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Crianza

Se acerca la Navidad, los días de fiesta, las primeras vacaciones escolares de l@s niñ@s. Las calles comienzan a llenarse de luces de colores y el ambiente huele a turrón y villancicos. A medida que se acerca y avanza el mes de diciembre los hij@s comienzan a saltar de entusiasmo, cada día que pasa les es más difícil contener la emoción de la víspera de la llegada de los deseados regalos: la carta a Papa Noel, las comidas del Tió, ir a entregar la carta a algún paje de los Reyes, en fin… toda una magia colectiva que se agolpa y se alimenta durante el último mes del año. Para ell@s es una etapa absolutamente especial… ¿y para sus pa/madres? Pues depende. Hay quienes se suben a la ola del consumismo sin planteárselo dos veces y “tiran la casa por la ventana” en lo que a compra de juguetes se refiere, hay otros tantos que intentan generar conciencia y ser coherentes con un consumo más responsable y sostenible, tanto por el bienestar medioambiental, pero, principalmente, por el bienestar psicológico de sus criaturas puesto que han entendido que tener en exceso, paradójicamente, acaba generando vacío, hartazgo, insatisfacción y poca valoración de lo que se tiene; siguiendo estos principios es que ha aparecido recientemente la “regla de los cuatro regalos”.

¿Y qué problema hay con esto? –podríamos preguntar–, pues principalmente que nadie quiere perder su trozo de protagonismo a la hora de entregar un regalo a algún niñ@ de la familia. Es decir, que muchas veces estos pa/madres se encuentran en medio de situaciones incómodas en donde deben negociar con los abuelos y/o tíos, la cantidad y/o la calidad de los objetos regalados. Para muchos abuelos/as no vale regalar dinero (que a lo mejor los padres precisan para pagar algunas de las actividades del niñ@), tampoco ropa (de estas cosas ya se encargaran sus padres). No. En Navidad se han de regalar juguetes, y muchos!

Pero no seamos injustos, hay abuelos y abuelas fantástic@s que consultan con sus hij@s y sólo compran aquello que los pa/madres han considerado que el pequeñ@ necesita o le hace ilusión. Hay otros abuel@s con los que la negociación es un poco más complicada: hacen oídos sordos, hacen trampas colando juguetes que no estaban previstos, desvalorizan, ridiculizan o hacen chantaje emocional ante el enfado o la sorpresa de los ma/padres, entregan a los nietos “a escondidas”… En una palabra, no respetan el límite impuesto y/o acordado por la pareja de ma/padres.

El problema de este tipo de dinámicas reiteradas año tras año no es el exceso de trastos en sí (que también son un problema) sino, por un lado, las consecuencias perniciosas que conlleva la avalancha de objetos recibidos en Navidad para las criaturas, y por otro, -y es hacia donde deseo colocar el foco de atención de este post-, la tensión, el malestar y la desconfianza que se genera entre los pa/madres y los abuel@s. Malestar que es mucho mayor si los abuel@s transgresores son los suegr@s y no los propios ma/padres. A los propios pa/madres se les puede marcar más tajantemente, se puede discutir abiertamente con ell@s, ya que se tiene la certeza de que, de alguna manera, se arribará a un entendimiento. En cambio, cuando se trata de los suegr@s el conflicto toma otras dimensiones, se convierte en un doble conflicto: por un lado está la molestia para con ell@s, y por otro el reclamo hacia la pareja de que “le pare los pies a sus padres”.

Si la pareja está de acuerdo y van “a una” en los criterios de crianza, entonces cada quien se encargará de limitar, de la manera que sea necesaria, a sus propios pa/madres. Si la pareja no está de acuerdo (que suele ser lo más habitual), o a alguno de ellos le cuesta encarar a sus propios ma/padres, por no querer desilusionarlos, por temor a enfrentarse a ell@s, porque no está acostumbrado a hablar abiertamente de situaciones tensas, porque siente que sería desafiar su autoridad o por cualquier otra razón, el conflicto estará servido. Los regalos de Navidad se convertirán en un tema de disputa dentro de la pareja.

Este año la Nochebuena en mi casa, el año que viene en la tuya…

 Antes de ser ma/padres quizás no era tan importante dónde se pasaban las fiestas navideñas. Muchas parejas optaban por separarse esos días (sobretodo si alguno de ellos tenía a su familia en otra ciudad) y cada quien pasaba las fiestas con los suyos, otros se montaban su propio plan e iban a “su aire”, aprovechando los días de fiesta para viajar, y algunos otros, ya desde un inicio tomaban la decisión salomónica de repartirse los días de fiesta, pero si algún año cambiaban de plan, tampoco pasaba nada…

¡Con niñ@s de por medio esta flexibilidad es imposible! Priva más el compromiso familiar que no la flexibilidad y el deseo que tengan los pa/madres sobre lo que hacer en estas fechas. Hay que intentar hacer una repartición equitativa, no sea que alguna parte de la familia se sienta ofendida. Si tenemos en cuenta que muchas familias de origen se han separado y vuelto a juntar, las combinaciones e itinerarios a veces son una locura.

Y nuevamente, ¿qué problema hay? Más allá de los asuntos logísticos, que cada quien los arregla como puede, si la relación con las familias de origen de ambos miembros de la pareja son lo suficientemente cordiales, durante esos días se irá arriba y abajo pero los encuentros serán placenteros y distendidos, el objetivo de reunir a toda la familia alrededor de la mesa y compartir momentos bonitos será más o menos cumplido. El problema aparece cuando con alguna de las dos familias “hay tema”, sobretodo si ese tema está relacionado con algo que tenga que ver con el estilo de crianza de l@s niñ@s.

Cuando una pareja de ma/padres decide asumir un modelo de crianza distinto del que asumieron sus propios pa/madres no es inusual que del lado de los abuel@s (sobre todo de las abuelas) aparezca cierto descrédito, reproche, cuestionamiento, duda, e incluso en casos más extremos, saboteo. Las abuelas que colaboran con un estilo de crianza diferente, que perciben sus bondades, se maravillan y apoyan las decisiones que su hija/nuera ha decidido asumir con su criatura, suelen ser una minoría. En general, al asumir un camino diferente las abuelas sienten un cuestionamiento a la propia manera de criar que utilizaron en su día, como si se les estuviera diciendo que lo que ellas hicieron estuvo mal o no fue suficiente, y el asunto es llevado al terreno de lo personal y de “quien tiene la razón”, no importa cuantos artículos con evidencia científica sobre tal método de alimentación/dormir/educar, etc. le invites a leer; tú decisión de “hacerlo diferente” siempre tendrá un punto cuestionador que será vivido con mayor o menor incomodidad dependiendo de la madurez emocional, las vivencias que haya tenido, y los rasgos de personalidad de la otra persona.

Si este es un conflicto presente en la familia, cada reunión familiar se convertirá en una suerte de campo de batalla: las ma/padres dirán alguna cosas que l@s abuel@s puede desdecir, las abuelas pueden intentar sabotear la crianza ofreciendo objetos y/o actividades que sabe que a los pa/madres no les agradan, o diciendo alguna cosa a su niet@ con un mensaje de fondo para su hija o nuera (sobre todo si se trata de un bebé o un niñ@ muy pequeñ@), criticando o cuestionando las decisiones que en algún momento específico puedan tomar con comentarios aparentemente inocuos como “¿otra vez le vas a dar el pecho?”, dando consejos u opiniones no pedidos, etc. Y ante un panorama así ¿a quién le apetece ir a pasar la nochebuena, el día de navidad, San Esteban, fin de año, o Reyes?

¿Y qué se puede hacer? Principalmente conversar con la propia pareja. Si no lo habéis hecho ya, puede que para este año vayáis tarde. Las parejas han de ser un equipo real, en donde tanto el padre como la madre jueguen en el mismo bando de cara a los otr@s. Todas las parejas tienen mayores o menores discrepancias en lo que respecta a la crianza y la educación de los hij@s, pero se trata de cuestiones que deben ser conversadas en la intimidad de la pareja, trascenderlas al espacio de la familia extensa es permitir que otras personas opinen en áreas de vuestra vida que no sólo no son de su incumbencia, sino que además no genera ningún bien en la pareja, al contrario, la debilita y la separa.

Las mujeres, sobre todo cuando se encuentran en el postparto inmediato o en la crianza de criaturas que se encuentran en la primera infancia (de 0 a 3 años) necesitan sentir no sólo que sus parejas les apoyan, sino también que no les dejan solas delante de la intromisión de algún miembro de la familia extensa en asuntos referentes a la crianza de los hij@s, necesitan que sean sus hombres los que pongan límites claros y protejan la relación o el vínculo madre-bebé, en caso de tener un niño menor de 2 años, o que sea él quien plantee, con voz fuerte y clara, que las decisiones de crianza de los hij@s no son un tema a debatir, en caso de niñ@s más mayores.

Pero esto es algo que también se ha de aprender a hacer, al principio no suele ser fácil, principalmente porque todos son novatos y están aprendiendo a ser madres, padres o abuel@s. La pareja ha de conversar, sin presuponer, sin dar cosas por sentado, y han de poder llegar a acuerdos explícitos y concretos que ambos deben respetar de cara a los encuentros familiares. No se trata de ceder para que “ella (o él) esté content@” o para “no tener que escuchar las quejas de mi suegra”, sino realmente de llegar a acuerdos honestos con los que los dos podáis estar satisfechos. Esto implica muchos momentos de conversación, de retomar el tema, de intentar verlo desde los zapatos del compañer@, de entender como son las dinámicas familiares de cada una de nuestras familias de origen, las tradiciones que tienen y porqué se mantienen, la manera en que en cada una de las familia se expresa el afecto o la emotividad de estas fechas, etc. Si lo conseguís os aseguro que negociar los encuentros familiares y/o la cantidad y calidad de los obsequios para los hij@s será mucho más llevadero y no traerá tanto malestar de fondo.

 

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Una de las cuestiones que más se trastoca en las parejas cuando tienen uno o más hij@s son las muestras de afecto y las relaciones sexuales –¡casi nada!-. Ingenuamente, antes de ser p(m)adres, posiblemente pensabas que sí, que cambiaría un poco, que a lo mejor los primeros 2 meses no apetecería, ya sabes, el cansancio, la cuarentena… , pero que una vez que el bebé durmiera del tirón las cosas irían volviendo a su sitio, retomaríais el ritmo poco a poco, y a los 6 meses ya lo estaríais haciendo 2 veces por semana… ¡Qué! ¡A que aún te estas riendo!

Pues sí, se trata de reír por no llorar, pero la “verdad verdadera” es que la relación erótica (y me refiero a relación en su espectro más amplío: comunicación y vínculo) cambia radicalmente desde el momento en que tenemos nuestr@ primer hij@.

