sensación de malestar psicológico durante el embarazo ya que pueden convertirse en detonadores potenciales de áreas vulnerables ocultas en mujeres médica y psicológicamente sanas. Si alguna de estas situaciones generan inquietud, angustia, o tristeza, de una manera un poco más persistente, se debería buscar algún tipo de ayuda para elaborarlas durante la gestación. ¿De qué situaciones estamos hablando?

  • Dificultades o inestabilidad en la relación de pareja. Es uno factor de riesgo para sufrir depresión durante el embarazo o el postparto. Si la relación de pareja no está bien, o no te sientes lo suficientemente apoyada por él o ella durante el embarazo, es recomendable hablarlo y, si hace falta, buscar ayuda profesional antes del nacimiento del bebé.
  • Pérdidas de personas cercanas durante el embarazo. Si sucede sería conveniente buscar acompañamiento psicológico especializado para trabajar en el proceso de duelo.
  • Condiciones laborales y/o económicas adversas. Estrés laboral: temor a sufrir mooving o a que su carrera se vea sancionada por la maternidad. Temor por la dificultad de lograr una conciliación familiar satisfactoria.
  • Madres Solteras. Principalmente en el caso en que no haya una red social y/o familiar que brinde soporte.
  • Mudanzas durante el último trimestre del embarazo. Las mudanzas suelen ser situaciones que tienen el potencial de movilizar aspectos emocionales, es preferible evitarlas durante el último trimestre del embarazo y el postparto inmediato.
  • El posible efecto Nocevo de los controles prenatales.[2] Se trata de uno de los estresores más potentes durante el primer y el tercer trimestre. Tal y como afirma Michel Odent, parece ser que muchos de los profesionales de la salud implicados en los cuidados prenatales no han entendido que uno de sus roles principales es proteger el estado emocional de las embarazadas. Así, la medicina defensiva a menudo suele alertar a las mujeres sobre posibles irregularidades en el desarrollo fetal, que al cabo de unas semanas ya no lo son, sembrando así la semilla de la angustia en mujeres que podrían haber llevado un embarazo tranquilo. Es vital contar con profesionales que nos den información actualizada basada en la evidencia, que no tengan actitudes condescendientes ni paternalistas, y que puedan escuchar nuestras preocupaciones más allá de realizar un control físico del embarazo.

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[1] Yolanda González Vara.( 2010). Amar sin Miedo a Malcriar. Barcelona: RBA Publicaciones.

[2] Michel Odent. “El posible efecto Nocebo del cuidado prenatal” https://www.holistika.net/parto-natural/parto-medicalizado/el-posible-efecto–nocebo–del-cuidado-prenatal.asp

Una de las cuestiones que más se trastoca en las parejas cuando tienen uno o más hij@s son las muestras de afecto y las relaciones sexuales –¡casi nada!-. Ingenuamente, antes de ser p(m)adres, posiblemente pensabas que sí, que cambiaría un poco, que a lo mejor los primeros 2 meses no apetecería, ya sabes, el cansancio, la cuarentena… , pero que una vez que el bebé durmiera del tirón las cosas irían volviendo a su sitio, retomaríais el ritmo poco a poco, y a los 6 meses ya lo estaríais haciendo 2 veces por semana… ¡Qué! ¡A que aún te estas riendo!

Pues sí, se trata de reír por no llorar, pero la “verdad verdadera” es que la relación erótica (y me refiero a relación en su espectro más amplío: comunicación y vínculo) cambia radicalmente desde el momento en que tenemos nuestr@ primer hij@.

Iván Rotella, vicepresidente de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual, en una entrevista realizada por La Voz de Asturias, usó una imagen que me gusta mucho: “Tener hijos es una decisión complicada y debe tomarse sopesando todos los pros y contras posibles. No es comprar otro coche o cambiar la decoración de la casa. Es incorporar otras personas a tu relación de pareja. Otras personas que al principio tienen una absoluta dependencia hacia a ti y que constantemente necesitan tu atención y pasarán muchos años hasta que eso pueda cambiar un poco.[1] Incorporar a otras personas en tu relación de pareja implica muchísimos ajustes y renegociaciones que ni tan sólo imaginábamos…

