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Iliana Paris

Desde hace algunos meses hay una serie de noticias que aparecen de manera recurrente en distintos medios de comunicación: se ha incrementado el consumo de pornografía en los y las adolescentes; estos contenidos están siendo vistos a edades cada vez más tempranas; y esta situación reclama la necesidad de una intervención a nivel educativo.

Según un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de las Islas Baleares[1], a los 8 años muchos niños y niñas ya se topan, de una u otra manera, con la pornografía por primera vez; un 25% de ellos lo hace a los 13 años, y con 14 más de la mitad de los chavales ya son consumidores habituales. Este fenómeno se ve facilitado tanto por la gratuidad del contenido pornográfico, como por el fácil acceso al mismo. Según datos del INE, a los 10 años el 26,25% de los niños y niñas españoles/as disponen de un Smartphone, a los 12 un 75,1%, y a los 14 un 91,2%.

Los especialistas en el tema son categóricos al respecto: a falta de una educación afectivo/sexual, tanto en el ámbito familiar como en el escolar, la pornografía se ha convertido en la herramienta a través de la cual los y las adolescentes reciben hoy día su “educación sexual”, ycomo era previsible también se ha convertido en una fuente de confusión y distorsión en las relaciones entre ellos/as, así como ensus primeras aproximaciones y experiencias sexuales.“El porno puede confundir a los niños sobre cómo el sexo conecta con la sensualidad y las relaciones. Puede ser perjudicial porque separa el sexo de las emociones. La mayoría del porno no enseña a los chicos y chicas cómo comunicar sus sentimientos, y crea unas expectativas irreales sobre cómo deben ser, vestir y actuar.”[2]

Una de las principales dificultades es que los niños al iniciarse tan jóvenes en el mundo de la pornografía no son capaces de verla como ficción, creen que lo que sucede allí no solamente es real sino que también es lo que toca hacer, es su referente. Antes las parejas llegaban al sexo con pocas y vagas ideas, cosas que habían oído de algún amigo/a, algún vídeo visto a hurtadillas, pero principalmente con lo que cada uno/a, a partir de sus propias vivencias, se imaginaba al respecto. Ahora, los y las jóvenes poseen un arsenal de imágenes e ideas erróneas que hacen que las primeras experiencias tengan altas probabilidades de ser más que frustrantes, traumáticas.

Los especialistas también coinciden en otro punto: la industria pornográfica no cambiará, y los controles parentales en los dispositivos sirven sólo por un tiempo muy limitado; con lo cual, la clave está en empezar a hablar no sólo de sexualidad sino también de pornografía con los chicos y las chicas. Algunas comunidades autónomas de España, como Asturias y Navarra, están llevando a cabo experiencias interesantes en la materia, pero aún queda mucho por hacer, sobre todo porque la limitación más grande la tenemos nosotros/as mismos, los adultos: madres, padres y educadores que recibimos poca o ningún tipo de educación afectivo/sexual, que crecimos y fuimos haciendo lo que buenamente pudimos, atesorando buenas y malas experiencias, y que encima ahora se nos dice que debemos hablar de sexo, ¡y de porno!, con nuestros hijos e hijas.

A muchos hombres y mujeres, les cuesta hablar, y más si es seriamente, sobre la sexualidad y de su sexualidad. Y éste es un asunto que frecuentemente me encuentro en la consulta: no me refiero a la actividad sexual en sí, que también, sino a la sexualidad vista de una manera más amplia, todo aquello que envuelve al placer, la erótica, la excitación, el deseo y las relaciones interpersonales. Aún hoy en día, por ejemplo, muchas mujeres viven con un gran desconocimiento sobre su propio cuerpo y su placer, y pocas se atreven a nombrar, sin inhibiciones o vergüenzas, sus deseos y fantasías. Saben que es algo que les limita en sus relaciones de pareja, a muchos niveles, pero les cuesta mucho desembarazarse del peso de una educación marcada por el tabú, la censura, el silencio y el mandato de que las mujeres están para servir y que no deberían gozar.  Al mismo tiempo, a muchos hombres les cuesta desvincular el afecto del intercambio sexual, y cuando éste último no puede darse por circunstancias vitales (como por ejemplo en el postparto) se sienten rechazados, incluso no queridos, y reclaman su cuota de atención de manera infantil. Tampoco se han permitido explorar la sexualidad más allá del contacto genital, lo cual muchas veces conlleva la percepción y significación de la mujer como objeto. Y además la particular forma femenina de gozar es algo desconocido para la mayoría de ellos.

Evidentemente, con esta mochila a cuestas es muy difícil hablar de sexualidad con los hijos e hijas. ¿Y qué se puede hacer? Se puede empezar por desaprender y reaprender nosotros/as mismos/as. La ganancia será doble, por un lado, estaremos abriendo nuevos caminos que nos podrán permitir replantearnos nuestra manera de relacionarnos y de disfrutar, y por otro seremos más capaces de poder acompañar a nuestros/as hijos/as en su propio camino. No se puede acompañar más allá de donde se ha ido.

Uno de elementos que debemos desaprender es el reduccionismo que hacemos de lo que significa la palabra “sexual”. Cuando se habla de educación sexual la mayoría de los adultos relacionamos sexual con coital, pero no es así, se trata de la educación de los sexos, de lo que significa ser hombre y ser mujer, de saber cuidarse y expresarse, de aprender a entenderse, encontrarse, respetarse y relacionarse teniendo como puntos de partida la libertad, la autonomía del propio cuerpo y la equidad entre hombres y mujeres. Es educar en los afectos teniendo en cuenta al deseo como motor. Esta educación debe darse desde el principio, allí donde se inicia la educación de todo lo demás, y debe ir creciendo junto con los/as hijos/as. Si esperamos a la adolescencia para iniciar este camino llegaremos tarde, y si no cuestionamos nuestras propias creencias, tabúes, y confrontamos nuestras inhibiciones, vergüenzas u otras dificultades, llegaremos a medias: podremos ser capaces de informar, de compartir lecturas educativas o de responder a preguntas, pero los hijos, como mínimo, notarán el titubeo, la incomodidad o la angustia.

Y sí, parte de esta educación implica, a su debido tiempo, hablar también de la pornografía como lo que es: una ficción que busca vender y que se parece poco a lo que son las relaciones interpersonales verdaderas. Si enseñamos a nuestros/as hijos/as a cuestionar aquello que ven, pero no desde falsas moralinas sino desde una educación basada en el respeto y la equidad, que tengan o no acceso al porno dejará de ser un gran problema.


[1] Ballester, L.; Orte C. y Pozo R.  Nueva Pornografía y cambios en las relaciones interpersonales entre adolescentes y jóvenes. Abril/2019. https://www.researchgate.net/publication/332423069_Nueva_pornografia_y_cambios_en_las_relaciones_interpersonales_de_adolescentes_y_jovenes

[2] Lust, E. y Dobner P. The Porn Conversation. “Guía para padres de niños entre 9 y 11 años”. Abril/2017. http://thepornconversation.org/#edTools

Un año más, en víspera de celebrar el conocido Día de la Madre, vengo aquí a hablarles de otro día no tan conocido, el Día Mundial de la Salud Mental Materna, que se celebra cada año el primer miércoles de mayo. #SaludMentalMaternaImporta #MaternalMentalHealthMatters

¿Y de qué va el Día Mundial de la Salud Mental Materna?

Se trata de una campaña impulsada por diversas organizaciones, a nivel global, que busca generar una toma de conciencia en la sociedad sobre el sufrimiento psicológico y emocional que pueden llegar a padecer las madres y mujeres embarazadas.

Cualquier mujer, independientemente de su edad, nivel socioeconómico, educativo o cultural, puede desarrollar un trastorno mental durante el embarazo o el postparto. Una de cada 5 mujeres, a nivel mundial, sufre de algún trastorno psicológico durante el período perinatal; hablamos de depresión o ansiedad perinatal, trastorno de estrés postraumático como consecuencia del parto, trastorno obsesivo compulsivo, y, en menor medida, psicosis postparto. La mayoría de estas mujeres (el 75%) no son diagnosticadas ni reciben ningún tipo de tratamiento. Estos trastornos, además de afectar directamente sobre la salud mental de la madre, tienen un gran impacto en el establecimiento del vínculo temprano con el bebé y en el resto de las relaciones significativas de la mujer.

Existen otras situaciones que también pueden afectar la salud mental de las madres. Tener un bebé prematuro, o tenerlo mucho tiempo ingresado, por ejemplo. Sufrir un aborto o una muerte perinatal puede generar grandes montos de sufrimiento psíquico, síntomas depresivos y/o síntomas de estrés postraumáticos. Vivir en condiciones adversas (pobreza, problemas laborales, familiares, migración, violencia, etc.) durante el embarazo o la crianza, son factores de riesgo de desarrollo de un trastorno mental en ese período. Las  mujeres que han tenido experiencias como éstas, en su mayoría, tampoco reciben una atención psicológica especializada ni un reconocimiento de su malestar por parte del entorno.