Iván Rotella, vicepresidente de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual, en una entrevista realizada por La Voz de Asturias, usó una imagen que me gusta mucho: “Tener hijos es una decisión complicada y debe tomarse sopesando todos los pros y contras posibles. No es comprar otro coche o cambiar la decoración de la casa. Es incorporar otras personas a tu relación de pareja. Otras personas que al principio tienen una absoluta dependencia hacia a ti y que constantemente necesitan tu atención y pasarán muchos años hasta que eso pueda cambiar un poco.[1] Incorporar a otras personas en tu relación de pareja implica muchísimos ajustes y renegociaciones que ni tan sólo imaginábamos…

 La relación erótica en la pareja muta, y como nadie nos informó al respecto, es habitual que algunas parejas pasen por una crisis importante antes de recolocarse del todo. En este sentido hablo de algo mucho más allá de las relaciones sexuales (su calidad, duración y frecuencia), hablo de la expresión de la sensualidad y el erotismo en la pareja: ambos miembros, pues ya no son lo que eran, ni ocupan exactamente el mismo lugar en el Otro, deberán reaprender a relacionarse y a establecer nuevas dinámicas, en donde el juego, las muestras de afecto y la sensualidad necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (aunque parece que cada vez menos).

La experiencia clínica con madres puérperas y con parejas en proceso de crianza, me ha permitido diferenciar tres momentos en los que la pareja se ha de reajustar en muchas áreas y dinámicas: durante el primer año de las criaturas, durante la crianza de l@s niñ@s cuando son pequeñ@s, y durante la crianza de l@s hij@s adolescentes. En este post sólo hablaremos del primer momento, del segundo y del tercero lo haremos en los siguientes.

El primer año de postparto.

La mayoría de los estudios sobre sexualidad en el postparto, a parte de ser escasos, cuantitativos y con una muestra poco representativa, se enfocan en las primeras 8 semanas del postparto cuando, en realidad, el postparto va mucho más allá del final de la cuarentena. En un estudio que encontré recientemente por Internet me topé con datos que cuestan mucho creer. Según la autora, “entre la sexta y la octava semana después del parto, entre el 40 y el 60% de las parejas han tenido su primera relación coital, lo que aumenta al 80% de las mujeres en la duodécima semana de postparto”[2]… ¿Qué mujeres son estás? ¿A los dos meses de haber parido? ¿En serio?… La investigación no dice con cuantas mujeres contó, pero sospecho que fueron muy, muy pocas y muy, muy atípicas…

La “verdad verdadera” es que el primer año del nacimiento de una criatura no suele ser un año muy sexual. Y la recuperación del deseo en las mujeres se verá afectada por una multitud de variables: la primera y más importante es lo “indemne” que haya podido salir del paritorio. La vivencia del parto afecta de manera muy profunda y prolongada la sexualidad en el futuro, tanto en las mujeres, ¡como en los hombres!.

En lo que respecta a las mujeres, aquellas que han tenido una vivencia positiva y respetada del parto tienen menos dificultades a la hora de retomar la sexualidad, que las que tuvieron una experiencia de parto irrespetado y doloroso, cuya consecuencia física, por ejemplo, es una episiotomía con una cicatriz tivante, o una cesárea de la cual recuperarse. Evidentemente este grupo de mujeres tienen que asumir no sólo una recuperación física, sino también, y sobre todo, una recuperación psicológica. De hecho muchas mujeres que han tenido un parto difícil o muy medicalizado, pueden llegar a sufrir algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático que puede degenerar en problemas de lubricación, vaginismo, dispareunia, miedo a la penetración o a un nuevo embarazo.

En cuanto a los hombres, hay un aspecto que ha sido muy banalizado últimamente, y sobre el cual consigo pocas reflexiones, y éste tiene que ver con las consecuencias que puede tener el hecho de que actualmente algunos hombres están acompañando a sus mujeres durante todo el proceso de parto.

Antiguamente –y en las comunidades tribales sigue siendo de esta manera–, el parto era una “cosa de mujeres”, el hombre solía esperar en otra habitación o rodeado de otros hombres. Son imágenes que hemos visto en muchísimas películas. Con la medicalización del parto también se dio la masculinización del parto. Es decir, el hombre comenzó a inmiscuirse en un terreno que era fundamentalmente femenino. Esto ha degenerado en los partos modernos que vivimos actualmente: medicalizados, intervencionistas y sin ningún sentido de la intimidad; pero es que además, ha llevado también a que el padre de la criatura pueda ser testigo de primera línea del nacimiento de sus hij@s. ¿Y que cuál es el problema? Suponemos que si queremos tener un compañero comprometido con todos los aspectos de la crianza de nuestr@s hij@s es lógico pensar que este compromiso comienza desde el mismo momento del nacimiento, ¿no?

Si y no. No es lo mismo el hombre que está en el paritorio en calidad de acompañante de su mujer con la intención de darle apoyo físico y emocional y ser una fuente de protección y de compañía, que el que entra para “presenciar en primera fila” (y en algunos casos, hasta grabar) el nacimiento de su hijo.

En una conferencia a la que asistí hace tiempo, Michel Odent dijo que los hombres no tienen nada que hacer en los paritorios. Hay aspectos de la sexualidad femenina que deberían seguir estando velados a lo masculino. No es inusual que algunos hombres que han presenciado el momento del parto desarrollen una amistad muy potente con la madre de su hij@, pero también que pierdan la libido y el deseo sexual hacia su mujer como mujer. Ver la zona que hasta ahora había sido protagonista del placer sexual abrirse, expandirse y permitir la salida del propi@ hij@, psicológicamente tiene connotaciones y resignificaciones en los hombres que no deben ser minimizadas. No es poca cosa lo que ven, siendo quienes son, amantes, y retomar nuevamente esta zona sólo como un espacio de placer y disfrute algunas veces puede ser complicado.

Ahora bien… supongamos que hemos superado el paritorio, llegamos a casa con la lactancia, las preocupaciones por el bebé, la recuperación física tras el embarazo y el parto, la falta de sueño, el cansancio, los cólicos, nuestras angustias… y comienza lo que para much@s (sobre todo para algunos hombres) puede definirse como el desierto del posparto. Pasan los días, las semanas, los meses y las cosas no vuelven a ser como antes… La realidad es que (y evidentemente aquí hay muchísimas diferencias) la mayoría de las parejas retoman las relaciones sexuales en algún momento alrededor de los 6 meses (un poco antes o incluso bastantes meses después), hay quienes lo hacen cuando la criatura está alrededor del año y bueno… aquello de 2 o 3 veces a la semana quizás no ocurra durante muchos años (sobretodo si por el camino tenemos más hij@s y volvemos a la casilla #1)

Un elemento del que no podemos olvidarnos es que la lactancia es un aspecto más de la sexualidad femenina. Durante los primeros 6 meses del bebé la producción de prolactina puede inhibir el deseo sexual femenino, además de que las madres solemos estar llenas de amor y dedicación hacia nuestra criatura, con lo cual hay poco espacio psíquico para otro tipo de intereses, preocupaciones y ocupaciones, que no sea la de madre-bebé (y aquí el por qué las mujeres que no dan el pecho y no producen prolactina tampoco tienen ganas de tener relaciones sexuales durante los primeros meses).

El momento en que cada mujer retoma las relaciones sexuales con su compañer@ va a depender, principalmente, de un compendio de factores psicológicos en su nuevo estado de maternidad: lo segura o preocupada que se sienta con respecto a la criatura (incluso cuando ya es más mayor), el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y/o física de las tareas del hogar, las preocupaciones económicas y/o laborales, la relación (y la consecuente atracción o rechazo) con su propio cuerpo tras el parto, la relación con su nuevo rol de madre lactante y las implicaciones eróticas que conlleva (que a muchas genera incomodidad y/o rechazo), la cantidad de gratificación y satisfacción amorosa –que en algunas llega al arrobamiento–, que obtengan con su bebé, lo sola o acompañada que se encuentre, la validación que como madre haya podido recibir, pero, principalmente, va a depender de cómo percibe que ha sido o está siendo el acompañamiento recibido por parte de su pareja: si la pareja ha estado implicada, ha sido comprensiv@, la ha apoyado emocionalmente, ha resultado ser un soporte real en los momentos de angustia, le ha brindado los cuidados y el afecto que ha necesitado, la ha acompañado y no se ha apresurado a volver a su vida de antes, hay muchas más probabilidades de que a la mujer se le encienda el deseo por su pareja cuando ella se sienta preparada, que no si el panorama ha sido otro. Son muchas las mujeres que, llegado un momento en el postparto, están ya preparadas a retomar las relaciones sexuales pero a su vez, sienten tanto enfado por el poco apoyo que han recibido de sus parejas que, hasta que no se habla de ello y hay un reconocimiento de este malestar por parte del Otro, el encuentro se atrasa.

De hecho, es habitual que algunas mujeres rechacen las expresiones de afecto de sus compañer@s debido al temor de que si se muestran receptivas quizás su pareja reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones. Esto, sumado al día a día del postparto, genera distanciamiento afectivo entre la pareja y reproches que seguramente saltarán en discusiones en el futuro. Lo cual lleva a lo más anti-erótico que existe: resentimiento, aversión, hartazgo, o incluso odio.

También se ha de tener en cuenta algo muy básico pero natural: el actual atractivo físico y de carácter de la pareja. Y es que por los motivos que sea, muchos hombres al convertirse en padres, se dejan y esto, también genera un efecto negativo.

En todo caso, necesitamos tiempo. Laura Gutman nos dice que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente necesitan tiempo. Yo agrego que nuestro bebé y nuestro deseo, también. Conozco a poquísimas mujeres que tuvieran ganas de tener sexo después de la cuarentena, la mayoría ni se lo plantean (independientemente de que se hayan recuperado bien del parto), estamos tan centradas en la díada mamá-bebé que nuestro marido (como hombre) se torna invisible. Y si no mantenemos una buena comunicación con nuestra pareja en la que nos sintamos libres de expresar nuestros miedos y temores, se está colocando el escenario del distanciamiento. Él puede sentirse rechazado o pensar que ahora sólo nos llena la presencia del bebé. No podemos olvidar que después de que nace el bebé, la vida del padre no cambia tanto como la nuestra. Normalmente mantiene el mismo trabajo y su cuerpo no ha cambiado, tanto. Hay más continuidad. Es comprensible que un padre pueda ver las relaciones sexuales como una reafirmación de su anterior relación de pareja. Puede sentirse cansado y desorientado y desear el consuelo y el placer que encuentra en el sexo. Todo esto hay que hablarlo, aunque el bebé de pocos momentos para ello, se han de aprovechar al máximo y agotarlos.

