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Iliana Paris

La Violencia Obstétrica es uno de aquellos actos iatrogénicos que la SEGO y otros colectivos médicos dicen que no existe, acusando de herejes sanitarios a quienes la nombran. La Violencia Obstétrica no sólo infantiliza a las mujeres sino que también las deja rotas, adoloridas, traumatizadas; la mayoría de las veces boicotea sus lactancias y coloca sobre sus puerperios una carga adicional con la que a menudo encuentran que han de lidiar solas. Esto que llamamos Violencia Obstétrica, hay que saber, no es otra cosa que aquello que la propia OMS reconoció en su declaración del 2014 de la siguiente manera:

En todo el mundo, muchas mujeres sufren un trato irrespetuoso y ofensivo durante el parto en centros de salud, que no solo viola los derechos de las mujeres a una atención respetuosa, sino que también amenaza sus derechos a la vida, la salud, la integridad física y la no discriminación.”  (Si quieres leer más sobre la declaración puedes acceder a ella aquí)

Esta Violencia Institucional, Obstétrica, Patriarcal, reproducida muchas veces de manera automatizada e inconsciente por la poca apertura a cuestionar protocolos y modos de hacer, genera consecuencias psicológicas a corto, mediano y largo plazo tanto en las mujeres como en sus bebés y parejas; consecuencias que en muchos casos acaban siendo tan devastadoras como no reconocidas. En este sentido, existen muchísimos estudios que hablan de las diversas dificultades psicológicas y emocionales con las que se puede encontrar una mujer que haya tenido un parto traumático.

Está claro que no todo parto vivido como traumático es consecuencia de un quehacer sanitario irrespetuoso; la subjetividad y la experiencia previa de cualquier mujer puede hacer que el parto en sí sea vivido como un trauma. Sin embargo, la literatura científica sobre el tema y el activismo de las organizaciones pro partos respetados bien demuestran que estos casos en los que el factor subjetivo es el causante del trauma son los menos, y que, por lo general, cuando ha habido trauma, sufrimiento psíquico y/o dificultad para integrar o asimilar la experiencia, ha sido como consecuencia de acciones y omisiones médico-sanitarias que han generado daño o amenaza de daño hacia la madre y/o el bebé, o que han provocado la sensación en la mujer de que ella o su bebé están en peligro de muerte. Durante esta vivencia, la mujer puede llegar a sentir obviamente miedo intenso, desesperanza, pérdida de control y horror[1]. Y es que es de lógica: ha mayor intervención médica, más probabilidades hay de que el parto se viva de esta manera.

Sin embargo, desde el paradigma del intervencionismo médico, la experiencia del parto sólo se “mide” a partir de su resultado: el nacimiento de un bebé sano. Dejando así a las mujeres escasas oportunidades para poder expresar su malestar, su queja, su rabia o su dolor por un cuerpo agredido y maltratado, o por la angustia y el miedo vividos en un momento vital de gran trascendencia. ¿Cuántas veces no hemos oído la frase “pero lo importante es que tu bebé ya está aquí, y esta sano”? Y sí, esto es importante, pero no es lo único que importa.

Las secuelas psicológicas de sufrir Violencia Obstétrica durante el parto van desde la depresión postparto a cuadros de ansiedad, fóbico o evitativos, y al trastorno de estrés post-traumático. Y si no se reconoce el potencial iatrogénico de ciertas intervenciones obstétricas, tampoco se puede reconocer que éste pueda ser el resultado; con lo cual, cuando una mujer puérpera está expresando un malestar psíquico, pocas veces se explora cómo ha sido su parto y qué relación puede tener con dicho malestar, dificultando llegar entonces a la raíz del problema.

Esta situación de malestar psicológico afecta la relación de la madre consigo misma, con el bebé, con la pareja, la familia y los profesionales de la salud. No es inusual que a la madre le cueste vincularse con su bebé, al menos al principio, o que tenga dificultades con el establecimiento de la lactancia ya que con un cuerpo adolorido y una experiencia psicológica dolorosa e intensa por procesar, la cercanía y las demandas del bebé pueden resultar insostenibles y aterradoras, así como también, la posibilidad de tener que colocarse, nuevamente, en manos de sanitarixs para que la ayuden. Muchas de estas madres van a sentirse culpables posteriormente durante largos períodos de tiempo por “no haber intentado lo suficiente”.

Pero esto no es todo, las mujeres que han sufrido violencia durante su parto suelen tener flashbacks, recuerdos invasivos y desagradables de momentos específicos que pueden dispararse ante cualquier estímulo relacionado: una mujer embarazada, la ruta por donde se va al hospital en el que la atendieron, un olor particular, un sonido, una aproximación sexual genital, etc. Algunas veces también tienen pesadillas donde reviven la escena vivida, o rumiaciones contantes de la misma intentando buscar el fallo para intentar tener mediante la fantasía un resultado diferente: aquel momento donde pudieron haber hecho tal o cual cosa, lo que no dijeron, a lo que no se atrevieron, lo que se les pasó o ante lo que se encontraron paralizadas…

Todo esto suscita un gran malestar: tristeza, angustia, rabia, y un gran embotamiento emocional; así como también puede generar conductas evitativas de todo aquello que pueda recordar la experiencia vivida. De más está decir que transitar así por un puerperio es muy, pero que muy complicado.

La relación de pareja también se ve tocada, a veces para hundimiento, por esta situación. Más allá de lo que podamos entrever como obvio, a menudo es la pareja quien acaba siendo el blanco de toda la frustración o la rabia por la situación vivida; algunas veces porque él o ella también estaban allí y no supieron o pudieron reaccionar, no impidieron que aquello pasara. Otras porque todo el apoyo, el acompañamiento y la compresión que ellxs les brindan no les permite sentirse mejor o salir adelante, o en el peor de los casos porque la pareja realmente no ha sido capaz de entender lo que ha sucedido, no le da importancia al sufrimiento vivido, procurando quitárselo o relativizar, racionalizar. Muchas relaciones de pareja se rompen meses después de un parto traumático: la relación se trastoca, el vínculo se fragiliza y se genera distanciamiento emocional. La sexualidad también suele verse profundamente afectada, no sólo porque hay heridas físicas que tardan en sanarse sino, y sobre todo, porque también hay heridas psíquicas que requieren de una atención especializada junto a un tiempo de sanación. El tiempo por sí solo no cura nada.

Las mujeres, después de vivir un parto traumático tardan mucho en volver a ser como “la de antes”[2], muchas se reconocen extrañas incluso a ellas mismas, de carácter irascible e insoportable, se han vuelto rígidas, hurañas, poco sociables, con actitudes muy contundentes con respecto a su bebé y poca posibilidad de negociación. Muchas reconocen con pesar que hace mucho que no ríen a carcajadas, que han perdido una cierta inocencia, frescura o espontaneidad. Si estas mujeres consiguen un espacio contenedor para hablar de esta experiencia, o se suman a grupos activistas pro partos respetados, les es posible transformar parte de este pesar y renacer así de alguna manera; pero el camino para llegar hasta allí muchas veces ha sido largo, difícil y solitario.

La Violencia Obstétrica sí, es real, existe, y puede ser devastadora. Así que si estas leyendo esto y puedes hacer algo para cambiar esta realidad (y sí, puedes), hazlo. Si lo estas leyendo y te reconoces como protagonista de una de estas historias, que sepas que lo que padeciste no solo fue real e importante, sino que no tienes porqué estar sola y dejarlo así, seguir sufriendo. Busca ayuda y habla de tu experiencia. ¡Se puede hacer mucho al respecto!

[1] Beck CT. Birth Trauma: in the eye of the beholder. Nursing Research. 2004;53 (1)

[2] Nunca se vuelve a ser “la de antes”. Se puede volver a ser “como antes”, pero igual, idéntica, no. Una vivencia traumática siempre marca “un antes y un después” en la construcción subjetiva de toda mujer, en la historia de toda persona y familia.

¿Estás embarazada? ¿Lo has estado recientemente? Seguramente recordarás o te estarás dando cuenta que sueñas con más frecuencia, o que tus sueños son más vívidos, “casi reales”, y que los puedes evocar con una profunda nitidez. También es probable que te vengan a la memoria eventos importantes que estaban completamente olvidados, que revivas emociones muy antiguas por detalles que ahora captas sorprendentemente, o te das cuenta de que tu intuición y percepción están más agudizadas, estás más perspicaz.

Toda esta “sensibilidad psíquica” es una característica especial de la gestación, y nos ocurre a todas como consecuencia del intenso trabajo psíquico que realizamos para asimilar los cambios que nos suceden, y los que están por venir.

 El embarazo es un proceso vital único en la vida de toda mujer, es un tiempo en el que no sólo el bebé se desarrolla y madura dentro de la madre, sino en el que ella también atraviesa por un crecimiento personal transformador psíquica y biológicamente hablando. Durante 9 meses suceden cambios que son una oportunidad para prepararse para la maternidad a corto, medio y largo plazo, así como paralelamente para la paternidad.

Durante esta aventura es posible tener un acercamiento a ciertas zonas de la psique las cuales normalmente no se encuentran accesibles a la consciencia. A esto se le denomina Transparencia Psíquica[1], y es una característica única y exclusiva de la gestación.

Pero, ¿de qué se trata exactamente? A medida que vamos creciendo, la psique genera “barreras” que los psicólogos denominamos “mecanismos de defensa”, los cuales nos permiten funcionar en el día a día. Los mecanismos de defensa tienen dos funciones básicas: una primera que es más bien de carácter práctico (estabilidad psíquica operativa), y una segunda que tiene como finalidad protegernos de la angustia excesiva y de afectos abrumadores (entereza anímica subjetiva). Con respecto a la primera, su trabajo es disociar, escindir, retirar la atención u olvidar para poder ser operativos en nuestros quehaceres diarios, pues hay una gran cantidad de información que debemos apartar de nuestra conciencia. No es posible ser conscientes de todo el tiempo, por lo cual hay contenidos que es imprescindible colocar en el Inconsciente, no solo por priorizar sino también para hacer la realidad psíquica soportable, más llevadera.

En lo referente a la función protectora, los mecanismos de defensa también impiden que aquellos recuerdos de experiencias emocionalmente significativas que en su momento no hayamos podido o sabido gestionar por falta de herramientas, y que si emergen a la conciencia pueden resultar insoportablemente dolorosas, se mantengan a raya.

La Transparencia Psíquica abre una ventana viable hacia ese mundo interior que suele estar más bien velado; ventana que se “cierra” aproximadamente a los 3 meses postparto. Se caracteriza por una creciente sensibilidad emocional durante el embarazo, en la que resurgen recuerdos de la niñez y pueden reactivarse procesos psicológicos anteriores no resueltos, reagudizar duelos pendientes o dar paso a la aparición recuerdos traumáticos.