 La relación erótica en la pareja muta, y como nadie nos informó al respecto, es habitual que algunas parejas pasen por una crisis importante antes de recolocarse del todo. En este sentido hablo de algo mucho más allá de las relaciones sexuales (su calidad, duración y frecuencia), hablo de la expresión de la sensualidad y el erotismo en la pareja: ambos miembros, pues ya no son lo que eran, ni ocupan exactamente el mismo lugar en el Otro, deberán reaprender a relacionarse y a establecer nuevas dinámicas, en donde el juego, las muestras de afecto y la sensualidad necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (aunque parece que cada vez menos).

La experiencia clínica con madres puérperas y con parejas en proceso de crianza, me ha permitido diferenciar tres momentos en los que la pareja se ha de reajustar en muchas áreas y dinámicas: durante el primer año de las criaturas, durante la crianza de l@s niñ@s cuando son pequeñ@s, y durante la crianza de l@s hij@s adolescentes. En este post sólo hablaremos del primer momento, del segundo y del tercero lo haremos en los siguientes.

El primer año de postparto.

La mayoría de los estudios sobre sexualidad en el postparto, a parte de ser escasos, cuantitativos y con una muestra poco representativa, se enfocan en las primeras 8 semanas del postparto cuando, en realidad, el postparto va mucho más allá del final de la cuarentena. En un estudio que encontré recientemente por Internet me topé con datos que cuestan mucho creer. Según la autora, “entre la sexta y la octava semana después del parto, entre el 40 y el 60% de las parejas han tenido su primera relación coital, lo que aumenta al 80% de las mujeres en la duodécima semana de postparto”[2]… ¿Qué mujeres son estás? ¿A los dos meses de haber parido? ¿En serio?… La investigación no dice con cuantas mujeres contó, pero sospecho que fueron muy, muy pocas y muy, muy atípicas…

La “verdad verdadera” es que el primer año del nacimiento de una criatura no suele ser un año muy sexual. Y la recuperación del deseo en las mujeres se verá afectada por una multitud de variables: la primera y más importante es lo “indemne” que haya podido salir del paritorio. La vivencia del parto afecta de manera muy profunda y prolongada la sexualidad en el futuro, tanto en las mujeres, ¡como en los hombres!.

En lo que respecta a las mujeres, aquellas que han tenido una vivencia positiva y respetada del parto tienen menos dificultades a la hora de retomar la sexualidad, que las que tuvieron una experiencia de parto irrespetado y doloroso, cuya consecuencia física, por ejemplo, es una episiotomía con una cicatriz tivante, o una cesárea de la cual recuperarse. Evidentemente este grupo de mujeres tienen que asumir no sólo una recuperación física, sino también, y sobre todo, una recuperación psicológica. De hecho muchas mujeres que han tenido un parto difícil o muy medicalizado, pueden llegar a sufrir algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático que puede degenerar en problemas de lubricación, vaginismo, dispareunia, miedo a la penetración o a un nuevo embarazo.

En cuanto a los hombres, hay un aspecto que ha sido muy banalizado últimamente, y sobre el cual consigo pocas reflexiones, y éste tiene que ver con las consecuencias que puede tener el hecho de que actualmente algunos hombres están acompañando a sus mujeres durante todo el proceso de parto.

Antiguamente –y en las comunidades tribales sigue siendo de esta manera–, el parto era una “cosa de mujeres”, el hombre solía esperar en otra habitación o rodeado de otros hombres. Son imágenes que hemos visto en muchísimas películas. Con la medicalización del parto también se dio la masculinización del parto. Es decir, el hombre comenzó a inmiscuirse en un terreno que era fundamentalmente femenino. Esto ha degenerado en los partos modernos que vivimos actualmente: medicalizados, intervencionistas y sin ningún sentido de la intimidad; pero es que además, ha llevado también a que el padre de la criatura pueda ser testigo de primera línea del nacimiento de sus hij@s. ¿Y que cuál es el problema? Suponemos que si queremos tener un compañero comprometido con todos los aspectos de la crianza de nuestr@s hij@s es lógico pensar que este compromiso comienza desde el mismo momento del nacimiento, ¿no?