Cada uno necesita algo diferente. ¿Y qué se puede hacer? Hacer un ejercicio de honestidad con nosotras misas es lo primero, asumirlo y conversarlo para poder llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos. En este sentido hemos de ser abiert@s y flexibles, si nuestro compañero necesita descargar energía sexual porque no puede sublimarla, o está muy tenso, pactar recurrir al recurso de la masturbación sin que suponga un conflicto para la pareja, podría ser una opción. Cada pareja ha de encontrar su fórmula y para esto, mientras más abierta y honestamente hablemos de sexualidad con nuestra parejas (de la propia, la suya y la conjunta, que son tres cosas distintas) más números tenemos de que sea algo que pueda volver con mucha más intensidad y con una mayor sensación de unión a la vida de la pareja.

De momento, si te encuentras transitando el desierto del postparto y te apetece empezar a hacer algo al respecto –asumiendo que no hay reproches ni malestares guardados hacia la pareja que dificulten asumir con agrado cualquier iniciativa­–, se puede comenzar a estimular el deseo y la apetencia sexual aceptando un acercamiento progresivo y una normalización gradual de la sexualidad, sin tener mayores expectativas ni ser exigente. Hay que buscar condiciones que faciliten el deseo, sobre todo en la mujer, por ejemplo proporcionando momentos de descanso y momentos y espacios de intimidad afectiva entre la pareja, en donde se pueda conversar sobre el sexo, sobre nuestros deseos, fantasías, anhelos, temores, dificultades, aprendiendo o redescubriendo que existen muchísimas maneras de disfrutar y sentir placer con el otro y que la genital es sólo una de ellas.

Si te ha interesado este post, quizas también te interese “Ya no somos lo que fuimos”. Cuando ser p(m)adres genera fracturas en la pareja o también, Aspectos Emocionales del Posparto.

[1] Iván Rotella. ¿Se pueden evitar las rupturas de pareja? La Voz de Asturias. 28/05/2016. Las negritas son mías

[2] González Roble, L. (2016). La Sexualidad Femenina en el Postparto. Una Investigación Cualitativa desde la Teoría Fundamentada. Universidad de Cantabria, disponible en https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/8559/GonzalezRoblesL.pdf?sequence=1.

 

        “Mis hijos me causan el sufrimiento más intenso que he experimentado en mi vida. Es el sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia infernal entre el amargo resentimiento y los nervios de punta, y la ternura y satisfacción gozosa”. Adrienne Rich (1)

“La maternidad no es una empresa privada. Siempre es pública, de forma exhaustiva e incesante”.Orna Donath.(2)

¿Alguna vez os pasa que sentís que no soportáis ni un minuto más la presencia de vuestra criatura, su insistencia, su infatigable demanda? ¿A veces fantaseáis con tener un momento al día en el cual no tener que haceros cargo de nadie, ni sentiros responsables de nadie más que de vosotras mismas? ¿A menudo sentís aburrimiento, hartura de los parques infantiles y desearíais cambiarlos por un buen libro o una buena conversación con amigas? ¿Alguna vez os sobrepasa alguna situación y os encontráis sin recursos, sin estrategias de negociación y entonces os invade la frustración, la rabia, el grito rabioso, el gesto despreciativo y después os sentís fatal, las peores madres del mundo por no haber podido estar a la altura? Pues sí… sois madres, y sois humanas.

A menudo las madres nos sorprendemos ante la vivencia de sentimientos radicalmente opuestos a los que tendríamos que estar sintiendo por nuestr@s hij@s. En realidad no se trata de una experiencia exclusiva de la maternidad sino que es algo que se puede experimentar dentro de muchísimas relaciones significativas (padres, herman@s, parejas, amistades) pero, por un lado, -y siendo la relación madre-hij@ de una carga emocional tan intensa y profunda-, es en ente binomio en el que su evidencia se hace casi insuperable y por otro, ya que en la sociedad actual está tan mal visto que una madre pueda expresar o verbalizar sentimientos hostiles hacia sus hij@s, a menudo los convertimos en las prendas sucias mejores guardadas dentro de nuestras mochilas. Se trata de la ambivalencia afectiva y no os preocupéis, es un sentimiento completamente normal.

La ambivalencia afectiva fue el término acuñado por el psiquiatra E. Bleuler en 1911 para hacer referencia a la “presencia simultánea de dos sentimientos opuestos (atracción y repulsión), de dos direcciones opuestas de la voluntad, respecto a un mismo objeto.” [3] En el caso de las madres hablamos de dos sentimientos opuestos hacia nuestr@s hij@s, que provienen de dos aspectos opuestos de una misma (conflictos entre lo que quiero como madre y lo que necesito como mujer, adulta, etc.) y se trata, según Ana Cigarroa, del afecto “más intenso y frecuente que se observa en la mujer durante el embarazo, parto y puerperio.”[4] ¿Ah, si? ¿Y cómo es que no lo sabía?

Históricamente, la idealización del vínculo madre-bebé ha excluido los sentimientos negativos del abanico emocional que puede sentir una madre, incluso dentro de las teorizaciones de los psicólogos dedicados al tema (a pesar de que Freud en su momento planteara que los sentimientos encontrados son una parte inevitable de toda relación humana íntima y duradera). Esto generó como consecuencia que las madres, al no tener reconocimiento social de estas emociones, tuviésemos que ocultar nuestros conflictos y sentimientos negativos de la escucha de los profesionales, incluso de nosotras mismas, creando una gran carga de culpa y malestar.

Donath lo expresa de esta manera: “aunque no hay una única emoción que los hijos inspiren en las madres –si bien los sentimientos de una madre pueden variar en el transcurso de un día y sin duda a lo largo de períodos más largos, dependiendo de cómo se comporten sus hijos, así como del tiempo, espacio y ayuda de que disponga- se espera que todas las madres sientan sistemáticamente lo mismo si desean ser vistas como “buenas madres”[5]

Todo cuidador primario, independientemente de su sexo y su edad, encuentra el proceso de crianza como algo muy difícil, especialmente en sociedades en transición como las nuestras, donde la familia extensa se ha dispersado y las tradiciones en la crianza de l@s niñ@s se han perdido. Afirma Raphael-Lelf[6] que estar constantemente atento y responsivo a las necesidades de alguien más, de quien tenemos responsabilidad total en todo momento, es una tarea desalentadora. Si a esto le sumamos las noches extenuantes, la deprivación de sueño y el cansancio, las fluctuaciones hormonales y la recuperación de las secuelas de un parto en el caso de la madre, no es de extrañar que el quiebre perinatal sea algo común. En Occidente el estrés postnatal es experimentado por casi la mitad de las nuevas madres y por un cuarto de los nuevos padres.

En todo caso, en el momento en que una mujer deviene madre las “emociones encontradas” le acompañaran siempre, no sólo porque se encuentre ante la duda en determinados momentos de la vida de sus hij@s de si lo está haciendo bien o no, no sólo por su constante preocupación por el futuro o por vicisitudes específicas que pueda tener en la relación directa con su hij@ durante un período específico de su vida, no sólo por sentirse sobrecargada, por la dificultad para conciliar la vida familiar y laboral, por el deseo de querer atender otros aspectos de sí misma independientes de la maternidad y un largo etcétera, sino también por la presión constante de que es a la madre a la que se le demanda tanto la atención inmediata, como las explicaciones de los resultados. Somos las madres las que “tenemos que” rendir cuentas ante el Otro, seamos conscientes de ello, o no. “Es a la madre a quien se suele culpar por ser demasiado afectuosa o distante, demasiado dominante y sobreprotectora o indiferente y desapegada, principalmente por un motivo: porque era ella, en términos generales, la que estaba presente durante la infancia de los hijos. O es la única a la que se le acusa de no estar presente”.[7]

A partir de la maternidad de algunas psicólogas y teóricas de la psicología, estas mujeres comenzaron a replantear y problematizar la cuestión de las emociones de las madres. Es así como Parker nos dice “a ninguna de nosotras le resulta fácil aceptar de verdad que amamos y odiamos al mismo tiempo a nuestros hijos, y es que la ambivalencia maternal no constituye un estado anodino de sentimientos encontrados, sino un estado de ánimo complejo y contradictorio, compartido de forma muy diversa por todas las madres. (…) Gran parte de la culpa omnipresente que soportan las madres deriva de las dificultades para sobrellevar la dolorosa sensación provocada por el hecho de experimentar la ambivalencia maternal en una cultura que rehúye la existencia misma de algo que ha contribuido a crear”.[8]

En una sociedad que atrapa a las madres en una maraña de expectativas idealistas, imposibles y contradictorias, nos es muy difícil no sentirnos en falta, con un cúmulo de culpas a las espaldas y el rótulo de “mala madre” a la vuelta de cualquier error (con el consecuente sufrimiento psíquico que esto pueda generar). Es por esto que actualmente se habla de la existencia de la ambivalencia maternal saludable como un rasgo intrínseco de la experiencia de ser madre y como una parte del espectro de los sentimientos encontrados hacia l@s hij@s y la maternidad. Pero, no solamente es una vivencia “normal”, sino que también, yendo un paso más allá, es una experiencia positiva en la medida en que “la propia angustia de una madre y la insufrible coexistencia del amor y el odio por el bebé serían los sentimientos que permitirían a la madre buscar constantemente soluciones creativas a todos sus problemas”.[9]

De esta manera, el conflicto amor-odio que podamos sufrir en relación a nuestr@s hij@s nos puede ayudar a fomentar la reflexión, a cuestionarnos, a intentar buscar otras miradas, a adquirir herramientas intelectuales y emocionales para comprender a nuestra criatura y sus necesidades. Sin embargo, para poder soportar la ambivalencia afectiva y el dolor que ésta genera, las madres debemos apearnos de la ilusión de perfección, nuestra y de nuestros hij@s. Haciendo dicha renuncia podemos descubrir cómo contener este conflicto y cómo profundizar en él para descubrir muchas más cosas sobre nosotras mismas. “La ambivalencia maternal puede ofrecer reforma y reparación, como logro emocional de aquellas mujeres que se enfrentan a una confusión emocional, fantasías y conflictos relacionados con su maternidad, y como estado que puede fomentar potencialmente una flexibilidad y un dinamismo emocionales”.[10]

Finalmente, sólo me queda comentar que es muy importante que las madres tengamos valor y busquemos espacios seguros y contenedores donde poder explicar nuestros relatos de ambivalencia emocional, no sólo porque representará una descarga para nosotras mismas, sino también porque nos permitirá hacer conscientes otras ambivalencias o el grado en que podamos estarlas sufriendo. Así, traeremos luz a diversos aspectos ocultos de nuestra personalidad.