Si una madre no está bien, su bebé no está bien.

Parece una frase obvia, típica, trillada, pero en la práctica es constante y consistentemente olvidada. Aún hoy hay muchas mujeres que soportan un gran monto de malestar y sufrimiento psicológico sintiéndose culpables de ello porque “lo tienen todo”, porque “tienen un bebé saludable”, porque “ser madre era lo que más querían en el mundo”, etc. De igual forma, no paran de recibir comentarios bienintencionados del tipo: “ya verás como se te pasa”, “no pienses en estas cosas”, “son las hormonas”, “tienes que poner de tu parte” … Esto sin mencionar aquellas que intentan buscar ayuda y no encuentran profesionales sanitarios sensibles, empáticos, o debidamente formados, que estén dispuestos o puedan ayudarlas.

El sufrimiento psicológico en la etapa perinatal no se va solo.El tiempo no lo cura todo. Las mujeres que pasan por alguno de estos trastornos necesitan ayuda especializada para salir de ello, necesitan espacios grupales donde relacionarse con otras madres que también estén criando, y necesitan de todo el apoyo que se les pueda dar a nivel familiar y social, para garantizar su mejoría. No olvidemos que la principal causa de muerte materna durante el primer año de postparto es el suicidio.

Si una madre no está bien, no está en las mejores condiciones para maternar a su bebé, para establecer un vínculo fuerte que le permita a la criatura desarrollar un apego seguro, para libidinizarlo y llenarlo de amor, atender a esa madre es atender a también a su bebé, a sus otros/as hermanos/as, y a su padre, porque si una madre no está bien nadie en su casa puede estarlo o, al menos, no del todo. En este sentido, hay numerosas investigaciones que comienzan a mostrar que las parejas de las mujeres que sufren depresión postparto, por ejemplo, tienen 50% más probabilidades de padecer también una depresión, o que las parejas de las mujeres que han sufrido un parto traumático, también arrastran una gran cantidad de malestar, que se traducen en síntomas psicológicos que afectan al sistema familiar, o que la psicosis postparto en las madres genera secuelas en sus parejas que asimismo precisan ser atendidas. El objetivo necesariamente ha de ampliarse, las madres han de ser miradas, apoyadas, atendidas… y los padres también.

¿Y qué significa cuidar de las madres? 

Las madres necesitan ser cuidadas de muchas maneras. Una de ellas es generando espacios seguros en los que puedan compartir y hablar de su malestar, visibilizando que hay trastornos que pueden afectar durante el período perinatal y que no son sinónimo de debilidad, ni de ser malas madres; y desmontando mitos socialmente enraizados desde hace muchos años, como el de la maternidad como fuente de realización y felicidad constante, o el de la madre abnegada que aguanta estoicamente y puede lidiar con lo que sea que le venga.

“Sabemos que la falta de tratamiento tiene consecuencias a corto y largo plazo, tanto para la madre como para el recién nacido, que a veces pueden ser trágicas. Sin la detección, comprensión, cuidado, apoyo y tratamiento, el impacto de estas enfermedades puede ser devastador en las mujeres afectadas, en sus parejas y en sus familias.” 

Por este motivo debe convertirse en una prioridad la formación y sensibilización de profesionales en esta área, la inclusión de la evaluación y atención a la salud mental en los protocolos de seguimiento de embarazo y postparto, y la creación de más Unidades Madre-Bebé para una adecuada intervención hospitalaria, en caso de ser necesaria (en Catalunya actualmente contamos con una en el Hospital Clínic de Barcelona, pionera en toda España). De la misma manera, es necesario seguir luchando contra el estigma, no solo en el ámbito sanitario sino también a nivel social, para mejorar el reconocimiento y la detección de los trastornos mentales perinatales.

Las mujeres necesitan, y se merecen, estar bien para gestar y criar. El bienestar psicológico y emocional de las madres es fundamental para el sano desarrollo y crecimiento de lxs hijxs. Cuidar de la salud mental de las madres es la mejor inversión y prevención que se puede realizar: es mejorar la salud de la sociedad en el presente y para el futuro.

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Muchísimas mujeres a lo largo de alguno de sus embarazos se han preguntado si su bebé es capaz de sentir o percibir de alguna manera sus estados emocionales. Generalmente se trata de una pregunta que nos hacemos cuando sentimos alguna emoción displacentera como disgusto, enfado, tristeza o angustia.

Sí, el bebé en el útero siente. Pero ¿qué siente?

Al igual que en otros momentos de la vida, durante el embarazo las mujeres pueden sentir emociones placenteras o displacenteras. Las primeras conllevan expansión y las segundas contracción. El bebé intrauterino es capaz de experimentar las emociones maternas desde este contexto, sintiendo el útero expandido y relajado, o contraído y tenso, es decir, el bebé cuando está en el útero se encuentra en el espacio adecuado para su desarrollo, siempre y cuando la madre y el músculo uterino no estén en una situación crónica de estrés o de miedo.[1]

Por otro lado, algunas emociones producen neurohormonas que, a dosis muy elevadas traspasan la barrera placentaria afectando al bebé, positiva o negativamente , según sea el caso. Por ejemplo, si tenemos momentos de felicidad o de placer extremos y segregamos oxitocina, ésta llega al bebé generando un efecto beneficioso, de la misma manera, si estamos pasando por una situación angustiante o de mucha tensión generamos cortisol, que también llega al bebé pero, en este caso, afectándole de una manera negativa.  De hecho, existen muchos estudios que han correlacionado el riesgo de parto prematuro, el bajo peso al nacer, o el estancamiento del crecimiento intrauterino, con trastornos ansiosos o depresivos no tratados durante el embarazo.

Es importante recalcar que las emociones no son negativas en sí mismas, ni para la madre, ni para el bebé, salvo si se cronifican. Pongamos el ejemplo más común: el estrés. Estar estresada de tanto en tanto durante el embarazo no tiene consecuencias perniciosas, vivir alguna situación estresante o dolorosa en un período del embarazo no tiene porqué tener consecuencias, si la mujer puede ir y venir de este malestar. En cambio, si ese estrés se cronifica sí que puede generar consecuencias en el desarrollo del bebé y del embarazo.

Existen circunstancias psicosociales que pueden aumentar la sensación de malestar psicológico durante el embarazo ya que pueden convertirse en detonadores potenciales de áreas vulnerables ocultas en mujeres médica y psicológicamente sanas. Si alguna de estas situaciones generan inquietud, angustia, o tristeza, de una manera un poco más persistente, se debería buscar algún tipo de ayuda para elaborarlas durante la gestación. ¿De qué situaciones estamos hablando?

  • Dificultades o inestabilidad en la relación de pareja. Es uno factor de riesgo para sufrir depresión durante el embarazo o el postparto. Si la relación de pareja no está bien, o no te sientes lo suficientemente apoyada por él o ella durante el embarazo, es recomendable hablarlo y, si hace falta, buscar ayuda profesional antes del nacimiento del bebé.
  • Pérdidas de personas cercanas durante el embarazo. Si sucede sería conveniente buscar acompañamiento psicológico especializado para trabajar en el proceso de duelo.
  • Condiciones laborales y/o económicas adversas. Estrés laboral: temor a sufrir mooving o a que su carrera se vea sancionada por la maternidad. Temor por la dificultad de lograr una conciliación familiar satisfactoria.
  • Madres Solteras. Principalmente en el caso en que no haya una red social y/o familiar que brinde soporte.
  • Mudanzas durante el último trimestre del embarazo. Las mudanzas suelen ser situaciones que tienen el potencial de movilizar aspectos emocionales, es preferible evitarlas durante el último trimestre del embarazo y el postparto inmediato.
  • El posible efecto Nocevo de los controles prenatales.[2] Se trata de uno de los estresores más potentes durante el primer y el tercer trimestre. Tal y como afirma Michel Odent, parece ser que muchos de los profesionales de la salud implicados en los cuidados prenatales no han entendido que uno de sus roles principales es proteger el estado emocional de las embarazadas. Así, la medicina defensiva a menudo suele alertar a las mujeres sobre posibles irregularidades en el desarrollo fetal, que al cabo de unas semanas ya no lo son, sembrando así la semilla de la angustia en mujeres que podrían haber llevado un embarazo tranquilo. Es vital contar con profesionales que nos den información actualizada basada en la evidencia, que no tengan actitudes condescendientes ni paternalistas, y que puedan escuchar nuestras preocupaciones más allá de realizar un control físico del embarazo.

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[1] Yolanda González Vara.( 2010). Amar sin Miedo a Malcriar. Barcelona: RBA Publicaciones.