La gestación reactiva antiguos conflictos, revitalizando procesos emocionales tempranos que ahora están siendo reintegrados a través de esta experiencia. ¿Porqué? Pues porque durante el embarazo se da esa “permeabilidad” involuntaria, una suerte de pérdida óptima y oportuna de barreras internas entre niveles de conciencia y en la memoria. Con lo cual, pensamientos, sentimientos y fantasías que usualmente se dan de manera subliminal (es decir por debajo del nivel de conciencia), emergen a la conciencia y deben ser: o debidamente atendidos, o mantenidos a raya con grandes esfuerzos.

Al mismo tiempo, es posible recordar algunas de nuestras vivencias infantiles, reconectar con las heridas que nos dejaron, abriéndose así una oportunidad para resignificarlas con el propósito de que éstas no nos sigan condicionando como lo han venido haciendo y, sobretodo, para que no “contaminen” o generen ruido en el establecimiento del vínculo o en la relación con el bebé por venir. Este fenómeno hace del embarazo un período especialmente apto para el abordaje terapéutico de las dificultades emocionales que pueda presentar cada mujer, o de los conflictos dormidos que el embarazo despierte.

Ante esto, las mujeres escogen uno de estos dos caminos: algunas se vuelven más introspectivas y escuchan, mientras que otras le dan la espalda a todo este contenido, intentando mantenerlo al margen o restándole importancia. No obstante, en algún momento de la gestación inevitablemente la mayoría de las mujeres experimentarán un abanico de cambios de humor, deseos intensos, emociones agudizadas, lapsus de memoria, sueños abrumadoramente vívidos, o sorpresivos flashes y insights.

Así, ¿cómo podríamos utilizar el embarazo como herramienta de indagación personal? Pues estando atentas y con disposición a asumir, no pasando por alto o descartando como meras “tonterías” cualquier intuición, fantasía, imagen repentina, o ensoñación, y entablando seguidamente un diálogo con los propios miedos o fantasías respecto al embarazo, el parto o el bebé. No olvidemos que los miedos siempre nos hablan de algo íntimo, nos cuestionan en nuestra más absoluta singularidad. Independientemente de que todas las mujeres puedan sentir una cierta ansiedad por cómo va a ser el momento del parto, por ejemplo, la manera como ese temor se expresa en cada una de nosotras, habla específicamente de ti y, en este sentido, es una grandísima oportunidad para conocer más de ti misma. Otra herramienta que puedes tener a mano es estar atenta a los sueños, a las imágenes que aparecen y a lo que ellas transmiten.

Ahora bien, puesto que todas tenemos un punto ciego sobre nosotras mismas, hay muchos aspectos de este proceso que podrían pasarse por alto si se hace de manera solitaria, aislada, sobretodo si no estamos acostumbradas a este tipo de introspecciones y a interpretar este tipo de lenguaje cargado de simbolismo. Si realmente es un trabajo que quieres hacer, lo ideal sería hacerlo en un proceso psicoterapéutico, acompañada de un psicólog@ perinatal.

[1] El término fue acotado por Monique Bydlowsky en su libro La Deuda de Vida. Itinerario Psicoanalítico de la Maternidad, en el año 2007.

Esta semana he estado leyendo diversas reflexiones y comentarios a consecuencia del Comunicado emitido por el Colegio de médicos de Ciudad Real en el que condenan lo que ellos califican como una jornada “tendenciosa”, “ofensiva”, “difamatoria”, “que atenta contra la honorabilidad de los ginecólogos”, refiriéndose a un encuentro al que aún le quedan un par de semanas por celebrarse (es para el 20 de octubre de 2018), sólo porque se intitula “Actúa contra la Violencia Obstétrica”.

El Comunicado no tiene desperdicio, así como tampoco lo tienen los más de 50 comentarios subsiguientes que escribieron en el portal miciudadreal.es diferentes mujeres que han sido víctimas de Violencia Obstétrica y, para entender mi planteamiento, recomiendo mucho hacer una lectura a las dos cosas. Sea como fuere, no quiero entrar aquí en detalles sobre el mismo. Si quieres leer algo de todo esto, puedes acceder a la respuesta que ha emitido la Asociación organizadora del evento en cuestión, Oro Blanco, o también a la entrada que ha escrito en su blog Marta Busquets. Mi intención es, más bien, llevar ahora la mirada a otro lugar, me refiero al del terreno de lo psicológico.

Actualmente, y desde hace mucho tiempo, es bien sabido que el sistema sanitario está montado bajo conceptos empresariales que tienen como premisa principal la eficacia y la rentabilidad. Para conseguirlos han estandarizado y protocolizado su funcionamiento, sometiendo lo particular y lo contingente, y resistiéndose a tratar a cada paciente teniendo en cuenta su singularidad y circunstancias, es decir, eliminando de la ecuación el factor más humano: aquello que nos hace únicos como sujetos. Esta deshumanización es un acto en el que, en mayor o menor medida, participan no sólo lxs médicxs sino también el resto del personal sanitario.

El gremio médico, y el gineco-obstétrico en particular, suele gozar de una arrogancia particular. En general los y las obstetras –y algunas comadronas y matrones también–, se han creído el cuento de que son ellxs los que “hacen parir” a las mujeres; no obstante, esto no necesariamente les convierte en unos desalmados. Tampoco les exime de responsabilidad, y quiero dejar esto claro porque no me gustaría que mi texto se interpretara como una justificación o una excusa hacia las actuaciones protocolarias que, aplicadas de manera sistemática, mecanisista y medicalizada, pretenden ejercer un control sobre un proceso natural y fisiológico (el parto) que en muchísimos casos acaba ocasionando daños físicos y/o psicológicos en las mujeres. Nada justifica el daño, la infantilización o la invisibilización y esto es, quizás lo primero que, desde el gremio, se tendría que asumir. ¿Pero cómo?

¿Cómo desembarazarse de una manera de hacer, de una práctica, que les protege de contactar con la humanidad del Otro, y más importante aún, con la propia?

El sistema sanitario, tal y como está montado, deshumaniza, cosifica; pero éste es un proceso que afecta a ambas partes. Deshumaniza al paciente y a quien le asiste. La idea que quiero transmitir es que la mayor parte del personal sanitario que ejerce violencia hacia las mujeres en los paritorios son, a su vez, víctimas del sistema. Víctimas que se convierten en cómplices o victimarios de actos que ni siquiera pueden reconocer como nocivos o, peor aún, ¡como existentes! (Para muestra os remito nuevamente al Comunicado anteriormente mencionado).

Cuando un profesional que trabaja con personas tiene que aislar afectivamente su dimensión subjetiva y emocional de manera sistemática para poder funcionar con “eficacia”, está condenando su calidad asistencial al fracaso. Dice Ibone Olza[1] que los profesionales que trabajan en el ámbito sanitario aprenden a seguir protocolos y a aplicar procedimientos silenciando dudas y cuestionamientos, negando el sufrimiento propio y ajeno, con escasa formación en técnicas de comunicación, relación terapéutica y trabajo en equipo; no existe en su quehacer cotidiano (más bien nunca) un lugar para poder hablar de lo difícil que es trabajar con la vida y la muerte, o sobre cómo enfrentarse al propio miedo. ¿Cómo entonces pueden escuchar a un otro cuando ellos mismos no son escuchados?

Ésta es la primera herida que se esconde, incluso que se rechaza. Y también bajo este mecanismo se pretende negar la herida en las mujeres víctimas de Violencia Obstétrica. Colocar el foco en esta Otra cara de la moneda permite entender, en cierta medida, cómo se ha llegado a un trato aún deshumanizado hacia las mujeres y sus criaturas, tanto en el paritorio como en las visitas de control del embarazo.

Si se quiere empezar a reparar el sufrimiento de las mujeres que han vivido Violencia Obstétrica y, a su vez, prevenir que siga ocurriendo, hay que reconocer la herida, aceptando que, en su mayoría, el sistema hospitalario y sus protocolos están deshumanizados, que acaban maltratando a las mujeres y asumiendo la responsabilidad individual que cada quién tiene en el mantenimiento del mismo.

Conseguir una atención al parto que sea respetuosa no sólo pasa por modificar protocolos y ajustarlos a la evidencia científica, por cambiar maneras de funcionar de los hospitales y centros de salud, o por brindar capacitaciones actualizadas. Hace falta que el personal sanitario sea consciente del daño que se ejerce, que se ha ejercido, reconocerlo y repararlo, interesándose por las mujeres que tienen delante como personas, –no sólo como contenedores de bebés–. Pero, para que esto pueda darse se requiere de un paso previo: estar en contacto con la propia herida, generar espacios en donde lxs profesionales también puedan compartir sus propias experiencias vitales y en los que puedan elaborar las emociones que su quehacer les genera, sin temor a contactar con su propia fragilidad. De esta manera se le podrá devolver a los cuidados y las atenciones la cara más dulce, la más personal, la más digna y la más potente: aquellos que nos humaniza, que nos hace iguales. Sólo así las mujeres podrán ser el espejo que refleje sus actuaciones.

[1] Olza I. (2008) ¿Humanizar el Parto? Una reflexión sobre la violencia sanitaria. En Blázquez MJ. (Dir.) (2008) Maternidad y Ciclo Vital de la Mujer. Zaragoza, España: Prensa Universitaria de Zaragoza.

* Pintura de G.F. Watts. “Hope” 1986. Se encuentra en el Tate Britain

 

El viernes pasado fui a ver “Una gossa en un descampat” (Una perra en un descampado), sabiendo que sería una historia intensa y conmovedora, con una trama dramática difícil: la muerte perinatal. Pero he de decir que con lo que me encontré superó todas mis expectativas.

Clàudia Cedó, en esta obra autobiográfica, ha puesto sobre las tablas cómo podemos ser capaces de encontrar belleza incluso en nuestro descampado más solitario. La autora invita a los espectadores, gracias a las actuaciones magistrales del elenco, a presenciar y, en cierta medida, transitar un viaje a través del dolor, la soledad, la depresión y el vacío, pero al mismo tiempo teniendo como recursos en el equipaje al amor y el humor, y la toma de consciencia como destino final.

La obra trata del proceso que vive Julia desde que se entera, a los 5 meses de embarazo, que tendrá que parir muerto a su hijo, de lo que ocurre durante su estancia en el hospital, de su permanencia en la nada –el no res–, anestesiada por el dolor y las pastillas, y del intenso proceso que vive cuando comienza a dialogar con los desechos (les deixalles) de ese descampado que no es más que su propia alma, y cuando se permite recordar y mirar la sombra de sus miedos a la cara, dialogar con su dolor y con su rabia, hasta lograr salir transformada, reconociendo que en un descampado de muerte y sufrimiento también hay lugar para la belleza y la vida. Se trata, en un sentido poético, del proceso de duelo que padece una mujer al parir a un hij@ muert@.