Además, hablando de ello normalizaremos la ambivalencia como un aspecto más de la maternidad, con lo cual las mujeres que tengan dudas o fantasías muy idealizadas con respecto a ser madres y lo que esto les pueda suponer, conocerán por experiencia de terceras la existencia de estas emociones tan potentes, de tal manera que no las cojan desprevenidas.

Si quieres leer más sobre de esto desde una vivencia más personal, no dejes de mirar el post Las Madres que nos quedamos en Casa.

[1] Rich, A. (1986). Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución. Cátedra, Universitat de Valencia.

[2] Donath, O. (2016). #madres arrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales. Penguien Random House Grupo Editorial.

[3] Dorsch, F. (1994). Diccionario de Psicología. Herder, pag: 27

[4] Cigarroa. A. (2011). Embarazo normal y embarazo de riesgo. En Alkolombre, P. Travesías del cuerpo femenino. Letra Viva Editorial, pag: 68. (las negritas son mías)

[5] Donath, O. Op. Cit. P. 63

[6] Raphael-Left, J. (2010). Healthty Maternal Ambivalence, Studies in the Maternal.

[7] Donath, O. Op. Cit. P. 72

[8] Parker, R. (1994). Maternal Ambivalence. En Winnicott Studies, Nº9. Londres.

[9] Raphael-Left, J. Op. Cit.

[10] Donath, O. Op. Cit. P. 74

Aunque parezca difícil de creer, el nacimiento de un hij@, por muy desead@ y buscad@ que haya sido, es una de las principales causas de crisis, e incluso de ruptura, de la pareja. El mayor porcentaje de separaciones matrimoniales se produce cuando alguna de las criaturas no llega aún a los 3 años de edad. ¿Porqué?

Habitualmente cuando esperamos a nuestro primer hij@, fantaseamos sobre cómo va a ser nuestra vida cuando seamos m(p)adres. Las expectativas empiezan a aparecer desde el mismo momento que tenemos la confirmación médica de que todo marcha bien. Seguidamente, vienen los miedos y las inseguridades de si podremos o no ser buenos p(m)adres, de si estaremos a la altura de lo que la tarea requiere, etc. Sin embargo, poco pensamos y conversamos sobre cómo se va a transformar nuestra relación de pareja ni sobre el estilo de crianza que queremos llevar, cosa que en cierta media es comprensible, ya que en cierto grado no podemos ni imaginar qué transformaciones se van a dar ni cuál es la implicación y dedicación que tendremos con nuestra criatura.

La pareja no es un elemento estático ni inmóvil, bien al contrario, se va transformando en la medida en que van cambiando nuestra vida, nuestras circunstancias laborales, económicas, sociales y familiares; y en la medida en que se va profundizando y fortaleciendo el vínculo, a su vez, la pareja tampoco es inmune a la cultura y las modas sociales que puedan aparecer en un momento determinado. Del mismo modo, las dinámicas y las prioridades dentro de la pareja cambian con la llegada del primer hijo, y vuelven a cambiar con la llegada de un segundo y así sucesivamente y, mientras los niñ@s se encuentran en la primera infancia (período que va de los 0 a los 3 años), los espacios para compartir en pareja son sino limitados, al menos diferentes y, la mayoría de las veces esto nos toma completamente por sorpresa, tanto a hombres como a mujeres.

Con frecuencia me encuentro en la consulta a muchas parejas que tras haber tenido un hij@ pasan un período en el que casi no se reconocen; hay distancia emocional y muchas quejas de parte de ambos, pocos espacios para conversar pausadamente y en cambio muchas discusiones por situaciones que antes eran más o menos irrelevantes, hay cansancio sostenido por el cuidado constante de un bebé o de uno o más niñ@s pequeñ@s, por la presión del peso del hogar y de lo económico, por las dificultades de conciliar, y descontento por los roles que asume cada uno dentro de la crianza. Cada familia lleva su “pack” especial dependiendo de su idiosincrasia particular, pero todas entran de una u otra manera dentro de esa nueva dinámica.

¿Y que es lo que ha pasado?

Cada familia tiene su historia particular que hará que la problemática se centre más en uno u otro aspecto, pero en general se pueden enumerar brevemente algunos elementos comunes:

  • La vivencia del embarazo y el parto. Algunas veces ya desde el mismo momento del embarazo pueden empezar a aparecer síntomas de que la pareja no marcha bien, en muchos casos expresado en el área de la sexualidad: cierto descontento porque a uno de los miembros de la pareja no le apetece tener relaciones sexuales por temores, por aprehensiones o por falta de deseo. Otra área en el que se expresa es que el hombre puede tomar cierta distancia de los preparativos de la llegada del bebé, o no vive el embarazo con la misma ilusión que la mujer, lo cual suele generar en ella inseguridades de su futura vinculación como padre, además de sentirse herida o sola. El parto, por otro lado, su vivencia, si ha sido un parto respetado o no, con muchas o pocas secuelas físicas o psíquicas, si la mujer se ha visto vulnerable o empoderada, son elementos que la marcarán para toda la vida y esta experiencia teñirá de alguna manera su relación con la sexualidad y con su pareja.
  • El período del postparto. Ese momento físico y emocionalmente intenso que comienza cuando nace nuestra criatura y que acaba… ¿con la cuarentena? ¿a los 3 meses, a los 6, a los 9, a los 2 años? El postparto tiene implicaciones físicas importantes, muchas de las cuales conllevan secuelas directas en la instauración exitosa de la lactancia y, más adelante en la recuperación de una vida sexual satisfactoria. Está directamente relacionado con el tipo de parto que se haya tenido y que va a generar, psicológicamente hablando, un estado diferente en la mujer, con lo cual, un “estar” con el bebé y con la pareja, que estará tocado por esa experiencia. (Si quieres leer más sobre los Aspectos Emocionales del Postparto pincha aquí). Y aquí ya entramos en el mundo de lo emocional. Ni los hombres ni las mujeres tenemos idea de todo esto hasta que estamos en el meollo. Los hombres que cuentan con una madurez emocional, que saben hacerse cargo de sí mismos y que están conectados con su pareja, suelen saber apoyar, acompañar y sostener las necesidades de la nueva madre durante este período tan importante. Los hombres inmaduros, dependientes y egocéntricos tienen muchas dificultades para entender el cuidado que su pareja necesita.
  • Las necesidades de cuidado continuo del bebé. Muchas veces es algo que no nos esperamos, nos hemos creído el cuento de que el bebé no hace más que “comer y dormir” y nada más alejado de la realidad. Los bebés requieren de mucho soporte físico y, sobretodo, emocional. Cada etapa tiene su distinción particular, pero hasta los 3 años, sus m(p)adres constituyen el referente emocional principal a partir del cual la personalidad de la criatura va a ser construida. ¡Gran tarea, sin duda! pero ¿qué pasa cuando no hemos hablado con la pareja sobre cómo les queremos criar? ¿dónde queremos que duerma? ¿cómo queremos que coma? ¿cómo se instauran los límites y la disciplina? ¿en quién confiamos para que le cuiden? ¿a qué edad queremos que vayan a la escuela? ¿Qué tipo de educación queremos que reciba?… Temas que pueden generar, sin duda, grandes batallas campales y desencuentros importantes en la pareja.
  • El peso de la rutina y de las tareas del hogar. Cuando los hij@s son pequeñ@s las rutinas pueden ser bastante monótonas y desgastantes, sobretodo los dos primeros años en los que las necesidades de la criatura no dan tregua y algunas cosas tienen muy poco margen de variabilidad. Esto puede representar una sombra importante para la relación de pareja, no nos olvidemos que tan sólo 1 año antes podíamos improvisar una cena, una quedada con amigos o ir a pasar un día a la playa, lo único que se necesitaba era un poco de disposición para ello. Por otro lado, las tareas de las casa se hacen interminables y agotadoras, antes quizás no importaba tanto quien tiraba la basura, hacia la colada u ordenaba la cocina, a eso se le ha de sumar la presencia del bebé y sus cuidados. A menudo encuentro en la consulta que las mujeres se quejan de llevar ellas todo el peso de las tareas domésticas y de tener poca colaboración por parte de sus compañeros con lo cual una prenda de ropa olvidada accidentalmente en el suelo del lavabo se puede convertir en una discusión de horas.
  • El cambio en la relación sexual. Y no me refiero sólo al cambio en las relaciones sexuales (frecuencia, calidad, duración, etc.) sino al cambio en la relación erótica en la pareja. Si quieres leer a profundidad sobre este tema en específico, puedes clicar este post pero, de manera resumida, la sexualidad en la pareja también ha de resituarse. Ambos miembros tienen que aprender a relacionarse con un nuevo cuerpo (¡y no sólo el de la mujer, que ahora es madre, que quizás amamanta, etc.!) y a establecer nuevas dinámicas, al menos durante el primer año de postparto, en donde el juego, las muestras de afecto y el erotismo quizás necesitan de un protagonismo especial, más que la relación sexual en sí, y este es un chip que a algunos hombres les cuesta cambiar (parece que cada vez menos). Con lo cual muchas veces las mujeres rechazan las expresiones de afecto de sus compañeros pensando que si son receptivas a ellas quizás él reciba el mensaje de que están dispuestas/deseosas a tener relaciones, también se pueden dar casos de mujeres con muchas ganas de tener intimidad y hombres inhibidos o sospechosamente inapetentes. Todas estas cosas deben hablarse entre la pareja: mucho y sin tabúes… Pero de esto hablaré en otra entrada.
  • La transformación de la maternidad. Es innegable que la maternidad es una revolución que se genera dentro de nosotras y que nos pone la vida, las prioridades, los planes de futuro y las expectativas completamente patas arriba. Nos tomará un tiempo recolocarlo todo, encontrar un nuevo orden y alguna vez pasará que cuando creemos haberlo encontrado, alguna necesidad de nuestra criatura nos hace cuestionarlo todo de nuevo. Esto sobretodo se expresa a nivel emocional. Dice Laura Gutman que “cada bebé es una oportunidad para su madre para rectificar el camino del conocimiento personal, para sacar a la luz viejas heridas y realizar las sanaciones adecuadas”[1]. No teníamos ni idea de que el amor fuera algo así de potente, de que un ser tan pequeñito tuviera un protagonismo tan fundamental en nuestras vidas. Algunos hombres también viven la paternidad de una manera parecida, otros se relacionan con sus hij@s desde un lugar menos “intenso” (esto no quiere decir que no les quieran, sino que son uno más de los elementos importantes de su vida). Sea como sea, los hombres suelen encontrarse perplejos ante esta nueva mujer capaz de revolucionarlo todo y de poner cualquier cosa en jaque por su criatura; al principio puede pensar que es consecuencia de lo “hormonada” que está su mujer, del cansancio, de la instauración de lactancia, etc. Quizás alberguen la esperanza de que pasada la cuarentena (que en realidad no es para nada el fin del puerperio) reencontrarán a su mujer normal y corriente, la de siempre. Pero resulta que este reencuentro no llega nunca, al menos no durante los primeros dos años; y si hablamos de un hombre con algunos elementos inmaduros, dependientes o infantiles, empezarán a surgir desencuentros y discusiones, sobre todo, porque la mujer-madre no podrá sostener emocionalmente a su marido-niño, sólo tendrá espacio para maternar a su hijo. Esto muchas veces puede hacer que el hombre se sienta rechazado, desplazado, excluido, pues ya no hay nadie que cuide de él.
  • El tiempo de ocio. Algo muy preciado y sostenedor dentro de la pareja que, momentáneamente, se ha perdido. Con un bebé en casa hay pocos momentos disponibles, de hecho, la mujer tiene todo su espacio psíquico ocupado, y cuando el bebé le da una tregua, lo que realmente quiere es tiempo para sí misma. Por el contrario, el hombre se encuentra con su espacio psíquico disponible (cuenta con el trabajo y la vida “en la calle”), por lo que demanda a su mujer más tiempo de pareja. Aquí nuevamente se produce el desencuentro. Cada uno necesita algo diferente con lo cual, se hace necesario conversarlo y llegar a acuerdos que sean convenientes para ambos.
  • Los estilos de comunicación. En medio de las discusiones, sobre todo cuando se arrastra cansancio y sueño acumulado, la manera como se comunica una pareja puede mejorar o, por el contrario, empeorar el problema. Debemos preguntarnos si sabemos hacer demandas de la manera adecuada, expresando realmente lo que estamos sintiendo sin caer en acusar o culpabilizar al otro de la situación, si realmente escuchamos al otro cuando hablamos o sólo usamos sus argumentos para contraargumentar, si somos capaces de ver y entender las necesidades que pueda tener el otro y tener disposición para ayudarle, etc.
  • La familia extensa. Algunas veces contamos con abuelas (madres y suegras) maravillosas, que nos apoyan en la crianza que hemos decidido tener sin cuestionarla, nos echan un cable, y nos ayudan a recuperar un poquito los espacios de intimidad tan escasos entre la pareja. Otras veces, menos afortunadas, tenemos madres o suegras intrusivas, que critican, ponen en duda y nos infantilizan, si te interesa leer más sobre este tipo de abuelas, picha aquí. La manera en la que una pareja afronta y limita a la familia extensa, puede fortalecer o debilitar el vínculo entre ellos.
  • La existencia de problemas anteriores no resueltos.  Así lo expresa Gutman: “La aparición del recién nacido, la ruptura emocional que esto produce en la madre, la travesía por el puerperio, la pérdida de referencias de identidad y sobre todo el cansancio, ponen en evidencia ciertos funcionamientos dentro de la pareja que repentinamente se vuelven intolerables cuando antes no generaban conflicto”[2]. Es así como, en muchísimos casos, no es la presencia de l@s niñ@s pequeñ@s lo que desorganiza a la pareja, sino que dicha presencia pone en evidencia el funcionamiento original de la misma, el cual, dada las circunstancias actuales se hace insostenible.