[2] Michel Odent. “El posible efecto Nocebo del cuidado prenatal” https://www.holistika.net/parto-natural/parto-medicalizado/el-posible-efecto–nocebo–del-cuidado-prenatal.asp

Para muchas mujeres el embarazo es una de las etapas más enriquecedoras de su ciclo vital. La gestación suele ser un período placentero en el que es posible lograr una mayor maduración y crecimiento de sí misma. Sin embargo, para otras mujeres el embarazo puede ser una experiencia dolorosa y atemorizante por múltiples causas y/o situaciones desencadenantes que pueden ser tanto de origen orgánico, fisiológico, psicológico, social como cultural, y la manera como dicho malestar se exprese también variará dependiendo de la historia personal y los antecedentes obstétricos de cada mujer.

En este post describiré  algunos de los factores que la autora Raphael-Leff desarrolla:[1]

  • Embarazos conflictivos: dentro de la literatura, se consideran embarazos conflictivos a dos tipos específicos de embarazos, los embarazos prematuros, es decir cuando la mujer es demasiado joven como para haber deseado tener un bebé y asumir lo que ello implica. Y los embarazos no planificados, puesto que requieren nuevos e inesperados ajustes en los futuros pa/madres, comenzando por plantearse el deseo de continuar o no con el embarazo, lo cual implica por parte de la mujer un ejercicio reflexivo de si quiere, en ese momento, ser madre. Los embarazos no planificados pueden incluir dilemas morales y emocionales, sacrificios y ajustes económicos, interferencia con la carrera o los planes laborales, e inevitablemente requerirá cambios en el estilo de vida. Esto puede generar crisis en una relación frágil, separar a una pareja o, por el contrario, unirla aún más.
  • Embarazos difíciles de conseguir: en la literatura especializada se les llama “sobrevalorados” y hace referencia a las gestaciones de aquellas mujeres que han pasado por un proceso largo y con grandes esfuerzos para concebir: quienes han sufrido abortos recurrentes, embarazos ectópicos y/o muerte perinatal. Estos embarazos llevan una intensificación emocional muy elevada durante todo el proceso en el que la mujer siente que su habilidad para producir un bebé vivo y saludable se está poniendo a prueba por momentos. Muchas de estas mujeres sienten una grandísima necesidad de monitorear constantemente el embarazo como si la existencia del bebé dependiera de su vigilancia, cosa que debería trabajarse puesto que podría tener consecuencias en la relación con el bebé, una vez nacido.
  • Reproducción asistida: inseminaciones artificiales y fertilizaciones in Vitro. También podrían considerarse embarazos difíciles de conseguir, porque, en el caso de tratarse de una pareja heterosexual, muy probablemente ha conllevado un largo recorrido desde los intentos naturales por concebir, hasta el diagnóstico de la dificultad correspondiente y la decisión de comenzar el tratamiento. Suelen incluir tiempos de espera largos (tanto en parejas heterosexuales como en lesbianas) si se apuesta primero por los tratamientos que ofrece la sanidad pública, que pueden generar más expectativas. Además de esto, hay condiciones especiales en estos embarazos, primero porque llevan de manera inherente una grandísima carga emocional, aunado a un tratamiento hormonal invasivo al que las mujeres no permanecen inmunes emocionalmente, a la presión, al alto coste económico del mismo y a las expectativas familiares y/o sociales.
  • Víctimas de incesto y/o violación: los embarazos incestuosos son psicológicamente complejos en muchos niveles. Aparte de las preocupaciones por la normalidad del bebé y el futuro de la familia, es posible que la futura madre padezca una mezcla de sentimientos sobre el padre de la criatura y sobre el bebé, muchos de los cuales dependen del grado de implicación afectiva dentro de la relación. Por otro lado, las mujeres que han quedado embarazadas como consecuencia de una violación, y han decidido continuar con el embarazo, han de hacer un profundo trabajo de elaboración de lo sucedido que les permita diferenciar a la criatura del evento traumático y violento en el cual fue concebida; este trabajo es indispensable para lograr un vínculo sano con el bebé y poder atenuar la profunda ambivalencia que podría tener la madre respecto al mismo.
  • Víctimas de algún tipo de abuso sexual en la infancia: las mujeres que  recuerdan dicho abuso pueden temer y vivir con cierta ansiedad el cómo van a ser tratadas y “manipuladas” durante las exploraciones ginecológicas y el parto. Por otro lado, existen muchas mujeres que recuerdan el evento traumático en algún momento del embarazo posiblemente a partir de la percepción de los movimientos fetales. Dicho hallazgo suele ser abrumador, y requiere de un acompañamiento psicológico que les permita elaborar la vivencia, a ser posible antes del parto. Al mismo tiempo estas mujeres precisan de una delicadeza aún mayor por parte de los profesionales sanitarios, y de mucha intimidad y consentimiento previo a absolutamente todo, tanto en las visitas prenatales como en el momento del parto, de no ser así corren el riesgo de vivir el parto como una experiencia retraumatizante. Ahora bien, la mayoría de las veces las mujeres no cuentan a sus médicxs y/o comadronas que han tenido esta experiencia en la infancia, con lo cual la recomendación más adecuada es que se trate de esta manera a todas las mujeres que asisten a los controles prenatales y durante el parto que es, además, como se tendría que hacer, ¿no?
  • Violencia de Género. Las mujeres embarazadas que se encuentran dentro de una relación de pareja donde hay malos tratos son especialmente vulnerables y deberían tener una atención especial. Durante el embarazo los episodios de violencia suelen incrementarse, siendo el vientre (y el bebé que se encuentra dentro) una zona a atacar; esto puede generar partos prematuros, desprendimientos de placenta, muerte perinatal y muerte de la madre, esto sin mencionar además el coste emocional y psicológico que acarrea gestar en estas condiciones.
  • Madres que no cuentan con apoyos. Se trata de mujeres que se encuentran en cualquier situación de exclusión social, o riesgo, mujeres solas o aisladas o en situaciones de conflicto social extremo. Las extranjeras que no cuentan con una red social de apoyo o que poseen un estatus migratorio no regularizado también entran dentro de este riesgo.
  • Desorden Alimenticio. La mayoría de las mujeres embarazadas tienen cierta preocupación por los alimentos durante el embarazo, ésta puede expresarse a través de la inquietud por darle los nutrientes adecuados al bebé, el “comer por dos”, o por tratar de aliviar los síntomas de las nauseas o de la acidez. Las revisiones del embarazo también pueden generar una preocupación especial sobre esta cuestión al llevar de manera protocolaria un control de peso de la madre y de sus hábitos alimenticios. Con todo esto, las mujeres que han sufrido algún tipo de desorden de la alimentación son especialmente vulnerables. Hablamos de mujeres que hayan sufrido episodios de atracones, inducción del vómito, bulimia y anorexia nerviosa. El embarazo puede exacerbar o reactivar su obsesión con el control del peso, la silueta y/o los alimentos.
  • Algún tipo de trastorno o sufrimiento psiquiátrico. Las mujeres con historial previo de depresión, fobias, inhibiciones sociales, ansiedad, enfermedades psicosomáticas, entre otras, anteriores o durante el embarazo, deben contar con un acompañamiento psicológico y psiquiátrico especializado durante toda la fase del embarazo y buena parte del período postparto, sobre todo porque dependiendo de cuál haya sido el trastorno sufrido y de sus antecedentes familiares, tendrán mayores probabilidades de padecer psicosis puerperal o depresión postparto.
  • Mujeres con alguna discapacidad física. Un embarazo en un cuerpo discapacitado es una vivencia muy extrema, sobretodo cuando la discapacidad supone dolor crónico o afecta las posturas o el funcionamiento físico. Estas mujeres a menudo lidian con una presión psicosocial adicional en la medida en que se adaptan a las demandas normales de la gestación, en un momento en que la vulnerabilidad está exacerbada por la sensibilidad emocional del embarazo. A menudo suelen ser cuestionadas y/o juzgadas por médicos o familiares sobre su decisión de querer ser madres, encontrándose con advertencias extremas (y a veces más llenas de prejuicios que de evidencia) sobre los efectos de la gestación sobre su condición y, consecuentemente, imponiéndoles limitaciones a su capacidad de dar a luz y de maternar. Todo lo contrario, paradójicamente, a lo que realmente necesitan.

Todas estas situaciones o factores requerirían de una mirada y un acompañamiento específico, tanto a nivel ginecobstétrico, como a nivel psicológico y psicosocial, para poder así mitigar el riesgo y brindar las condiciones que fortalezcan y empoderen lo máximo posible a la mujer tanto en su capacidad de gestar, como en su capacidad de parir y maternar. Sin embargo, muchos de dichos factores no son ni tan siquiera explorados durante el control del embarazo, y otros no reciben la atención y el cuidado psicológico necesario. Parece ser que, tal como afirma Michel Odent, muchos profesionales sanitarios aún no tienen en cuenta la importancia que tiene la estabilidad psicológica y emocional para llevar a cabo una gestación saludable. Si eres una mujer y algo de lo que he descrito resuena con tu historia de vida, háblalo directamente con tu comadrona o ginecólogx, y exprésale que te gustaría recibir apoyo y atención al respecto.