La obra también nos confronta con las dificultades sociales que tenemos para lidiar con la muerte perinatal, de la superficialidad con la que se trata el tema, de la dificultad en tan siquiera mirar, reconocer, nombrar, poner palabras a las emociones de una madre sin hij@. Bien lo dice Julia en un momento de la obra: “para la gente mi hijo no ha existido”, “las personas pasan de puntitas por encima de mi hijo muerto”, “hay silencios que son ensordecedores”; y también lo dicen las caras de l@s espectadores: su llanto, su respiración contenida, su entrega absoluta a una experiencia tabú pero ampliamente compartida. Vivencia de la que el público participamos como “la masa uniforme que somos”, desde la humanidad que nos es común a tod@s.

Este drama también visibiliza las dificultades de la pareja, Pau, el padre de la criatura, de no poder acabar de entender el dolor de su mujer. En algún momento Pau, antes del fatídico parto, dice: “para mí él no existe, yo no lo llevo dentro, no puedo vivirlo como tú”; y desde esa incapacidad parece dejarla sola, a su suerte con el dolor y el peso de la responsabilidad.

Pero sobretodo Una gossa en un descampat vuelve una y otra vez al dolor y la soledad que viven las mujeres que pasan por esta pérdida, a lo difícil que es entenderla y aceptarla, a sus idas y venidas, con sus culpas y contradicciones al sentir alivio a la vez que una profunda pena, y al miedo a que la vida nunca más vuelva a tener brillo. Esta gran obra nos adentra en el paisaje desolado en el que estas mujeres se ven atrapadas, el paisaje de aquello que pudo haber sido y no fue:

“Julia: La meva memòria és com un descampat. Només s’hi passeja el meu fill. Tinc el cap ple de deixalles.

Julia 2: No són deixalles.

Julia: I sorra… i herbes. Sorra i herbes sota el meu fill. Com es pot trobar la mort quan s’espera la vida? No m’en sortiré. Romandré aquí sempre. En aquest hospital abandonat que és el meu cap.

Julia 2: T’en sortiràs”[1]

Finalmente, Cedó nos ayuda a salvarnos a través de la esperanza que insufla al mostrarnos la fortaleza que se encuentra en nosotr@s para seguir adelante, de la necesidad de dialogar con las propias sombras, del hacer las paces con la muerte para así poder llegar a la luz que nace de la alquimia del dolor.

Muchas gracias Clàudia por este regalo que nos haces. Muchas gracias por tener la valentía y la generosidad de compartir tu duelo. Gracias también por poner esta dura realidad sobre la mesa, por hacerla visible. Y gracias, otra vez, por hacerlo de esta manera tan hermosa, porque tod@s tenemos nuestros descampados, nuestros desechos que ocultan belleza, y nuestras sombras que nos permiten acceder a la luz y la conciencia. ¡Gracias!

 

[1] Extracto del guión de la obra. https://twitter.com/elvillacampa/status/1016807650925924352/photo/1

Palabras de Bienvenida para l “I Trobada Mama Llum”, celebrada de 01 al 03 de junio, 2018.

 Buenos días a tod@s. Bienvenid@s ¡Qué alegría que estemos tod@s aquí! He hecho un pequeño escrito porque no quiero dejarme nada en el tintero, y va en castellano porque es cómo me expreso mejor.

Voy a comenzar estas palabras de bienvenida con una confesión: si alguien me hubiese dicho que el grupo de facebook que yo estaba creando en el ordenador de mi casa hace exactamente 4 años, el 01 de junio del 2014, iba a llegar a ser tan potente como lo es ahora, no me lo habría creído. Mama Llum para mi ha sido, ante todo, una materialización diária, una prueba constante de la fuerza, la solidaridad y la sororidad que se puede crear entre las mujeres. Este grupo, virtual, ha cambiado la vida y la maternidad de muchas mujeres de maneras insospechadas. Es un grupo poderoso, y muchas veces no somos conscientes de ello.

Mama Llum también ha sido una escuela, porque así como he visto y veo a diário esa cara potente y solidaria, el grupo también me muestra y me recuerda, constantemente, lo mal que lo podemos pasar las mujeres durante la maternidad cuando no estamos acompañadas, cuando el peso de la crianza y de las responsabilidades del hogar recaen sólo sobre una, cuando se arrastran heridas de partos terribles, de lactancias rotas o de hij@s no nacidos, cuando carecemos de referentes que nos digan “lo estás haciendo muy bien”, sino todo lo contrario, cuando la realidad económica y social no nos permite tener la conciliación que realmente nos merecemos, etc. Esa otra realidad que también me enseña el grupo me ha permitido valorar mucho lo que tengo, mi familia, mi marido, y al mismo tiempo me ha invitado a asumir un compromiso vital, a abogar desde mi quehacer profesional para que todas las mujeres podamos tener la maternidad que queremos y nos merecemos, para que podamos transitar por ella con más optimismo y alegría, y menos pesadumbre y angustias, para que podamos tener espacios protegidos, respetuosos y libres de juicios en donde expresar lo que la maternidad nos hace sentir. Esto se ha convertido en la brújula que guía mi trabajo.

Ahora –la Trobada-.

Materializar un encuentro de Mama Llum, como éste, para mi ha sido un regalo y un trabajón. Primero he de decir que estoy inmensamente agradecida con las ponentes que han venido aquí hoy, todas ellas han mirado este encuentro con el mismo entusiamo que yo, y nos regalan su tiempo, su saber y su experiencia sin obtener ningún tipo de remuneración económica a cambio, guiadas por el deseo de hacer tribu y de compartir. A todas: Marta Melendez, Noelia Prieto, Roser Pont, Tania García, Lupe García, Judit Guiraldo y Judit Martín, muchas gracias, de tot cor. Y también gracias a Nuria Mas, Lorena Otero y su Yuguen BCN y a Laura Salvado (DJ Luna) por regalarnos momentos de diversión, ¡que también son necesarios!

La segunda cosa maravillosa de este encuentro para mí es el lugar donde lo estamos haciendo: El Ecocamp Vinyols. Y os voy a decir algo que sólo he contado a mi marido. Este camping, en muchos sentidos me hace “volver a casa”. Como algunas sabeís soy venezolana. Viví mi infancia en una ciudad pequeña, bastante rural, rodeada de campos y llanuras. Mi padre tenía unas tierras y allí crecí rodeada de vacas, caballos, patos, gallinas, ranas, murciélagos y toda clase de bichos, árboles frutales de los cuales colgarme y que me regalaban sus frutos, y la libertad que sólo un espacio así puede darle a una niña. Era algo que deseaba ferbientemente poder darle a mis hijos. Cuando descubrimos este camping, mi hijo mayor, que en aquel momento era el único, tenía año y medio, y desde entonces quedamos prendados. Hemos visitado otros sitios pero ni la montaña, ni la costa me hablan tanto como Vinyols y es que, para alguien que emigró encontrar un lugar que no le es extranjero, un lugar en el que la geografía le hable de su propia infancia, es algo muy raro. Encontrarnos todas nosotras aquí, en este sitio que me huele a infancia, es para mi otro regalo.

Os pido, encarecidamente por esto y porque así ha de ser, que cuideis mucho este lugar. Me consta que quienes lo llevan hacen grandes esfuerzo por cuidar de él y por tratar a todo lo que aquí se mueve con el máximo cariño y respeto. Muchas de las familias que en general visitan este camping suelen tener una tendecia hacia la crianza respetuosa, sin embargo muchas veces también he vivido con auténtica perplejidad situaciones en las que pa/madres que tratan a sus hijos con respeto, permiten que estos se comporten de manera irrespetuosa con el ambiente que les rodean. La educación se resiente con las incoherencias, inconsistencias y las faltas en ser consecuentes. De lo primero que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el respeto hacia los seres que conviven con nosotros, llamémoslo animales, árboles, otros niños, otras personas, la madre Tierra, o lo que queraís. Los animales aquí son muy dóciles, pero eso no quiere decir que no se estresen o lo pasen mal, por favor, enseñad a vuestros peques a tratarlos con respeto. Respeto a uno mismo y al otro, no puede haber una cosa sin la otra.

Y ahora, enlazando con las tres ideas de las que os he hablado: la potencia del grupo, la generosidad de las personas que nos acompañan, y el lugar en el que nos encontramos, quiero hablaros, muy brevemente, de una tribu africana que también ha marcado y ha inspirado mi vida. Los Yorubas

Los Yoruba (yorùbá según su propia ortografía) son un grupo etnolingüístico muy antiguo con una cultura muy interesante que viven al suroeste de Nigeria. Su visión del mundo dista bastante de la de cualquier cultura occidental, pero considero que nos puede ser útil y, en este sentido, me es preciso destacar tres palabras suyas que nos permiten entrever cómo conciben ellos la crianza. La primera es Ilé ¿Os imagináis que el castellano o el catalán tuvieran una sola palabra que condensara tres conceptos a veces tan disociados en nuestras mentes modernas como lo son la Tierra, el hogar y la familia?

Ilé quiere decir en yoruba: Tierra, casa y familia. No son conceptos diferentes para ellos sino variaciones de una misma cuestión. La Tierra como el hogar primigenio de la humanidad, la casa como el lugar en la Tierra que hemos construido para refugiarnos, y la familia como nuestro refugio emocional en el cual crecemos. Y, cuando los yorubas hablan de familia no se refieren a su “familia nuclear”, o no sólo. Un Ilé es un clan, hace referencia a un grupo de personas que comparten el mismo linaje –sanguíneo y/o espiritual- con jerarquías y funciones delimitadas.

Las otras dos palabras de las que os quiero hablar se relacionan entre sí. Iya y Baba. Dentro de la tribu yoruba, si una mujer es lo suficientemente mayor como para ser mi madre, tendría que llamarla Iya, lo que significa madre. Si un hombre es lo suficientemente mayor como para ser mi padre, tendría que llamarlo Baba, lo que significa padre. Cada niño yoruba sabe quienes son sus m(p)adres biológicos, sin embargo la palabra padre o madre la utilizan indistintamente para cualquier adulto y en este sentido, todos los adultos a su alrededor se convierten en alguien significativo, carismático, en un referente. Y, al mismo tiempo, todos los niños son “hijos de todos”.