Establecer acuerdos previos al nacimiento de los hij@s es primordial, evaluar lo que esperamos el uno del otro y conversar sobre si el otro está en capacidad de ofrecer eso o no, ver como son nuestros roles y redefinirlos si hace falta, estudiar juntos la historia personal de cada uno, los patrones de crianza vividos, los valores dentro de los cuales se ha crecido, negociar qué hacer con las diferencias. Se hace necesario revisar y repactar todos los acuerdos tácitos de la pareja, leer la letra pequeña ya que las condiciones cambian con el nacimiento de l@s hij@s, se pasa de ser pareja a ser familia y si se quiere sobrevivir en el intento, necesariamente hay cláusulas que revisar y modificar, pero esto sólo es posible si estamos acostumbrad@s a comunicarnos entre nosotr@s, a contarnos lo que nos pasa y a respetarnos y tenernos confianza. Y si ya ha nacido el primer hij@ y nos encontram@s con que esta tarea no ha sido hecha, se ha de tomar como una oportunidad para el crecimiento y el fortalecimiento de la pareja, y si es necesario, buscar a un profesional de escucha atenta y receptiva que nos pueda ayudar y acompañar en este proceso.

 

[1] Laura Gutman (2003). La Maternidad y el Encuentro con la Propia Sombra

[2] Laura Gutman (2009). La Familia nace con el primer hijo. Historias de parejas con niños pequeños.

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Hello again, Music Together.

posted by Iliana Paris julio 5, 2016 0 comentarios

La maternidad está llena de segundas oportunidades, de eso no me cabe la menor duda. He sido testigo y he vivido por mi misma como nuestros/as hijos/as nos colocan, una y otra vez, ante la posibilidad de rectificar, de hacerlo mejor y, por supuesto, de vivir nuevas-viejas experiencias.

Este es un post poco usual en mi blog, no pretendo hablar directamente sobre algún aspecto psicológico de la maternidad o de la crianza, sino contar nuestra experiencia con un programa de educación musical para la primera infancia (de 0 a 5 años) llamado Music Together.

Todos los niños son musicales. Y los adultos también! Es una frase del Music Together que me encanta, no sólo porque es cierta, sino porque además los adultos tenemos la tendencia a desconectarnos de nuestra musicalidad y, de una cierta manera, a perder parte de nuestra alegría. Pues bien, Music Together invita –a través del acompañamiento a nuestros hijos/as–, a reconectarnos con esa alegría.

¿Y qué tiene que ver Music Together conmigo?

En septiembre del 2012, una madre con la que coincidía en diversas actividades y grupos de crianza me habló de una sesión de prueba gratuita para unas clases de música para niños que se hacían en el Teatre Porta4, al lado de la plaza de la Virreina, en Gracia. Había que llamar al teléfono de un tal Piero y reservar plaza. Yo, madre primeriza que en ese momento, no trabajaba y que quería ofrecer a mi hijo de 9 meses todo un abanico de experiencias enriquecedoras en las que, además, estuviera en contacto con otros/as niños/as sin dejar de tener la seguridad de mi compañía, me apunté al carro enseguida. Jamás sospeché que el Music Together iba a estar tan presente en la crianza de mis hijos.

Al llegar a Porta4 nos recibió Piero, un italiano peculiar, casi siempre despeinado y bastante despistado que despertaba una cierta sospecha. Nos dio un conjunto de instrucciones y nos hizo pasar a un “cuadrilátero” de moqueta donde se realizaba la actividad. Nos sentamos en círculo en el suelo, cada madre o padre con su hijo/a y Piero con su guitarra, y entonces dijo “lo más importante del Music Together es la participación de los adultos” y ahí ya pensé que esto era bastante raro pero, un instante después, Piero empezó a cantar la canción de bienvenida “Hello, everybody” y fue como si empezara a hacer magia: todos los niños/as se quedaron absolutamente maravillados, no sólo porque la canción es bonita y molona, sino porque además Piero conduce las sesiones desde el más absoluto cariño y como si fuera un niño más, sin serlo. Sus habilidades con los niños/as son simplemente envidiables, a lo largo de 4 años he visto a Piero deshacer peleas o tensiones entre niños/as, suavizar pataletas de algún nene que estaba teniendo un mal día, transformar lágrimas en risas, e integrar al niño/a más tímido/a del grupo haciéndole participar… todo esto de la manera más desenfadada e improvisando.

Empecé a asistir al Music Together cuando mi hijo I. tenía 9 meses, asistimos durante 3 años consecutivos (que es el tiempo que dura todo el programa ya que está dividido en 9 trimestres con 9 libros y cds con canciones diferentes; las únicas canciones que se repiten en todos los cds son las de inicio y final). I. creció (y sigue creciendo) literalmente cantando las canciones de Music Together, y a medida que se iba desarrollando y sus habilidades iban madurando, pude vivenciar las bondades del programa. De todas las actividades que he realizado con mis hijos, si tuviera que recomendar sólo una, sin duda sería ésta.

Aquí estamos I. y yo en su segundo curso

Cuando tenía alrededor de dos añitos comenzó a jugar en casa a que él era Piero, tocando una guitarra que tenemos por casa, nos sentábamos en el suelo y reproducíamos la escena de la canción inicial; además hasta aproximadamente los 3 años y medio fue muy fan de los trenes, cosa muy usual en niños pequeños y de lo cual Music Together es muy conciente pues en cada cd hay una o dos canciones que van de trenes. De más está decir que éstas casi siempre eran las preferidas.

El último curso lo hicimos en la primavera del 2015, I. ya tenía 3 años y medio y a veces me daba la sensación de que prefería estar haciendo otras cosas pero bueno, yo estaba embaraza de G. y me despedí del programa con la convicción de que volvería cuando G. tuviera la edad adecuada; sin embargo, me dio un poquito de pena acabar esa etapa con I., era como si con el cierre del Music Together quedara atrás su infancia más tierna, su etapa de bebé y todos esos momentos compartidos.

Este verano, un año después, creí que era el momento de que G. comenzara el Music Together, al estar I. de vacaciones decidí que viniera con nosotros, por un lado pensé que a lo mejor se aburriría un poquillo porque habrían sólo niños pequeños, pero a la vez pensé que le haría ilusión volver a ver a Piero.

Durante la semana íbamos conversando de que volveríamos al Music Together y para mi sorpresa, a pesar de que no ha olvidado las canciones, no recordaba mucho de qué iba la cosa. Nada más llegar a Porta4, escondiéndose detrás de mi brazo, me dijo casi como si fuera un secreto: “mama, no me acuerdo de Piero”, En ese momento sentí una mezcla entre ternura y desconcierto; hoy, escribiendo estas líneas, lo puedo entender perfectamente: ha sido un año muy intenso para nuestra familia, el año en el que nació su hermano con todas las transformaciones que eso ha implicado a nivel familiar, pero también él como individuo ha tenido un año muy enriquecedor y lleno de experiencias que le han hecho crecer mucho.