[1] Raphael-Leff, J. (1991). Psychological Processes of Childbearing. London: Chapman and Hall.

La Violencia Obstétrica es uno de aquellos actos iatrogénicos que la SEGO y otros colectivos médicos dicen que no existe, acusando de herejes sanitarios a quienes la nombran. La Violencia Obstétrica no sólo infantiliza a las mujeres sino que también las deja rotas, adoloridas, traumatizadas; la mayoría de las veces boicotea sus lactancias y coloca sobre sus puerperios una carga adicional con la que a menudo encuentran que han de lidiar solas. Esto que llamamos Violencia Obstétrica, hay que saber, no es otra cosa que aquello que la propia OMS reconoció en su declaración del 2014 de la siguiente manera:

En todo el mundo, muchas mujeres sufren un trato irrespetuoso y ofensivo durante el parto en centros de salud, que no solo viola los derechos de las mujeres a una atención respetuosa, sino que también amenaza sus derechos a la vida, la salud, la integridad física y la no discriminación.”  (Si quieres leer más sobre la declaración puedes acceder a ella aquí)

Esta Violencia Institucional, Obstétrica, Patriarcal, reproducida muchas veces de manera automatizada e inconsciente por la poca apertura a cuestionar protocolos y modos de hacer, genera consecuencias psicológicas a corto, mediano y largo plazo tanto en las mujeres como en sus bebés y parejas; consecuencias que en muchos casos acaban siendo tan devastadoras como no reconocidas. En este sentido, existen muchísimos estudios que hablan de las diversas dificultades psicológicas y emocionales con las que se puede encontrar una mujer que haya tenido un parto traumático.

Está claro que no todo parto vivido como traumático es consecuencia de un quehacer sanitario irrespetuoso; la subjetividad y la experiencia previa de cualquier mujer puede hacer que el parto en sí sea vivido como un trauma. Sin embargo, la literatura científica sobre el tema y el activismo de las organizaciones pro partos respetados bien demuestran que estos casos en los que el factor subjetivo es el causante del trauma son los menos, y que, por lo general, cuando ha habido trauma, sufrimiento psíquico y/o dificultad para integrar o asimilar la experiencia, ha sido como consecuencia de acciones y omisiones médico-sanitarias que han generado daño o amenaza de daño hacia la madre y/o el bebé, o que han provocado la sensación en la mujer de que ella o su bebé están en peligro de muerte. Durante esta vivencia, la mujer puede llegar a sentir obviamente miedo intenso, desesperanza, pérdida de control y horror[1]. Y es que es de lógica: ha mayor intervención médica, más probabilidades hay de que el parto se viva de esta manera.

Sin embargo, desde el paradigma del intervencionismo médico, la experiencia del parto sólo se “mide” a partir de su resultado: el nacimiento de un bebé sano. Dejando así a las mujeres escasas oportunidades para poder expresar su malestar, su queja, su rabia o su dolor por un cuerpo agredido y maltratado, o por la angustia y el miedo vividos en un momento vital de gran trascendencia. ¿Cuántas veces no hemos oído la frase “pero lo importante es que tu bebé ya está aquí, y esta sano”? Y sí, esto es importante, pero no es lo único que importa.

Las secuelas psicológicas de sufrir Violencia Obstétrica durante el parto van desde la depresión postparto a cuadros de ansiedad, fóbico o evitativos, y al trastorno de estrés post-traumático. Y si no se reconoce el potencial iatrogénico de ciertas intervenciones obstétricas, tampoco se puede reconocer que éste pueda ser el resultado; con lo cual, cuando una mujer puérpera está expresando un malestar psíquico, pocas veces se explora cómo ha sido su parto y qué relación puede tener con dicho malestar, dificultando llegar entonces a la raíz del problema.

Esta situación de malestar psicológico afecta la relación de la madre consigo misma, con el bebé, con la pareja, la familia y los profesionales de la salud. No es inusual que a la madre le cueste vincularse con su bebé, al menos al principio, o que tenga dificultades con el establecimiento de la lactancia ya que con un cuerpo adolorido y una experiencia psicológica dolorosa e intensa por procesar, la cercanía y las demandas del bebé pueden resultar insostenibles y aterradoras, así como también, la posibilidad de tener que colocarse, nuevamente, en manos de sanitarixs para que la ayuden. Muchas de estas madres van a sentirse culpables posteriormente durante largos períodos de tiempo por “no haber intentado lo suficiente”.

Pero esto no es todo, las mujeres que han sufrido violencia durante su parto suelen tener flashbacks, recuerdos invasivos y desagradables de momentos específicos que pueden dispararse ante cualquier estímulo relacionado: una mujer embarazada, la ruta por donde se va al hospital en el que la atendieron, un olor particular, un sonido, una aproximación sexual genital, etc. Algunas veces también tienen pesadillas donde reviven la escena vivida, o rumiaciones contantes de la misma intentando buscar el fallo para intentar tener mediante la fantasía un resultado diferente: aquel momento donde pudieron haber hecho tal o cual cosa, lo que no dijeron, a lo que no se atrevieron, lo que se les pasó o ante lo que se encontraron paralizadas…

Todo esto suscita un gran malestar: tristeza, angustia, rabia, y un gran embotamiento emocional; así como también puede generar conductas evitativas de todo aquello que pueda recordar la experiencia vivida. De más está decir que transitar así por un puerperio es muy, pero que muy complicado.

La relación de pareja también se ve tocada, a veces para hundimiento, por esta situación. Más allá de lo que podamos entrever como obvio, a menudo es la pareja quien acaba siendo el blanco de toda la frustración o la rabia por la situación vivida; algunas veces porque él o ella también estaban allí y no supieron o pudieron reaccionar, no impidieron que aquello pasara. Otras porque todo el apoyo, el acompañamiento y la compresión que ellxs les brindan no les permite sentirse mejor o salir adelante, o en el peor de los casos porque la pareja realmente no ha sido capaz de entender lo que ha sucedido, no le da importancia al sufrimiento vivido, procurando quitárselo o relativizar, racionalizar. Muchas relaciones de pareja se rompen meses después de un parto traumático: la relación se trastoca, el vínculo se fragiliza y se genera distanciamiento emocional. La sexualidad también suele verse profundamente afectada, no sólo porque hay heridas físicas que tardan en sanarse sino, y sobre todo, porque también hay heridas psíquicas que requieren de una atención especializada junto a un tiempo de sanación. El tiempo por sí solo no cura nada.

Las mujeres, después de vivir un parto traumático tardan mucho en volver a ser como “la de antes”[2], muchas se reconocen extrañas incluso a ellas mismas, de carácter irascible e insoportable, se han vuelto rígidas, hurañas, poco sociables, con actitudes muy contundentes con respecto a su bebé y poca posibilidad de negociación. Muchas reconocen con pesar que hace mucho que no ríen a carcajadas, que han perdido una cierta inocencia, frescura o espontaneidad. Si estas mujeres consiguen un espacio contenedor para hablar de esta experiencia, o se suman a grupos activistas pro partos respetados, les es posible transformar parte de este pesar y renacer así de alguna manera; pero el camino para llegar hasta allí muchas veces ha sido largo, difícil y solitario.

La Violencia Obstétrica sí, es real, existe, y puede ser devastadora. Así que si estas leyendo esto y puedes hacer algo para cambiar esta realidad (y sí, puedes), hazlo. Si lo estas leyendo y te reconoces como protagonista de una de estas historias, que sepas que lo que padeciste no solo fue real e importante, sino que no tienes porqué estar sola y dejarlo así, seguir sufriendo. Busca ayuda y habla de tu experiencia. ¡Se puede hacer mucho al respecto!

[1] Beck CT. Birth Trauma: in the eye of the beholder. Nursing Research. 2004;53 (1)

[2] Nunca se vuelve a ser “la de antes”. Se puede volver a ser “como antes”, pero igual, idéntica, no. Una vivencia traumática siempre marca “un antes y un después” en la construcción subjetiva de toda mujer, en la historia de toda persona y familia.

¿Estás embarazada? ¿Lo has estado recientemente? Seguramente recordarás o te estarás dando cuenta que sueñas con más frecuencia, o que tus sueños son más vívidos, “casi reales”, y que los puedes evocar con una profunda nitidez. También es probable que te vengan a la memoria eventos importantes que estaban completamente olvidados, que revivas emociones muy antiguas por detalles que ahora captas sorprendentemente, o te das cuenta de que tu intuición y percepción están más agudizadas, estás más perspicaz.

Toda esta “sensibilidad psíquica” es una característica especial de la gestación, y nos ocurre a todas como consecuencia del intenso trabajo psíquico que realizamos para asimilar los cambios que nos suceden, y los que están por venir.

 El embarazo es un proceso vital único en la vida de toda mujer, es un tiempo en el que no sólo el bebé se desarrolla y madura dentro de la madre, sino en el que ella también atraviesa por un crecimiento personal transformador psíquica y biológicamente hablando. Durante 9 meses suceden cambios que son una oportunidad para prepararse para la maternidad a corto, medio y largo plazo, así como paralelamente para la paternidad.