Si y no. No es lo mismo el hombre que está en el paritorio en calidad de acompañante de su mujer con la intención de darle apoyo físico y emocional y ser una fuente de protección y de compañía, que el que entra para “presenciar en primera fila” (y en algunos casos, hasta grabar) el nacimiento de su hijo.

En una conferencia a la que asistí hace tiempo, Michel Odent dijo que los hombres no tienen nada que hacer en los paritorios. Hay aspectos de la sexualidad femenina que deberían seguir estando velados a lo masculino. No es inusual que algunos hombres que han presenciado el momento del parto desarrollen una amistad muy potente con la madre de su hij@, pero también que pierdan la libido y el deseo sexual hacia su mujer como mujer. Ver la zona que hasta ahora había sido protagonista del placer sexual abrirse, expandirse y permitir la salida del propi@ hij@, psicológicamente tiene connotaciones y resignificaciones en los hombres que no deben ser minimizadas. No es poca cosa lo que ven, siendo quienes son, amantes, y retomar nuevamente esta zona sólo como un espacio de placer y disfrute algunas veces puede ser complicado.

Ahora bien… supongamos que hemos superado el paritorio, llegamos a casa con la lactancia, las preocupaciones por el bebé, la recuperación física tras el embarazo y el parto, la falta de sueño, el cansancio, los cólicos, nuestras angustias… y comienza lo que para much@s (sobre todo para algunos hombres) puede definirse como el desierto del posparto. Pasan los días, las semanas, los meses y las cosas no vuelven a ser como antes… La realidad es que (y evidentemente aquí hay muchísimas diferencias) la mayoría de las parejas retoman las relaciones sexuales en algún momento alrededor de los 6 meses (un poco antes o incluso bastantes meses después), hay quienes lo hacen cuando la criatura está alrededor del año y bueno… aquello de 2 o 3 veces a la semana quizás no ocurra durante muchos años (sobretodo si por el camino tenemos más hij@s y volvemos a la casilla #1)

Un elemento del que no podemos olvidarnos es que la lactancia es un aspecto más de la sexualidad femenina. Durante los primeros 6 meses del bebé la producción de prolactina puede inhibir el deseo sexual femenino, además de que las madres solemos estar llenas de amor y dedicación hacia nuestra criatura, con lo cual hay poco espacio psíquico para otro tipo de intereses, preocupaciones y ocupaciones, que no sea la de madre-bebé (y aquí el por qué las mujeres que no dan el pecho y no producen prolactina tampoco tienen ganas de tener relaciones sexuales durante los primeros meses).

El momento en que cada mujer retoma las relaciones sexuales con su compañer@ va a depender, principalmente, de un compendio de factores psicológicos en su nuevo estado de maternidad: lo segura o preocupada que se sienta con respecto a la criatura (incluso cuando ya es más mayor), el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y/o física de las tareas del hogar, las preocupaciones económicas y/o laborales, la relación (y la consecuente atracción o rechazo) con su propio cuerpo tras el parto, la relación con su nuevo rol de madre lactante y las implicaciones eróticas que conlleva (que a muchas genera incomodidad y/o rechazo), la cantidad de gratificación y satisfacción amorosa –que en algunas llega al arrobamiento–, que obtengan con su bebé, lo sola o acompañada que se encuentre, la validación que como madre haya podido recibir, pero, principalmente, va a depender de cómo percibe que ha sido o está siendo el acompañamiento recibido por parte de su pareja: si la pareja ha estado implicada, ha sido comprensiv@, la ha apoyado emocionalmente, ha resultado ser un soporte real en los momentos de angustia, le ha brindado los cuidados y el afecto que ha necesitado, la ha acompañado y no se ha apresurado a volver a su vida de antes, hay muchas más probabilidades de que a la mujer se le encienda el deseo por su pareja cuando ella se sienta preparada, que no si el panorama ha sido otro. Son muchas las mujeres que, llegado un momento en el postparto, están ya preparadas a retomar las relaciones sexuales pero a su vez, sienten tanto enfado por el poco apoyo que han recibido de sus parejas que, hasta que no se habla de ello y hay un reconocimiento de este malestar por parte del Otro, el encuentro se atrasa.