Dentro de organizaciones sociales como éstas (los yoruba no son los únicos) es casi imposible encontrar m(p)adres agobiados por las dificultades de la crianza, no existen problemas de lactancia, el cólico del lactante es no sólo desconocido sino inexistente, las mujeres no se deprimen durante el embarazo o el postparto porque nunca están solas o faltas de apoyo, los niños pequeños rápidamente entran en la socialización a través del ejemplo de los niños mayores, y las dificultades que tenemos nosotros, los occidentales, para criar no lo son en la medida en que se cuenta con un grupo y es la tribu entera la que cría.

¿Y porqué estoy hablado de esto? Mi intención no es hacer una apología romántica de las organizaciones sociales aborígenes ni mucho menos, sino más bien transmitir una imagen: criar no sólo puede ser fácil, sino una tarea gozosa cuando se hace en compañía, con apoyos, con referentes, protegidos, etc.

En este sentido Carolina de Olmo nos dice que si los p(m)adres aprendemos a señalar lo que falla iremos avanzando en algo y, al menos dejaremos de colocar la culpa sobre las criaturas. “El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nosotros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radicalmente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos.”[1] Se debe tener en cuenta la vulnerabilidad de los niños, sin desmerecer la vulnerabilidad de los m(p)adres y el peso excesivo que recae sobre sus espaldas.

La organización social en la que vivimos no la vamos a cambiar, las redes sociales reales –físicas y palpables- que existían hace relativamente poco se han desvanecido: las personas del pueblo, la familia extendida, los vecinos… hemos ido perdiendo el Ilé que otrora tuvimos y los tres momentos en los que se hace más notorio son precisamente cuando la fragilidad nos golpea: en la enfermedad, en la vejez, y en la crianza.

Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad, compresión y resguardo, y como no tenemos tribu, todas estas peticiones se suelen colocar en nuestra pareja, el padre (u otra madre) de la criatura, y pretendemos habitualmente que una sola persona nos provea de aquello de lo que sólo nos puede proveer un grupo entero, con esto ya pueden comenzar a aparecer los desencuentros en la pareja…

¿Y qué podemos hacer? Primero entender que el cuidado materno exclusivo rara vez ha sido una opción en cualquier fase de la historia humana, precisamente porque criar en soledad acaba convirtiéndose en una tarea titánica.

No debemos subestimar la mella que puede hacer en nosotras, como mujeres, como madres y como parejas, el sentirnos sin referentes fiables, con dudas sobre lo que tenemos que hacer y lo que no, con el cuerpo adolorido por el cansancio y la soledad de estar criando dentro de cuatro paredes. ¿Qué nos sentimos felices con nuestra criatura? ¡Claro!, pero nadie nos explica la soledad y el hastío que se puede sentir por la rutina de hacerse cargo de un niñ@ pequeñ@.

Los valores de la sociedad actual, en macro, no sé si los podremos cambiar, pero sí que podemos hacer cosas para cambiar nuestro entorno inmediato. Mi recomendación es que busquemos tribu, que hagamos red. Hoy en día tenemos la posibildad de acceder a tribus virtuales, el Mama Llum a fin de cuentas no es más que una de tantas, que tienen la grandísima ventaja de la inmediatez de las respuestas, pero donde los vínculos se diluyen como consecuencia del anonimato, generando a veces respuestas poco asertivas. Las tribus 2.0 son un gran apoyo, pero si además las usamos para lo que estamos haciendo este fin de semana: ponernos cara y oir nuestras voces, su potencia se cuadriplica. La tribu física siempre será más potente porque nos puede proporcionar descargas más reales, así que aprovechad este fin de semana a tope, no sólo escuchando las charlas y talleres que tan amorosamente os hemos preparado, sino también conociendoos, compartiendo, buscando puntos de encuentro y saliendo de aquí con más amig@s en el bolsillo. Enlazando con esto, quiero hacer un apunte-comentario a los padres y parejas: sin vosotros no podemos, pero vosotros también necesitáis buscar vuestros espacios de conversación, hacer tribu masculina, abriros a compartir aquello que os inquieta, dejar de llevar las preocupaciones en solitario. Es una tarea pendiente que tenéis…

Por último quiero aprovechar para dedicar este encuentro a un chico muy especial en mi vida, mi hijo mayor, Ismael. Hace 6 años y medio, Ismael llegó a casa para cambiar por completo nuestras vidas y nuestras prioridades. Nos ha hecho crecer, nos ha llevado al límite de nuestras posibilidades para descubrir nuevas fortalezas. Ismael (y también Gabriel) es mi gran maestro. Sin él no habría empezado Mama Llum. Y en el mismo sentido, este encuentro también va por tod@s vuestr@s hij@s, sin ell@s vosotras no estaríais aquí ahora, y sin vosotras tampoco existiría Mama Llum. Así que esta trobada va por nosotras, porque nos la merecemos, y por ellos, nuestros pequeñ@s- grandes maestr@s.

Iliana París

Ecocamp Vinyols. Vinyols i els Arcs, 02 de junio de 2018.

 

[1] Del Olmo, C. (2013). ¿Dónde está mi Tribu? Maternidad y Crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual, p. 53

Hoy, 2 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Salud Mental Materna. (#MaternalMHmatters  #SaludMentalMaternaImporta).

Para much@s se trata de algo desconocido y ajeno, aunque bien puede ser que lo hayan vivido ya en carne propia.

El Día Mundial de la Salud Mental Materna es una iniciativa que busca generar conciencia a nivel social sobre un problema sanitario grave: la enfermedad mental perinatal que sufren muchas madres, la mayoría de las veces en soledad, sintiéndose culpables, y sin recibir la atención profesional y los apoyos adecuados.

¿Cuáles son las enfermedades mentales perinatales?

El término enfermedad mental perinatal se utiliza para englobar cualquier trastorno, sufrimiento psíquico o malestar psicológico que se viva desde el inicio de la concepción, el embarazo, el parto y el período de postparto, y que puede afectar tanto a la madre como al desarrollo adecuado del bebé mientras está en el útero, el establecimiento del vínculo una vez éste ha nacido, y el resto de relaciones significativas de la madre: pareja y familiares. En este sentido existen criterios diagnósticos de trastornos claramente definidos, así como también toda una cantidad de bemoles entremedio. Cualquier malestar o sufrimiento psíquico que pueda estar padeciendo una mujer durante su embarazo o postparto requiere de un acompañamiento emocional, de una escucha y un apoyo apropiado y continuo.

¿Y porqué tendría que ser problema de tod@s?

Pues porque se trata de un problema de salud pública que genera muchísimos costes tanto a nivel humano, como a nivel social, de tratamientos y, por supuesto, económico.

Hay un frase de Pitágoras de Samos que reza “el principio es la mitad de todo” y que puede aplicarse perfectamente a este caso. Desde el punto de vista psicológico, tener un buen embarazo sienta unas bases sólidas para tener un buen postparto. Tener un buen postparto permite establecer un buen vínculo con el bebé. Tener un buen vínculo madre-hij@ o padre-hij@ es fundamental para sobrellevar las dificultades de la crianza hoy día. Y al contrario, por ejemplo, una mujer que durante su embarazo sufre niveles considerables de estrés o de ansiedad de manera persistente, tiene muchas más probabilidades de tener un parto prematuro, desarrollo intrauterino deficiente o, bajo peso al nacer.[1] Cualquiera de estos escenarios generan consecuencias médicas que implican más intervención, más coste económico y una cierta fragilidad de cara al postparto. Otro ejemplo, una madre que tiene depresión postparto y no está recibiendo la atención adecuada, puede tener dificultades importantes para vincularse con su bebé, sentir que no es capaz de cuidar adecuadamente de él/ella ni de sus otros hij@s, temer a quedarse a solas con su bebé por miedo a hacerle daño, incluso, en algunos casos, acabar cometiendo suicidio. Coste social, coste humano, coste económico.

Hablemos de cifras…

Diferentes estudios afirman que el porcentaje de mujeres que sufren algún tipo de trastorno o sufrimiento psíquico durante el período perinatal no es poco, que es algo presente en todas las culturas occidentales, en todos los estratos económicos (aunque evidentemente la pobreza siempre es un factor de riesgo), y que no respeta credos, procedencia étnica ni niveles educativos. Aquí algunos:

  • Aproximadamente un 20% de mujeres sufren síntomas importantes de depresión durante el embarazo. La mayoría de ellas no reciben ningún tipo de tratamiento.[2]
  • Si una mujer sufre de depresión o de ansiedad durante el embarazo (o incluso si ha tenido algún episodio depresivo previo a estar embarazada), tiene más probabilidades de desarrollar depresión o trastornos de ansiedad durante el postparto.[3]
  • Entre un 1,5 y un 5,4% de mujeres desarrollan un Trastorno de Estrés Post-traumático después del parto. El Trastorno de Estrés Post-traumático genera un gran monto de sufrimiento psicológico que puede afectar el vínculo temprano con el bebé, la relación de pareja, la relación con la familia y con los profesionales de salud.[4]
  • Entre un 20 y un 45% de mujeres definen sus partos como traumáticos y presentan algunos síntomas de Trastorno de Estrés Post-traumático durante el postparto.[5]
  • Existe una comorbilidad (es decir, que coexistan dos trastornos juntos) entre las depresiones postparto y los desórdenes ansiosos postparto de entre 13 y 17%.[6]
  • Un 10% de hombres (1 de cada 10) pueden padecer tanto depresión durante el embarazo de sus parejas, como depresión postparto. Sus síntomas son ligeramente diferentes (con más tendencia al polo de la irritabilidad) teniendo el doble de probabilidades de padecerla si su pareja ha tenido depresión durante el embarazo o tiene depresión postparto.[7]

Y podría citar muchos más cómo por ejemplo las consecuencias que alguno de estos trastornos puede tener sobre la salud emocional de la criatura al crecer, o el deterioro que puede generar en la relación de pareja, en la sexualidad, o en las relaciones con otras personas significativas, pero creo que éstas ya os muestran la magnitud y la relevancia del problema.

¿Y qué puedes hacer tú?

Depende. Lo primero que podemos hacer tod@s es tomar consciencia de la problemática, visibilizándolo, y suprimiendo el estigma que se tiene sobre la salud mental. Por otro lado, no normalizar el sufrimiento psicológico de las madres, ni en el embarazo, ni durante el postparto. Frases como “es que son las hormonas”, “ya se te pasará”, o “es normal, no sufras tanto”, ayudan a profundizar el problema y a que las mujeres sientan que no existen espacios de escucha donde se valide su malestar.

Si eres una madre o estas embarazada y sientes que emocionalmente no estás del todo bien o directamente no te encuentras en un buen momento, busca ayuda de algún profesional especializado en psicología perinatal.

Si eres la pareja, la madre, el padre, el herman@ de una mujer que está pasando por un mal momento durante el embarazo o el postparto, no minimices la situación. Háblalo con ella, apóyala y, si es necesario busca ayuda profesional.