Durante esta aventura es posible tener un acercamiento a ciertas zonas de la psique las cuales normalmente no se encuentran accesibles a la consciencia. A esto se le denomina Transparencia Psíquica[1], y es una característica única y exclusiva de la gestación.

Pero, ¿de qué se trata exactamente? A medida que vamos creciendo, la psique genera “barreras” que los psicólogos denominamos “mecanismos de defensa”, los cuales nos permiten funcionar en el día a día. Los mecanismos de defensa tienen dos funciones básicas: una primera que es más bien de carácter práctico (estabilidad psíquica operativa), y una segunda que tiene como finalidad protegernos de la angustia excesiva y de afectos abrumadores (entereza anímica subjetiva). Con respecto a la primera, su trabajo es disociar, escindir, retirar la atención u olvidar para poder ser operativos en nuestros quehaceres diarios, pues hay una gran cantidad de información que debemos apartar de nuestra conciencia. No es posible ser conscientes de todo el tiempo, por lo cual hay contenidos que es imprescindible colocar en el Inconsciente, no solo por priorizar sino también para hacer la realidad psíquica soportable, más llevadera.

En lo referente a la función protectora, los mecanismos de defensa también impiden que aquellos recuerdos de experiencias emocionalmente significativas que en su momento no hayamos podido o sabido gestionar por falta de herramientas, y que si emergen a la conciencia pueden resultar insoportablemente dolorosas, se mantengan a raya.

La Transparencia Psíquica abre una ventana viable hacia ese mundo interior que suele estar más bien velado; ventana que se “cierra” aproximadamente a los 3 meses postparto. Se caracteriza por una creciente sensibilidad emocional durante el embarazo, en la que resurgen recuerdos de la niñez y pueden reactivarse procesos psicológicos anteriores no resueltos, reagudizar duelos pendientes o dar paso a la aparición recuerdos traumáticos.

La gestación reactiva antiguos conflictos, revitalizando procesos emocionales tempranos que ahora están siendo reintegrados a través de esta experiencia. ¿Porqué? Pues porque durante el embarazo se da esa “permeabilidad” involuntaria, una suerte de pérdida óptima y oportuna de barreras internas entre niveles de conciencia y en la memoria. Con lo cual, pensamientos, sentimientos y fantasías que usualmente se dan de manera subliminal (es decir por debajo del nivel de conciencia), emergen a la conciencia y deben ser: o debidamente atendidos, o mantenidos a raya con grandes esfuerzos.

Al mismo tiempo, es posible recordar algunas de nuestras vivencias infantiles, reconectar con las heridas que nos dejaron, abriéndose así una oportunidad para resignificarlas con el propósito de que éstas no nos sigan condicionando como lo han venido haciendo y, sobretodo, para que no “contaminen” o generen ruido en el establecimiento del vínculo o en la relación con el bebé por venir. Este fenómeno hace del embarazo un período especialmente apto para el abordaje terapéutico de las dificultades emocionales que pueda presentar cada mujer, o de los conflictos dormidos que el embarazo despierte.

Ante esto, las mujeres escogen uno de estos dos caminos: algunas se vuelven más introspectivas y escuchan, mientras que otras le dan la espalda a todo este contenido, intentando mantenerlo al margen o restándole importancia. No obstante, en algún momento de la gestación inevitablemente la mayoría de las mujeres experimentarán un abanico de cambios de humor, deseos intensos, emociones agudizadas, lapsus de memoria, sueños abrumadoramente vívidos, o sorpresivos flashes y insights.

Así, ¿cómo podríamos utilizar el embarazo como herramienta de indagación personal? Pues estando atentas y con disposición a asumir, no pasando por alto o descartando como meras “tonterías” cualquier intuición, fantasía, imagen repentina, o ensoñación, y entablando seguidamente un diálogo con los propios miedos o fantasías respecto al embarazo, el parto o el bebé. No olvidemos que los miedos siempre nos hablan de algo íntimo, nos cuestionan en nuestra más absoluta singularidad. Independientemente de que todas las mujeres puedan sentir una cierta ansiedad por cómo va a ser el momento del parto, por ejemplo, la manera como ese temor se expresa en cada una de nosotras, habla específicamente de ti y, en este sentido, es una grandísima oportunidad para conocer más de ti misma. Otra herramienta que puedes tener a mano es estar atenta a los sueños, a las imágenes que aparecen y a lo que ellas transmiten.

Ahora bien, puesto que todas tenemos un punto ciego sobre nosotras mismas, hay muchos aspectos de este proceso que podrían pasarse por alto si se hace de manera solitaria, aislada, sobretodo si no estamos acostumbradas a este tipo de introspecciones y a interpretar este tipo de lenguaje cargado de simbolismo. Si realmente es un trabajo que quieres hacer, lo ideal sería hacerlo en un proceso psicoterapéutico, acompañada de un psicólog@ perinatal.

[1] El término fue acotado por Monique Bydlowsky en su libro La Deuda de Vida. Itinerario Psicoanalítico de la Maternidad, en el año 2007.

Esta semana he estado leyendo diversas reflexiones y comentarios a consecuencia del Comunicado emitido por el Colegio de médicos de Ciudad Real en el que condenan lo que ellos califican como una jornada “tendenciosa”, “ofensiva”, “difamatoria”, “que atenta contra la honorabilidad de los ginecólogos”, refiriéndose a un encuentro al que aún le quedan un par de semanas por celebrarse (es para el 20 de octubre de 2018), sólo porque se intitula “Actúa contra la Violencia Obstétrica”.

El Comunicado no tiene desperdicio, así como tampoco lo tienen los más de 50 comentarios subsiguientes que escribieron en el portal miciudadreal.es diferentes mujeres que han sido víctimas de Violencia Obstétrica y, para entender mi planteamiento, recomiendo mucho hacer una lectura a las dos cosas. Sea como fuere, no quiero entrar aquí en detalles sobre el mismo. Si quieres leer algo de todo esto, puedes acceder a la respuesta que ha emitido la Asociación organizadora del evento en cuestión, Oro Blanco, o también a la entrada que ha escrito en su blog Marta Busquets. Mi intención es, más bien, llevar ahora la mirada a otro lugar, me refiero al del terreno de lo psicológico.

Actualmente, y desde hace mucho tiempo, es bien sabido que el sistema sanitario está montado bajo conceptos empresariales que tienen como premisa principal la eficacia y la rentabilidad. Para conseguirlos han estandarizado y protocolizado su funcionamiento, sometiendo lo particular y lo contingente, y resistiéndose a tratar a cada paciente teniendo en cuenta su singularidad y circunstancias, es decir, eliminando de la ecuación el factor más humano: aquello que nos hace únicos como sujetos. Esta deshumanización es un acto en el que, en mayor o menor medida, participan no sólo lxs médicxs sino también el resto del personal sanitario.

El gremio médico, y el gineco-obstétrico en particular, suele gozar de una arrogancia particular. En general los y las obstetras –y algunas comadronas y matrones también–, se han creído el cuento de que son ellxs los que “hacen parir” a las mujeres; no obstante, esto no necesariamente les convierte en unos desalmados. Tampoco les exime de responsabilidad, y quiero dejar esto claro porque no me gustaría que mi texto se interpretara como una justificación o una excusa hacia las actuaciones protocolarias que, aplicadas de manera sistemática, mecanisista y medicalizada, pretenden ejercer un control sobre un proceso natural y fisiológico (el parto) que en muchísimos casos acaba ocasionando daños físicos y/o psicológicos en las mujeres. Nada justifica el daño, la infantilización o la invisibilización y esto es, quizás lo primero que, desde el gremio, se tendría que asumir. ¿Pero cómo?

¿Cómo desembarazarse de una manera de hacer, de una práctica, que les protege de contactar con la humanidad del Otro, y más importante aún, con la propia?

El sistema sanitario, tal y como está montado, deshumaniza, cosifica; pero éste es un proceso que afecta a ambas partes. Deshumaniza al paciente y a quien le asiste. La idea que quiero transmitir es que la mayor parte del personal sanitario que ejerce violencia hacia las mujeres en los paritorios son, a su vez, víctimas del sistema. Víctimas que se convierten en cómplices o victimarios de actos que ni siquiera pueden reconocer como nocivos o, peor aún, ¡como existentes! (Para muestra os remito nuevamente al Comunicado anteriormente mencionado).

Cuando un profesional que trabaja con personas tiene que aislar afectivamente su dimensión subjetiva y emocional de manera sistemática para poder funcionar con “eficacia”, está condenando su calidad asistencial al fracaso. Dice Ibone Olza[1] que los profesionales que trabajan en el ámbito sanitario aprenden a seguir protocolos y a aplicar procedimientos silenciando dudas y cuestionamientos, negando el sufrimiento propio y ajeno, con escasa formación en técnicas de comunicación, relación terapéutica y trabajo en equipo; no existe en su quehacer cotidiano (más bien nunca) un lugar para poder hablar de lo difícil que es trabajar con la vida y la muerte, o sobre cómo enfrentarse al propio miedo. ¿Cómo entonces pueden escuchar a un otro cuando ellos mismos no son escuchados?