En fin, escuchamos las instrucciones que Piero daba a los nuevos padres, entramos al cuadrilátero en el que ya I. comenzaba a sentirse cómodo, y poco después Piero empezaba con su mágico “Hello, everybody” y yo allí, viendo las caras de mis dos hijos, viviendo esta segunda oportunidad a través de mi segunda maternidad, viendo a mi bebé boquiabierto y lleno de sorpresa, y a mi niño boquiabierto y lleno de recuerdos… No sé quien de los tres disfrutó más de nuestra primera clase de verano, pero desde que hemos vuelto al Music Together su música vuelve a sonar en mi casa cada día y tengo a un niño que baila y canta lleno de alegría y a un bebé que se ríe y abre mucho los ojos con cada melodía, con cada gesto, con cada movimiento.

Gracias Music Together por darme la excusa para conectarme de nuevo con la música que hay en mí, gracias por su excelente programa. Gracias Piero por tu toque particular con los/as niños/as. Y, sobretodo, ¡gracias I. y G. por permitirme ser testigo, nuevamente, de las maravillas que se suceden cuando los niños/as aprenden jugando y pasándoselo muy, pero que muy bien!

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Echo de menos a mi marido

posted by Iliana Paris abril 9, 2016 4 comentarios

No voy a negarlo. Echo de menos a mi marido, y mucho.

Echo de menos el calor de su cuerpo desnudo a mi lado por las noches. Hace más de cuatro años que somos padres y dado que había que levantarse más de una vez, lo práctico era dormir vestidos. Además, desde que tenemos dos hijos, a menudo ni siquiera dormimos juntos sino que él está con el mayor y yo con el bebé.

Echo de menos el sexo sin horario, sin mesura, sin limitaciones. Dar vueltas en nuestra cama de metro ochenta que hace tiempo que dejó de ser sólo nuestra. Poder amarnos en el momento que nos plazca: un domingo por la mañana o en una noche lluviosa, sin monitores que mirar y sobre todo, aquellas conversaciones post coito, esos momentos en los que aún enredados el uno en el otro planificábamos cómo creíamos que iba a ser nuestra vida.

Echo de menos las escapadas de fin de semana en moto a pueblitos remotos… excusas que uno ponía para amarse sin pretexto y con desparpajo. Ahora nuestras escapadas de fin de semana son a un camping familiar, la moto la hemos cambiado por un monovolumen, y no me malinterpretéis, nos la pasamos pipa pero claro, os lo podéis imaginar, no es exactamente lo mismo.

Echo de menos las salidas por la noche sin más planificación que la que marcaba el deseo: las idas al cine, a cenar, a un concierto, a bailar… ir caminando tomados de la mano, a paso de despreocupación, de quien sabe que en casa sólo nos espera el gato. Echo de menos las conversaciones adultas y sin la constante interrupción de la curiosidad infantil. En fin… echo de menos a mi marido

Pero también he de confesaros, estoy enamorada “hasta las trancas” del padre de mis hijos. Su dedicación paciente y entregada, la gallardía con la que se hace cargo de la familia permitiéndome el tiempo, el espacio y la despreocupación necesaria para criar. La madurez con la que puede postergar su deseo y sus necesidades porque estoy cansada o porque “esta noche el niño está tosiendo, quizás convenga dormir pronto”. Me enamora lo tranquila que me deja al hacerse cargo de nuestro hijo mayor, acompañarlo por las noches, llevarlo a hacer pipí las veces que haga falta, detectarle la fiebre sólo con un beso, cuidarlo cuando está enfermo, ser la cara de la familia ante la escuela, para que yo pueda estar entregada a las demandas del bebé.

Soy afortunada, el padre de mis hijos es un hombre capaz de sostenerme emocionalmente. Es un hombre que sabe que para que yo pueda maternar él ha de ser el pilar, lo es, y lo asume. A veces se agobia, se queja de que no tiene tiempo para nada más (y es verdad), que está entregado de lleno entre el trabajo y la familia (y es cierto), pero al día siguiente vuelve a hacer las mismas elecciones porque sabe que nuestro proyecto de crianza es lo más importante. Y no creáis que todo es color de rosa, no, con el padre de mis hijos he tenido las discusiones más intensas y las negociaciones más feroces para llegar a un “proyecto de crianza conjunto” y me gusta, me gusta que me cuestione y que vea las cosas desde una perspectiva de padre, de hombre, porque se implica y le importa la crianza y el futuro de nuestros hijos, quiere decir y dice la suya. Sería mucho más “cómodo” simplemente seguir la corriente de lo que yo diga, pero él no se conforma. Nunca lo ha hecho. Él me cuestiona, señala mis puntos ciegos y me empuja a ser mejor. Él ha asumido su rol de Padre, así con mayúscula, y desde allí calibra constantemente, haciendo equilibrios entre el “poner el límite” y la complicidad paterna.

Si lo conocierais, el padre de mis hijos es un hombre serio y formal pero a veces, cuando va de papá es capaz de hacer las tonterías más divertidas y los juegos más disparatados para que todos riamos y disfrutemos.

En fin, se ve, echo de menos a mi marido, y mucho, pero sólo el padre de mis hijos puede hacerme sentir hermosa y deseable aunque lleve ojeras hasta el cuello y tenga puesto el mismo pijama desde hace tres días. A fin de cuentas, el tiempo para querernos sin prisas y cuando las ganas hiervan, con todo lo que ello implica (las cenas, las caminatas, las escapadas) volverá, aún nos queda, pero volverá, y entonces viviremos con la satisfacción de haber hecho bien el mejor trabajo de nuestras vidas, de haber acompañado a estas dos personitas tan importantes a devenir adultos y ser humanos, y de haber crecido juntos en el proceso.

Si eres madre de un bebé o estas a punto de serlo, debes haber observado con cierta sorpresa la transformación por la que han pasado tu madre y/o tu suegra, sobretodo si se trata del primer bebé que llega a la familia.

No es inusual que las abuelas pierdan la cabeza con la noticia de que un nieto está en camino. Muchas desean comprar cositas para el bebé y participar en los cambios del hogar relacionados con su llegada, quieren enterarse de cómo ha ido cada revisión médica, miran las fotos de las ecografías e incluso desde entonces empiezan a decir que “se le parece a”, se preocupan por tus hábitos alimenticios o de descanso (cuando quizás nunca antes lo habían hecho) y, con frecuencia, tu vientre abultado deja de ser parte de tu cuerpo para convertirse en “aquel sitio donde está su nieto” que ellas pueden tocar a su antojo. Son cambios que, dentro de todo, parecen razonables y positivos, no cabe duda que la llegada de un bebé genera mucha ilusión en toda la familia y convertirse en abuela también es algo importante.

Si tu relación con tu madre o tu suegra es armoniosa, cercana y afectuosa y, además de esto, tienes la confianza de hablar abiertamente con ellas sobre lo que deseas hacer y te escuchan, te apoyan y lo respetan, todo esto es fantástico.

Las dificultades aparecen cuando la relación no es tan buena y la madre, o la suegra, son vividas como mujeres que no respetan tus decisiones o deseos, que no te apoyan si haces algo distinto a lo que a ellas les parece, en fin, si sientes que no te refuerzan en tu capacidad de maternar.

Lamentablemente, este segundo escenario suele repetirse con frecuencia, y el asunto es más delicado si de quien estamos hablando es de la suegra. La explicación es obvia: por muy en desacuerdo que estés con tu madre, siempre será tu madre, os podéis pelear y enfadar muchas veces, no dejará de ser tu madre y de alguna manera conseguiréis un punto intermedio. Con las suegras la relación es más frágil y no sólo te afecta a ti, sino que también puede afectar a tu relación de pareja.

Asumir el rol de abuela también requiere de un proceso en el cual, tu madre y tu suegra han de internalizar el hecho de que no son ellas las nuevas madres sino tú; han de pasar el testigo y dejar que seas tú la que tome las decisiones con respecto a la crianza de tu bebé, estando allí por si les solicitas alguna ayuda u opinión. Para esto, han de dejar de verte niña para poder verte como madre, es decir, asumir que realmente has crecido, que no eres “su nena” (o en el caso de la suegra “su nene” porque eso te coloca a ti en el mismo nivel), sino que eres una mujer con todas las capacidades para criar adecuadamente a tus hij@s, a pesar de que puedas tomar decisiones diferentes a las suyas. Este es un proceso difícil. Socialmente está muy aceptada la creencia de que “l@s hij@s, a los ojos de sus madres, serán pequeñ@s siempre”. Por muy bonito que esto suene, es muy perjudicial debido a que dificulta que nuestros padres nos vean como adultos capaces y, en el área de la maternidad, da pie para que se infantilicen y menosprecien nuestras decisiones si son distintas a las que ellas, en su momento, tomaron.

Pero ¿cómo son las abuelas que ayudan? Pues, tal y como lo describe Laura Gutman, son las que ofrecen apoyo desde los lugares menos visibles: lavan los platos, limpian la casa, lavan la ropa, preparan una buena comida para la joven madre, le hacen compañía de un modo silencioso y pidiendo permiso. No opinan si no se les pide opinión, no se entrometen, no son ruidosas ni traen visitas innecesarias. “Simplemente están disponibles. Avalan. Ofrecen presencia. Otorgan confianza. No contradicen las intuiciones de la madre. Toman al bebé cuando la madre lo requiere. Y se hacen cargo de las tareas menos glamorosas, pero más necesarias”[1]. Si tienes una madre o una suegra así, ¡alza los brazos y da gracias al cielo! Y cuídala tu también a ella, que son ejemplares raros…

¿Y si no? Pues toca arrear con lo que se tiene, intentando sacar el mejor provecho de los aspectos positivos que tenemos todas las personas. Las abuelas que no ayudan tanto (o que no ayudan nada) son las que cuestionan nuestras decisiones referente a nuestra criatura y a la crianza que hemos escogido, son las que quieren imponer sus criterios menospreciando los tuyos, son las que cuelan visitas “para presumir”, las que llegan a casa, se sientan en el sofá y piden que le den al bebé, las que te meten miedo e inseguridades en el cuerpo, las que no confía en tu capacidad para maternar, las que comparan constantemente lo que estas haciendo con lo que ellas hicieron en su momento. Esas. ¿Qué hacemos con esas? ¡Aquí algunas ideas, si se te ocurren otras, siéntete libre de comentarlas!

· Primero, respira hondo. Es la familia que tienes y no la vas a cambiar. Repito: no la vas a cambiar. Asumir esto es tener la mitad de la tarea hecha.

· Tu pareja ha de ser tu principal aliado y protector. A tus padres los puedes encarar tu. A tus suegros… puedes, pero es menos violento si lo hace su hijo, además es lo que toca. Muchas veces los hombres están en una posición delicada: están de acuerdo con lo que tu quieres hacer con la crianza del bebé, pero no quieren contrariar o disgustar a su madre. Es el momento de que ellos también asuman su función, que asuman que ya no son “los nenes de mami” y que su lealtad principal ha de estar con su mujer y su bebé, duélale a quien le duela. Si él tiene dificultades para ponerle límites a su madre es importante que lo habléis mucho, con calma y sin enfados, pero es él quien tiene que resolverlo. Será parte de su proceso de convertirse en padre.