Si eres un profesional sanitario que trabaja con mujeres en el período de la perinatalidad (comadrona, ginecólog@, enfermera, pediatra, enfermera pediátrica, fisioterapeuta, etc.) pregúntale cómo se siente, cómo está llevando el embarazo o el postparto, cómo está su relación de pareja, qué cosas le preocupan, si cuenta con apoyos o si le gustaría hablar con alguien al respecto de su situación. Y, sobretodo, no normalices, ignores, ni minimices su malestar.

También puedes sumarte a la campaña de http://wmmhday.postpartum.net/  compartiendo o haciéndote eco de la iniciativa en Facebook y Twitter

Y si te encuentras leyendo esto y quieres hacer un acto inmediato, ¡compártelo en las redes sociales, mientras más personas lo lean y tengan acceso a esta realidad, más estamos haciendo por ayudar a las mujeres y a sus bebés!

[1] Grote NK & cols, A meta-analysis of depresión Turing pregnancy and the risk of preterm Barth, low birt weight, and intrauterine growth restriction. Arch Gen Psychiatry. 2010; 67(10)

[2] Flynn HA & col. Rates and predictors of depresión treatment amoung pregnant women in hospital-affiliated obstetric practices. General Hospital Psychiatry, 2006; 28 (4)

[3] Heron J.; ALSPAC Study Team. The Course of anxiety and depresión through pregnancy and postpartum in comunity sample” Journalof Affect Disorders. 2004; 80 (1)

[4] Beck CT. Birth Trauma: in the eye of the beholder. Nursing Research. 2004;53 (1)

[5] Ayers S. & Ford E. Birth trauma: Widening our knowledge of postnatal mental Elath. The Europian Health Psychology, 2009; 11

[6] Op. Cit.

[7] http://saludmentalperinatal.es/cuando-la-depresion-posparto-la-sufre-el-padre/

Existen muchos aspectos del postparto que hasta que no se viven en carne propia, suelen ser desconocidos por ambos miembros de la pareja. No importa cuantos cursos de preparación al parto se hayan hecho, o cuantas medidas se hayan tomado para facilitar el momento de la llegada del bebé. A nivel relacional la pareja debe recolocarse, y esto es algo que habitualmente pilla por sorpresa tanto a hombres como a mujeres.

A menudo atiendo en mi consulta a parejas fracturadas por el postparto y la crianza; vienen a consultar porque, por un lado, se les ha hecho difícil establecer nuevos acuerdos y dinámicas de funcionamiento, y por otro, se sienten desbordad@s pues la presencia del bebé ha hecho que salten a la vista antiguos conflictos y situaciones no resueltas que l@s colocan ante una encrucijada: o se adaptan a la nueva situación, generando un cambio de dinámicas transformándose como pareja, o se genera un distanciamiento que hace que la relación se enfríe, se pierda el afecto por el otr@, y la pareja acabe separándose (física o emocionalmente hablando).

Pero, ¿qué es lo que necesita una mujer de su pareja durante el postparto?

Primero que nada es importante aclarar que cada postparto será diferente dependiendo tanto de un abanico de variables externas, como de la subjetividad individual de cada quién. Así, al hablar de postparto hemos de tener en cuenta cómo ha sido el embarazo y que tipo de parto se ha tenido, el cual conlleva implicaciones físicas importantes, muchas de las cuales tienen secuelas directas en la instauración exitosa de la lactancia y, más adelante, en el restablecimiento de una vida afectiva y sexual satisfactoria, cuya vivencia requerirá de una recuperación física y psicológica diferente.

Durante el postparto inmediato, que es el período que va desde la primera noche o el primer día que pasamos en el hospital hasta más o menos el segundo mes del bebé, las mujeres necesitan comprensión, ayuda y apoyo. Se trata de un período muy intenso en el que la dedicación al bebé es total: es el momento de la instauración de la lactancia, de aprender a ganar seguridad en el trato con el recién nacido, de subidón hormonal, de ir entendiendo las claves del bebé y poder avanzarse a sus demandas. En este período no existe la pareja como tal; el cuadro muestra, más bien, a dos adultos que están conviviendo y tratando de entender y conocer a un recién nacido.

Un momento crucial dentro de este primer período es la incorporación del padre al trabajo. Por lo general, las madres temen la llegada de ese día ya que representa, de alguna manera, la “vuelta a normalidad”, es el momento a partir del cual es la madre la que tiene que hacerse cargo del cuidado del bebé durante la mayor parte del día, lo cual al principio puede dar un poco de vértigo.

El segundo momento del postparto comienza después de la cuarentena. Las mujeres suelen tener un alta ginecológica, el bebé ya gana peso con normalidad, se ha adquirido una cierta destreza y confianza en la lactancia, las noches, los cambios de pañal, etc. En cierto sentido se ha llegado a un “nuevo orden”. Es aquí donde las mujeres suelen encontrarse con dos situaciones, la primera es la soledad del postparto: el aislamiento, la monotonía y el cansancio que puede implicar el cuidado de un bebé pequeño teniendo al alcance pocos o ningún referente válido. Esta es una realidad muy desconcertante porque no sólo las mujeres se dan cuenta de que no estaban preparadas para aquello y de que nadie les había contado que era así, sino que además, deben realizar una ardua búsqueda para conseguir espacios donde relacionarse con otras mujeres en su misma situación vital y hacer un poco de tribu. (Si te interesa leer más al respecto puedes pichar aquí)

La segunda situación con la que se encuentran es que, en muchos casos, ni tienen deseo, ni están preparadas para retomar la vida sexual con su pareja, habitualmente demandante y para la que una cosa es comprender y otra es aceptar convivir con ello. Durante mucho tiempo después de que ha nacido una criatura, el sexo pasa a estar en la última de la lista de prioridades o intereses; de esto, si no se habla abiertamente, pueden proceder desencuentros, discusiones y/o distanciamientos. (Si te interesa leer más al respecto puedes pinchar aquí)

El hombre (o la pareja), en cambio, al volver a la rutina del trabajo suele volver a “la rutina de su vida”. Él no ha perdido el espacio de individuación que el trabajo le comporta; él sigue siendo el de antes, el de siempre, puede retomar con relativa libertad sus actividades de ocio, sus costumbres… y en cierta medida espera también poder recuperar a su mujer, a “la de antes”… encuentro que, por lo general, suele tardar bastante más en llevarse a cabo.

Hay un aspecto muy importante a tener en consideración cuando hablamos del postparto a nivel psicológico, y es el fuerte vínculo emocional madre-bebé: cuando nace el bebé se da una separación física de su madre, más no emocional. A esto se le llama simbiosis, es una codependencia que se considera necesaria y natural ya que el recién nacido requiere casi exclusivamente de su madre para su supervivencia en términos de alimentación, cuidados, movilidad, etc. durante los primeros meses de vida. La madre también vive un proceso análogo de unión emocional con su bebé y es indispensable que así sea, pues es lo que garantiza que esa mujer pueda ser capaz de ofrecer a su hij@ las atenciones y cuidados constantes que requiere.

Durante este período la función del padre tiene que ser la de ser el sostén emocional que su pareja necesita para poder llevar a cabo su labor de maternaje.

Este sostén o apoyo emocional suele ser algo difícil de asumir, y a veces hasta de entender para los varones tradicionales, ya que hace referencia al cuidado y la contención ejercidos por el padre hacia la madre para que ella pueda cumplir con su función maternal. Requiere de una actitud muy activa que, según Laura Gutman implica:

  1. Facilitar la simbiosis mamá-bebé, permitirla y defenderla. Durante el postparto inmediato, para que una madre pueda estar en las mejores condiciones para sumergirse en el vínculo con su criatura, lo ideal es que pueda despojarse de la mayoría de preocupaciones posibles que no tengan que ver con el bebé. Para que esto se dé hace falta una alta implicación y capacidad de gestión por parte de su pareja en responsabilidades varias relacionadas con el manejo del hogar y lo cotidiano.
  2. Defender la relación madre-bebé del mundo exterior. Resguardar el nido, no dejar que a su mujer la apabullen con consejos, críticas, sermones sobre lo que hay y lo que no hay que hacer. Ser intermediario, convertirse en una muralla entre el mundo íntimo y el mundo externo.
  3. Proteger, contener, moderar, empatizar y brindar confianza. Cuando se tiene un recién nacido hay muchos momentos de tensión por no saber qué le pasa; hay dudas de si se está haciendo bien un sin fin de cosas relacionados con su cuidado, etc. La palabra del compañero que aporta confianza, que entiende la desesperación, el cansancio, la inseguridad, que aporta otras opciones a hacer, que ofrece otra perspectiva a la problemática, que está dispuesto a hacer relevo para que una descanse, incluso que da cierta “ligereza” a alguna situación dramática que una se haya podido montar en la cabeza, trivializándola un poco (desde la empatía y el respeto, no desde la burla o el sarcasmo) es de muchísimo valor durante el postparto.
  4. Aceptar y amar a su mujer. Lo principal en este período es no cuestionar las decisiones o intuiciones sutiles de la madre que surgen de manera inexplicable, ya que responden a un viaje interior en el cual está embarcada y del cual no tiene control. El padre no debe constituirse en un enemigo pidiendo argumentaciones, cuestionando decisiones o dando consejos. Al menos no en este primer período.

Ahora bien, una cosa ha de quedar clara. Para que un hombre pueda sostener emocionalmente a su pareja puérpera, es necesario que sea algo que ya sepa hacer de antes con lo cual tendría que, al menos, saber encargarse de su propia vivencia emocional y ser responsable de sus propios cuidados. Si antes de tener un bebé esta responsabilidad estaba colocada sobre la mujer siendo ella la que se encargaba de sostener emocionalmente a su pareja, es muy probable que él no pueda, no sepa o le cueste mucho asumir este rol.

Y podríamos decir, el padre también se ha estrenado como padre ¿quién lo sostiene a él? Por un lado ha de estar sostenido por su propia estructura emocional. No ha pasado por el volcán físico, hormonal y emocional del parto, con lo cual su conexión con el mundo está intacta, por muy cansado que él también pueda estar. Por otro, lo sostiene el trabajo que sigue siendo su lugar de identidad y de posición social. Y, finalmente, lo sostiene el tiempo de ocio –realidad pequeña pero poderosa-, una cierta autonomía y libertad que sigue manteniendo, a pesar del nacimiento de su hij@.