Ésta es la primera herida que se esconde, incluso que se rechaza. Y también bajo este mecanismo se pretende negar la herida en las mujeres víctimas de Violencia Obstétrica. Colocar el foco en esta Otra cara de la moneda permite entender, en cierta medida, cómo se ha llegado a un trato aún deshumanizado hacia las mujeres y sus criaturas, tanto en el paritorio como en las visitas de control del embarazo.

Si se quiere empezar a reparar el sufrimiento de las mujeres que han vivido Violencia Obstétrica y, a su vez, prevenir que siga ocurriendo, hay que reconocer la herida, aceptando que, en su mayoría, el sistema hospitalario y sus protocolos están deshumanizados, que acaban maltratando a las mujeres y asumiendo la responsabilidad individual que cada quién tiene en el mantenimiento del mismo.

Conseguir una atención al parto que sea respetuosa no sólo pasa por modificar protocolos y ajustarlos a la evidencia científica, por cambiar maneras de funcionar de los hospitales y centros de salud, o por brindar capacitaciones actualizadas. Hace falta que el personal sanitario sea consciente del daño que se ejerce, que se ha ejercido, reconocerlo y repararlo, interesándose por las mujeres que tienen delante como personas, –no sólo como contenedores de bebés–. Pero, para que esto pueda darse se requiere de un paso previo: estar en contacto con la propia herida, generar espacios en donde lxs profesionales también puedan compartir sus propias experiencias vitales y en los que puedan elaborar las emociones que su quehacer les genera, sin temor a contactar con su propia fragilidad. De esta manera se le podrá devolver a los cuidados y las atenciones la cara más dulce, la más personal, la más digna y la más potente: aquellos que nos humaniza, que nos hace iguales. Sólo así las mujeres podrán ser el espejo que refleje sus actuaciones.

[1] Olza I. (2008) ¿Humanizar el Parto? Una reflexión sobre la violencia sanitaria. En Blázquez MJ. (Dir.) (2008) Maternidad y Ciclo Vital de la Mujer. Zaragoza, España: Prensa Universitaria de Zaragoza.

* Pintura de G.F. Watts. «Hope» 1986. Se encuentra en el Tate Britain

 

El viernes pasado fui a ver “Una gossa en un descampat” (Una perra en un descampado), sabiendo que sería una historia intensa y conmovedora, con una trama dramática difícil: la muerte perinatal. Pero he de decir que con lo que me encontré superó todas mis expectativas.

Clàudia Cedó, en esta obra autobiográfica, ha puesto sobre las tablas cómo podemos ser capaces de encontrar belleza incluso en nuestro descampado más solitario. La autora invita a los espectadores, gracias a las actuaciones magistrales del elenco, a presenciar y, en cierta medida, transitar un viaje a través del dolor, la soledad, la depresión y el vacío, pero al mismo tiempo teniendo como recursos en el equipaje al amor y el humor, y la toma de consciencia como destino final.

La obra trata del proceso que vive Julia desde que se entera, a los 5 meses de embarazo, que tendrá que parir muerto a su hijo, de lo que ocurre durante su estancia en el hospital, de su permanencia en la nada –el no res–, anestesiada por el dolor y las pastillas, y del intenso proceso que vive cuando comienza a dialogar con los desechos (les deixalles) de ese descampado que no es más que su propia alma, y cuando se permite recordar y mirar la sombra de sus miedos a la cara, dialogar con su dolor y con su rabia, hasta lograr salir transformada, reconociendo que en un descampado de muerte y sufrimiento también hay lugar para la belleza y la vida. Se trata, en un sentido poético, del proceso de duelo que padece una mujer al parir a un hij@ muert@.

La obra también nos confronta con las dificultades sociales que tenemos para lidiar con la muerte perinatal, de la superficialidad con la que se trata el tema, de la dificultad en tan siquiera mirar, reconocer, nombrar, poner palabras a las emociones de una madre sin hij@. Bien lo dice Julia en un momento de la obra: “para la gente mi hijo no ha existido”, “las personas pasan de puntitas por encima de mi hijo muerto”, “hay silencios que son ensordecedores”; y también lo dicen las caras de l@s espectadores: su llanto, su respiración contenida, su entrega absoluta a una experiencia tabú pero ampliamente compartida. Vivencia de la que el público participamos como “la masa uniforme que somos”, desde la humanidad que nos es común a tod@s.

Este drama también visibiliza las dificultades de la pareja, Pau, el padre de la criatura, de no poder acabar de entender el dolor de su mujer. En algún momento Pau, antes del fatídico parto, dice: “para mí él no existe, yo no lo llevo dentro, no puedo vivirlo como tú”; y desde esa incapacidad parece dejarla sola, a su suerte con el dolor y el peso de la responsabilidad.

Pero sobretodo Una gossa en un descampat vuelve una y otra vez al dolor y la soledad que viven las mujeres que pasan por esta pérdida, a lo difícil que es entenderla y aceptarla, a sus idas y venidas, con sus culpas y contradicciones al sentir alivio a la vez que una profunda pena, y al miedo a que la vida nunca más vuelva a tener brillo. Esta gran obra nos adentra en el paisaje desolado en el que estas mujeres se ven atrapadas, el paisaje de aquello que pudo haber sido y no fue:

“Julia: La meva memòria és com un descampat. Només s’hi passeja el meu fill. Tinc el cap ple de deixalles.

Julia 2: No són deixalles.

Julia: I sorra… i herbes. Sorra i herbes sota el meu fill. Com es pot trobar la mort quan s’espera la vida? No m’en sortiré. Romandré aquí sempre. En aquest hospital abandonat que és el meu cap.

Julia 2: T’en sortiràs”[1]

Finalmente, Cedó nos ayuda a salvarnos a través de la esperanza que insufla al mostrarnos la fortaleza que se encuentra en nosotr@s para seguir adelante, de la necesidad de dialogar con las propias sombras, del hacer las paces con la muerte para así poder llegar a la luz que nace de la alquimia del dolor.

Muchas gracias Clàudia por este regalo que nos haces. Muchas gracias por tener la valentía y la generosidad de compartir tu duelo. Gracias también por poner esta dura realidad sobre la mesa, por hacerla visible. Y gracias, otra vez, por hacerlo de esta manera tan hermosa, porque tod@s tenemos nuestros descampados, nuestros desechos que ocultan belleza, y nuestras sombras que nos permiten acceder a la luz y la conciencia. ¡Gracias!

 

[1] Extracto del guión de la obra. https://twitter.com/elvillacampa/status/1016807650925924352/photo/1

Palabras de Bienvenida para l “I Trobada Mama Llum”, celebrada de 01 al 03 de junio, 2018.

 Buenos días a tod@s. Bienvenid@s ¡Qué alegría que estemos tod@s aquí! He hecho un pequeño escrito porque no quiero dejarme nada en el tintero, y va en castellano porque es cómo me expreso mejor.

Voy a comenzar estas palabras de bienvenida con una confesión: si alguien me hubiese dicho que el grupo de facebook que yo estaba creando en el ordenador de mi casa hace exactamente 4 años, el 01 de junio del 2014, iba a llegar a ser tan potente como lo es ahora, no me lo habría creído. Mama Llum para mi ha sido, ante todo, una materialización diária, una prueba constante de la fuerza, la solidaridad y la sororidad que se puede crear entre las mujeres. Este grupo, virtual, ha cambiado la vida y la maternidad de muchas mujeres de maneras insospechadas. Es un grupo poderoso, y muchas veces no somos conscientes de ello.

Mama Llum también ha sido una escuela, porque así como he visto y veo a diário esa cara potente y solidaria, el grupo también me muestra y me recuerda, constantemente, lo mal que lo podemos pasar las mujeres durante la maternidad cuando no estamos acompañadas, cuando el peso de la crianza y de las responsabilidades del hogar recaen sólo sobre una, cuando se arrastran heridas de partos terribles, de lactancias rotas o de hij@s no nacidos, cuando carecemos de referentes que nos digan “lo estás haciendo muy bien”, sino todo lo contrario, cuando la realidad económica y social no nos permite tener la conciliación que realmente nos merecemos, etc. Esa otra realidad que también me enseña el grupo me ha permitido valorar mucho lo que tengo, mi familia, mi marido, y al mismo tiempo me ha invitado a asumir un compromiso vital, a abogar desde mi quehacer profesional para que todas las mujeres podamos tener la maternidad que queremos y nos merecemos, para que podamos transitar por ella con más optimismo y alegría, y menos pesadumbre y angustias, para que podamos tener espacios protegidos, respetuosos y libres de juicios en donde expresar lo que la maternidad nos hace sentir. Esto se ha convertido en la brújula que guía mi trabajo.