· Muchas veces lo que las abuelas quieren es ayudar. Deja claro en qué cosas es importante que te ayuden y agradece mucho cuando esas cosas son hechas. Eso les da un lugar, un protagonismo y un peso.

· Cuando quieras explicar porque es importante para ti que alguna cosa se haga de una determinada manera (sobretodo si se trata de algo que se sale de la crianza tradicional) explícalo desde la emoción, desde lo tranquila que te hace sentir que tu bebé sea cogido en brazos cuando llora, por ejemplo. No des información sobre las evidencias científicas, o los últimos estudios o etc., porque eso no suele hacer que las abuelas cambien de opinión. Ellas creen lo que creen, y a menos que sea una persona abierta a los cambios o interesada por estos hallazgos, toda las explicaciones que les puedas dar entraran por un oído y saldrán por el otro. No te desgastes.

· Es mucho más positivo para tod@s tener una conversación en buenos términos, antes de que te sientas desbordada. Trata de buscar un buen momento para conversar y saca el tema con neutralidad pero diciendo las cosas claramente. Si estas desbordada, es mejor esperar o delegar esta conversación a tu pareja.

· Elige bien tus batallas. Hay cosas por las que realmente vale la pena discutirse y cosas que podemos oír “como quien oye la lluvia caer”. No es positivo desgastarse por todo, te acabarán tildando de quisquillosa y todo tendrá el mismo nivel de importancia, sin prioridades. Elige bien las cosas que son realmente importantes para ti y háblalas con claridad.

· No cedas. Si se trata de algo que es fundamental para ti o tu bebé, no cedas a la presión. Es posible que te lo reproches en el futuro, o que sientas que te has traicionado o has traicionado a tu bebé.

· Cuidado con los mensajes indirectos. Algunas veces las abuelas hacen comentarios a sus nietos (hasta en un tono cariñoso) que en realidad son mensajes para la madre. Encara estos comentarios calmada pero directamente. No es bueno que tu hij@ crezca oyendo de su abuela comentarios del tipo “ay, es que como te pasas todo el día en bracitos” o “a ver cuando te veo con unos zapatitos nuevos”, por ejemplo.

· No cuestiones como lo hicieron ellas. Puede ser tentador entrar en esta dinámica, pero no lleva a nada bueno. Ellas lo hicieron lo mejor que pudieron, con los recursos y la información que tenían disponible, házselo saber siempre que sea necesario. Válida su experiencia aunque tu hayas decidido hacer algo diferente.

· Evita las comparaciones. Son odiosas.

· Aprende de las diferencias. Es posible que algunas veces encuentres en su manera distinta de hacer otros recursos que no habías contemplado y que te pueden ser útiles en algún momento dado.

· Tu bebé necesita relacionarse con sus abuelos. Son sus abuelos y es su derecho, pero los primeros meses lo que tu bebé más necesita es que intimar contigo. Para esto has de estar tranquila.

· Tod@s están aprendiendo, dales tiempo. La dinámica familiar ha cambiado y tod@s tienen que resituarse y encontrar su espacio dentro de la nueva realidad y la nueva dinámica, esto toma tiempo, se paciente. Ellas también están aprendiendo.

· Aire. Si pese a todo esto, realmente te sientes muy agobiada o invadida por la presencia de una abuela (sea tu madre o tu suegra) y no hay manera de llegar a acuerdos, deja que corra el aire, encuévate, tómate tu tiempo. Una cosa está clara: tu bebé te necesita tranquila y esto es una prioridad. Con el tiempo estas cosas quedan disculpadas (si es que hay algo que disculpar). Piensa en lo que tú y tu bebé necesitáis.

· Busca tribu. Una vez más, rodéate de mujeres que sean un referente positivo. Busca el apoyo de alguna madre experimentada pero joven que pueda ser un espejo donde mirarte y, sobretodo, busca el apoyo de aquellas mujeres que, como tú, están recorriendo el camino de la maternidad, conociendo a sus bebés y conociéndose a sí mismas, éste es el apoyo más efectivo, real y potente con el que puedes contar.

[1] Laura Gutman (2011). La Familia Ilustrada. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo.

Hace poco vi un video de esos que circulan por las redes sociales en donde se muestra la supuesta conversación de un niño de 4 años que llama al 911, en Estados Unidos, para pedir al oficial de policía que leayude con unos deberes, ¡de matemáticas!

No estoy segura de que la conversación sea real, pero, cierta o no, me dio bastante qué pensar. El video pretende ser gracioso pero, de forma implícita, transmite una realidad que nos hace tener expectativas desproporcionadas sobre la capacidad de aprendizaje de las criaturas, desvirtuando así sus necesidades reales.

Mi primera reacción al escuchar la conversación fue de sorpresa: “¡16 menos 8! ¡Pero si eso es difícil hasta para mi! jajaja”. Luego me impresionó la clarividencia que tiene el niño cuando dice “¡sólo tengo 4 años!”, es decir, que el niño de alguna manera sabe que eso que le están pidiendo es exagerado.

 Pero ¿Cuáles son las necesidades reales de un niño de 4 años? Rebecca Wild en su libro “Libertad y límites. Amor y respeto” afirma que las necesidades auténticas son aquellas que son necesarias para el desarrollo emocional, físico y cognitivo de un niñ@, por ej., sacar objetos de un cajón a los 10 meses, lanzar objetos a los 18 meses, correr y saltar a los 2 años, etc.. Sí, precisamente aquellas conductas repetitivas que no entendemos porque nuestra criatura se empecina en hacer una y otra vez, y otra vez, y otra vez sin importar cuantas veces le hemos dicho que esa “x” no lo haga.
La primera y más importante necesidad auténtica que tenemos los seres humanos es el amor. De hecho, es tan importante que cuando l@s niñ@s no lo reciben pueden poner en riesgo otras necesidades de supervivencia. Cuando faltan el amor y el cuidado todas las otras necesidades se alteran tanto como cuando sufrimos carencias de elementos vitales como comida, agua, temperatura.
 Luego de esta necesidad, la siguiente es la cobertura de todos aquellos aspectos que nos mantienen vivos y saludables: alimento, cobijo, condiciones de salud favorables, protección, interacciones sociales adecuadas, etc.
 De manera resumidísima, a medida que el/la niñ@ se va desarrollando las necesidades varían: los primeros años de vida, hasta los 6 años, la prioridad está en la interacción sensoriomotriz que le permite experimentar el medio que le rodea y desarrollar sus habilidades motoras (sensopercepción, motricidad fina y motricidad gruesa), así como la adquisición del lenguaje para entrar en el intercambio humano y comprender las normas culturales del lugar en el que vive.
 Hacia los 7 años la motivación se traslada a la investigación de las leyes y regularidades que tienen validez en el mundo; es en este momento en el que realmente pueden cobrar sentido las matemáticas, no sólo porque hay el interés sino también porque cognitivamente se está preparado para comprenderlas. Hacia los 12 años se da la necesidad de abstracción y pensamiento formal, para plantearse la pregunta de “¿quién soy yo en el mundo?” y poco a poco se va acercando más a  la reflexión y autorreflexión. Todo esto sucede siguiendo un plan interno de desarrollo y crecimiento, por eso choca con nuestra forma de vida (sobre todo al principio) a menos que nos preparemos y adecuemos el espacio para garantizar que el/la niñ@ tenga la vivencia de que sus necesidades están básicamente aseguradas. Si falta un entorno adecuado surgirán problemas, si organizamos las cosas de forma que coincida con sus necesidades, las criaturas lo percibirán como una señal de nuestro amor.
Es innegable que l@s niñ@s de ahora tienen muchísimo menos tiempo para ser niñ@s, desde muy pequeñ@s ya van cargados de deberes y extraescolares, con agendas tan llenas como las de los adultos y muy poco espacio para el juego libre, la imaginación o incluso el aburrimiento. Ya lo decía Einstein “la imaginación es más importante que el conocimiento”, pero para que un/a niñ@ imagine, ha de tener tiempo. Y cuando hablo de tiempo me refiero a tiempo LIBRE, sin hacer NADA.
Sin embargo, al estar imbuidos en la vorágine de la competitividad y la “excelencia”, pensamos que en realidad debemos “preparar” a nuestr@s hij@s para el futuro sin preguntarnos ¿para cuál futuro? ¿serán felices yendo por ese camino, o en realidad les estamos preparando para un futuro neurótico, sobreexigente y poco satisfactorio? E incluso, una pregunta que me es más intersante es ¿cuál es la “preparación” que realmente necesitan las criaturas?
Es verdad que muchas veces no reflexionamos al respecto, basta con seguir la corriente del sistema e ir haciendo en cada momento “lo que toca”; así a los 3 años ya han de estar todo el día en la escuela y nosotros vamos teniendo nuestras listas de habilidades a alcanzar: a los 3, a los 4, a los 5… y si no se logran, mal vamos.
Hay un post de Alicia Bayer que me gusta mucho por la sencillez con la que expone algo que es muy profundo ¿qué debe saber un niño de 4 años?
Un niño de 4 años, según Alicia Bayer, debe saber:
1. Que le quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento.
2. Que está a salvo y debe saber cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre le va a apoyar. ¿Cuánto de esto REALMENTE le transmitimos a nuestr@s hij@s?
3. Debe saber reír, hacer el tonto, ser gamberro y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
4. Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
5. Debe saber que el mundo es mágico y ella/el también. Debe saber que es fantástic@, list@, creativ@, compasiv@ y maravillos@. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como practicar la fonética. Mejor dicho, mucho más.
También incluye una lista super buena de lo que deben saber los padres, que vale la pena leer, varias veces y en distintos momentos. En todo caso es importante que tengamos en cuenta que restar a los 4 años no es en absoluto necesario, que nuestr@s hij@s no serán menos listos si no lo hacen, que cada uno aprende a su ritmo, pero sobre todo, que somos nosotr@s l@s p(m)adres quienes debemos ser los primeros en respetar y defender la infacia de l@s niñ@s. Los años pasan rápido y ya tendrán tiempo para las responsabilidades y preocupaciones del mundo de los adultos. No los empujemos hacia allá antes de tiempo, no queramos que sean “independientes” y “autónomos” antes de lo que toca pues en realidad perdemos más de lo que ganamos. 
Dejemos que sean niñ@s el tiempo que sea, el tiempo que necesitan y el tiempo que se merecen, y acompañemos su infancia mirando con sus ojos y empatizando con sus emociones, esto lo llevarán en el alma toda la vida, ¡en realidad se trata del mejor regalo que les podemos hacer!
Cada año, a medida que se va acercando el buen tiempo, las madres de niñ@s entre 2 y 3 años comienzan a preocuparse y compartir ideas y estrategias alrededor de una situación: ¡quitar el pañal! Esto se repite como una suerte de dejà vu: las madres cuyos hij@s comenzarán a ir a P3 se inquietan ante la incertidumbre de si su hij@ logrará o no el control de esfínteres durante el verano.
Movida por el tema, y ya que es lo que muchas madres hacen cuando buscan información, decidí investigar qué cosas salían en Internet sobre el abandono del pañal. Lamentablemente no fue una sorpresa lo que me encontré, y es que la mayoría de las páginas web dan consejos a diestro y siniestro sobre como “adiestrar” o “entrenar” a las criaturas para que dejen los pañales, esto va desde técnicas tan absurdas y terriblemente irrespetuosas como “tips para quitar el pañal en tres días o menos”, a recomendaciones un poco más moderadas como las que aparecen aquí
La cuestión de quitar el pañal en verano es netamente práctico; es para comodidad del adulto: se lleva menos ropa o el niñ@ puede ir directamente desnud@. El peligro de esto es que se convierte en un cajón de sastre en el que entran todos los niñ@s, desde los que tienen un año hasta los que tienen 3, indistintamente de si están preparados o no para ello.
Evidentemente aquí, como en todo, hay matices. Muchas madres quitan el pañal a sus bebés aprovechando el buen tiempo para que éstos estén más libres o fresc@s sin tener la intención de que la consecuencia de dicho acto sea el control de esfínteres. Vale, perfecto, pero el problema es cuando tenemos la expectativa de que sea así sí o sí, es decir, sin realmente observar o considerar si el niñ@ está preparado en distintos aspectos para este cambio.
El único artículo que encontré, a mi parecer, respetuoso y considerado para con las criaturas fue uno de la gente de Crianza Natural, lo podeís consultar aquí. No sólo hace un planteamiento sensato (“El control de esfínteres no se aprende. Se adquiere cuando el niño está maduro para ello. Caminar, hablar, comer, son funciones que se adquieren cuando los niños están lo suficientemente maduros. Son adquisiciones paulatinas, lentas, que a veces llevan mucho tiempo.”), sino que además es gentil para con los niñ@s mostrando que dejar los pañales debería  ser un proceso en el que ell@s tienen que estar involucrad@s pero no desde la manipulación del adulto o el premio de los entrenamientos, sino desde una participación decidida y concensuada, sabiendo que no es un camino lineal, que hay idas y venidas, que no implican “retrocesos”, y que lo principal y más importante –como en todo- es que el niñ@ se sienta respetad@ y emocionalmente acompañad@ por el adulto.
Una última reflexión que quiero hacer hace referencia al sistema escolar: en muchas escuelas cuando se hacen jornadas de puertas abiertas para entrar a P3 se dice que, como norma, las criaturas han de venir sin pañal, que los padres pueden llevarles tantas ropas de recambio como les parezca necesaria, pero que tod@s los niñ@s han de ir “iguales” (palabras textuales de un director de una escuela pública al que escuché en una de esas jornadas). ¿Hay acaso algún niño igual a otro? Pero más allá de esto, hablamos de que en el momento de comenzar el calendario escolar, el curso de P3 reunirá a un grupo de niños en el que pueden haber algunos que aún no habrán cumplido los 3 años, y otr@s que pronto cumplirán los 4. Las diferencias a nivel madurativo se observaran a distancia y, evidentemente, los que han nacido en la segunda mitad del año lo tienen más difícil.
Ahora bien, ¿dónde está escrito que los niñ@s de P3 han de ir sin pañal? En realidad no es una norma que aparezca en la legislación educativa y no le pueden negar la plaza o la entrada a un niñ@ a la escuela porque lleve pañal, entonces ¿por qué las madres lo aceptamos si-o-si antes de comenzar el curso escolar?  La respuesta me parece sencilla: por temor a que su hij@ sea estigmatizad@ o irrespetad@ de alguna manera por un proceso madurativo involuntario.
Muchas madres saben que su hij@ no está listo para dejar los pañales y fuerzan un poco la cosa porque no quieren que el niñ@ pase por una situación vergonzosa en la escuela. Esto es absolutamente comprensible, pero ¿no estaría mejor quejarse de esta norma tan absurda?, ¿no sería mejor buscar espacios de diálogo para que las escuelas se adapten a la realidad infantil y no al revés? Si sólo una madre se queja es posible que consiga poco, pero si muchas nos quejamos y exigimos un cambio, las cosas pueden ser diferentes. Las madres y los padres somos poderos@s y conseguimos cosas cuando nos lo proponemos, estoy absolutamente convencida de esto, así como también de que las normas han de ser construidas en convivencia y no impuestas por un sistema que detenta poder. Las escuelas tienen que ser capaces de respetar y empatizar con la realidad vital de las criaturas que acogen, desde los más pequeñ@s en adelante, y nosotr@s como padres somos los responsables de exigir ese respeto.
CrianzaMaternidad