Una de las dificultades más importantes a la hora de lidiar con todo esto es que nadie lo explica anticipadamente. A menudo escucho en consulta quejas por parte de los maridos diciendo que sus mujeres están “demasiado pendientes de sus bebés”. Muchos hombres encuentran este estado de alerta, de constante conexión, excesivo, pero, si el vínculo entre la madre y el bebé se ha dado adecuadamente, al principio al menos, la relación no puede ser de otra manera. A medida que el bebé se va haciendo mayorcito, la madre puede ir dosificando esta conexión, puede ir teniendo espacios psíquicos para conectarse con otros, pero esto va dándose poco a poco, mientras tantos los hombres han de asumir que la paternidad también implica renuncias y que, al menos mientras los hij@s son pequeñ@s, el principal sacrificio será el del tiempo para compartir con su pareja “como antes” y el conectarse emocionalmente con ésta “como antes”. El vínculo y las dinámicas de pareja requerirán de una transformación y adecuación a las necesidades vitales del recién llegado hij@.

 

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Se acerca la Navidad, los días de fiesta, las primeras vacaciones escolares de l@s niñ@s. Las calles comienzan a llenarse de luces de colores y el ambiente huele a turrón y villancicos. A medida que se acerca y avanza el mes de diciembre los hij@s comienzan a saltar de entusiasmo, cada día que pasa les es más difícil contener la emoción de la víspera de la llegada de los deseados regalos: la carta a Papa Noel, las comidas del Tió, ir a entregar la carta a algún paje de los Reyes, en fin… toda una magia colectiva que se agolpa y se alimenta durante el último mes del año. Para ell@s es una etapa absolutamente especial… ¿y para sus pa/madres? Pues depende. Hay quienes se suben a la ola del consumismo sin planteárselo dos veces y “tiran la casa por la ventana” en lo que a compra de juguetes se refiere, hay otros tantos que intentan generar conciencia y ser coherentes con un consumo más responsable y sostenible, tanto por el bienestar medioambiental, pero, principalmente, por el bienestar psicológico de sus criaturas puesto que han entendido que tener en exceso, paradójicamente, acaba generando vacío, hartazgo, insatisfacción y poca valoración de lo que se tiene; siguiendo estos principios es que ha aparecido recientemente la “regla de los cuatro regalos”.

¿Y qué problema hay con esto? –podríamos preguntar–, pues principalmente que nadie quiere perder su trozo de protagonismo a la hora de entregar un regalo a algún niñ@ de la familia. Es decir, que muchas veces estos pa/madres se encuentran en medio de situaciones incómodas en donde deben negociar con los abuelos y/o tíos, la cantidad y/o la calidad de los objetos regalados. Para muchos abuelos/as no vale regalar dinero (que a lo mejor los padres precisan para pagar algunas de las actividades del niñ@), tampoco ropa (de estas cosas ya se encargaran sus padres). No. En Navidad se han de regalar juguetes, y muchos!

Pero no seamos injustos, hay abuelos y abuelas fantástic@s que consultan con sus hij@s y sólo compran aquello que los pa/madres han considerado que el pequeñ@ necesita o le hace ilusión. Hay otros abuel@s con los que la negociación es un poco más complicada: hacen oídos sordos, hacen trampas colando juguetes que no estaban previstos, desvalorizan, ridiculizan o hacen chantaje emocional ante el enfado o la sorpresa de los ma/padres, entregan a los nietos “a escondidas”… En una palabra, no respetan el límite impuesto y/o acordado por la pareja de ma/padres.

El problema de este tipo de dinámicas reiteradas año tras año no es el exceso de trastos en sí (que también son un problema) sino, por un lado, las consecuencias perniciosas que conlleva la avalancha de objetos recibidos en Navidad para las criaturas, y por otro, -y es hacia donde deseo colocar el foco de atención de este post-, la tensión, el malestar y la desconfianza que se genera entre los pa/madres y los abuel@s. Malestar que es mucho mayor si los abuel@s transgresores son los suegr@s y no los propios ma/padres. A los propios pa/madres se les puede marcar más tajantemente, se puede discutir abiertamente con ell@s, ya que se tiene la certeza de que, de alguna manera, se arribará a un entendimiento. En cambio, cuando se trata de los suegr@s el conflicto toma otras dimensiones, se convierte en un doble conflicto: por un lado está la molestia para con ell@s, y por otro el reclamo hacia la pareja de que “le pare los pies a sus padres”.

Si la pareja está de acuerdo y van “a una” en los criterios de crianza, entonces cada quien se encargará de limitar, de la manera que sea necesaria, a sus propios pa/madres. Si la pareja no está de acuerdo (que suele ser lo más habitual), o a alguno de ellos le cuesta encarar a sus propios ma/padres, por no querer desilusionarlos, por temor a enfrentarse a ell@s, porque no está acostumbrado a hablar abiertamente de situaciones tensas, porque siente que sería desafiar su autoridad o por cualquier otra razón, el conflicto estará servido. Los regalos de Navidad se convertirán en un tema de disputa dentro de la pareja.

Este año la Nochebuena en mi casa, el año que viene en la tuya…

 Antes de ser ma/padres quizás no era tan importante dónde se pasaban las fiestas navideñas. Muchas parejas optaban por separarse esos días (sobretodo si alguno de ellos tenía a su familia en otra ciudad) y cada quien pasaba las fiestas con los suyos, otros se montaban su propio plan e iban a “su aire”, aprovechando los días de fiesta para viajar, y algunos otros, ya desde un inicio tomaban la decisión salomónica de repartirse los días de fiesta, pero si algún año cambiaban de plan, tampoco pasaba nada…

¡Con niñ@s de por medio esta flexibilidad es imposible! Priva más el compromiso familiar que no la flexibilidad y el deseo que tengan los pa/madres sobre lo que hacer en estas fechas. Hay que intentar hacer una repartición equitativa, no sea que alguna parte de la familia se sienta ofendida. Si tenemos en cuenta que muchas familias de origen se han separado y vuelto a juntar, las combinaciones e itinerarios a veces son una locura.

Y nuevamente, ¿qué problema hay? Más allá de los asuntos logísticos, que cada quien los arregla como puede, si la relación con las familias de origen de ambos miembros de la pareja son lo suficientemente cordiales, durante esos días se irá arriba y abajo pero los encuentros serán placenteros y distendidos, el objetivo de reunir a toda la familia alrededor de la mesa y compartir momentos bonitos será más o menos cumplido. El problema aparece cuando con alguna de las dos familias “hay tema”, sobretodo si ese tema está relacionado con algo que tenga que ver con el estilo de crianza de l@s niñ@s.

Cuando una pareja de ma/padres decide asumir un modelo de crianza distinto del que asumieron sus propios pa/madres no es inusual que del lado de los abuel@s (sobre todo de las abuelas) aparezca cierto descrédito, reproche, cuestionamiento, duda, e incluso en casos más extremos, saboteo. Las abuelas que colaboran con un estilo de crianza diferente, que perciben sus bondades, se maravillan y apoyan las decisiones que su hija/nuera ha decidido asumir con su criatura, suelen ser una minoría. En general, al asumir un camino diferente las abuelas sienten un cuestionamiento a la propia manera de criar que utilizaron en su día, como si se les estuviera diciendo que lo que ellas hicieron estuvo mal o no fue suficiente, y el asunto es llevado al terreno de lo personal y de “quien tiene la razón”, no importa cuantos artículos con evidencia científica sobre tal método de alimentación/dormir/educar, etc. le invites a leer; tú decisión de “hacerlo diferente” siempre tendrá un punto cuestionador que será vivido con mayor o menor incomodidad dependiendo de la madurez emocional, las vivencias que haya tenido, y los rasgos de personalidad de la otra persona.

Si este es un conflicto presente en la familia, cada reunión familiar se convertirá en una suerte de campo de batalla: las ma/padres dirán alguna cosas que l@s abuel@s puede desdecir, las abuelas pueden intentar sabotear la crianza ofreciendo objetos y/o actividades que sabe que a los pa/madres no les agradan, o diciendo alguna cosa a su niet@ con un mensaje de fondo para su hija o nuera (sobre todo si se trata de un bebé o un niñ@ muy pequeñ@), criticando o cuestionando las decisiones que en algún momento específico puedan tomar con comentarios aparentemente inocuos como “¿otra vez le vas a dar el pecho?”, dando consejos u opiniones no pedidos, etc. Y ante un panorama así ¿a quién le apetece ir a pasar la nochebuena, el día de navidad, San Esteban, fin de año, o Reyes?

¿Y qué se puede hacer? Principalmente conversar con la propia pareja. Si no lo habéis hecho ya, puede que para este año vayáis tarde. Las parejas han de ser un equipo real, en donde tanto el padre como la madre jueguen en el mismo bando de cara a los otr@s. Todas las parejas tienen mayores o menores discrepancias en lo que respecta a la crianza y la educación de los hij@s, pero se trata de cuestiones que deben ser conversadas en la intimidad de la pareja, trascenderlas al espacio de la familia extensa es permitir que otras personas opinen en áreas de vuestra vida que no sólo no son de su incumbencia, sino que además no genera ningún bien en la pareja, al contrario, la debilita y la separa.

Las mujeres, sobre todo cuando se encuentran en el postparto inmediato o en la crianza de criaturas que se encuentran en la primera infancia (de 0 a 3 años) necesitan sentir no sólo que sus parejas les apoyan, sino también que no les dejan solas delante de la intromisión de algún miembro de la familia extensa en asuntos referentes a la crianza de los hij@s, necesitan que sean sus hombres los que pongan límites claros y protejan la relación o el vínculo madre-bebé, en caso de tener un niño menor de 2 años, o que sea él quien plantee, con voz fuerte y clara, que las decisiones de crianza de los hij@s no son un tema a debatir, en caso de niñ@s más mayores.

Pero esto es algo que también se ha de aprender a hacer, al principio no suele ser fácil, principalmente porque todos son novatos y están aprendiendo a ser madres, padres o abuel@s. La pareja ha de conversar, sin presuponer, sin dar cosas por sentado, y han de poder llegar a acuerdos explícitos y concretos que ambos deben respetar de cara a los encuentros familiares. No se trata de ceder para que “ella (o él) esté content@” o para “no tener que escuchar las quejas de mi suegra”, sino realmente de llegar a acuerdos honestos con los que los dos podáis estar satisfechos. Esto implica muchos momentos de conversación, de retomar el tema, de intentar verlo desde los zapatos del compañer@, de entender como son las dinámicas familiares de cada una de nuestras familias de origen, las tradiciones que tienen y porqué se mantienen, la manera en que en cada una de las familia se expresa el afecto o la emotividad de estas fechas, etc. Si lo conseguís os aseguro que negociar los encuentros familiares y/o la cantidad y calidad de los obsequios para los hij@s será mucho más llevadero y no traerá tanto malestar de fondo.

 

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Desde que soy psicóloga, y más aún, desde que comencé a trabajar en clínica y psicoterapia, me ha sorprendido la facilidad con la que algunas personas califican de normales comportamientos o síntomas que expresan un malestar psicológico ulterior.