Ahora –la Trobada-.

Materializar un encuentro de Mama Llum, como éste, para mi ha sido un regalo y un trabajón. Primero he de decir que estoy inmensamente agradecida con las ponentes que han venido aquí hoy, todas ellas han mirado este encuentro con el mismo entusiamo que yo, y nos regalan su tiempo, su saber y su experiencia sin obtener ningún tipo de remuneración económica a cambio, guiadas por el deseo de hacer tribu y de compartir. A todas: Marta Melendez, Noelia Prieto, Roser Pont, Tania García, Lupe García, Judit Guiraldo y Judit Martín, muchas gracias, de tot cor. Y también gracias a Nuria Mas, Lorena Otero y su Yuguen BCN y a Laura Salvado (DJ Luna) por regalarnos momentos de diversión, ¡que también son necesarios!

La segunda cosa maravillosa de este encuentro para mí es el lugar donde lo estamos haciendo: El Ecocamp Vinyols. Y os voy a decir algo que sólo he contado a mi marido. Este camping, en muchos sentidos me hace “volver a casa”. Como algunas sabeís soy venezolana. Viví mi infancia en una ciudad pequeña, bastante rural, rodeada de campos y llanuras. Mi padre tenía unas tierras y allí crecí rodeada de vacas, caballos, patos, gallinas, ranas, murciélagos y toda clase de bichos, árboles frutales de los cuales colgarme y que me regalaban sus frutos, y la libertad que sólo un espacio así puede darle a una niña. Era algo que deseaba ferbientemente poder darle a mis hijos. Cuando descubrimos este camping, mi hijo mayor, que en aquel momento era el único, tenía año y medio, y desde entonces quedamos prendados. Hemos visitado otros sitios pero ni la montaña, ni la costa me hablan tanto como Vinyols y es que, para alguien que emigró encontrar un lugar que no le es extranjero, un lugar en el que la geografía le hable de su propia infancia, es algo muy raro. Encontrarnos todas nosotras aquí, en este sitio que me huele a infancia, es para mi otro regalo.

Os pido, encarecidamente por esto y porque así ha de ser, que cuideis mucho este lugar. Me consta que quienes lo llevan hacen grandes esfuerzo por cuidar de él y por tratar a todo lo que aquí se mueve con el máximo cariño y respeto. Muchas de las familias que en general visitan este camping suelen tener una tendecia hacia la crianza respetuosa, sin embargo muchas veces también he vivido con auténtica perplejidad situaciones en las que pa/madres que tratan a sus hijos con respeto, permiten que estos se comporten de manera irrespetuosa con el ambiente que les rodean. La educación se resiente con las incoherencias, inconsistencias y las faltas en ser consecuentes. De lo primero que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el respeto hacia los seres que conviven con nosotros, llamémoslo animales, árboles, otros niños, otras personas, la madre Tierra, o lo que queraís. Los animales aquí son muy dóciles, pero eso no quiere decir que no se estresen o lo pasen mal, por favor, enseñad a vuestros peques a tratarlos con respeto. Respeto a uno mismo y al otro, no puede haber una cosa sin la otra.

Y ahora, enlazando con las tres ideas de las que os he hablado: la potencia del grupo, la generosidad de las personas que nos acompañan, y el lugar en el que nos encontramos, quiero hablaros, muy brevemente, de una tribu africana que también ha marcado y ha inspirado mi vida. Los Yorubas

Los Yoruba (yorùbá según su propia ortografía) son un grupo etnolingüístico muy antiguo con una cultura muy interesante que viven al suroeste de Nigeria. Su visión del mundo dista bastante de la de cualquier cultura occidental, pero considero que nos puede ser útil y, en este sentido, me es preciso destacar tres palabras suyas que nos permiten entrever cómo conciben ellos la crianza. La primera es Ilé ¿Os imagináis que el castellano o el catalán tuvieran una sola palabra que condensara tres conceptos a veces tan disociados en nuestras mentes modernas como lo son la Tierra, el hogar y la familia?

Ilé quiere decir en yoruba: Tierra, casa y familia. No son conceptos diferentes para ellos sino variaciones de una misma cuestión. La Tierra como el hogar primigenio de la humanidad, la casa como el lugar en la Tierra que hemos construido para refugiarnos, y la familia como nuestro refugio emocional en el cual crecemos. Y, cuando los yorubas hablan de familia no se refieren a su “familia nuclear”, o no sólo. Un Ilé es un clan, hace referencia a un grupo de personas que comparten el mismo linaje –sanguíneo y/o espiritual- con jerarquías y funciones delimitadas.

Las otras dos palabras de las que os quiero hablar se relacionan entre sí. Iya y Baba. Dentro de la tribu yoruba, si una mujer es lo suficientemente mayor como para ser mi madre, tendría que llamarla Iya, lo que significa madre. Si un hombre es lo suficientemente mayor como para ser mi padre, tendría que llamarlo Baba, lo que significa padre. Cada niño yoruba sabe quienes son sus m(p)adres biológicos, sin embargo la palabra padre o madre la utilizan indistintamente para cualquier adulto y en este sentido, todos los adultos a su alrededor se convierten en alguien significativo, carismático, en un referente. Y, al mismo tiempo, todos los niños son “hijos de todos”.

Dentro de organizaciones sociales como éstas (los yoruba no son los únicos) es casi imposible encontrar m(p)adres agobiados por las dificultades de la crianza, no existen problemas de lactancia, el cólico del lactante es no sólo desconocido sino inexistente, las mujeres no se deprimen durante el embarazo o el postparto porque nunca están solas o faltas de apoyo, los niños pequeños rápidamente entran en la socialización a través del ejemplo de los niños mayores, y las dificultades que tenemos nosotros, los occidentales, para criar no lo son en la medida en que se cuenta con un grupo y es la tribu entera la que cría.

¿Y porqué estoy hablado de esto? Mi intención no es hacer una apología romántica de las organizaciones sociales aborígenes ni mucho menos, sino más bien transmitir una imagen: criar no sólo puede ser fácil, sino una tarea gozosa cuando se hace en compañía, con apoyos, con referentes, protegidos, etc.

En este sentido Carolina de Olmo nos dice que si los p(m)adres aprendemos a señalar lo que falla iremos avanzando en algo y, al menos dejaremos de colocar la culpa sobre las criaturas. “El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nosotros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radicalmente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos.”[1] Se debe tener en cuenta la vulnerabilidad de los niños, sin desmerecer la vulnerabilidad de los m(p)adres y el peso excesivo que recae sobre sus espaldas.

La organización social en la que vivimos no la vamos a cambiar, las redes sociales reales –físicas y palpables- que existían hace relativamente poco se han desvanecido: las personas del pueblo, la familia extendida, los vecinos… hemos ido perdiendo el Ilé que otrora tuvimos y los tres momentos en los que se hace más notorio son precisamente cuando la fragilidad nos golpea: en la enfermedad, en la vejez, y en la crianza.

Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad, compresión y resguardo, y como no tenemos tribu, todas estas peticiones se suelen colocar en nuestra pareja, el padre (u otra madre) de la criatura, y pretendemos habitualmente que una sola persona nos provea de aquello de lo que sólo nos puede proveer un grupo entero, con esto ya pueden comenzar a aparecer los desencuentros en la pareja…

¿Y qué podemos hacer? Primero entender que el cuidado materno exclusivo rara vez ha sido una opción en cualquier fase de la historia humana, precisamente porque criar en soledad acaba convirtiéndose en una tarea titánica.

No debemos subestimar la mella que puede hacer en nosotras, como mujeres, como madres y como parejas, el sentirnos sin referentes fiables, con dudas sobre lo que tenemos que hacer y lo que no, con el cuerpo adolorido por el cansancio y la soledad de estar criando dentro de cuatro paredes. ¿Qué nos sentimos felices con nuestra criatura? ¡Claro!, pero nadie nos explica la soledad y el hastío que se puede sentir por la rutina de hacerse cargo de un niñ@ pequeñ@.