Las mamás que trabajan fuera de casa

posted by Iliana Paris noviembre 25, 2013 2 comentarios

Después de un nutritivo intercambio mantenido entre algunas madres a consecuencia del post Las mamás que nos quedamos en casa, me parece justo dedicarle algunas líneas a la realidad emocional de las madres que deciden incorporarse al trabajo dejando a sus hij@s pequeñ@s al cuidado de alguien más.

Es importante aclarar que mi intención no es, de ninguna manera, juzgar o poner medallas a ningún “tipo” de madre. Estoy absolutamente convencida de que todas las madres hacemos lo mejor que podemos por nuestr@s hij@s, y de que nadie desde fuera tiene derecho a juzgar las decisiones que en este sentido, hemos tomado (y cuando digo nadie incluyo en esa lista, especialmente, a familiares y amigos cercanos). Toda madre debería tener el derecho de no sentirse cuestionada por las decisiones que toma en la crianza de sus hij@s. Si una madre ha decidido volver a trabajar porque así lo ha deseado, ¡bienvenida sea!

Sin embargo, muchas madres que conozco que decidieron volver a su trabajo se sienten divididas casi todo el tiempo; una parte de ellas siente que debería estar con su criatura cuando está en el trabajo, y otra parte tiene el deseo de seguir nutriendo su vida laboral. Cabalgan los días en un desdoblamiento constante: estoy aquí cuando en realidad deseo/ debería / quisiera estar allá (y viceversa). De alguna manera, cuando están en el trabajo hay “algo más” que les preocupa u ocupa su mente en algún momento: la pregunta de “¿cómo estará mi hij@?”. Independientemente de que sepan que está bien cuidad@, es una inquietud que da vueltas en sus cabezas puesto que las madres sabemos que parte del peso de nuestra responsabilidad como madres es que nadie puede sustituirnos del todo.

Las madres trabajadoras no sienten una pérdida de identidad personal como las que se quedan en casa ya que mantienen algunos referentes externos que las siguen valorado e identificando como seres individuales, con unas capacidades y potencialidades específicas (cuando están el trabajo siguen teniendo el mismo nombre y apellido, una carrera, una trayectoria, etc., no son simplemente “la mamá de”). Pero quizás la balanza se va al otro extremo: en el lugar de trabajo se espera que las mujeres, al reincorporarse de sus permisos de maternidad, sigan funcionando como lo hacían antes de irse, es decir, como si no fueran madres. Lo cual es una realidad insostenible principalmente, porque no es real, estas mujeres ahora son madres y esto cambia sus vidas radicalmente.

De hecho, es probable que las madres trabajadoras ni siquiera compartan el tiempo de ocio con sus compañer@s, pues al acabar la jornada de trabajo vuelven corriendo a sus casas, a sus hij@s. Pero además, es probable que, si han elegido algún tipo de “entremedio” entre la vida familiar y la laboral, como una reducción de jornada que les permita estar más tiempo con sus hij@s, también se queden fuera de las posibilidades de asensos, nuevos proyectos, etc. Nadie pone en duda que, independientemente de todo lo que se ha luchado por alcanzar condiciones laborales equitativas y justas para la mujer, en lo que al tema de maternidad y conciliación se refiere, aún falta mucho por mejorar.

Pero estamos hablando de la situación emocional de la madre trabajadora. Dice Laura Gutman que el problema no es trabajar sino la distancia emocional que una madre pueda poner con su hijo: “El maternaje depende fundamentalmente de la capacidad de contacto emocional que una mujer está en condiciones de desplegar en el vínculo con el niño pequeño durante las horas que efectivamente esa mujer está en casa. Si la comunicación, el amparo, la sincronicidad de tiempos y de emociones se plasman con facilidad en la relación, ese niño puede esperar a su madre durante las horas de ausencia. Asimismo, esa madre conectada dejará a su hijo en manos de alguien que perciba el clima sutil que envuelve a la díada, y que sea capaz de respetar el ritmo y la cadencia que los envuelve”[1]. Las madres que trabajan pero que están conectadas emocionalmente con sus hij@s, compensan la ausencia de muchas otras maneras logrando que, para sus criaturas, el tiempo de espera no sea violento o desolador.

Con lo cual el tema no es trabajo o no trabajo, sino preguntarnos honestamente ¿estoy conectada con las necesidades emocionales de mi bebé? Si la respuesta es afirmativa, podemos hacer lo que queramos que nuestros bebés lo harán con nosotras. Si la respuesta es negativa o dudosa, tendríamos que indagar que está pasando con nosotras, de qué nos estamos protegiendo, qué heridas abiertas –y ocultas- no nos están permitiendo conectar con nuestr@ pequeñ@ y, a partir de dicha reflexión, hacer algo al respecto.

En todo caso lo que deberíamos plantearnos todas –las madres que trabajamos fuera y las que trabajamos en casa criando a nuestr@s hij@s- es dejar las culpas atrás, sea cual sea la decisión que hayamos tomado. Como madres es vital que podamos entender y asumir que nuestros deseos individuales también importan, y que si estamos a gusto y satisfechas con nosotras mismas y con lo que somos, manteniéndonos conectadas con la realidad emocional de nuestras criaturas, cualquier cosa que hagamos nos permitirá sostener una mejor relación con nuestr@s hij@s, más amorosa y más honesta.

[1] Laura Gutman (2006) Crianza. Violencias invisibles y adicciones. Buenos Aires: Ediciones del Nuevo Extremo. p.p. 47.