Desde el corpus del conocimiento clínico y el saber de la experiencia, las racionalizaciones y otros mecanismos de defensa son comprensibles y previsibles: a la mayoría de las personas no les gusta sentirse cuestionadas en su “normalidad”, el malestar y los síntomas (propios o ajenos) siempre están diciendo algo del sujeto que muchas veces no queremos escuchar, bien porque cueste asumir algunas fallas o carencias, bien porque cuestionan nuestra manera de llevar la vida o nuestras relaciones más íntimas, o también.. por muchos otros motivos.

No obstante, desde que empecé a trabajar en el ámbito de la Maternidad y la Crianza, he ido encontrándome con supuestas “normalidades” que a veces alcanzan envergaduras escandalosas y alarmantes. No sólo porque el discurso normalizante suele darse, sorprendentemente, tanto en legos en disciplinas sanitarias como en el colectivo médico o socioeducativo (ya hablaremos de ello), sino también –y esto es lo realmente grave– porque dicho discurso lanza a las mujeres embarazadas, puérperas o que están criando, por un despeñadero sobre una bicicleta que aún no han aprendido a montar. El resultado, tristemente, es que las madres acaban apañándose como pueden: algunas logran transitar ese despeñadero sorteando los obstáculos sin mucho más que un moretón o una rascada; otras van dando tumbos y llegan bastante más magulladas y con heridas que se convertirán en cicatrices de por vida; en cambio, las menos afortunadas, bajarán a medio camino y se quedarán detenidas, sin poder ni saber cómo moverse, esperando a que pase algo que las saque de ahí pero por otros medios, como es el caso de la depresión postparto, por ejemplo.

Visto así es una situación muy desoladora…

L@s profesionales de salud que están en contacto con estas mujeres durante este período sensible son, en gran medida, l@s responsables de que esta situación se mantenga así, ya que son el principal referente y productor del discurso normalizante, respaldando sus palabras en el supuesto saber que les otorga su profesión, e incluso algun@s lo hacen sin cuestionarse si están debidamente formad@s o no para dar una respuesta que más bien corresponde a la psicología sanitaria o clínica. De este modo, me he encontrado, tanto en la consulta como en diversos foros y grupos virtuales en los que participo, con infinidad de madres cuyos médicos de cabecera, comadronas, ginecólog@s, enfermeras pediátricas, pediatras o educadores de sus hij@s, han desestimado con bastante ligereza alguna queja, malestar, síntoma, comportamiento, emoción, etc. –que alude a un sufrimiento psíquico o a un malestar emocional que pone en situación de riesgo y vulnerabilidad a alguna mujer–, diagnosticando aquello como “NORMAL”.

Dicho esto, quiero hacer algunas aclaratorias sobre las supuestas “normalidades” que una puede encontrarse durante el embarazo, el puerperio o la crianza:

  • NO es normal sentirte muy triste, angustiada, con miedos o con altibajos emocionales que te dificulten llevar tu día a día durante el embarazo. Si esto te está sucediendo es una alarma de que psicológicamente la gestación te pueda estar afectando de ciertas maneras que valdría la pena revisar, según tu historia personal. Las hormonas presentes durante el embarazo pueden generar cierta labilidad afectiva en la mujer, pero ésta no tendría que acabar en un abanico de síntomas emocionales.
  • NO es normal sentir mucho miedo, temor, aprehensión o ansiedad ante la inminencia del parto. El parto es un momento muy intenso y, sobretodo, si es la primera vez que se vive puede generar un poco de temor o ansiedad debido a la incertidumbre de una situación vital muy importante y completamente novedosa pero, si lo que estás sintiendo va un poco más allá, es posible que se estén expresando las emociones de otras vivencias pasadas mal elaboradas.
  • NO es normal que te sientas triste, decepcionada, culpable o con ganas de llorar constantes después del parto; puede que sea algo habitual, pero si te pasa es una alarma de que no estás recibiendo el cuidado o el apoyo necesario, y que te estás sintiendo sobrecargada o abrumada con los cuidados del bebé. En este caso se ha de buscar ayuda o apoyos efectivos, amorosos y fiables, así como también la compañía de otras mujeres puérperas. Y si aún así, el malestar continúa o va a más, es imprescindible visitarse con un psicólog@ perinatal.
  • NO es normal que te sientas mal por el parto que tuviste. El parto es una de las vivencias más intensas por la que pasamos las mujeres. Es una vivencia que queda grabada con fuego en nuestra memoria, siendo capaces de evocarla con detalles muchísimos años después. Si el recuerdo de tu parto está lleno de sentimientos de inadecuación, vergüenza, miedo, rabia o dolor injustificado, es posible que hayas sufrido un parto no respetado y que, por lo tanto, sea algo que debas sanar a su debido momento. Si después de un parto tienes dificultades para retomar la sexualidad o sientes temor a volver a quedar embarazada por la posibilidad de vivir otro similar, es posible que haya sido una experiencia traumática que debas elaborar con la ayuda psicológica adecuada.
  • NO es normal que te sientas sola durante la crianza de tu hij@. Hay muchos cuestiones, aspectos y sutilezas del postparto y la crianza que nadie nos cuenta. Criar niñ@s en la sociedad actual donde las relaciones sociales están diluidas, las familias extensas son casi inexistentes, hay una gran ausencia de tribu que hace que una se acabe encerrando entre las cuatro paredes de su casa, no solamente es difícil, sino que es una fuente de muchísimo malestar y sufrimiento para las madres. Si te sientes sola, ¡busca tribu! Busca espacios de encuentros con otras madres y otros niñ@s, pide ayuda para que puedas tener momentos para ti y recargar energías, y si aún así los sentimientos de soledad, malestar o agobio no cesan, busca ayuda especializada.
  •  NO es normal que te sientas agobiada, extenuada, sin ánimos de nada, sin saber hacia dónde quieres ir o qué quieres hacer, sin poder conectarte con lo que disfrutabas o hacías antes de ser madre. Si tienes esta sensación, si no reconoces la persona que eres, o te cuesta recordar la que eras antes, nuevamente, es porque vas muy sobrecargada y te encuentras solas y es un indicador de que necesitas tiempo/espacio para reflexionar, reencontrarte contigo como mujer y “rehacerte” después de la exigente tarea de la primera crianza. La maternidad hace que tengamos que dejar de lado muchas facetas de nuestra vida que antes disfrutábamos, y aunque en el momento lo hagas gustosas, al cabo de un tiempo se hace necesario recobrar un espacio adulto de individualidad que te permita reconectar con estas partes de ti que también requieren de tu atención y que son necesarias para tu crecimiento como individuo.
  • NO es normal que las parejas se distancien emocionalmente durante la crianza. Lamentablemente es muy habitual, pero eso no lo hace normal. Una pareja debería tener la suficiente solidez, madurez y comunicación como para poder ser fuente de apoyo y ayuda mutua en el momento en que la prioridad es la díada madre-bebé. Un padre o madre no gestante debería poder brindar apoyo a su compañera sin reproches de por medio, y una madre debería poder hacer peticiones claras de ayuda sin sentirse culpable. (Si quieres leer más sobre este asunto, puedes pichar aquí).

Esta lista podría ser mucho más larga. En todo caso, lo que finalmente quiero transmitir es que cualquier sufrimiento emocional o malestar psicológico durante el período de embarazo, postparto y crianza, no solamente NO ES NORMAL, sino que requiere de un acompañamiento especializado y amoroso hacia la madre que lo padece. No sólo porque está en juego la salud emocional de la madre, sino porque es necesario un bienestar mínimo para poder establecer un vínculo sano y adecuado con el bebé y poder tener la entereza psíquica que las demandas de un recién nacido o un niñ@ pequeñ@ ameritan.

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Una de las cuestiones que más se trastoca en las parejas cuando tienen uno o más hij@s son las muestras de afecto y las relaciones sexuales –¡casi nada!-. Ingenuamente, antes de ser p(m)adres, posiblemente pensabas que sí, que cambiaría un poco, que a lo mejor los primeros 2 meses no apetecería, ya sabes, el cansancio, la cuarentena… , pero que una vez que el bebé durmiera del tirón las cosas irían volviendo a su sitio, retomaríais el ritmo poco a poco, y a los 6 meses ya lo estaríais haciendo 2 veces por semana… ¡Qué! ¡A que aún te estas riendo!

Pues sí, se trata de reír por no llorar, pero la “verdad verdadera” es que la relación erótica (y me refiero a relación en su espectro más amplío: comunicación y vínculo) cambia radicalmente desde el momento en que tenemos nuestr@ primer hij@.

Iván Rotella, vicepresidente de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual, en una entrevista realizada por La Voz de Asturias, usó una imagen que me gusta mucho: “Tener hijos es una decisión complicada y debe tomarse sopesando todos los pros y contras posibles. No es comprar otro coche o cambiar la decoración de la casa. Es incorporar otras personas a tu relación de pareja. Otras personas que al principio tienen una absoluta dependencia hacia a ti y que constantemente necesitan tu atención y pasarán muchos años hasta que eso pueda cambiar un poco.[1] Incorporar a otras personas en tu relación de pareja implica muchísimos ajustes y renegociaciones que ni tan sólo imaginábamos…

 La relación erótica en la pareja muta, y como nadie nos informó al respecto, es habitual que algunas parejas pasen por una crisis importante antes de recolocarse del todo. En este sentido hablo de algo mucho más allá de las relaciones sexuales (su calidad, duración y frecuencia), hablo de la expresión de la sensualidad y el erotismo en la pareja: ambos miembros, pues ya no son lo que eran, ni ocupan exactamente el mismo lugar en el Otro, deberán reaprender a relacionarse y a establecer nuevas dinámicas, en donde el juego, las muestras de afecto y la sensualidad necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (aunque parece que cada vez menos).

La experiencia clínica con madres puérperas y con parejas en proceso de crianza, me ha permitido diferenciar tres momentos en los que la pareja se ha de reajustar en muchas áreas y dinámicas: durante el primer año de las criaturas, durante la crianza de l@s niñ@s cuando son pequeñ@s, y durante la crianza de l@s hij@s adolescentes. En este post sólo hablaremos del primer momento, del segundo y del tercero lo haremos en los siguientes.

El primer año de postparto.