Los valores de la sociedad actual, en macro, no sé si los podremos cambiar, pero sí que podemos hacer cosas para cambiar nuestro entorno inmediato. Mi recomendación es que busquemos tribu, que hagamos red. Hoy en día tenemos la posibildad de acceder a tribus virtuales, el Mama Llum a fin de cuentas no es más que una de tantas, que tienen la grandísima ventaja de la inmediatez de las respuestas, pero donde los vínculos se diluyen como consecuencia del anonimato, generando a veces respuestas poco asertivas. Las tribus 2.0 son un gran apoyo, pero si además las usamos para lo que estamos haciendo este fin de semana: ponernos cara y oir nuestras voces, su potencia se cuadriplica. La tribu física siempre será más potente porque nos puede proporcionar descargas más reales, así que aprovechad este fin de semana a tope, no sólo escuchando las charlas y talleres que tan amorosamente os hemos preparado, sino también conociendoos, compartiendo, buscando puntos de encuentro y saliendo de aquí con más amig@s en el bolsillo. Enlazando con esto, quiero hacer un apunte-comentario a los padres y parejas: sin vosotros no podemos, pero vosotros también necesitáis buscar vuestros espacios de conversación, hacer tribu masculina, abriros a compartir aquello que os inquieta, dejar de llevar las preocupaciones en solitario. Es una tarea pendiente que tenéis…

Por último quiero aprovechar para dedicar este encuentro a un chico muy especial en mi vida, mi hijo mayor, Ismael. Hace 6 años y medio, Ismael llegó a casa para cambiar por completo nuestras vidas y nuestras prioridades. Nos ha hecho crecer, nos ha llevado al límite de nuestras posibilidades para descubrir nuevas fortalezas. Ismael (y también Gabriel) es mi gran maestro. Sin él no habría empezado Mama Llum. Y en el mismo sentido, este encuentro también va por tod@s vuestr@s hij@s, sin ell@s vosotras no estaríais aquí ahora, y sin vosotras tampoco existiría Mama Llum. Así que esta trobada va por nosotras, porque nos la merecemos, y por ellos, nuestros pequeñ@s- grandes maestr@s.

Iliana París

Ecocamp Vinyols. Vinyols i els Arcs, 02 de junio de 2018.

 

[1] Del Olmo, C. (2013). ¿Dónde está mi Tribu? Maternidad y Crianza en una sociedad individualista. Madrid: Clave Intelectual, p. 53

Hoy, 2 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Salud Mental Materna. (#MaternalMHmatters  #SaludMentalMaternaImporta).

Para much@s se trata de algo desconocido y ajeno, aunque bien puede ser que lo hayan vivido ya en carne propia.

El Día Mundial de la Salud Mental Materna es una iniciativa que busca generar conciencia a nivel social sobre un problema sanitario grave: la enfermedad mental perinatal que sufren muchas madres, la mayoría de las veces en soledad, sintiéndose culpables, y sin recibir la atención profesional y los apoyos adecuados.

¿Cuáles son las enfermedades mentales perinatales?

El término enfermedad mental perinatal se utiliza para englobar cualquier trastorno, sufrimiento psíquico o malestar psicológico que se viva desde el inicio de la concepción, el embarazo, el parto y el período de postparto, y que puede afectar tanto a la madre como al desarrollo adecuado del bebé mientras está en el útero, el establecimiento del vínculo una vez éste ha nacido, y el resto de relaciones significativas de la madre: pareja y familiares. En este sentido existen criterios diagnósticos de trastornos claramente definidos, así como también toda una cantidad de bemoles entremedio. Cualquier malestar o sufrimiento psíquico que pueda estar padeciendo una mujer durante su embarazo o postparto requiere de un acompañamiento emocional, de una escucha y un apoyo apropiado y continuo.

¿Y porqué tendría que ser problema de tod@s?

Pues porque se trata de un problema de salud pública que genera muchísimos costes tanto a nivel humano, como a nivel social, de tratamientos y, por supuesto, económico.

Hay un frase de Pitágoras de Samos que reza “el principio es la mitad de todo” y que puede aplicarse perfectamente a este caso. Desde el punto de vista psicológico, tener un buen embarazo sienta unas bases sólidas para tener un buen postparto. Tener un buen postparto permite establecer un buen vínculo con el bebé. Tener un buen vínculo madre-hij@ o padre-hij@ es fundamental para sobrellevar las dificultades de la crianza hoy día. Y al contrario, por ejemplo, una mujer que durante su embarazo sufre niveles considerables de estrés o de ansiedad de manera persistente, tiene muchas más probabilidades de tener un parto prematuro, desarrollo intrauterino deficiente o, bajo peso al nacer.[1] Cualquiera de estos escenarios generan consecuencias médicas que implican más intervención, más coste económico y una cierta fragilidad de cara al postparto. Otro ejemplo, una madre que tiene depresión postparto y no está recibiendo la atención adecuada, puede tener dificultades importantes para vincularse con su bebé, sentir que no es capaz de cuidar adecuadamente de él/ella ni de sus otros hij@s, temer a quedarse a solas con su bebé por miedo a hacerle daño, incluso, en algunos casos, acabar cometiendo suicidio. Coste social, coste humano, coste económico.

Hablemos de cifras…

Diferentes estudios afirman que el porcentaje de mujeres que sufren algún tipo de trastorno o sufrimiento psíquico durante el período perinatal no es poco, que es algo presente en todas las culturas occidentales, en todos los estratos económicos (aunque evidentemente la pobreza siempre es un factor de riesgo), y que no respeta credos, procedencia étnica ni niveles educativos. Aquí algunos:

  • Aproximadamente un 20% de mujeres sufren síntomas importantes de depresión durante el embarazo. La mayoría de ellas no reciben ningún tipo de tratamiento.[2]
  • Si una mujer sufre de depresión o de ansiedad durante el embarazo (o incluso si ha tenido algún episodio depresivo previo a estar embarazada), tiene más probabilidades de desarrollar depresión o trastornos de ansiedad durante el postparto.[3]
  • Entre un 1,5 y un 5,4% de mujeres desarrollan un Trastorno de Estrés Post-traumático después del parto. El Trastorno de Estrés Post-traumático genera un gran monto de sufrimiento psicológico que puede afectar el vínculo temprano con el bebé, la relación de pareja, la relación con la familia y con los profesionales de salud.[4]
  • Entre un 20 y un 45% de mujeres definen sus partos como traumáticos y presentan algunos síntomas de Trastorno de Estrés Post-traumático durante el postparto.[5]
  • Existe una comorbilidad (es decir, que coexistan dos trastornos juntos) entre las depresiones postparto y los desórdenes ansiosos postparto de entre 13 y 17%.[6]
  • Un 10% de hombres (1 de cada 10) pueden padecer tanto depresión durante el embarazo de sus parejas, como depresión postparto. Sus síntomas son ligeramente diferentes (con más tendencia al polo de la irritabilidad) teniendo el doble de probabilidades de padecerla si su pareja ha tenido depresión durante el embarazo o tiene depresión postparto.[7]

Y podría citar muchos más cómo por ejemplo las consecuencias que alguno de estos trastornos puede tener sobre la salud emocional de la criatura al crecer, o el deterioro que puede generar en la relación de pareja, en la sexualidad, o en las relaciones con otras personas significativas, pero creo que éstas ya os muestran la magnitud y la relevancia del problema.

¿Y qué puedes hacer tú?

Depende. Lo primero que podemos hacer tod@s es tomar consciencia de la problemática, visibilizándolo, y suprimiendo el estigma que se tiene sobre la salud mental. Por otro lado, no normalizar el sufrimiento psicológico de las madres, ni en el embarazo, ni durante el postparto. Frases como “es que son las hormonas”, “ya se te pasará”, o “es normal, no sufras tanto”, ayudan a profundizar el problema y a que las mujeres sientan que no existen espacios de escucha donde se valide su malestar.

Si eres una madre o estas embarazada y sientes que emocionalmente no estás del todo bien o directamente no te encuentras en un buen momento, busca ayuda de algún profesional especializado en psicología perinatal.

Si eres la pareja, la madre, el padre, el herman@ de una mujer que está pasando por un mal momento durante el embarazo o el postparto, no minimices la situación. Háblalo con ella, apóyala y, si es necesario busca ayuda profesional.

Si eres un profesional sanitario que trabaja con mujeres en el período de la perinatalidad (comadrona, ginecólog@, enfermera, pediatra, enfermera pediátrica, fisioterapeuta, etc.) pregúntale cómo se siente, cómo está llevando el embarazo o el postparto, cómo está su relación de pareja, qué cosas le preocupan, si cuenta con apoyos o si le gustaría hablar con alguien al respecto de su situación. Y, sobretodo, no normalices, ignores, ni minimices su malestar.

También puedes sumarte a la campaña de http://wmmhday.postpartum.net/  compartiendo o haciéndote eco de la iniciativa en Facebook y Twitter

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[1] Grote NK & cols, A meta-analysis of depresión Turing pregnancy and the risk of preterm Barth, low birt weight, and intrauterine growth restriction. Arch Gen Psychiatry. 2010; 67(10)

[2] Flynn HA & col. Rates and predictors of depresión treatment amoung pregnant women in hospital-affiliated obstetric practices. General Hospital Psychiatry, 2006; 28 (4)

[3] Heron J.; ALSPAC Study Team. The Course of anxiety and depresión through pregnancy and postpartum in comunity sample” Journalof Affect Disorders. 2004; 80 (1)

[4] Beck CT. Birth Trauma: in the eye of the beholder. Nursing Research. 2004;53 (1)

[5] Ayers S. & Ford E. Birth trauma: Widening our knowledge of postnatal mental Elath. The Europian Health Psychology, 2009; 11

[6] Op. Cit.

[7] http://saludmentalperinatal.es/cuando-la-depresion-posparto-la-sufre-el-padre/