De hecho, es habitual que algunas mujeres rechacen las expresiones de afecto de sus compañer@s debido al temor de que si se muestran receptivas quizás su pareja reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones. Esto, sumado al día a día del postparto, genera distanciamiento afectivo entre la pareja y reproches que seguramente saltarán en discusiones en el futuro. Lo cual lleva a lo más anti-erótico que existe: resentimiento, aversión, hartazgo, o incluso odio.

También se ha de tener en cuenta algo muy básico pero natural: el actual atractivo físico y de carácter de la pareja. Y es que por los motivos que sea, muchos hombres al convertirse en padres, se dejan y esto, también genera un efecto negativo.

En todo caso, necesitamos tiempo. Laura Gutman nos dice que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente necesitan tiempo. Yo agrego que nuestro bebé y nuestro deseo, también. Conozco a poquísimas mujeres que tuvieran ganas de tener sexo después de la cuarentena, la mayoría ni se lo plantean (independientemente de que se hayan recuperado bien del parto), estamos tan centradas en la díada mamá-bebé que nuestro marido (como hombre) se torna invisible. Y si no mantenemos una buena comunicación con nuestra pareja en la que nos sintamos libres de expresar nuestros miedos y temores, se está colocando el escenario del distanciamiento. Él puede sentirse rechazado o pensar que ahora sólo nos llena la presencia del bebé. No podemos olvidar que después de que nace el bebé, la vida del padre no cambia tanto como la nuestra. Normalmente mantiene el mismo trabajo y su cuerpo no ha cambiado, tanto. Hay más continuidad. Es comprensible que un padre pueda ver las relaciones sexuales como una reafirmación de su anterior relación de pareja. Puede sentirse cansado y desorientado y desear el consuelo y el placer que encuentra en el sexo. Todo esto hay que hablarlo, aunque el bebé de pocos momentos para ello, se han de aprovechar al máximo y agotarlos.

Cada uno necesita algo diferente. ¿Y qué se puede hacer? Hacer un ejercicio de honestidad con nosotras misas es lo primero, asumirlo y conversarlo para poder llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos. En este sentido hemos de ser abiert@s y flexibles, si nuestro compañero necesita descargar energía sexual porque no puede sublimarla, o está muy tenso, pactar recurrir al recurso de la masturbación sin que suponga un conflicto para la pareja, podría ser una opción. Cada pareja ha de encontrar su fórmula y para esto, mientras más abierta y honestamente hablemos de sexualidad con nuestra parejas (de la propia, la suya y la conjunta, que son tres cosas distintas) más números tenemos de que sea algo que pueda volver con mucha más intensidad y con una mayor sensación de unión a la vida de la pareja.

De momento, si te encuentras transitando el desierto del postparto y te apetece empezar a hacer algo al respecto –asumiendo que no hay reproches ni malestares guardados hacia la pareja que dificulten asumir con agrado cualquier iniciativa­–, se puede comenzar a estimular el deseo y la apetencia sexual aceptando un acercamiento progresivo y una normalización gradual de la sexualidad, sin tener mayores expectativas ni ser exigente. Hay que buscar condiciones que faciliten el deseo, sobre todo en la mujer, por ejemplo proporcionando momentos de descanso y momentos y espacios de intimidad afectiva entre la pareja, en donde se pueda conversar sobre el sexo, sobre nuestros deseos, fantasías, anhelos, temores, dificultades, aprendiendo o redescubriendo que existen muchísimas maneras de disfrutar y sentir placer con el otro y que la genital es sólo una de ellas.

Si te ha interesado este post, quizas también te interese «Ya no somos lo que fuimos». Cuando ser p(m)adres genera fracturas en la pareja o también, Aspectos Emocionales del Posparto.

[1] Iván Rotella. ¿Se pueden evitar las rupturas de pareja? La Voz de Asturias. 28/05/2016. Las negritas son mías

[2] González Roble, L. (2016). La Sexualidad Femenina en el Postparto. Una Investigación Cualitativa desde la Teoría Fundamentada. Universidad de Cantabria, disponible en https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/8559/GonzalezRoblesL.pdf?sequence=1.