La mayoría de los estudios sobre sexualidad en el postparto, a parte de ser escasos, cuantitativos y con una muestra poco representativa, se enfocan en las primeras 8 semanas del postparto cuando, en realidad, el postparto va mucho más allá del final de la cuarentena. En un estudio que encontré recientemente por Internet me topé con datos que cuestan mucho creer. Según la autora, “entre la sexta y la octava semana después del parto, entre el 40 y el 60% de las parejas han tenido su primera relación coital, lo que aumenta al 80% de las mujeres en la duodécima semana de postparto”[2]… ¿Qué mujeres son estás? ¿A los dos meses de haber parido? ¿En serio?… La investigación no dice con cuantas mujeres contó, pero sospecho que fueron muy, muy pocas y muy, muy atípicas…

La “verdad verdadera” es que el primer año del nacimiento de una criatura no suele ser un año muy sexual. Y la recuperación del deseo en las mujeres se verá afectada por una multitud de variables: la primera y más importante es lo “indemne” que haya podido salir del paritorio. La vivencia del parto afecta de manera muy profunda y prolongada la sexualidad en el futuro, tanto en las mujeres, ¡como en los hombres!.

En lo que respecta a las mujeres, aquellas que han tenido una vivencia positiva y respetada del parto tienen menos dificultades a la hora de retomar la sexualidad, que las que tuvieron una experiencia de parto irrespetado y doloroso, cuya consecuencia física, por ejemplo, es una episiotomía con una cicatriz tivante, o una cesárea de la cual recuperarse. Evidentemente este grupo de mujeres tienen que asumir no sólo una recuperación física, sino también, y sobre todo, una recuperación psicológica. De hecho muchas mujeres que han tenido un parto difícil o muy medicalizado, pueden llegar a sufrir algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático que puede degenerar en problemas de lubricación, vaginismo, dispareunia, miedo a la penetración o a un nuevo embarazo.

En cuanto a los hombres, hay un aspecto que ha sido muy banalizado últimamente, y sobre el cual consigo pocas reflexiones, y éste tiene que ver con las consecuencias que puede tener el hecho de que actualmente algunos hombres están acompañando a sus mujeres durante todo el proceso de parto.

Antiguamente –y en las comunidades tribales sigue siendo de esta manera–, el parto era una “cosa de mujeres”, el hombre solía esperar en otra habitación o rodeado de otros hombres. Son imágenes que hemos visto en muchísimas películas. Con la medicalización del parto también se dio la masculinización del parto. Es decir, el hombre comenzó a inmiscuirse en un terreno que era fundamentalmente femenino. Esto ha degenerado en los partos modernos que vivimos actualmente: medicalizados, intervencionistas y sin ningún sentido de la intimidad; pero es que además, ha llevado también a que el padre de la criatura pueda ser testigo de primera línea del nacimiento de sus hij@s. ¿Y que cuál es el problema? Suponemos que si queremos tener un compañero comprometido con todos los aspectos de la crianza de nuestr@s hij@s es lógico pensar que este compromiso comienza desde el mismo momento del nacimiento, ¿no?

Si y no. No es lo mismo el hombre que está en el paritorio en calidad de acompañante de su mujer con la intención de darle apoyo físico y emocional y ser una fuente de protección y de compañía, que el que entra para “presenciar en primera fila” (y en algunos casos, hasta grabar) el nacimiento de su hijo.

En una conferencia a la que asistí hace tiempo, Michel Odent dijo que los hombres no tienen nada que hacer en los paritorios. Hay aspectos de la sexualidad femenina que deberían seguir estando velados a lo masculino. No es inusual que algunos hombres que han presenciado el momento del parto desarrollen una amistad muy potente con la madre de su hij@, pero también que pierdan la libido y el deseo sexual hacia su mujer como mujer. Ver la zona que hasta ahora había sido protagonista del placer sexual abrirse, expandirse y permitir la salida del propi@ hij@, psicológicamente tiene connotaciones y resignificaciones en los hombres que no deben ser minimizadas. No es poca cosa lo que ven, siendo quienes son, amantes, y retomar nuevamente esta zona sólo como un espacio de placer y disfrute algunas veces puede ser complicado.

Ahora bien… supongamos que hemos superado el paritorio, llegamos a casa con la lactancia, las preocupaciones por el bebé, la recuperación física tras el embarazo y el parto, la falta de sueño, el cansancio, los cólicos, nuestras angustias… y comienza lo que para much@s (sobre todo para algunos hombres) puede definirse como el desierto del posparto. Pasan los días, las semanas, los meses y las cosas no vuelven a ser como antes… La realidad es que (y evidentemente aquí hay muchísimas diferencias) la mayoría de las parejas retoman las relaciones sexuales en algún momento alrededor de los 6 meses (un poco antes o incluso bastantes meses después), hay quienes lo hacen cuando la criatura está alrededor del año y bueno… aquello de 2 o 3 veces a la semana quizás no ocurra durante muchos años (sobretodo si por el camino tenemos más hij@s y volvemos a la casilla #1)

Un elemento del que no podemos olvidarnos es que la lactancia es un aspecto más de la sexualidad femenina. Durante los primeros 6 meses del bebé la producción de prolactina puede inhibir el deseo sexual femenino, además de que las madres solemos estar llenas de amor y dedicación hacia nuestra criatura, con lo cual hay poco espacio psíquico para otro tipo de intereses, preocupaciones y ocupaciones, que no sea la de madre-bebé (y aquí el por qué las mujeres que no dan el pecho y no producen prolactina tampoco tienen ganas de tener relaciones sexuales durante los primeros meses).

El momento en que cada mujer retoma las relaciones sexuales con su compañer@ va a depender, principalmente, de un compendio de factores psicológicos en su nuevo estado de maternidad: lo segura o preocupada que se sienta con respecto a la criatura (incluso cuando ya es más mayor), el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y/o física de las tareas del hogar, las preocupaciones económicas y/o laborales, la relación (y la consecuente atracción o rechazo) con su propio cuerpo tras el parto, la relación con su nuevo rol de madre lactante y las implicaciones eróticas que conlleva (que a muchas genera incomodidad y/o rechazo), la cantidad de gratificación y satisfacción amorosa –que en algunas llega al arrobamiento–, que obtengan con su bebé, lo sola o acompañada que se encuentre, la validación que como madre haya podido recibir, pero, principalmente, va a depender de cómo percibe que ha sido o está siendo el acompañamiento recibido por parte de su pareja: si la pareja ha estado implicada, ha sido comprensiv@, la ha apoyado emocionalmente, ha resultado ser un soporte real en los momentos de angustia, le ha brindado los cuidados y el afecto que ha necesitado, la ha acompañado y no se ha apresurado a volver a su vida de antes, hay muchas más probabilidades de que a la mujer se le encienda el deseo por su pareja cuando ella se sienta preparada, que no si el panorama ha sido otro. Son muchas las mujeres que, llegado un momento en el postparto, están ya preparadas a retomar las relaciones sexuales pero a su vez, sienten tanto enfado por el poco apoyo que han recibido de sus parejas que, hasta que no se habla de ello y hay un reconocimiento de este malestar por parte del Otro, el encuentro se atrasa.

De hecho, es habitual que algunas mujeres rechacen las expresiones de afecto de sus compañer@s debido al temor de que si se muestran receptivas quizás su pareja reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones. Esto, sumado al día a día del postparto, genera distanciamiento afectivo entre la pareja y reproches que seguramente saltarán en discusiones en el futuro. Lo cual lleva a lo más anti-erótico que existe: resentimiento, aversión, hartazgo, o incluso odio.

También se ha de tener en cuenta algo muy básico pero natural: el actual atractivo físico y de carácter de la pareja. Y es que por los motivos que sea, muchos hombres al convertirse en padres, se dejan y esto, también genera un efecto negativo.

En todo caso, necesitamos tiempo. Laura Gutman nos dice que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente necesitan tiempo. Yo agrego que nuestro bebé y nuestro deseo, también. Conozco a poquísimas mujeres que tuvieran ganas de tener sexo después de la cuarentena, la mayoría ni se lo plantean (independientemente de que se hayan recuperado bien del parto), estamos tan centradas en la díada mamá-bebé que nuestro marido (como hombre) se torna invisible. Y si no mantenemos una buena comunicación con nuestra pareja en la que nos sintamos libres de expresar nuestros miedos y temores, se está colocando el escenario del distanciamiento. Él puede sentirse rechazado o pensar que ahora sólo nos llena la presencia del bebé. No podemos olvidar que después de que nace el bebé, la vida del padre no cambia tanto como la nuestra. Normalmente mantiene el mismo trabajo y su cuerpo no ha cambiado, tanto. Hay más continuidad. Es comprensible que un padre pueda ver las relaciones sexuales como una reafirmación de su anterior relación de pareja. Puede sentirse cansado y desorientado y desear el consuelo y el placer que encuentra en el sexo. Todo esto hay que hablarlo, aunque el bebé de pocos momentos para ello, se han de aprovechar al máximo y agotarlos.

Cada uno necesita algo diferente. ¿Y qué se puede hacer? Hacer un ejercicio de honestidad con nosotras misas es lo primero, asumirlo y conversarlo para poder llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos. En este sentido hemos de ser abiert@s y flexibles, si nuestro compañero necesita descargar energía sexual porque no puede sublimarla, o está muy tenso, pactar recurrir al recurso de la masturbación sin que suponga un conflicto para la pareja, podría ser una opción. Cada pareja ha de encontrar su fórmula y para esto, mientras más abierta y honestamente hablemos de sexualidad con nuestra parejas (de la propia, la suya y la conjunta, que son tres cosas distintas) más números tenemos de que sea algo que pueda volver con mucha más intensidad y con una mayor sensación de unión a la vida de la pareja.

De momento, si te encuentras transitando el desierto del postparto y te apetece empezar a hacer algo al respecto –asumiendo que no hay reproches ni malestares guardados hacia la pareja que dificulten asumir con agrado cualquier iniciativa­–, se puede comenzar a estimular el deseo y la apetencia sexual aceptando un acercamiento progresivo y una normalización gradual de la sexualidad, sin tener mayores expectativas ni ser exigente. Hay que buscar condiciones que faciliten el deseo, sobre todo en la mujer, por ejemplo proporcionando momentos de descanso y momentos y espacios de intimidad afectiva entre la pareja, en donde se pueda conversar sobre el sexo, sobre nuestros deseos, fantasías, anhelos, temores, dificultades, aprendiendo o redescubriendo que existen muchísimas maneras de disfrutar y sentir placer con el otro y que la genital es sólo una de ellas.

Si te ha interesado este post, quizas también te interese “Ya no somos lo que fuimos”. Cuando ser p(m)adres genera fracturas en la pareja o también, Aspectos Emocionales del Posparto.

[1] Iván Rotella. ¿Se pueden evitar las rupturas de pareja? La Voz de Asturias. 28/05/2016. Las negritas son mías

[2] González Roble, L. (2016). La Sexualidad Femenina en el Postparto. Una Investigación Cualitativa desde la Teoría Fundamentada. Universidad de Cantabria, disponible en https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/8559/GonzalezRoblesL.pdf?sequence=1.